# El lobo y los siete cabritillos

_Hermanos Grimm_ · 6 min read · ages 6-10

Mientras su madre busca comida, el lobo engaña a los siete cabritillos y se los traga enteros, salvo al más pequeño, escondido en la caja del reloj. La cabra le abre la panza al lobo dormido, sus hijos salen vivos y le rellenan el vientre de piedras pesadas que lo jalan al pozo, donde los siete bailan de alegría.

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Había una vez una cabra vieja que tenía siete cabritillos, y los quería como una madre quiere a sus hijos. Un día, cuando iba a salir al bosque a buscar comida, los llamó a todos y les dijo:

—Hijitos míos, me voy al bosque. Cuídense mucho del lobo, porque si entra en la casa se los come enteros, sin dejar ni un pelo. El muy malvado sabe disimular, pero por la voz ronca y por las patas negras lo van a reconocer enseguida.

—No te preocupes, mamá —dijeron los cabritillos—. Vamos a tener mucho cuidado. Puedes irte tranquila.

La cabra baló despacito y se fue por el camino con el corazón en paz.

No había pasado mucho rato cuando alguien tocó a la puerta y gritó:

—¡Ábranme, hijitos queridos! Ya llegó su madre y les trajo algo a cada uno.

Pero los cabritillos oyeron aquella voz ronca y supieron que era el lobo.

—No te abrimos —gritaron—. Tú no eres nuestra madre. Ella tiene la voz delgadita y dulce, y la tuya es ronca. ¡Tú eres el lobo!

Entonces el lobo se fue con el tendero y compró un buen pedazo de gis. Se lo comió y así se le puso fina la voz. Luego regresó, tocó a la puerta y gritó:

—¡Ábranme, hijitos queridos! Ya llegó su madre y les trajo algo a cada uno.

Pero había apoyado su pata negra en la ventana, y los cabritillos la vieron.

—No te abrimos —gritaron—. Nuestra madre no tiene la pata negra como tú. ¡Tú eres el lobo!

Entonces el lobo corrió con el panadero y le dijo:

—Me lastimé la pata. Úntame un poco de masa encima.

Y cuando el panadero se la untó, el lobo corrió con el molinero y le dijo:

—Échame harina blanca en la pata.

El molinero pensó: «Este lobo quiere engañar a alguien», y se negó. Pero el lobo le dijo:

—Si no lo haces, te como.

Al molinero le entró tanto miedo que le dejó la pata bien blanca. Así es la gente.

El malvado volvió por tercera vez a la puerta de la casa, tocó y dijo:

—Ábranme, niños. Su mamacita ya volvió y les trajo algo del bosque a cada uno.

Los cabritillos gritaron:

—Enséñanos primero la pata, para saber si de veras eres nuestra mamacita.

El lobo puso la pata en la ventana, y cuando ellos vieron que era blanca, creyeron que todo lo que decía era cierto y abrieron la puerta. Pero el que entró fue el lobo.

Se asustaron muchísimo y corrieron a esconderse. El primero se metió debajo de la mesa; el segundo, en la cama; el tercero, en el horno; el cuarto, en la cocina; el quinto, en el ropero; el sexto, debajo de la palangana, y el séptimo, en la caja del reloj. Pero el lobo los encontró a todos y no se anduvo con miramientos: uno tras otro se los fue tragando. Solo al más pequeño, el de la caja del reloj, no lo encontró. Cuando el lobo quedó satisfecho, se fue de ahí, se echó en el prado verde debajo de un árbol y se quedó dormido.

Poco después, la cabra vieja volvió del bosque. ¡Ay, lo que tuvo que ver! La puerta estaba abierta de par en par, la mesa, las sillas y las bancas tiradas por el suelo, la palangana hecha pedazos y la cobija y las almohadas arrancadas de la cama. Buscó a sus hijos, pero no los encontró por ninguna parte. Los fue llamando uno por uno, por su nombre, y nadie contestaba. Hasta que llegó al más pequeño, y entonces una vocecita delgada le dijo:

—Mamá querida, estoy aquí, metido en la caja del reloj.

Lo sacó, y el cabritillo le contó que había venido el lobo y se había comido a todos los demás. Ya se imaginarán cómo lloró por sus pobres hijos.

Al final salió de la casa con toda su pena, y el cabritillo más pequeño se fue corriendo tras ella. Cuando llegó al prado, ahí estaba el lobo junto al árbol, roncando tan fuerte que las ramas temblaban. La cabra lo miró por todos lados y vio que en aquella panza tan llena algo se movía y pataleaba.

«¡Ay, Dios mío! —pensó—. ¿Será que mis pobres hijos, los que se tragó para la cena, todavía están vivos?»

El cabritillo tuvo que ir corriendo a la casa por las tijeras, la aguja y el hilo. Entonces la cabra le abrió la panza al monstruo, y apenas había dado el primer corte cuando ya un cabritillo asomaba la cabeza. Siguió cortando, y los seis fueron saliendo de un salto, uno tras otro, todos vivos y sin un solo rasguño, porque el monstruo, de tan glotón, se los había tragado enteros. ¡Qué alegría! Abrazaron a su madre querida y brincaron de puro gusto. Pero la cabra vieja les dijo:

—Ahora vayan a buscar piedras bien pesadas. Con ellas le vamos a llenar la panza a este animal desalmado, mientras sigue dormido.

Los siete cabritillos trajeron las piedras a toda prisa y se las fueron metiendo en la panza, todas las que cupieron. Después la cabra se la cosió a toda velocidad, tan callandito que el lobo no sintió nada ni se movió siquiera.

Cuando por fin el lobo acabó de dormir, se puso de pie, y como las piedras le habían dado una sed enorme, quiso ir al pozo a beber. Pero en cuanto empezó a caminar y a moverse de un lado a otro, las piedras chocaron unas con otras dentro de su panza y se pusieron a sonar. Entonces gritó:

¿Qué retumba, qué rebota,  
qué en la panza anda sonando?  
Creí que eran seis cabritillos  
y son piedras que ando cargando.

Y cuando llegó al pozo y se inclinó sobre el agua para beber, las piedras pesadas lo jalaron hacia adentro y se ahogó sin remedio. En cuanto los siete cabritillos lo vieron, llegaron corriendo y gritaron:

—¡El lobo está muerto! ¡El lobo está muerto!

Y se pusieron a bailar de alegría con su madre alrededor del pozo.

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- Source: Kinder- und Hausmärchen, 7. Auflage (1857) (https://de.wikisource.org/wiki/Der_Wolf_und_die_sieben_jungen_Geislein_(1857))
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