# El gato con botas

_Charles Perrault_ · 6 min read · ages 4-9

Un gato astuto le lleva al rey piezas de caza de parte de su joven amo, al que presenta como el marqués de Carabás, y engaña a un ogro para quedarse con su castillo. El rey, encantado con las riquezas del marqués, lo casa con la princesa ese día, y el gato se vuelve un gran señor que solo persigue ratones por gusto.

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Un molinero les dejó a sus tres hijos todo lo que tenía: un molino, un burro y un gato. El mayor se quedó con el molino, el segundo con el burro, y al más chico no le tocó más que el gato.

El muchacho no hallaba consuelo.

—Mis hermanos podrán ganarse la vida juntos —decía—. Yo, en cuanto me coma al gato y me haga unos guantes con su piel, voy a morirme de hambre.

El gato lo oyó todo, aunque hizo como que no.

—No se aflija, mi amo —le dijo con voz tranquila y seria—. Deme un costal y mándeme hacer un par de botas para andar entre los matorrales, y verá que no le tocó tan mala parte como cree.

Su amo no confiaba mucho, pero le conocía tantas mañas para cazar ratones que no perdió la esperanza.

En cuanto tuvo lo que pidió, el gato se calzó las botas con mucho garbo, se colgó el costal del cuello y se fue a un campo lleno de conejos. En el costal puso salvado y hierbas tiernas, se tendió como si estuviera muerto y esperó. Al poco rato, un conejo joven y confiado se metió a comer, y el gato jaló los cordones y lo atrapó.

Muy orgulloso de su presa, se fue al palacio. Ante Su Majestad hizo una gran reverencia.

—Señor, aquí le traigo un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (así se le ocurrió llamar a su amo) me encargó darle de su parte.

—Dile a tu amo que se lo agradezco mucho —respondió el rey.

Otro día se escondió en un trigal, atrapó dos perdices y también se las llevó al rey. Así siguió dos o tres meses, llevando al palacio la caza de su amo.

Un día supo que el rey iba a pasear a la orilla del río con su hija.

—Si me hace caso, usted hará fortuna —le dijo a su amo—. Báñese en el río donde yo le diga, y lo demás déjemelo a mí.

Mientras el muchacho se bañaba, pasó el carruaje del rey, y el gato gritó con todas sus fuerzas:

—¡Auxilio, auxilio! ¡Que se ahoga el señor marqués de Carabás!

El rey se asomó, reconoció al gato que tantas veces le había llevado caza y mandó a sus guardias socorrer al marqués. Mientras lo sacaban del agua, el gato contó que unos ladrones se habían llevado la ropa de su amo, aunque él mismo la había escondido debajo de una piedra.

El rey mandó traer uno de sus trajes más finos para el señor marqués de Carabás. La ropa le quedaba de maravilla, porque el muchacho era muy guapo. A la princesa le gustó el muchacho en cuanto lo vio, y el rey lo invitó a subir al carruaje.

El gato se adelantó y encontró a unos campesinos que segaban un prado.

—Óiganme bien: si no le dicen al rey que este prado es del señor marqués de Carabás, los van a hacer picadillo.

El rey preguntó de quién era aquel prado.

—Del señor marqués de Carabás —contestaron todos a la vez, muertos de miedo.

—Buena herencia tiene usted aquí —dijo el rey.

—Y rinde bien todos los años —respondió el marqués.

El gato, siempre por delante, encontró luego a unos segadores.

—Óiganme bien: si no le dicen al rey que todos estos trigales son del señor marqués de Carabás, los van a hacer picadillo.

Poco después el rey preguntó de quién eran aquellos trigales.

—Del señor marqués de Carabás —respondieron los segadores.

El gato les decía lo mismo a todos los que encontraba, y el rey no salía de su asombro.

Por fin el gato llegó a un castillo hermoso cuyo dueño era un ogro riquísimo: todas las tierras por donde el rey había pasado le pertenecían. El gato averiguó qué sabía hacer aquel ogro y pidió hablarle para presentarle sus respetos. El ogro lo recibió tan amablemente como puede hacerlo un ogro.

—Me han asegurado —dijo el gato— que usted se convierte en toda clase de animales, hasta en león o en elefante.

—Es cierto —respondió el ogro—, y para que lo vea, ahora mismo me convierto en león.

Al gato le dio tanto miedo tener un león enfrente que trepó de un salto a las vigas, aunque con las botas puestas apenas podía sostenerse ahí arriba.

Cuando el ogro volvió a su forma de siempre, el gato bajó y confesó su susto.

—También me dijeron, aunque no lo creo, que usted toma la forma de los animales más chiquitos, la de un ratón. Eso sí me parece imposible.

—¿Imposible? —replicó el ogro—. Ahora va a ver.

Y en ese instante se convirtió en un ratón que echó a correr por el suelo. El gato se le fue encima y se lo comió de un bocado. Así se acabó el ogro.

Mientras tanto, el rey vio el castillo y quiso conocerlo. El gato oyó el carruaje en el puente levadizo y corrió a recibirlo.

—¡Bienvenida sea Su Majestad al castillo del señor marqués de Carabás!

—¿Cómo, señor marqués? ¿También este castillo es suyo? —exclamó el rey—. Vamos a verlo por dentro.

Entraron a un gran salón, donde los esperaba un banquete magnífico que el ogro había preparado para unos amigos que, al saber que el rey estaba adentro, no se atrevieron a entrar.

El rey, encantado con el marqués y con sus riquezas, le dijo después de brindar:

—De usted depende, señor marqués, que sea mi yerno.

El marqués aceptó con muchas reverencias y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se volvió un gran señor y desde entonces solo corrió detrás de los ratones por puro gusto.

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- Source: Le Maître chat ou le Chat botté (Charles Perrault, 1697 ; éd. 1902 des Contes de Perrault) (https://fr.wikisource.org/wiki/Contes_de_Perrault_(éd._1902)/Le_maître_Chat_ou_le_Chat_botté)
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