# El gigante egoísta

_Retold by Talerie (talerie.com) from The Happy Prince and Other Tales, after Oscar Wilde_ · 9 min read · ages 5+

Un Gigante egoísta levanta un muro para que los niños no entren a su jardín, que queda en invierno hasta que él sube a un niño pequeño a un árbol. Ya viejo, el Gigante ve al niño bajo un árbol de flores blancas, con marcas de dos clavos en las manos, y esa tarde los niños encuentran al Gigante muerto debajo del árbol.

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Todas las tardes, al salir de la escuela, los niños iban a jugar al jardín del Gigante.

Era un jardín grande y hermoso, de pasto verde y suave. Aquí y allá, entre el pasto, asomaban flores que parecían estrellas, y había doce durazneros que en primavera se llenaban de capullos delicados, rosados y color perla, y en otoño daban frutos jugosos. Los pájaros se posaban en las ramas y cantaban tan dulcemente que los niños dejaban de jugar para escucharlos.

—¡Qué felices somos aquí! —se decían unos a otros.

Un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y se había quedado con él siete años. Al cabo de ese tiempo ya le había dicho todo lo que tenía que decirle, porque su conversación no daba para mucho, y decidió volver a su castillo. Al llegar, vio a los niños jugando en el jardín.

—¿Qué hacen aquí? —gritó con voz muy áspera, y los niños salieron corriendo.

—Mi jardín es mi jardín —dijo el Gigante—. Eso lo entiende cualquiera, y no voy a dejar que nadie juegue en él más que yo.

Así que levantó un muro alto alrededor del jardín y colgó un letrero:

PROHIBIDA LA ENTRADA

Era un Gigante muy egoísta.

Los pobres niños ya no tenían dónde jugar. Lo intentaron en el camino, pero estaba lleno de polvo y de piedras duras, y no les gustó. Cuando terminaban las clases, daban vueltas alrededor del muro alto y platicaban del hermoso jardín que había del otro lado.

—¡Qué felices éramos allí! —se decían unos a otros.

Luego llegó la Primavera, y todo el país se llenó de florecitas y de pajaritos. Solo en el jardín del Gigante egoísta seguía siendo invierno. Los pájaros no tenían ganas de cantar allí porque no había niños, y los árboles se olvidaron de florecer. Una vez, una flor hermosa asomó la cabeza entre el pasto, pero cuando vio el letrero sintió tanta lástima por los niños que se metió otra vez en la tierra y se quedó dormida.

Los únicos contentos eran la Nieve y la Escarcha.

—¡La Primavera se olvidó de este jardín! —exclamaron—. Nos vamos a quedar a vivir aquí todo el año.

La Nieve cubrió el pasto con su gran manto blanco, y la Escarcha pintó de plata todos los árboles. Luego invitaron al Viento del Norte a quedarse con ellas, y él vino. Llegó envuelto en pieles, se pasaba el día rugiendo por el jardín y derribó las chimeneas del castillo.

—Este lugar es una delicia —dijo—. Hay que invitar al Granizo.

Y vino el Granizo. Todos los días, durante tres horas, golpeteaba el techo del castillo, hasta que rompió casi todas las tejas, y luego corría y corría alrededor del jardín lo más rápido que podía. Iba vestido de gris y su aliento era de hielo.

—No entiendo por qué la Primavera tarda tanto en llegar —dijo el Gigante egoísta, sentado junto a la ventana, con la vista en su jardín blanco y frío—. Ojalá cambie el tiempo.

Pero la Primavera no llegó nunca, y el Verano tampoco. El Otoño repartió frutos dorados en todos los jardines, pero en el del Gigante no dejó ninguno.

—Es demasiado egoísta —dijo el Otoño.

Así que allí siempre era invierno, y el Viento del Norte, el Granizo, la Escarcha y la Nieve bailaban entre los árboles.

Una mañana, el Gigante estaba despierto en la cama cuando oyó una música preciosa. Le sonó tan dulce que pensó que pasaban por ahí los músicos del rey. En realidad era solo un pequeño pardillo que cantaba afuera de su ventana, pero el Gigante llevaba tanto tiempo sin oír cantar un pájaro en su jardín que le pareció la música más hermosa del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir y por la ventana abierta le llegó un perfume delicioso.

—Creo que por fin llegó la Primavera —dijo el Gigante, y saltó de la cama para asomarse.

¿Y qué vio?

Vio algo maravilloso. Por un agujerito del muro, los niños se habían metido al jardín y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol que alcanzaba a ver había un niño. Y los árboles estaban tan contentos de tenerlos otra vez que se habían cubierto de flores y mecían los brazos suavemente sobre la cabeza de los niños. Los pájaros revoloteaban y trinaban de alegría, y las flores se asomaban entre el pasto verde y se reían.

Era una escena encantadora; solo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más lejano del jardín, y allí había un niño pequeño.

Era tan pequeño que no alcanzaba las ramas, y daba vueltas y vueltas alrededor del árbol, llorando amargamente. El pobre árbol seguía cubierto de escarcha y de nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía sobre él.

—¡Súbete, niño! —le dijo el árbol, y bajó las ramas todo lo que pudo; pero el niño era demasiado chiquito.

Al Gigante se le ablandó el corazón mientras miraba.

—¡Qué egoísta fui! —dijo—. Ahora sé por qué no quería venir la Primavera. Voy a subir a ese pobre niño a la copa del árbol, luego voy a derribar el muro, y mi jardín será de los niños para siempre.

De verdad estaba muy arrepentido de lo que había hecho.

Bajó la escalera sin hacer ruido, abrió la puerta muy despacio y salió al jardín. Pero cuando los niños lo vieron, se asustaron tanto que todos huyeron, y en el jardín volvió a ser invierno. Solo el niño pequeño no huyó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Así que el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó con cuidado en la mano y lo subió al árbol.

Al instante el árbol se cubrió de flores y los pájaros vinieron a cantar en él. El niño estiró los dos brazos, rodeó con ellos el cuello del Gigante y le dio un beso. Los demás niños, al ver que el Gigante ya no era malo, regresaron corriendo, y con ellos llegó la Primavera.

—Ahora el jardín es de ustedes, pequeños —dijo el Gigante, y tomó un hacha enorme y derribó el muro.

Cuando la gente pasó rumbo al mercado, a las doce del día, encontró al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que había visto jamás.

Jugaron todo el día, y al anochecer los niños fueron a despedirse del Gigante.

—¿Y dónde está su compañerito? —preguntó—. El niño que subí al árbol.

El Gigante lo quería más que a ninguno, porque el niño le había dado un beso.

—No sabemos —contestaron los niños—. Ya se fue.

—Díganle que no falte mañana —dijo el Gigante.

Pero los niños le dijeron que no sabían dónde vivía el niño y que nunca lo habían visto antes, y el Gigante se puso muy triste.

Todas las tardes, al terminar la escuela, los niños venían a jugar con el Gigante. Pero al niño pequeño que él tanto quería no lo volvieron a ver. El Gigante era muy bueno con todos los niños y, sin embargo, extrañaba a su primer amiguito y hablaba de él muy seguido.

—¡Cómo me gustaría verlo! —decía.

Pasaron los años, y el Gigante se volvió muy viejo y débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un sillón enorme a mirar los juegos de los niños y a admirar su jardín.

—Tengo muchas flores hermosas —decía—, pero los niños son las flores más hermosas de todas.

Una mañana de invierno, mientras se vestía, se asomó por la ventana. Ya no odiaba el invierno, porque sabía que era solo la Primavera dormida y que las flores estaban descansando.

De pronto se talló los ojos, asombrado, y miró y volvió a mirar. Era, sin duda, algo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto de preciosas flores blancas. Sus ramas eran todas de oro, de ellas colgaban frutos de plata, y debajo estaba el niño pequeño al que él había querido tanto.

El Gigante bajó corriendo la escalera, lleno de alegría, y salió al jardín. Cruzó el pasto a toda prisa y se acercó al niño. Pero cuando estuvo muy cerca, la cara se le puso roja de enojo.

—¿Quién se atrevió a herirte?

Porque en las palmas de las manos del niño se veían las marcas de dos clavos, y las marcas de dos clavos se veían también en sus piececitos.

—¿Quién se atrevió a herirte? —gritó el Gigante—. Dímelo, y tomaré mi gran espada para matarlo.

—¡No! —contestó el niño—. Estas son las heridas del Amor.

—¿Quién eres? —preguntó el Gigante, sobrecogido por un temor extraño, y cayó de rodillas ante el niño.

El niño le sonrió y le dijo:

—Una vez me dejaste jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando los niños llegaron corriendo esa tarde, encontraron al Gigante muerto debajo del árbol, todo cubierto de flores blancas.

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## About this tale

«The Selfish Giant», que aquí llamamos «El gigante egoísta», es un cuento de Oscar Wilde. Es el tercero de los cinco cuentos que reúne un volumen suyo, ilustrado por Walter Crane y Jacomb Hood y editado en Londres por David Nutt en mayo de 1888. El libro lleva el título del primero, «The Happy Prince».

Nuestro punto de partida fue una edición inglesa posterior que ilustró Charles Robinson. Al cotejarla con la de 1888 solo encontramos dos palabras distintas y algún signo de puntuación, así que el cuento es el mismo; lo que cambió fueron las ilustraciones. De ese texto sale nuestra versión en español.

> los niños son las flores más hermosas de todas
>
> Oscar Wilde, 1888: the children are the most beautiful flowers of all

### Wilde en 1888 frente a nuestro texto en español

|  | Wilde, 1888 | Nuestra versión |
| --- | --- | --- |
| Visita del Gigante | siete años con el ogro de Cornualles | igual |
| El letrero | «TRESPASSERS WILL BE PROSECUTED» | «PROHIBIDA LA ENTRADA» |
| El pájaro que canta | «a little linnet» | «un pequeño pardillo» |
| El muro | lo derriba con un hacha | igual |
| La amenaza | «take my big sword and slay him» | igual: «tomaré mi gran espada para matarlo» |
| El habla del final | formas antiguas: «hath», «thee», «Nay» | palabras de hoy, se hablan de tú |
| Las heridas | marcas de clavos en manos y pies | igual: «las marcas de dos clavos» |
| El final | el Gigante muerto bajo el árbol en flor | igual |

### Cómo lo cuenta nuestro texto

Nuestra versión sigue a Wilde de principio a fin, en su orden y sin quitar nada de la trama. El Gigante vuelve después de pasar siete años con su amigo, el ogro de Cornualles, echa a los niños, levanta un muro alrededor del jardín, y allí se instala el invierno con la Nieve, la Escarcha, el Granizo y el Viento del Norte. Una mañana el Gigante oye cantar a un pardillo: los niños se han colado por un agujerito del muro y los árboles vuelven a florecer. Al ver a un niño muy pequeño que no alcanza las ramas, el Gigante se arrepiente, lo sube al árbol, derriba el muro y les deja el jardín a los niños. Lo que cambia es el habla: donde Wilde usa formas antiguas del inglés, el niño y el Gigante se hablan aquí de tú, con palabras de hoy.

Conviene que sepas cómo termina antes de leerlo con niños. Ya muy viejo, el Gigante encuentra bajo un árbol al niño que tanto quería; el pequeño tiene marcas de clavos en las manos y en los pies. El niño le dice que son «las heridas del Amor» y lo invita a su jardín, que es el Paraíso, y esa tarde los demás niños encuentran al Gigante muerto bajo el árbol, cubierto de flores blancas. El final es sereno: no hay sangre ni se describe ningún dolor, y Wilde no dice en ningún momento quién es el niño.

### Cuentos del mismo libro y una confusión

En el libro de 1888 este cuento va acompañado de otros cuatro de Wilde: «El príncipe feliz» y «El amigo fiel», que también puedes leer aquí en español, y «The Remarkable Rocket» y «The Nightingale and the Rose», que no tenemos.

No confundas al amigo del Gigante con el ogro de «Juan y los frijoles mágicos». Nuestros textos de los dos cuentos usan la misma palabra, «ogro», pero del amigo de Cornualles Wilde no cuenta más que la visita de siete años, y ninguna de las fuentes que leímos relaciona las dos historias.

Sources (claims checked against them on 2026-11-02):
- 1888: The Selfish Giant, Oscar Wilde, en The Happy Prince and Other Tales, London: David Nutt, 1888, pp. 43–55 (https://archive.org/details/happyprinceother02wild)
- The Selfish Giant, en The Happy Prince and Other Tales, il. C. Robinson, New York: Brentano's, s. f., p. 59 [our source] (https://www.gutenberg.org/ebooks/30120)
- Wikidata Q1199626 (https://www.wikidata.org/wiki/Q1199626)

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- Read online: https://talerie.com/es/cuentos/el-gigante-egoista
- Also in: [English](https://talerie.com/en/tales/the-selfish-giant.md), [German](https://talerie.com/de/maerchen/der-selbstsuechtige-riese.md), [Portuguese](https://talerie.com/pt/contos/o-gigante-egoista.md)
- Author's country: Ireland (https://talerie.com/es/cuentos/pais/irlanda)
- Wikidata: https://www.wikidata.org/wiki/Q1199626
- Source: The Happy Prince and Other Tales, by Oscar Wilde (Project Gutenberg #30120) (https://www.gutenberg.org/ebooks/30120)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: The Happy Prince and Other Tales, by Oscar Wilde (Project Gutenberg #30120) — original: author died 1900 (+70 passed)
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