# El ganso de oro

_Hermanos Grimm_ · 9 min read · ages 5-10

Al menor de tres hermanos lo llaman el Tonto, pero solo él comparte su pastel con un viejecito y recibe un ave de plumas de oro. El Tonto hace reír a la hija del rey con los siete pegados al ave, y cuando el viejecito le entrega el barco que anda por tierra y por agua, se celebra la boda y el Tonto hereda el reino.

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Había una vez un hombre que tenía tres hijos. Al menor todos lo llamaban el Tonto, y por eso lo despreciaban y se burlaban de él en cualquier ocasión.

Un día el hijo mayor quiso ir al bosque a cortar leña, y antes de que se fuera su madre le dio un pastel de huevo bien hecho y una botella de vino, para que no pasara hambre ni sed. Al entrar en el bosque se encontró con un viejecito de cabello gris, que lo saludó y le dijo:

—Dame un pedazo de tu pastel y déjame beber un trago de tu vino. Tengo mucha hambre y mucha sed.

El hijo mayor, que se las daba de listo, le contestó:

—Si te doy mi pastel y mi vino, no me queda nada para mí. Sigue tu camino.

Dejó ahí al viejecito y se fue. Pero apenas empezó a cortar un árbol, el hacha se le resbaló y le cayó en el brazo, de modo que tuvo que volver a casa a que le vendaran la herida. Y aquello había sido cosa del viejecito gris.

Después le tocó al segundo hijo ir al bosque, y su madre le dio, igual que al mayor, un pastel de huevo y una botella de vino. También a él lo encontró el viejecito gris y le pidió un poco de pastel y un trago de vino. El segundo hijo respondió, muy convencido de su propia sensatez:

—Lo que te dé a ti me va a hacer falta a mí. Sigue tu camino.

Dejó plantado al viejecito y se fue a cortar leña. Y el castigo no se hizo esperar: a los pocos hachazos se hirió en una pierna, y tuvieron que cargarlo de vuelta a casa.

Entonces el Tonto le dijo a su padre:

—Déjame ir a mí también a cortar leña.

—Tus hermanos ya se lastimaron con eso —le contestó el padre—. Mejor no vayas, tú no sabes nada de esto.

Pero el Tonto insistió tanto que al final el padre le dijo:

—Bueno, ve. De los tropiezos se aprende.

La madre le dio un pastel amasado con agua y cocido en las cenizas, y una botella de cerveza agria. Cuando el Tonto llegó al bosque, también a él se le acercó el viejecito gris, lo saludó y le dijo:

—Dame un pedazo de tu pastel y un trago de tu botella. Tengo mucha hambre y mucha sed.

El Tonto le contestó:

—Solo tengo pastel de ceniza y cerveza agria, pero si no te importa, sentémonos y comamos juntos.

Se sentaron los dos, y cuando el Tonto sacó su pastel de ceniza, resultó ser un pastel de huevo finísimo, y la cerveza agria se había vuelto un vino excelente. Comieron y bebieron con gusto, y después el viejecito le dijo:

—Como tienes buen corazón y compartes de buena gana lo que tienes, quiero darte suerte. Ahí hay un árbol viejo. Derríbalo, y entre las raíces encontrarás algo.

Y dicho esto, el viejecito se despidió.

El Tonto fue al árbol y lo derribó, y cuando cayó, vio entre las raíces un ganso con plumas de oro puro. Lo levantó, se lo puso bajo el brazo y llegó a una posada, donde quiso pasar la noche. El posadero tenía tres hijas, y en cuanto vieron al ganso quisieron saber qué clase de pájaro tan raro era aquel, y a cada una se le antojó tener una de sus plumas doradas.

La mayor pensó que tarde o temprano se le presentaría la ocasión de arrancarle una pluma, y en cuanto el Tonto salió un momento, agarró al ganso de un ala. Pero los dedos y la mano se le quedaron pegados sin remedio. Poco después llegó la segunda hermana con la misma idea, y apenas tocó a su hermana, también ella se quedó pegada. Por último llegó la tercera con igual intención, y las otras dos le gritaron:

—¡Aléjate, por el amor de Dios, aléjate!

Pero ella no entendió por qué debía alejarse, pensó que si sus hermanas podían estar ahí, ella también podía, y corrió a agarrarlas. En cuanto tocó a la que tenía más cerca, se quedó pegada igual que las otras. Así tuvieron que pasar la noche entera junto al ganso.

A la mañana siguiente el Tonto se puso el ganso bajo el brazo y se fue, sin preocuparse por las tres muchachas que seguían pegadas al ave. Ellas no tuvieron más remedio que correr detrás, de un lado a otro, según hacia dónde se movieran las piernas del Tonto.

En medio de un campo se topó con el cura, quien al ver aquella fila se detuvo y les dijo a las muchachas:

—¿No les da vergüenza correr así detrás de un muchacho por todo el campo?

Y con eso tomó de la mano a la más joven para llevársela de ahí, pero apenas la tocó, también él se quedó pegado y tuvo que echarse a correr detrás de las demás. Poco después llegó el sacristán, y al ver al cura siguiendo de cerca a las tres muchachas, se asombró y le gritó:

—¡Ay, señor cura! ¿A dónde va usted con tanta prisa? No se le olvide que hoy tenemos un bautizo.

Corrió hacia él y lo agarró de la manga, y también se quedó pegado. Mientras los cinco trotaban uno detrás del otro, venían del campo dos labradores con sus azadones, y el cura les gritó pidiéndoles que lo soltaran a él y al sacristán. Pero en cuanto tocaron al sacristán, ellos también se quedaron pegados, y ya eran siete los que corrían detrás del Tonto y su ganso.

Llegó así a una ciudad gobernada por un rey que tenía una hija tan seria que nadie la había visto reír jamás. Por eso el rey había decretado que quien lograra hacerla reír se casaría con ella. Cuando el Tonto se enteró, se presentó ante la princesa con su ganso y todo su cortejo, y en cuanto ella vio a aquellas siete personas correr una tras otra, se echó a reír a carcajadas y ya no pudo detenerse.

El Tonto pidió entonces que se la dieran por esposa, pero al rey no le gustó nada aquel yerno, así que puso una condición: primero tendría que traerle a un hombre capaz de beberse una bodega entera de vino. El Tonto pensó en el viejecito gris, que seguramente podría ayudarlo, y fue al bosque. En el mismo lugar donde había cortado el árbol encontró sentado a un hombre con la cara muy triste. Le preguntó qué le pasaba, y el hombre respondió:

—Tengo tanta sed que no logro calmarla. El agua fría no me sienta bien, y ya me bebí un barril entero de vino, pero para la sed que tengo eso no fue ni un trago.

—Yo puedo ayudarte —le dijo el Tonto—. Ven conmigo, que vas a quedar bien satisfecho.

Lo llevó a la bodega del rey, y el hombre se lanzó sobre los toneles más grandes, bebió y bebió hasta que le dolían las caderas, y antes de que terminara el día ya se había acabado toda la bodega.

El Tonto volvió a pedir a su prometida, pero al rey le molestaba que un muchacho al que todos llamaban tonto se llevara a su hija, así que puso otra condición: primero le tendría que traer a un hombre capaz de comerse una montaña entera de pan. El Tonto no lo pensó dos veces y fue derecho al bosque, donde encontró, en el mismo lugar, a un hombre que se apretaba la panza con un cinturón y tenía cara de mucho sufrimiento. Le preguntó qué le pasaba, y el hombre respondió:

—Ya me comí un horno entero de pan, pero de nada sirve cuando el hambre que tengo es tan grande. El estómago se me queda vacío, y solo apretándome el cinturón consigo no morirme de hambre.

El Tonto, contento, le dijo:

—Ven conmigo, que vas a quedar bien satisfecho.

Lo llevó a la corte del rey, que había mandado juntar toda la harina del reino y hacer con ella una montaña enorme de pan. El hombre del bosque se puso frente a ella, empezó a comer, y en un solo día la montaña entera desapareció.

El Tonto pidió a su prometida por tercera vez, pero el rey buscó todavía otra escapatoria y exigió un barco que pudiera andar por tierra y por agua. Le dijo:

—El día que llegues navegando en ese barco, te daré a mi hija por esposa.

El Tonto fue derecho al bosque, y ahí encontró al viejecito gris al que le había dado su pastel. El viejecito le dijo:

—Yo bebí y comí por ti, y ahora también te daré el barco. Todo esto lo hago porque fuiste bondadoso conmigo.

Y le entregó el barco que andaba por tierra y por agua. Cuando el rey lo vio llegar, ya no pudo negarle la mano de su hija por más tiempo. Se celebró la boda, y cuando el rey murió, el Tonto heredó el reino y vivió mucho tiempo feliz junto a su esposa.

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- Source: Kinder- und Hausmärchen, 7. Auflage (1857) (https://de.wikisource.org/wiki/Die_goldene_Gans_(1857))
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