# El amigo fiel

_Oscar Wilde_ · 14 min read · ages 7-12

Un Pardillo le cuenta a la Rata de agua la historia del pequeño Hans, que todo lo da a su amigo el Molinero por una carretilla que este solo le promete. Cuando Hans se ahoga en el páramo, el Molinero encabeza el cortejo y se queja de la carretilla, y la Rata de agua, furiosa por la moraleja, se mete en su agujero.

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Una mañana, la vieja Rata de agua asomó la cabeza por su agujero. Tenía ojitos brillantes como cuentas, bigotes grises y tiesos, y una cola que parecía un pedazo de hule negro. En el estanque nadaban los patitos, amarillos como canarios, y la Pata, su madre, blanca como la leche, trataba de enseñarles a pararse de cabeza en el agua. Pero los patitos no le hacían caso.

—¡Qué niños tan desobedientes! —exclamó la Rata de agua—. Merecerían que los ahogaran.

—Nada de eso —contestó la Pata—. Todos tienen que empezar alguna vez, y los papás debemos tener mucha paciencia.

—Yo de sentimientos de papás no sé nada —dijo la Rata de agua—. Nunca me he casado y no pienso hacerlo. El amor está muy bien, pero la amistad vale mucho más. No conozco nada más noble en el mundo que una amistad fiel.

—¿Y qué debe hacer, según tú, un amigo fiel? —preguntó un Pardillo verde que estaba en un sauce cercano y había oído la plática.

—¡Qué pregunta tan tonta! —exclamó la Rata de agua—. Pues serme fiel a mí, claro.

—¿Y tú qué harías a cambio? —preguntó el pajarito, columpiándose en una rama.

—No te entiendo —respondió la Rata de agua.

—Déjame contarte una historia —dijo el Pardillo—. Tiene que ver contigo.

—Si es sobre mí, la escucharé —dijo la Rata de agua—, porque me encantan los cuentos.

El Pardillo bajó volando, se posó en la orilla y comenzó:

—Había una vez un hombre pequeño y honrado que se llamaba Hans. No tenía nada de especial, salvo su buen corazón y su cara redonda y risueña. Vivía solo en una casita y cuidaba su jardín, el más bonito de la comarca: claveles, rosas, violetas y narcisos florecían cada uno a su tiempo, y siempre había algo hermoso que ver.

El pequeño Hans tenía muchos amigos, pero el más fiel de todos era el gran Hugo, el Molinero. Tan fiel era que nunca pasaba frente al jardín sin asomarse por encima de la barda para cortar un ramo de flores o un puñado de hierbas de olor, o para llenarse los bolsillos de ciruelas y cerezas.

—Los verdaderos amigos deben tenerlo todo en común —solía decir el Molinero, y Hans asentía sonriendo, orgulloso de tener un amigo con ideas tan nobles.

A los vecinos les parecía raro que el rico Molinero, con sus cien costales de harina, sus seis vacas y su gran rebaño de ovejas, nunca le diera nada a cambio. Pero a Hans eso no le quitaba el sueño, y nada le daba tanto gusto como oír al Molinero hablar del desinterés de la verdadera amistad.

En primavera, en verano y en otoño, Hans era muy feliz. Pero en invierno, cuando no tenía flores ni frutas que llevar al mercado, pasaba frío y hambre, y muchas noches se acostaba sin más cena que unas peras secas. Además se sentía muy solo, porque el Molinero nunca iba a verlo.

—No tiene caso que vaya a ver al pequeño Hans mientras dure la nieve —le decía el Molinero a su mujer—. Cuando la gente pasa apuros, hay que dejarla en paz. Esperaré a la primavera; entonces él podrá darme una buena canasta de prímulas, y eso lo hará muy feliz.

—Qué considerado eres —respondía la mujer desde un sillón junto al fuego—. Ni el señor cura diría cosas tan bonitas.

—¿Y no podríamos invitar al pequeño Hans? —preguntó una noche el hijo menor del Molinero—. Le daría la mitad de mi avena y le enseñaría mis conejos blancos.

—¡Qué niño tan tonto! —gritó el Molinero—. No sé para qué te mando a la escuela. Si Hans viera nuestro fuego y nuestra buena cena, podría sentir envidia, y la envidia echa a perder a cualquiera. Soy su mejor amigo y no voy a permitirlo. Además, a lo mejor me pediría harina fiada, y eso no lo puedo hacer. La harina es una cosa y la amistad es otra. ¡Si hasta se escriben diferente!

—¡Qué bien hablas! —dijo la mujer del Molinero, y se sirvió un vaso de cerveza tibia—. Me está dando sueño, igualito que en misa.

—Mucha gente actúa bien —respondió el Molinero, mirando con severidad a su hijo—, pero muy poca habla bien, lo que demuestra que hablar es lo más difícil y lo más fino.

El niño sintió tanta vergüenza que agachó la cabeza, se puso colorado y se le cayeron las lágrimas en el té.

—¿Ya se acabó el cuento? —preguntó la Rata de agua.

—Claro que no —respondió el Pardillo—. Apenas es el principio.

—Entonces estás muy atrasado —dijo la Rata de agua—. Hoy todo buen cuentista empieza por el final, sigue con el principio y termina con la parte de en medio. Me lo explicó un crítico, y seguro tenía razón, porque llevaba anteojos azules, era calvo y a todo contestaba «¡Bah!». Pero sigue, por favor. El Molinero me cae muy bien. Yo también tengo sentimientos hermosos, así que nos parecemos mucho.

—Pues bien —siguió el Pardillo, brincando en una pata y luego en la otra—, en cuanto pasó el invierno y las prímulas abrieron sus pálidas estrellas amarillas, el Molinero tomó la canasta grande y bajó la colina a ver al pequeño Hans.

—Buenos días, pequeño Hans. ¿Cómo te fue en el invierno?

—Qué amable eres al preguntar —dijo Hans, apoyado en su pala y con una sonrisa de oreja a oreja—. La pasé bastante mal, pero ya llegó la primavera y mis flores van muy bien.

—Hablamos mucho de ti durante el invierno, Hans, porque la amistad nunca olvida, aunque me temo que tú no entiendes la poesía de la vida. Por cierto, ¡qué bonitas se ven tus prímulas!

—Y tengo muchísimas —dijo Hans—. Voy a llevarlas al mercado para vendérselas a la hija del alcalde, y con el dinero volveré a comprar mi carretilla.

—¿Volver a comprarla? ¿No me digas que la vendiste? ¡Qué tontería!

—No me quedó de otra —dijo Hans—. No tenía ni un centavo para comprar pan. Primero vendí los botones de plata de mi saco de los domingos, luego mi cadena de plata, luego mi pipa, y al final mi carretilla. Pero ahora voy a recuperarlo todo.

—Hans —dijo el Molinero—, te voy a dar mi carretilla. Le falta un lado y los rayos de la rueda andan mal, pero aun así te la voy a dar. Ya sé que es muy generoso de mi parte, pero para mí la generosidad es la esencia de la amistad. Además, ya me compré una nueva.

—¡Pero qué generoso eres! —dijo el pequeño Hans, y la cara se le iluminó de alegría—. Puedo arreglarla fácilmente, porque tengo un tablón en la casa.

—¡Un tablón! Justo lo que necesito para tapar el agujero del techo de mi granero. Fíjate cómo una buena acción trae otra: yo te doy mi carretilla, y tú me das tu tablón. Claro que la carretilla vale mucho más, pero la verdadera amistad no se fija en esas cosas.

Hans corrió al cobertizo y sacó el tablón a rastras.

—No es muy grande —dijo el Molinero—. Me temo que, después de arreglar mi techo, no te va a quedar nada para la carretilla; pero eso no es culpa mía. Y ahora, como te di mi carretilla, seguro que quieres darme unas flores a cambio. Aquí está la canasta. Llénala hasta arriba.

—¿Hasta arriba? —dijo Hans con tristeza, porque la canasta era enorme, y si la llenaba no le quedarían flores para el mercado ni dinero para sus botones de plata.

—Pues, la verdad, no creo que sea mucho pedirte unas cuantas flores. Yo pensaba que la verdadera amistad estaba libre de todo egoísmo.

—Mi querido amigo, mi mejor amigo —exclamó el pequeño Hans—, todas las flores de mi jardín son tuyas. Prefiero tu buena opinión a mis botones de plata.

Cortó todas sus prímulas y llenó la canasta, y el Molinero subió la colina con el tablón al hombro. Hans se quedó cavando, feliz por la carretilla.

Al día siguiente, el Molinero lo llamó desde el camino con un gran costal de harina a la espalda.

—Querido pequeño Hans, ¿me llevas este costal al mercado?

—Lo siento mucho —dijo Hans—, pero hoy tengo que regar todas mis flores.

—Pues, la verdad, ya que voy a darte mi carretilla, me parece poco amistoso que me digas que no.

—¡Ay, no digas eso! Por nada del mundo quisiera ser poco amistoso.

Y Hans cargó el costal hasta el mercado bajo un calor terrible, por un camino lleno de polvo, lo vendió a muy buen precio y volvió a casa rendido.

«Fue un día muy pesado», se dijo al acostarse, «pero me alegro de no haberle dicho que no al Molinero, porque es mi mejor amigo y, además, me va a dar su carretilla».

A la mañana siguiente, el Molinero bajó muy temprano por el dinero del costal y encontró a Hans todavía en la cama.

—¡Qué flojo eres! Ya que voy a darte mi carretilla, creo que podrías trabajar más. Cualquiera dice cosas bonitas para agradar, pero un verdadero amigo siempre dice cosas desagradables y no le importa causar dolor, porque sabe que así hace el bien.

—Lo siento mucho —dijo Hans, tallándose los ojos—. Estaba tan cansado que me quedé un ratito oyendo cantar a los pájaros.

—Pues me da gusto, porque así vas a trabajar mejor, y quiero que subas al molino y me arregles el techo del granero.

Hans tenía muchas ganas de trabajar en su jardín, porque hacía dos días que no regaba sus flores.

—¿Sería poco amistoso de mi parte si te dijera que estoy ocupado? —preguntó con timidez.

—Pues, la verdad, no creo que sea mucho pedirte, ya que voy a darte mi carretilla; pero, claro, si te niegas, lo haré yo mismo.

—¡Ay, de ninguna manera! —exclamó el pequeño Hans, y se fue al granero.

Trabajó ahí hasta que se puso el sol, y entonces llegó el Molinero.

—No hay trabajo tan agradable como el que uno hace por los demás —dijo.

—Es todo un privilegio oírte hablar —respondió Hans, secándose la frente—. Pero me temo que yo nunca tendré ideas tan bonitas como las tuyas.

—Ya te llegarán. Por ahora solo tienes la práctica de la amistad; algún día tendrás también la teoría. Y ahora vete a descansar, porque mañana quiero que me lleves las ovejas a la montaña.

El pobre Hans no se atrevió a decir nada, y al día siguiente llevó las ovejas a la montaña y volvió tan cansado que se quedó dormido en su silla.

Así fueron pasando los días. El Molinero siempre llegaba a encargarle algún mandado lejano o a pedirle ayuda en el molino, y cada vez le recordaba que sería poco amistoso negarse, ya que le iba a dar su carretilla.

Hans casi no alcanzaba a cuidar su jardín, y a veces se afligía, porque temía que sus flores creyeran que las había olvidado. Pero se consolaba pensando que el Molinero era su mejor amigo, y apuntaba en una libreta todas las cosas hermosas que este decía sobre la amistad, para releerlas por las noches.

Una noche de tormenta, mientras el viento rugía alrededor de la casa, alguien tocó a la puerta tres veces, cada vez más fuerte. Hans corrió a abrir. Ahí estaba el Molinero, con un farol en una mano y un garrote en la otra.

—¡Querido pequeño Hans! Mi hijito se cayó de una escalera y se lastimó, y tengo que ir por el doctor. Pero vive tan lejos y la noche está tan mala que sería mucho mejor que fueras tú en mi lugar. Ya que voy a darte mi carretilla, lo justo es que hagas algo por mí a cambio.

—¡Claro que sí! —exclamó Hans—. Me honra que vengas a pedírmelo, y salgo ahora mismo. Pero préstame tu farol, porque está tan oscuro que me da miedo caer en la zanja.

—Lo siento mucho, pero es mi farol nuevo, y sería una gran pérdida para mí si le pasara algo.

—Bueno, no importa, me iré sin él.

Hans se abrigó bien y salió a la tormenta. La noche estaba tan negra que apenas veía, y el viento soplaba tan fuerte que casi no podía mantenerse en pie. Pero era valiente, y después de caminar unas tres horas llegó a la casa del doctor.

—¿Quién es? —gritó el doctor desde la ventana.

—El pequeño Hans, doctor. El hijo del Molinero se cayó de una escalera, y el Molinero quiere que vaya usted enseguida.

El doctor pidió su caballo, sus botas y su farol, y se fue cabalgando hacia el molino, mientras Hans caminaba detrás a duras penas. Pero la tormenta empeoró y empezó a llover a cántaros. Hans no veía por dónde iba ni podía seguirle el paso al caballo.

Al final se perdió en el páramo, un lugar muy peligroso, lleno de hoyos hondos, y allí el pobre Hans se ahogó. Al día siguiente, unos cabreros lo encontraron flotando en una poza y lo llevaron de regreso a su casita.

Todo el mundo fue al entierro, porque a Hans lo querían mucho.

—Como yo era su mejor amigo —dijo el Molinero—, lo justo es que me toque el mejor lugar.

Y caminó al frente del cortejo, con una larga capa negra, secándose los ojos de vez en cuando con un gran pañuelo.

Después, cuando todos estaban sentados en la posada tomando vino con especias y comiendo pastelitos, el herrero dijo:

—Sin duda el pequeño Hans es una gran pérdida para todos.

—Para mí, por lo menos —respondió el Molinero—. Prácticamente ya le había dado mi carretilla, y ahora no sé qué hacer con ella. En casa me estorba, y está tan maltratada que nadie me daría nada por ella. Ya me cuidaré de no volver a regalar nada. Uno siempre sale perdiendo por ser generoso.

—¿Y luego? —dijo la Rata de agua, después de un largo silencio.

—Ahí se acaba —dijo el Pardillo.

—Pero ¿qué fue del Molinero?

—La verdad, no sé, y tampoco me importa.

—Pues se ve que no tienes nada de compasión —dijo la Rata de agua.

—Me temo que no entendiste la moraleja del cuento.

—¿La qué? —chilló la Rata de agua.

—La moraleja.

—¿Me estás diciendo que el cuento tiene moraleja? Debiste decírmelo antes de empezar. No te habría escuchado; es más, te habría dicho «¡Bah!», como el crítico. Pero todavía puedo decirlo.

Y la Rata de agua gritó «¡Bah!» con todas sus fuerzas, dio un coletazo y se metió en su agujero.

Al rato llegó la Pata chapoteando.

—¿Y qué te parece la Rata de agua? Tiene muchas cualidades, pero yo tengo sentimientos de madre, y no puedo ver a un solterón empedernido sin que se me llenen los ojos de lágrimas.

—Me temo que lo hice enojar —respondió el Pardillo—. Es que le conté un cuento con moraleja.

—¡Ah! Eso siempre es muy peligroso —dijo la Pata.

Y yo estoy completamente de acuerdo con ella.

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