# El pescador y su alma

_Oscar Wilde_ · 73 min read · ages 10-14

Un joven pescador corta su sombra para librarse de su Alma y vivir con la sirenita, pero el Alma vuelve y lo arrastra al mal. Cuando el pescador muere abrazado a la sirenita, la gente los entierra sin señal en el Campo de los Bataneros, y el sacerdote, al ver en el altar flores extrañas de ese rincón, bendice el mar.

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Cada tarde el joven pescador salía al mar y echaba sus redes al agua.

Cuando el viento soplaba de tierra, no pescaba nada, o muy poco, porque era un viento amargo de alas negras, y las olas se alzaban bravas a su encuentro. Pero cuando el viento soplaba hacia la orilla, los peces subían de lo hondo y se metían entre las mallas de sus redes, y él los llevaba a la plaza del mercado y los vendía.

Cada tarde salía al mar, y una tarde la red pesaba tanto que apenas podía subirla a la barca. Se rio y se dijo: «Seguro que atrapé todos los peces que nadan, o algún monstruo raro que la gente vendrá a ver asombrada, o alguna cosa espantosa que la gran reina querrá tener».

Entonces jaló con todas sus fuerzas las cuerdas ásperas, hasta que las venas se le marcaron en los brazos como líneas de esmalte azul alrededor de un jarrón de bronce. Jaló las cuerdas delgadas, y el círculo de corchos planos se fue acercando cada vez más, y por fin la red salió a la superficie.

Pero no había ni un pez en ella, ni monstruo ni cosa espantosa: solo una sirenita profundamente dormida.

Tenía el cabello como un vellón de oro mojado, y cada hebra era como un hilo de oro fino dentro de una copa de cristal. Su cuerpo era blanco como el marfil, y su cola era de plata y de perla. De plata y de perla era su cola, y las algas verdes del mar se le enroscaban alrededor; sus orejas eran como caracolas, y sus labios como coral. Las olas frías le bañaban el pecho frío, y la sal le brillaba en los párpados.

Era tan hermosa que, al verla, el joven pescador se quedó maravillado. Alargó la mano, acercó la red y, inclinándose por la borda, la estrechó entre sus brazos. En cuanto la tocó, ella lanzó un grito como de gaviota asustada, se despertó y lo miró aterrada con sus ojos de amatista malva, y forcejeó para escapar. Pero él la apretó con fuerza contra su pecho y no la dejó ir.

Cuando la sirenita vio que no había manera de escaparse, se puso a llorar y dijo:

—Te lo ruego, déjame ir. Soy la única hija de un rey, y mi padre es viejo y está solo.

Pero el joven pescador le contestó:

—No te dejaré ir si no me prometes que, cada vez que te llame, vendrás a cantarme. A los peces les encanta escuchar el canto de la gente del mar, y así mis redes estarán siempre llenas.

—¿De verdad me dejarás ir si te lo prometo? —exclamó la sirenita.

—De verdad te dejaré ir —dijo el joven pescador.

Entonces ella le prometió lo que él quería y se lo juró con el juramento de la gente del mar. Él aflojó los brazos, y ella se hundió en el agua, temblando con un miedo que nunca había sentido.

Cada tarde el joven pescador salía al mar y llamaba a la sirenita, y ella salía del agua y le cantaba. Los delfines nadaban a su alrededor, dando vueltas y vueltas, y las gaviotas salvajes giraban sobre su cabeza.

Y cantaba una canción maravillosa. Cantaba sobre la gente del mar, que lleva sus rebaños de cueva en cueva y carga a los becerritos sobre los hombros; sobre los tritones de largas barbas verdes y pecho velludo, que soplan caracolas retorcidas cuando pasa el rey; sobre el palacio del rey, todo de ámbar, con techo de esmeralda clara y piso de perla reluciente.

Cantaba sobre los jardines del mar, donde los grandes abanicos de coral, finos como filigrana, se mecen todo el día, y los peces cruzan como pájaros de plata, y las anémonas se aferran a las rocas, y los claveles del mar brotan en la arena amarilla y ondulada.

Cantaba sobre las grandes ballenas que bajan de los mares del norte con carámbanos afilados colgándoles de las aletas; sobre las sirenas que cuentan cosas tan maravillosas que los mercaderes tienen que taparse los oídos con cera, porque si las oyeran saltarían al agua y se ahogarían; sobre las galeras hundidas de altos mástiles, con los marineros helados aferrados a las jarcias y las caballas entrando y saliendo por las portillas abiertas.

Cantaba sobre los pequeños percebes, que son grandes viajeros y se pegan a las quillas de los barcos y le dan la vuelta al mundo; y sobre las sepias que viven en las grietas de los acantilados, que estiran sus largos brazos negros y pueden hacer que caiga la noche cuando quieren.

Cantaba sobre el nautilo, que tiene una barca propia tallada en un ópalo y gobernada con una vela de seda; sobre los sirenos felices que tocan el arpa y saben arrullar al gran Kraken hasta dormirlo; sobre los niños pequeños que se agarran de las marsopas resbalosas y cabalgan riendo sobre su lomo; sobre las sirenas que se recuestan en la espuma blanca y les tienden los brazos a los marineros; y sobre los leones marinos de colmillos curvos y los caballitos de mar de crines flotantes.

Mientras ella cantaba, todos los atunes subían de lo hondo para escucharla, y el joven pescador los rodeaba con sus redes y los atrapaba, y a otros los sacaba con el arpón. Y cuando la barca estaba bien cargada, la sirenita se hundía en el mar sonriéndole.

Pero nunca se le acercaba tanto como para que él pudiera tocarla. Muchas veces él la llamaba y le suplicaba, pero ella no quería; y cuando él intentaba agarrarla, ella se zambullía como una foca, y él ya no la volvía a ver en todo el día. Y cada día su voz le sonaba más dulce. Tan dulce era que se olvidó de sus redes y de su destreza, y ya no le importaba su oficio.

Pasaban los atunes en cardúmenes, con aletas bermejas y ojos de oro repujado, y él no les hacía caso. El arpón se quedaba a su lado sin usar, y sus canastas de mimbre trenzado estaban vacías. Con los labios entreabiertos y los ojos nublados de asombro, se quedaba quieto en su barca, escuchando, escuchando, hasta que las brumas del mar lo envolvían y la luna errante le teñía de plata los miembros morenos.

Una tarde la llamó y le dijo:

—Sirenita, sirenita, te amo. Tómame por esposo, porque te amo.

Pero la sirenita negó con la cabeza.

—Tú tienes un alma humana —le contestó—. Si tan solo te deshicieras de tu alma, entonces podría amarte.

Y el joven pescador se dijo: «¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco. Claro que me voy a deshacer de ella, y seré muy feliz». Un grito de alegría se le escapó de los labios y, de pie en la barca pintada, le tendió los brazos a la sirenita.

—¡Me voy a deshacer de mi alma! —exclamó—. Y tú serás mi esposa, y yo seré tu esposo, y viviremos juntos en lo hondo del mar, y me mostrarás todo lo que me has cantado, y haré todo lo que tú quieras, y nuestras vidas nunca se separarán.

Y la sirenita se rio de gusto y se tapó la cara con las manos.

—Pero ¿cómo me deshago de mi alma? —exclamó el joven pescador—. Dime cómo hacerlo, y verás que lo hago.

—¡Ay, no lo sé! —dijo la sirenita—. La gente del mar no tiene alma.

Y se hundió en lo hondo, mirándolo con nostalgia.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando el sol todavía no se alzaba ni un palmo sobre la colina, el joven pescador fue a la casa del sacerdote y tocó tres veces a la puerta.

El novicio se asomó por la mirilla y, al ver quién era, corrió el cerrojo y le dijo:

—Pase.

El joven pescador entró, se arrodilló sobre los juncos olorosos que cubrían el piso y le habló en voz alta al sacerdote, que estaba leyendo el Libro Sagrado:

—Padre, estoy enamorado de una muchacha de la gente del mar, y mi alma me impide tener lo que deseo. Dígame cómo puedo deshacerme de mi alma, porque la verdad es que no la necesito. ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

Y el sacerdote se golpeó el pecho y contestó:

—¡Ay, ay de ti! Estás loco, o comiste alguna hierba venenosa, porque el alma es la parte más noble del hombre, y Dios nos la dio para que la usáramos con nobleza. No hay nada más precioso que un alma humana, ni cosa de la tierra que se le pueda comparar. Vale todo el oro que hay en el mundo, y es más preciosa que los rubíes de los reyes.

—Así que, hijo mío, no pienses más en este asunto —siguió—, porque es un pecado que no se puede perdonar. Y en cuanto a la gente del mar, están perdidos, y los que tratan con ellos se pierden también. Son como las bestias del campo, que no distinguen el bien del mal, y por ellos el Señor no murió.

Al oír las palabras amargas del sacerdote, al joven pescador se le llenaron los ojos de lágrimas. Se levantó y le dijo:

—Padre, los faunos viven en el bosque y están contentos, y en las rocas se sientan los sirenos con sus arpas de oro rojo. Déjeme ser como ellos, se lo suplico, porque sus días son como los días de las flores. Y en cuanto a mi alma, ¿de qué me sirve, si se interpone entre mí y lo que amo?

—El amor de la carne es vil —gritó el sacerdote, frunciendo el ceño—, y viles y malas son las criaturas paganas que Dios deja vagar por su mundo. ¡Malditos sean los faunos del bosque, y malditos los cantores del mar!

—Yo los he oído de noche —siguió—, y han querido apartarme de mi rosario. Tocan en la ventana y se ríen. Me susurran al oído el cuento de sus alegrías peligrosas. Me tientan de mil maneras, y cuando quiero rezar me hacen muecas. Están perdidos, te digo, están perdidos. Para ellos no hay cielo ni infierno, y en ninguno de los dos alabarán el nombre de Dios.

—Padre —exclamó el joven pescador—, usted no sabe lo que dice. Una vez atrapé en mi red a la hija de un rey. Es más bella que la estrella de la mañana y más blanca que la luna. Por su cuerpo daría mi alma, y por su amor renunciaría al cielo. Dígame lo que le pido y déjeme ir en paz.

—¡Fuera! ¡Fuera! —gritó el sacerdote—. Tu amada está perdida, y tú te perderás con ella.

Y no le dio su bendición, sino que lo echó de su casa.

El joven pescador bajó despacio a la plaza del mercado, con la cabeza gacha, como quien carga una pena.

Cuando los mercaderes lo vieron venir, empezaron a cuchichear entre ellos, y uno salió a su encuentro, lo llamó por su nombre y le dijo:

—¿Qué traes para vender?

—Le vendo mi alma —contestó él—. Se lo ruego, cómpremela, porque estoy cansado de ella. ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

Pero los mercaderes se burlaron de él y le dijeron:

—¿Y a nosotros de qué nos sirve el alma de un hombre? No vale ni una moneda de plata limada. Véndenos tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de púrpura marina, te pondremos un anillo en el dedo y te haremos el favorito de la gran reina. Pero no nos hables del alma, porque para nosotros no es nada ni nos sirve de nada.

Y el joven pescador se dijo: «¡Qué cosa tan extraña! El sacerdote me dice que el alma vale todo el oro del mundo, y los mercaderes dicen que no vale ni una moneda de plata limada». Salió de la plaza, bajó a la orilla del mar y se puso a pensar qué debía hacer.

A mediodía se acordó de que uno de sus compañeros, que recogía hinojo marino entre las rocas, le había hablado de cierta joven bruja que vivía en una cueva al fondo de la bahía y era muy astuta en sus hechicerías. Y echó a correr, tan ansioso estaba de librarse de su alma, y una nube de polvo lo siguió mientras él rodeaba a toda prisa la arena de la playa.

Por la comezón que le dio en la palma de la mano, la joven bruja supo que él venía, y se rio y se soltó el cabello rojo. Con el cabello rojo cayéndole alrededor, se quedó de pie a la entrada de la cueva, y en la mano tenía una rama de cicuta silvestre en flor.

—¿Qué te falta? ¿Qué te falta? —gritaba mientras él subía jadeando la cuesta y se inclinaba ante ella—. ¿Peces para tu red, cuando el viento es malo? Tengo una flautita de carrizo, y cuando la soplo los salmonetes entran navegando a la bahía. Pero tiene un precio, muchacho lindo, tiene un precio.

—¿Qué te falta? ¿Qué te falta? —siguió—. ¿Una tormenta que haga naufragar los barcos y arroje a la playa los cofres de ricos tesoros? Tengo más tormentas que el viento, porque sirvo a uno que es más fuerte que el viento, y con una criba y una cubeta de agua puedo mandar las grandes galeras al fondo del mar. Pero tiene un precio, muchacho lindo, tiene un precio.

—¿Qué te falta? ¿Qué te falta? —siguió la bruja—. Conozco una flor que crece en el valle; nadie la conoce más que yo. Tiene hojas moradas y una estrella en el corazón, y su jugo es blanco como la leche. Si con esa flor tocaras los labios duros de la reina, ella te seguiría por todo el mundo. Se levantaría de la cama del rey y te seguiría por el mundo entero. Pero tiene un precio, muchacho lindo, tiene un precio.

—¿Qué te falta? ¿Qué te falta? —siguió—. Puedo machacar un sapo en un mortero y hacer un caldo con él, y menear el caldo con la mano de un muerto. Rocíalo sobre tu enemigo mientras duerme, y se convertirá en una víbora negra, y su propia madre lo matará. Con una rueda puedo bajar la luna del cielo, y en un cristal puedo enseñarte a la Muerte. ¿Qué te falta? ¿Qué te falta? Dime lo que deseas y te lo daré, pero tiene un precio, muchacho lindo, tiene un precio.

—Lo que deseo es poca cosa —dijo el joven pescador—, pero el sacerdote se enojó conmigo y me echó. Es poca cosa, y los mercaderes se burlaron de mí y me la negaron. Por eso vine contigo, aunque la gente dice que eres mala, y sea cual sea tu precio, lo pagaré.

—¿Qué quieres? —preguntó la bruja, acercándose a él.

—Quiero deshacerme de mi alma —contestó el joven pescador.

La bruja se puso pálida, se estremeció y se escondió la cara en el manto azul.

—Muchacho lindo, muchacho lindo —murmuró—, eso es algo terrible.

El pescador sacudió los rizos castaños, se rio y le contestó:

—Mi alma no es nada para mí. No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.

—¿Y qué me darás si te lo digo? —preguntó la bruja, mirándolo desde arriba con sus ojos hermosos.

—Cinco monedas de oro —dijo él—, y mis redes, y la casa de varas donde vivo, y la barca pintada en que navego. Nada más dime cómo librarme de mi alma, y te daré todo lo que tengo.

Ella se burló de él y le dio un golpecito con la rama de cicuta.

—Puedo convertir en oro las hojas del otoño —contestó—, y puedo tejer plata con los pálidos rayos de la luna, si se me antoja. Aquel a quien sirvo es más rico que todos los reyes de este mundo, y sus reinos le pertenecen.

—Entonces, ¿qué te daré —exclamó él—, si tu precio no es ni oro ni plata?

La bruja le acarició el pelo con su mano blanca y delgada.

—Tienes que bailar conmigo, muchacho lindo —murmuró con una sonrisa.

—¿Nada más eso? —exclamó asombrado el joven pescador, y se puso de pie.

—Nada más eso —contestó ella, y le volvió a sonreír.

—Entonces, al ponerse el sol, bailaremos juntos en algún lugar escondido —dijo él—, y después de bailar me dirás lo que quiero saber.

Ella negó con la cabeza.

—Cuando la luna esté llena, cuando la luna esté llena —murmuró.

Luego miró a su alrededor y se puso a escuchar. Un pájaro azul se levantó chillando de su nido y voló en círculos sobre las dunas, y tres pájaros moteados cruzaron entre la hierba gris y áspera, silbándose unos a otros. No se oía nada más que una ola que se arrastraba sobre los guijarros lisos, allá abajo. Entonces la bruja estiró la mano, lo atrajo hacia sí y le acercó al oído sus labios secos.

—Esta noche tienes que subir a la cima de la montaña —le susurró—. Hay aquelarre, y Él estará allí.

El joven pescador se sobresaltó y la miró, y ella le enseñó los dientes blancos y se rio.

—¿Quién es ese Él de quien hablas? —preguntó él.

—Eso no importa —contestó ella—. Tú ve esta noche, ponte bajo las ramas del carpe y espera a que yo llegue. Si un perro negro corre hacia ti, pégale con una vara de sauce y se irá. Si un búho te habla, no le contestes. Cuando la luna esté llena, estaré contigo y bailaremos juntos sobre la hierba.

—Pero ¿me juras que me dirás cómo deshacerme de mi alma? —preguntó él.

Ella salió a la luz del sol, y el viento le ondeaba el cabello rojo.

—Lo juro por las pezuñas del macho cabrío —respondió.

—Eres la mejor de las brujas —exclamó el joven pescador—, y claro que bailaré contigo esta noche en la cima de la montaña. La verdad, hubiera preferido que me pidieras oro o plata. Pero tendrás tu precio, sea el que sea, porque es poca cosa.

Se quitó la gorra ante ella, inclinó mucho la cabeza y volvió corriendo al pueblo, lleno de alegría.

La bruja lo miró alejarse, y cuando lo perdió de vista entró en su cueva. Sacó un espejo de una caja de cedro tallado, lo colocó sobre un soporte, quemó verbena en unas brasas delante de él y se quedó mirando a través de las volutas del humo. Al cabo de un rato apretó los puños de rabia.

—Tenía que haber sido mío —murmuró—. Soy tan bella como ella.

Esa noche, cuando ya había salido la luna, el joven pescador subió a la cima de la montaña y se quedó bajo las ramas del carpe. Como un escudo de metal bruñido, el mar redondo se extendía a sus pies, y las sombras de las barcas de pesca se movían en la pequeña bahía. Un gran búho de ojos amarillos como el azufre lo llamó por su nombre, pero él no le contestó. Un perro negro corrió hacia él gruñendo. El joven pescador le pegó con la vara de sauce, y el perro se fue gimiendo.

A medianoche llegaron las brujas volando por el aire como murciélagos.

—¡Uf! —gritaron al posarse en el suelo—. ¡Aquí hay alguien que no conocemos!

Y olfateaban por todas partes, y parloteaban entre ellas, y se hacían señas. La última en llegar fue la joven bruja, con el cabello rojo flotando en el viento. Llevaba un vestido de tela de oro bordado con ojos de pavo real, y en la cabeza una gorrita de terciopelo verde.

—¿Dónde está? ¿Dónde está? —chillaron las brujas al verla.

Pero ella solo se rio, corrió hacia el carpe, tomó al pescador de la mano, lo sacó a la luz de la luna y empezó a bailar.

Daban vueltas y vueltas, y la joven bruja saltaba tan alto que él podía ver los tacones escarlata de sus zapatos. De pronto, por en medio de los que bailaban, se oyó el galope de un caballo, pero no se veía ningún caballo, y él tuvo miedo.

—¡Más rápido! —gritó la bruja, y le echó los brazos al cuello, y él sintió en la cara su aliento caliente—. ¡Más rápido, más rápido!

La tierra parecía girar bajo sus pies y se le nubló la cabeza. Lo invadió un gran terror, como si algo malo lo estuviera vigilando, y por fin se dio cuenta de que a la sombra de una roca había una figura que antes no estaba ahí.

Era un hombre vestido de terciopelo negro, cortado a la moda española. Tenía la cara extrañamente pálida, pero los labios eran como una orgullosa flor roja. Parecía cansado, y estaba recostado, jugando con desgana con la empuñadura de su daga.

En la hierba, a su lado, había un sombrero con plumas y unos guantes de montar con puños de encaje dorado, bordados con aljófar en un dibujo curioso. De un hombro le colgaba una capa corta forrada de marta cebellina, y sus delicadas manos blancas estaban cuajadas de anillos. Unos párpados pesados le caían sobre los ojos.

El joven pescador lo miraba como atrapado en un hechizo. Por fin sus miradas se cruzaron, y bailara donde bailara, le parecía que los ojos de aquel hombre estaban fijos en él. Oyó reír a la bruja, la agarró por la cintura y la hizo girar como loco, vueltas y vueltas.

De repente un perro aulló en el bosque, y los que bailaban se detuvieron. De dos en dos fueron acercándose al hombre, se arrodillaron y le besaron las manos. Mientras lo hacían, una sonrisita le rozó los labios orgullosos, como el ala de un pájaro roza el agua y la hace reír. Pero había desprecio en ella. El hombre seguía mirando al joven pescador.

—¡Ven! Vamos a adorarlo —susurró la bruja.

Y lo llevó hacia allá, y a él le entraron unas ganas enormes de hacer lo que ella le pedía, y la siguió. Pero cuando estuvo cerca, sin saber por qué lo hacía, se hizo en el pecho la señal de la cruz e invocó el santo nombre.

Apenas el joven pescador lo hizo, las brujas chillaron como halcones y se fueron volando, y el rostro pálido que lo había estado vigilando se crispó con un espasmo de dolor. El hombre se fue hacia un bosquecillo y silbó. Un caballo pequeño con arreos de plata llegó corriendo a su encuentro. Al saltar a la silla, el hombre se volvió y miró al joven pescador con tristeza.

La bruja del cabello rojo también intentó escapar volando, pero el pescador la agarró de las muñecas y la sujetó con fuerza.

—¡Suéltame! —gritó ella—. Déjame ir. Nombraste lo que no debe nombrarse y mostraste la señal que no se puede mirar.

—No —contestó él—, no te dejaré ir hasta que me digas el secreto.

—¿Qué secreto? —dijo la bruja, forcejeando con él como un gato montés y mordiéndose los labios llenos de espuma.

—Tú sabes cuál —contestó él.

A la bruja se le nublaron de lágrimas los ojos verdes como la hierba, y le dijo al pescador:

—¡Pídeme cualquier cosa menos eso!

Él se rio y la sujetó todavía con más fuerza.

Cuando ella vio que no podía soltarse, le susurró:

—Seguro que soy tan bella como las hijas del mar, y tan linda como las que viven en las aguas azules.

Y se le arrimó mimosa y acercó la cara a la suya.

Pero él la empujó, frunciendo el ceño, y le dijo:

—Si no cumples la promesa que me hiciste, te mataré por bruja mentirosa.

Ella se puso gris como una flor del árbol de Judas, y se estremeció.

—Está bien —murmuró—. Es tu alma, no la mía. Haz con ella lo que quieras.

Y sacó del cinturón un cuchillito con mango de piel verde de víbora, y se lo dio.

—¿Y esto para qué me sirve? —le preguntó él, extrañado.

Ella se quedó callada unos momentos, y una mirada de terror le cruzó la cara. Luego se apartó el cabello de la frente y, con una sonrisa extraña, le dijo:

—Lo que los hombres llaman la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Párate en la orilla del mar de espaldas a la luna y corta la sombra de alrededor de tus pies, porque esa sombra es el cuerpo de tu alma. Luego ordénale a tu alma que te deje, y te dejará.

El joven pescador se echó a temblar.

—¿Es verdad eso? —murmuró.

—Es verdad, y ojalá no te lo hubiera dicho —exclamó ella, y se abrazó a sus rodillas, llorando.

Él la apartó y la dejó tirada en la hierba crecida, y, al llegar al borde de la montaña, se guardó el cuchillo en el cinturón y empezó a bajar.

Entonces su Alma, que estaba dentro de él, lo llamó y le dijo:

—Mira, he vivido contigo todos estos años y te he servido. No me eches ahora de tu lado. ¿Qué mal te he hecho?

Y el joven pescador se rio.

—No me has hecho ningún mal, pero no te necesito —contestó—. El mundo es ancho, y también está el cielo, y el infierno, y esa casa de penumbra que queda entre los dos. Vete adonde quieras, pero no me molestes, porque mi amor me está llamando.

Su Alma le suplicó con voz lastimera, pero él no le hizo caso, sino que fue saltando de peñasco en peñasco, con el pie firme de una cabra montés, y por fin llegó al llano y a la orilla amarilla del mar.

Con sus miembros de bronce y su cuerpo bien formado, como una estatua labrada por un griego, se quedó de pie en la arena, de espaldas a la luna, y de la espuma salieron unos brazos blancos que le hacían señas, y de las olas surgieron formas borrosas que le rendían homenaje. Delante de él estaba su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detrás de él colgaba la luna en el aire color de miel.

Y su Alma le dijo:

—Si de veras tienes que echarme, no me mandes sin corazón. El mundo es cruel; dame tu corazón para llevármelo.

Él sacudió la cabeza y sonrió.

—¿Y con qué amaría a mi amor si te diera mi corazón? —exclamó.

—No, ten piedad —dijo su Alma—. Dame tu corazón, porque el mundo es muy cruel y tengo miedo.

—Mi corazón es de mi amor —contestó él—; así que no te entretengas más y vete.

—¿Y yo no debo amar también? —preguntó su Alma.

—¡Vete, que no te necesito! —gritó el joven pescador.

Y tomó el cuchillito con mango de piel verde de víbora y cortó la sombra de alrededor de sus pies, y la sombra se levantó y se plantó delante de él, y lo miró, y era idéntica a él.

Él retrocedió despacio, se metió el cuchillo en el cinturón y sintió un temor sagrado.

—Vete —murmuró—, y que no vuelva a ver tu cara.

—No, tenemos que volver a vernos —dijo el Alma. Su voz era baja, como de flauta, y apenas movía los labios al hablar.

—¿Cómo vamos a vernos? —exclamó el joven pescador—. No me vas a seguir hasta lo hondo del mar, ¿o sí?

—Una vez cada año vendré a este lugar y te llamaré —dijo el Alma—. Puede que me necesites.

—¿Y para qué te iba a necesitar? —exclamó el joven pescador—. Pero que sea como tú quieras.

Y se lanzó al agua, y los tritones soplaron sus caracolas, y la sirenita subió a su encuentro, le echó los brazos al cuello y lo besó en la boca.

El Alma se quedó en la playa solitaria, mirándolos. Y cuando se hundieron en el mar, se fue llorando por los pantanos.

Al cabo de un año, el Alma bajó a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y él salió de lo hondo y dijo:

—¿Por qué me llamas?

Y el Alma contestó:

—Acércate, que quiero hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Él se acercó, se tendió en el agua baja, apoyó la cabeza en la mano y se puso a escuchar.

Y el Alma le dijo:

—Cuando te dejé, volví la cara hacia el Oriente y me puse en camino. Del Oriente viene todo lo que es sabio. Seis días viajé, y en la mañana del séptimo llegué a una colina que está en el país de los tártaros. Me senté a la sombra de un tamarisco para protegerme del sol. La tierra estaba seca y quemada por el calor. La gente iba y venía por la llanura como moscas que caminan sobre un disco de cobre pulido.

—Al mediodía se levantó una nube de polvo rojo en el horizonte plano. Cuando los tártaros la vieron, tensaron sus arcos pintados, montaron de un salto en sus caballitos y galoparon a su encuentro. Las mujeres corrieron gritando a las carretas y se escondieron detrás de las cortinas de fieltro.

—Al anochecer volvieron los tártaros, pero faltaban cinco, y de los que regresaron no pocos venían heridos. Engancharon los caballos a las carretas y se fueron a toda prisa. Tres chacales salieron de una cueva y se quedaron mirándolos. Luego olfatearon el aire y se alejaron trotando en dirección contraria.

—Cuando salió la luna, vi una fogata encendida en la llanura y me dirigí hacia ella. Alrededor estaba sentado un grupo de mercaderes, sobre alfombras. Tenían los camellos amarrados detrás, y los criados negros que los servían levantaban sobre la arena tiendas de piel curtida y hacían un muro alto de nopales.

—Cuando me acerqué, el jefe de los mercaderes se levantó, desenvainó la espada y me preguntó qué buscaba.

—Le contesté que yo era príncipe en mi tierra y que me había escapado de los tártaros, que habían querido hacerme su esclavo. El jefe sonrió y me enseñó cinco cabezas clavadas en largas cañas de bambú.

—Luego me preguntó quién era el profeta de Dios, y le contesté que Mahoma.

—Al oír ese nombre, se inclinó, me tomó de la mano y me sentó a su lado. Un criado me trajo leche de yegua en un plato de madera y un pedazo de carne de cordero asada.

—Al amanecer emprendimos el viaje. Yo iba en un camello de pelo rojo al lado del jefe, y delante de nosotros corría un mensajero con una lanza. Los guerreros iban a uno y otro lado, y detrás venían las mulas con las mercancías. Había cuarenta camellos en la caravana, y las mulas eran el doble.

—Pasamos del país de los tártaros al país de los que maldicen a la Luna. Vimos a los grifos guardando su oro sobre las rocas blancas, y a los dragones escamosos durmiendo en sus cuevas. Al cruzar las montañas conteníamos el aliento para que no se nos vinieran encima las nieves, y cada hombre se ataba un velo de gasa delante de los ojos. Al pasar por los valles, los pigmeos nos disparaban flechas desde los huecos de los árboles, y de noche oíamos a los salvajes tocar sus tambores.

—Cuando llegamos a la Torre de los Monos, les pusimos fruta delante, y no nos hicieron daño. Cuando llegamos a la Torre de las Serpientes, les dimos leche tibia en tazones de bronce, y nos dejaron pasar. Tres veces en el viaje llegamos a las orillas del Oxus. Lo cruzamos en balsas de madera con grandes odres de cuero inflado. Los hipopótamos nos embestían furiosos y querían matarnos. Cuando los camellos los veían, temblaban.

—Los reyes de cada ciudad nos cobraban peaje, pero no nos dejaban cruzar sus puertas. Nos aventaban pan por encima de las murallas: tortitas de maíz horneadas con miel y panes de harina fina rellenos de dátiles. Por cada cien canastas les dábamos una cuenta de ámbar.

—Cuando los habitantes de las aldeas nos veían venir, envenenaban los pozos y huían a las cumbres de los cerros. Peleamos con los magadas, que nacen viejos y cada año son más jóvenes, y mueren cuando son niños chiquitos; con los laktroi, que dicen ser hijos de tigres y se pintan de amarillo y negro; con los aurantes, que entierran a sus muertos en lo alto de los árboles y ellos mismos viven en cavernas oscuras para que el Sol, que es su dios, no los mate.

—Peleamos con los krimnios, que adoran a un cocodrilo, le ponen aretes de vidrio verde y lo alimentan con mantequilla y gallinas frescas; con los agazonbas, que tienen cara de perro; y con los sibanos, que tienen patas de caballo y corren más rápido que los caballos. Un tercio de nuestra gente murió en batalla, y otro tercio murió de hambre. Los demás murmuraban contra mí y decían que yo les había traído la mala suerte. Saqué de debajo de una piedra una víbora cornuda y dejé que me mordiera. Cuando vieron que no me enfermaba, tuvieron miedo.

—Al cuarto mes llegamos a la ciudad de Illel. Era de noche cuando llegamos a la arboleda que hay fuera de las murallas, y el aire estaba bochornoso, porque la Luna iba por Escorpión. Cortamos de los árboles las granadas maduras, las partimos y nos bebimos su jugo dulce. Luego nos acostamos sobre las alfombras y esperamos el amanecer.

—Al amanecer nos levantamos y tocamos a la puerta de la ciudad. Era de bronce rojo, labrada con dragones marinos y dragones con alas. Los guardias se asomaron desde las almenas y nos preguntaron qué buscábamos. El intérprete de la caravana contestó que veníamos de la isla de Siria con muchas mercancías. Tomaron rehenes y nos dijeron que abrirían la puerta al mediodía y que esperáramos hasta entonces.

—Al mediodía abrieron la puerta, y cuando entramos, la gente salió en tropel de las casas para vernos, y un pregonero recorría la ciudad pregonando con una caracola. Nos quedamos en la plaza del mercado, y los criados desataron los fardos de telas estampadas y abrieron los cofres tallados de sicomoro.

—Cuando terminaron, los mercaderes sacaron sus extrañas mercancías: el lino encerado de Egipto y el lino pintado del país de los etíopes, las esponjas púrpuras de Tiro y los tapices azules de Sidón, las copas de ámbar frío, los finos vasos de vidrio y los curiosos cacharros de barro cocido. Desde la azotea de una casa nos miraba un grupo de mujeres. Una de ellas llevaba una máscara de cuero dorado.

—El primer día vinieron los sacerdotes a comerciar con nosotros, el segundo vinieron los nobles, y el tercero los artesanos y los esclavos. Esa es su costumbre con todos los mercaderes mientras se quedan en la ciudad.

—Nos quedamos una luna, y cuando la luna iba menguando, me aburrí y me fui vagando por las calles de la ciudad hasta llegar al jardín de su dios. Los sacerdotes, con sus túnicas amarillas, se movían en silencio entre los árboles verdes, y sobre un piso de mármol negro se alzaba la casa color de rosa donde el dios tenía su morada.

—Sus puertas eran de laca en polvo, y en ellas había toros y pavos reales labrados en relieve de oro pulido. El techo inclinado era de porcelana verde mar, y de los aleros salientes colgaban guirnaldas de campanitas. Cuando pasaban volando las palomas blancas, rozaban las campanitas con las alas y las hacían tintinear.

—Delante del templo había un estanque de agua clara con fondo de ónix veteado. Me acosté junto a él y con mis dedos pálidos toqué las hojas anchas. Uno de los sacerdotes vino hacia mí y se quedó parado detrás de mí. Llevaba en los pies unas sandalias, una de suave piel de serpiente y la otra de plumas de pájaro. En la cabeza tenía una mitra de fieltro negro adornada con medias lunas de plata. Su túnica estaba tejida con siete tonos de amarillo, y su pelo rizado estaba teñido con antimonio.

—Al poco rato me habló y me preguntó qué deseaba.

—Le dije que deseaba ver al dios.

—«El dios está de cacería», dijo el sacerdote, mirándome de un modo extraño con sus ojillos rasgados.

—«Dime en qué bosque, y cabalgaré con él», le contesté.

—Él se peinó los suaves flecos de la túnica con sus largas uñas puntiagudas. «El dios está dormido», murmuró.

—«Dime en qué lecho, y velaré a su lado», le contesté.

—«El dios está en un banquete», exclamó.

—«Si el vino es dulce, lo beberé con él, y si es amargo, también lo beberé con él», fue mi respuesta.

—Él inclinó la cabeza, asombrado, y tomándome de la mano me levantó y me llevó al interior del templo.

—En la primera sala vi un ídolo sentado en un trono de jaspe bordeado de grandes perlas de Oriente. Estaba tallado en ébano y tenía la estatura de un hombre. En la frente tenía un rubí, y un aceite espeso le escurría del pelo a los muslos. Tenía los pies rojos con la sangre de un cabrito recién sacrificado, y la cintura ceñida con un cinturón de cobre tachonado de siete berilos.

—Y le dije al sacerdote: «¿Este es el dios?». Y él me contestó: «Este es el dios».

—«Enséñame al dios», grité, «o te mato». Y le toqué la mano, y la mano se le secó.

—Y el sacerdote me suplicó: «Que mi señor sane a su siervo, y yo le mostraré al dios».

—Así que le soplé la mano con mi aliento, y la mano quedó sana otra vez. Él se echó a temblar y me llevó a la segunda sala, donde vi un ídolo de pie sobre un loto de jade del que colgaban grandes esmeraldas. Estaba tallado en marfil y tenía el doble de la estatura de un hombre. En la frente llevaba un crisólito, y tenía el pecho untado de mirra y canela.

—En una mano sostenía un cetro torcido de jade, y en la otra un cristal redondo. Calzaba borceguíes de latón, y su grueso cuello estaba rodeado por un collar de selenitas.

—Y le dije al sacerdote: «¿Este es el dios?».

—Y él me contestó: «Este es el dios».

—«Enséñame al dios», grité, «o te mato». Y le toqué los ojos, y se quedó ciego.

—Y el sacerdote me suplicó: «Que mi señor sane a su siervo, y yo le mostraré al dios».

—Así que le soplé los ojos con mi aliento, y la vista le volvió. Él volvió a temblar y me llevó a la tercera sala, y ahí, mira nada más, no había ningún ídolo ni imagen de ninguna clase, sino solo un espejo de metal redondo puesto sobre un altar de piedra.

—Y le dije al sacerdote: «¿Dónde está el dios?».

—Y él me contestó: «No hay más dios que este espejo que ves, porque este es el Espejo de la Sabiduría. Refleja todas las cosas que hay en el cielo y en la tierra, menos la cara del que se mira en él. Esa no la refleja, para que el que se mira en él pueda ser sabio. Hay muchos otros espejos, pero son espejos de la Opinión. Solo este es el Espejo de la Sabiduría».

—«Los que tienen este espejo lo saben todo, y nada se les oculta», siguió el sacerdote. «Y los que no lo tienen no tienen la Sabiduría. Por eso es el dios, y lo adoramos». Y yo me miré en el espejo, y era tal como él me había dicho.

—E hice algo extraño, pero lo que hice no importa, porque en un valle que está a solo un día de camino de aquí escondí el Espejo de la Sabiduría. Nada más déjame volver a entrar en ti para servirte, y serás más sabio que todos los sabios, y la Sabiduría será tuya. Déjame entrar en ti, y nadie será tan sabio como tú.

Pero el joven pescador se rio.

—El amor es mejor que la Sabiduría —exclamó—, y la sirenita me ama.

—No, no hay nada mejor que la Sabiduría —dijo el Alma.

—El amor es mejor —contestó el joven pescador.

Y se zambulló en lo hondo, y el Alma se fue llorando por los pantanos.

Al cabo del segundo año, el Alma bajó a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y él salió de lo hondo y dijo:

—¿Por qué me llamas?

Y el Alma contestó:

—Acércate, que quiero hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Él se acercó, se tendió en el agua baja, apoyó la cabeza en la mano y se puso a escuchar.

Y el Alma le dijo:

—Cuando te dejé, volví la cara hacia el Sur y me puse en camino. Del Sur viene todo lo que es precioso. Seis días viajé por los caminos que llevan a la ciudad de Ashter, por los caminos polvorientos y teñidos de rojo por donde suelen ir los peregrinos, y en la mañana del séptimo día levanté los ojos y ahí estaba la ciudad, a mis pies, porque está en un valle.

—Esta ciudad tiene nueve puertas, y delante de cada puerta hay un caballo de bronce que relincha cuando los beduinos bajan de las montañas. Las murallas están forradas de cobre, y las torres de vigía tienen techos de latón. En cada torre hay un arquero con un arco en la mano. Al salir el sol golpea un gong con una flecha, y al ponerse el sol sopla un cuerno.

—Cuando quise entrar, los guardias me detuvieron y me preguntaron quién era. Les contesté que era un derviche y que iba camino de la ciudad de La Meca, donde había un velo verde con el Corán bordado en letras de plata por manos de ángeles. Se llenaron de asombro y me rogaron que pasara.

—Por dentro es como un bazar. De veras, tenías que haber estado conmigo. Sobre las calles angostas, los alegres farolitos de papel revolotean como grandes mariposas. Cuando el viento sopla sobre los techos, suben y bajan como burbujas pintadas. Delante de sus puestos se sientan los mercaderes, en alfombras de seda. Tienen barbas negras y lacias, sus turbantes están cubiertos de lentejuelas doradas, y entre sus dedos frescos se deslizan largas sartas de ámbar y de huesos de durazno tallados.

—Unos venden gálbano y nardo, y perfumes curiosos de las islas del mar de la India, y el aceite espeso de las rosas rojas, y mirra, y clavo de olor. Cuando uno se para a platicar con ellos, echan pizcas de incienso en un brasero de carbón y endulzan el aire. Vi a un sirio que tenía en las manos una varita delgada como un carrizo. La varita soltaba hilos grises de humo, y al arder olía como el almendro rosa en primavera.

—Otros venden brazaletes de plata cubiertos de turquesas de un azul cremoso, y ajorcas de alambre de latón con flequitos de perlas, y garras de tigre engastadas en oro, y garras de ese gato dorado, el leopardo, engastadas en oro también, y aretes de esmeralda perforada, y anillos de jade ahuecado. De las casas de té sale el sonido de la guitarra, y los fumadores de opio, con sus caras blancas y sonrientes, miran a los que pasan.

—De veras, tenías que haber estado conmigo. Los vendedores de vino se abren paso a codazos entre la gente, con grandes odres negros al hombro. Casi todos venden vino de Shiraz, que es dulce como la miel. Lo sirven en tacitas de metal y le esparcen pétalos de rosa encima.

—En la plaza del mercado están los fruteros, que venden toda clase de frutas: higos maduros de pulpa morada y magullada, melones que huelen a almizcle y son amarillos como topacios, cidras y pomarrosas y racimos de uvas blancas, naranjas redondas de oro rojo y limones ovalados de oro verde.

—Una vez vi pasar un elefante. Tenía la trompa pintada de bermellón y de cúrcuma, y sobre las orejas llevaba una red de cordón de seda carmesí. Se detuvo frente a uno de los puestos y empezó a comerse las naranjas, y el hombre solo se rio. No te imaginas qué gente tan extraña es. Cuando están contentos, van con los vendedores de pájaros, les compran un pájaro enjaulado y lo dejan libre para que su alegría sea mayor, y cuando están tristes se azotan con espinas para que su tristeza no disminuya.

—Una tarde me encontré con unos criados negros que cargaban un pesado palanquín por el bazar. Era de bambú dorado, y las varas eran de laca bermeja tachonadas de pavos reales de latón. En las ventanas colgaban finas cortinas de muselina bordadas con alas de escarabajo y con aljófar menudo, y al pasar, una circasiana de cara pálida se asomó y me sonrió.

—Yo fui detrás, y los criados apretaron el paso y me miraron con mala cara. Pero no me importó. Sentí que me entraba una gran curiosidad.

—Por fin se detuvieron ante una casa blanca y cuadrada. No tenía ventanas, solo una puertita como la puerta de una tumba. Bajaron el palanquín y tocaron tres veces con un martillo de cobre. Un armenio con un caftán de cuero verde se asomó por la mirilla, y al verlos abrió, tendió una alfombra en el suelo, y la mujer bajó. Al entrar, se volvió y me sonrió otra vez. Nunca había visto a nadie tan pálido.

—Cuando salió la luna, volví al mismo lugar y busqué la casa, pero ya no estaba. Al ver eso supe quién era la mujer y por qué me había sonreído.

—De veras, tenías que haber estado conmigo. En la fiesta de la Luna Nueva, el joven emperador salió de su palacio y fue a la mezquita a rezar. Tenía el pelo y la barba teñidos con pétalos de rosa, y las mejillas empolvadas con un fino polvo de oro. Las plantas de los pies y las palmas de las manos las tenía amarillas de azafrán.

—Al amanecer salió del palacio con una túnica de plata, y al ponerse el sol volvió a él con una túnica de oro. La gente se tiraba al suelo y se tapaba la cara, pero yo no quise hacerlo. Me quedé junto al puesto de un vendedor de dátiles, esperando. Cuando el emperador me vio, levantó las cejas pintadas y se detuvo. Yo me quedé muy quieta y no le hice ninguna reverencia.

—La gente se maravilló de mi atrevimiento y me aconsejó que huyera de la ciudad. No les hice caso, sino que fui a sentarme con los vendedores de dioses extraños, a quienes todos aborrecen por su oficio. Cuando les conté lo que había hecho, cada uno me dio un dios y me rogó que me fuera de su lado.

—Esa noche, mientras estaba recostada en un cojín de la casa de té que está en la Calle de las Granadas, entraron los guardias del emperador y me llevaron al palacio. A medida que entraba, cerraban cada puerta detrás de mí y le ponían una cadena. Adentro había un gran patio rodeado de arcos. Los muros eran de alabastro blanco, con azulejos azules y verdes aquí y allá. Las columnas eran de mármol verde, y el piso de una especie de mármol color flor de durazno. Nunca había visto nada parecido.

—Mientras cruzábamos el patio, dos mujeres con velo se asomaron desde un balcón y me maldijeron. Los guardias apretaron el paso, y las conteras de las lanzas resonaban en el piso pulido. Abrieron una puerta de marfil labrado, y me encontré en un jardín regado, de siete terrazas. Estaba sembrado de tulipanes, de flores de luna y de áloes tachonados de plata. Como un junco esbelto de cristal, un surtidor colgaba en el aire oscuro. Los cipreses parecían antorchas apagadas. En uno de ellos cantaba un ruiseñor.

—Al fondo del jardín había un pequeño pabellón. Cuando nos acercamos, salieron a recibirnos dos eunucos. Sus cuerpos gordos se bamboleaban al caminar, y me miraban con curiosidad con sus ojos de párpados amarillos. Uno de ellos llevó aparte al capitán de la guardia y le susurró algo al oído. El otro no paraba de mascar pastillas perfumadas, que sacaba con un gesto afectado de una cajita ovalada de esmalte lila.

—Al cabo de unos momentos, el capitán de la guardia despidió a los soldados. Volvieron al palacio, y los eunucos los siguieron despacio, arrancando de los árboles las moras dulces al pasar. Una vez, el mayor de los dos se volteó y me sonrió con una sonrisa malvada.

—Entonces el capitán de la guardia me señaló la entrada del pabellón. Caminé sin temblar, aparté la pesada cortina y entré.

—El joven emperador estaba tendido en un diván de pieles de león teñidas, y en la muñeca tenía posado un gerifalte. Detrás de él había un nubio con turbante de latón, desnudo hasta la cintura y con pesados aretes en las orejas rajadas. En una mesa, junto al diván, había una enorme cimitarra de acero.

—Cuando el emperador me vio, frunció el ceño y me dijo: «¿Cómo te llamas? ¿No sabes que soy el emperador de esta ciudad?». Pero no le contesté.

—Él señaló con el dedo la cimitarra, y el nubio la agarró y, lanzándose hacia adelante, me tiró un golpe con gran violencia. La hoja silbó al atravesarme y no me hizo ningún daño. El hombre cayó despatarrado en el piso, y cuando se levantó le castañeteaban los dientes de terror, y se escondió detrás del diván.

—El emperador se levantó de un salto, tomó una lanza de un armero y me la arrojó. Yo la atrapé en el aire y le partí el asta en dos pedazos. Me disparó una flecha, pero levanté las manos y la flecha se detuvo en el aire. Entonces sacó una daga de un cinturón de cuero blanco y se la clavó al nubio en la garganta, para que el esclavo no contara su deshonra. El hombre se retorció como una serpiente pisoteada, y una espuma roja le burbujeó en los labios.

—En cuanto el esclavo murió, el emperador se volvió hacia mí, se secó el sudor brillante de la frente con un pañuelito ribeteado de seda morada y me dijo: «¿Eres un profeta, para que no pueda hacerte daño, o el hijo de un profeta, para que no pueda herirte? Te ruego que te vayas de mi ciudad esta noche, porque mientras estés en ella ya no soy su señor».

—Y yo le contesté: «Me iré por la mitad de tu tesoro. Dame la mitad de tu tesoro y me iré».

—Me tomó de la mano y me llevó al jardín. Cuando el capitán de la guardia me vio, se quedó asombrado. Cuando los eunucos me vieron, les temblaron las rodillas y se tiraron al suelo de miedo.

—Hay en el palacio una sala que tiene ocho muros de pórfido rojo y un techo sellado con latón, del que cuelgan lámparas. El emperador tocó uno de los muros, y el muro se abrió, y bajamos por un pasillo iluminado con muchas antorchas. En unos nichos, a cada lado, había grandes tinajas de vino llenas hasta el borde de monedas de plata.

—Cuando llegamos a la mitad del pasillo, el emperador pronunció la palabra que no se puede pronunciar, y una puerta de granito se abrió girando sobre un resorte secreto, y él se tapó la cara con las manos para que no lo deslumbrara.

—No podrías creer qué lugar tan maravilloso era. Había enormes caparazones de tortuga llenos de perlas, y grandes piedras de luna ahuecadas, colmadas de rubíes rojos. El oro estaba guardado en cofres de piel de elefante, y el polvo de oro en botellas de cuero. Había ópalos y zafiros, los primeros en copas de cristal y los segundos en copas de jade. Unas esmeraldas verdes y redondas estaban acomodadas en orden sobre delgadas placas de marfil, y en un rincón había bolsas de seda llenas, unas de turquesas y otras de berilos.

—Los cuernos de marfil estaban repletos de amatistas moradas, y los cuernos de latón de calcedonias y cornalinas. De las columnas, que eran de cedro, colgaban sartas de piedras de lince amarillas. En los escudos ovalados y planos había carbúnculos, unos color de vino y otros color de hierba. Y todavía no te he contado ni la décima parte de lo que había ahí.

—Cuando el emperador se quitó las manos de la cara, me dijo: «Esta es mi casa del tesoro, y la mitad de lo que hay en ella es tuya, tal como te lo prometí. Y te daré camellos y camelleros, que harán lo que les mandes y llevarán tu parte del tesoro a cualquier lugar del mundo adonde quieras ir. Y esto se hará esta misma noche, porque no quiero que el Sol, que es mi padre, vea que en mi ciudad hay alguien a quien no puedo matar».

—Pero yo le contesté: «El oro que hay aquí es tuyo, y la plata también es tuya, y tuyas son las joyas preciosas y las cosas de valor. Yo no necesito nada de esto. No te quitaré nada más que ese anillito que llevas en el dedo».

—Y el emperador frunció el ceño. «No es más que un anillo de plomo», exclamó, «y no vale nada. Así que toma tu mitad del tesoro y vete de mi ciudad».

—«No», le contesté, «no me llevaré nada más que ese anillo de plomo, porque sé lo que tiene escrito por dentro y para qué sirve».

—Y el emperador se echó a temblar y me suplicó: «Llévate todo el tesoro y vete de mi ciudad. La mitad que es mía también será tuya».

—E hice algo extraño, pero lo que hice no importa, porque en una cueva que está a solo un día de camino de aquí escondí el Anillo de la Riqueza. Está a solo un día de camino de aquí, y espera a que vengas. El que tiene este anillo es más rico que todos los reyes del mundo. Ven, pues, y tómalo, y las riquezas del mundo serán tuyas.

Pero el joven pescador se rio.

—El amor es mejor que la Riqueza —exclamó—, y la sirenita me ama.

—No, no hay nada mejor que la Riqueza —dijo el Alma.

—El amor es mejor —contestó el joven pescador.

Y se zambulló en lo hondo, y el Alma se fue llorando por los pantanos.

Al cabo del tercer año, el Alma bajó a la orilla del mar y llamó al joven pescador, y él salió de lo hondo y dijo:

—¿Por qué me llamas?

Y el Alma contestó:

—Acércate, que quiero hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.

Él se acercó, se tendió en el agua baja, apoyó la cabeza en la mano y se puso a escuchar.

Y el Alma le dijo:

—En una ciudad que conozco hay una posada junto a un río. Ahí me senté con unos marineros que bebían vinos de dos colores distintos y comían pan de cebada y pescaditos salados, servidos en hojas de laurel con vinagre. Y mientras estábamos ahí sentados, divirtiéndonos, entró un viejo que cargaba una alfombra de cuero y un laúd con dos cuernos de ámbar.

—Cuando extendió la alfombra en el piso, rasgueó con una pluma las cuerdas de alambre de su laúd, y una muchacha con la cara velada entró corriendo y empezó a bailar delante de nosotros. Llevaba la cara cubierta con un velo de gasa, pero los pies los tenía desnudos. Desnudos tenía los pies, y se movían sobre la alfombra como dos palomas blancas. Nunca he visto nada tan maravilloso; y la ciudad donde ella baila está a solo un día de camino de aquí.

Cuando el joven pescador oyó las palabras de su Alma, se acordó de que la sirenita no tenía pies y no podía bailar. Y lo invadió un gran deseo, y se dijo: «Es solo un día de camino, y puedo volver con mi amor». Se rio, se levantó en el agua baja y caminó a grandes pasos hacia la orilla.

Cuando llegó a la arena seca, se rio otra vez y le tendió los brazos a su Alma. Y su Alma lanzó un gran grito de alegría, corrió a su encuentro y entró en él, y el joven pescador vio tendida delante de él, sobre la arena, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del Alma.

Y su Alma le dijo:

—No nos entretengamos; vámonos de aquí ahora mismo, porque los dioses del mar son celosos y tienen monstruos que les obedecen.

Así que se dieron prisa, y toda esa noche viajaron bajo la luna, y todo el día siguiente viajaron bajo el sol, y al atardecer de ese día llegaron a una ciudad.

Y el joven pescador le dijo a su Alma:

—¿Es esta la ciudad donde baila esa muchacha de la que me hablaste?

Y su Alma le contestó:

—No es esta ciudad, sino otra. Pero entremos de todos modos.

Así que entraron y recorrieron las calles, y al pasar por la Calle de los Joyeros, el joven pescador vio una hermosa copa de plata expuesta en un puesto. Y su Alma le dijo:

—Toma esa copa de plata y escóndela.

Así que él tomó la copa, la escondió en un pliegue de su túnica, y salieron a toda prisa de la ciudad.

Cuando se habían alejado una legua de la ciudad, el joven pescador frunció el ceño, aventó lejos la copa y le dijo a su Alma:

—¿Por qué me dijiste que tomara esta copa y la escondiera? Fue una mala acción.

Pero su Alma le contestó:

—Ten paz, ten paz.

Al atardecer del segundo día llegaron a una ciudad, y el joven pescador le dijo a su Alma:

—¿Es esta la ciudad donde baila esa muchacha de la que me hablaste?

Y su Alma le contestó:

—No es esta ciudad, sino otra. Pero entremos de todos modos.

Así que entraron y recorrieron las calles, y al pasar por la Calle de los Vendedores de Sandalias, el joven pescador vio a un niño parado junto a un cántaro de agua. Y su Alma le dijo:

—Pégale a ese niño.

Así que él le pegó al niño hasta hacerlo llorar, y cuando terminó salieron a toda prisa de la ciudad.

Cuando se habían alejado una legua de la ciudad, el joven pescador se enojó y le dijo a su Alma:

—¿Por qué me dijiste que le pegara al niño? Fue una mala acción.

Pero su Alma le contestó:

—Ten paz, ten paz.

Al atardecer del tercer día llegaron a una ciudad, y el joven pescador le dijo a su Alma:

—¿Es esta la ciudad donde baila esa muchacha de la que me hablaste?

Y su Alma le contestó:

—Puede ser que esté en esta ciudad, así que entremos.

Así que entraron y recorrieron las calles, pero en ninguna parte encontró el joven pescador el río ni la posada que estaba en su orilla. Y la gente de la ciudad lo miraba con curiosidad, y él tuvo miedo y le dijo a su Alma:

—Vámonos de aquí, porque la que baila con los pies blancos no está.

Pero su Alma le contestó:

—No, quedémonos, porque la noche está oscura y habrá ladrones en el camino.

Así que él se sentó a descansar en la plaza del mercado, y al cabo de un rato pasó un mercader encapuchado, con una capa de paño de Tartaria, que llevaba un farol de cuerno calado en la punta de una caña con nudos. Y el mercader le dijo:

—¿Por qué estás sentado en la plaza del mercado, si los puestos están cerrados y los fardos atados?

Y el joven pescador le contestó:

—No encuentro posada en esta ciudad, señor, ni tengo ningún pariente que me dé alojamiento.

—¿Acaso no somos todos parientes? —dijo el mercader—. ¿Y no nos hizo un mismo Dios? Así que ven conmigo, que tengo un cuarto para huéspedes.

El joven pescador se levantó y siguió al mercader hasta su casa. Cuando cruzaron un jardín de granados y entraron en la casa, el mercader le trajo agua de rosas en una vasija de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para que se quitara la sed, y le puso delante un plato de arroz y un pedazo de cabrito asado.

Cuando el joven pescador terminó de comer, el mercader lo llevó al cuarto de huéspedes y le dijo que durmiera y descansara. El joven pescador le dio las gracias, le besó el anillo de la mano y se echó sobre las alfombras de pelo de cabra teñido. Y en cuanto se cubrió con una cobija de lana negra de cordero, se quedó dormido.

Tres horas antes del amanecer, cuando todavía era de noche, su Alma lo despertó y le dijo:

—Levántate y ve al cuarto del mercader, al mismo cuarto donde duerme, y mátalo, y quítale su oro, porque lo necesitamos.

El joven pescador se levantó y se acercó sin hacer ruido al cuarto del mercader. Sobre los pies del mercader había una espada curva, y en la bandeja que tenía al lado había nueve bolsas de oro. El pescador alargó la mano y tocó la espada, y en cuanto la tocó, el mercader se sobresaltó y despertó, y de un salto agarró él mismo la espada y le gritó al joven pescador:

—¿Así me pagas el bien con el mal, y me pagas con sangre la bondad que te mostré?

Y su Alma le dijo al joven pescador:

—Golpéalo.

Y él lo golpeó de tal manera que el mercader se desmayó; entonces el joven pescador agarró las nueve bolsas de oro, huyó a toda prisa por el jardín de granados y se encaminó hacia la estrella que es la estrella de la mañana.

Cuando se habían alejado una legua de la ciudad, el joven pescador se golpeó el pecho y le dijo a su Alma:

—¿Por qué me mandaste matar al mercader y quitarle su oro? De veras eres mala.

Pero su Alma le contestó:

—Ten paz, ten paz.

—¡No! —gritó el joven pescador—. No puedo tener paz, porque odio todo lo que me hiciste hacer. Y a ti también te odio, y te ordeno que me digas por qué me trataste así.

Y su Alma le contestó:

—Cuando me mandaste al mundo, no me diste corazón, y así aprendí a hacer todas estas cosas y a amarlas.

—¿Qué dices? —murmuró el joven pescador.

—Tú lo sabes —contestó su Alma—, lo sabes muy bien. ¿Ya se te olvidó que no me diste corazón? Me parece que no. Así que no te atormentes ni me atormentes a mí, y ten paz, porque no hay dolor que no vayas a causar, ni placer que no vayas a recibir.

Cuando el joven pescador oyó estas palabras, se echó a temblar y le dijo a su Alma:

—No, tú eres mala, y me hiciste olvidar a mi amor, y me tentaste de mil maneras, y pusiste mis pies en los caminos del pecado.

Y su Alma le contestó:

—No se te ha olvidado que, cuando me mandaste al mundo, no me diste corazón. Ven, vamos a otra ciudad a divertirnos, que tenemos nueve bolsas de oro.

Pero el joven pescador tomó las nueve bolsas de oro, las aventó al suelo y las pisoteó.

—¡No! —gritó—. No quiero tener nada que ver contigo, ni iré contigo a ninguna parte. Así como te eché antes, así te voy a echar ahora, porque no me has traído nada bueno.

Y se puso de espaldas a la luna, y con el cuchillito con mango de piel verde de víbora intentó cortar de sus pies esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del Alma.

Pero su Alma no se apartó de él ni hizo caso de su orden, sino que le dijo:

—El hechizo que te enseñó la bruja ya no te sirve, porque yo no puedo dejarte, ni tú puedes echarme. Una vez en la vida puede un hombre echar a su Alma, pero el que vuelve a recibirla tiene que quedarse con ella para siempre, y ese es su castigo y su recompensa.

El joven pescador se puso pálido, apretó los puños y gritó:

—¡Era una bruja mentirosa, porque no me dijo eso!

—No —contestó su Alma—, fue fiel a Aquel a quien adora, y de quien será sierva para siempre.

Y cuando el joven pescador supo que ya no podía librarse de su Alma, y que era un Alma mala y se quedaría con él para siempre, se tiró al suelo, llorando amargamente.

Cuando se hizo de día, el joven pescador se levantó y le dijo a su Alma:

—Me ataré las manos para no hacer lo que me mandes, y me cerraré los labios para no decir tus palabras, y volveré al lugar donde vive la que amo. Volveré al mar, a la pequeña bahía donde ella suele cantar, y la llamaré y le contaré el mal que hice y el mal que tú me hiciste.

Y su Alma lo tentó y le dijo:

—¿Quién es tu amor, para que tengas que volver con ella? En el mundo hay muchas más hermosas que ella. Están las bailarinas de Samaris, que bailan imitando a toda clase de pájaros y de animales. Tienen los pies pintados con henna, y en las manos llevan campanitas de cobre. Se ríen mientras bailan, y su risa es tan clara como la risa del agua. Ven conmigo y te las enseñaré.

—¿Por qué te inquietan tanto las cosas del pecado? —siguió—. ¿Acaso lo que es sabroso de comer no está hecho para el que come? ¿Acaso hay veneno en lo que es dulce de beber?

—No te atormentes y ven conmigo a otra ciudad —siguió—. Aquí cerca hay una ciudad pequeña con un jardín de tulíperos. En ese jardín tan lindo viven pavos reales blancos y pavos reales de pecho azul. Cuando abren la cola al sol, parecen discos de marfil y discos dorados. Y la que les da de comer baila para darles gusto: a veces baila sobre las manos, y otras veces baila con los pies.

—Tiene los ojos pintados con antimonio, y la nariz con aletas como alas de golondrina. De un ganchito en una de las aletas le cuelga una flor tallada en una perla. Se ríe mientras baila, y los aros de plata que lleva en los tobillos tintinean como campanas de plata. Así que no te atormentes más y ven conmigo a esa ciudad.

Pero el joven pescador no le contestó a su Alma, sino que se cerró los labios con el sello del silencio, se ató las manos con una cuerda apretada y emprendió el regreso al lugar de donde había venido, a la pequeña bahía donde su amor solía cantar. Y por el camino su Alma no dejaba de tentarlo, pero él no le contestaba, ni hacía ninguna de las maldades que ella quería obligarlo a hacer: tan grande era el poder del amor que llevaba dentro.

Cuando llegó a la orilla del mar, se desató la cuerda de las manos, se quitó de los labios el sello del silencio y llamó a la sirenita. Pero ella no acudió a su llamado, aunque la llamó todo el día y le suplicó.

Y su Alma se burló de él y le dijo:

—De veras que tu amor te da poca alegría. Eres como el que en tiempo de escasez echa agua en un cántaro roto. Das lo que tienes y no recibes nada a cambio. Más te valdría venir conmigo, porque yo sé dónde está el Valle del Placer y qué cosas se hacen ahí.

Pero el joven pescador no le contestó a su Alma, sino que en una grieta de la roca se construyó una casa de varas y vivió ahí todo un año. Y cada mañana llamaba a la sirenita, y cada mediodía la volvía a llamar, y de noche decía su nombre. Pero ella nunca salió del mar a su encuentro, ni en ningún lugar del mar pudo él encontrarla, aunque la buscó en las cuevas y en el agua verde, en las pozas de la marea y en los pozos que se abren en lo más hondo.

Y su Alma no dejaba de tentarlo con el mal y de susurrarle cosas terribles. Pero no podía con él: tan grande era el poder de su amor.

Al cabo del año, el Alma pensó: «Tenté a mi amo con el mal, y su amor es más fuerte que yo. Ahora lo voy a tentar con el bien, y puede ser que venga conmigo».

Así que le habló al joven pescador y le dijo:

—Te conté de la alegría del mundo, y no quisiste escucharme. Déjame contarte ahora del dolor del mundo, y puede que me hagas caso. Porque, de veras, el dolor es el señor de este mundo, y no hay nadie que escape de su red. Hay quienes no tienen qué ponerse, y otros que no tienen pan. Hay viudas que se visten de púrpura, y viudas que se visten de harapos. Por los pantanos van y vienen los leprosos, y son crueles unos con otros. Los mendigos recorren los caminos, y sus morrales están vacíos.

—Por las calles de las ciudades camina el Hambre, y la Peste está sentada a sus puertas —siguió—. Ven, vamos a remediar estas cosas, para que dejen de existir. ¿Por qué te quedas aquí llamando a tu amor, si ella no acude a tu llamado? ¿Y qué es el amor, para que le des tanto valor?

Pero el joven pescador no le contestó nada: tan grande era el poder de su amor. Y cada mañana llamaba a la sirenita, y cada mediodía la volvía a llamar, y de noche decía su nombre. Pero ella nunca salió del mar a su encuentro, ni en ningún lugar del mar pudo él encontrarla, aunque la buscó en los ríos del mar y en los valles que hay bajo las olas, en el mar que la noche pinta de morado y en el mar que el alba deja gris.

Al cabo del segundo año, una noche en que el joven pescador estaba solo en su casa de varas, el Alma le dijo:

—Mira, te tenté con el mal y te tenté con el bien, y tu amor es más fuerte que yo. Por eso ya no te voy a tentar más, pero te ruego que me dejes entrar en tu corazón, para ser una sola contigo como antes.

—Claro que puedes entrar —dijo el joven pescador—, porque en los días en que anduviste por el mundo sin corazón debiste sufrir mucho.

—¡Ay! —exclamó su Alma—. No encuentro por dónde entrar, de tan rodeado de amor que está este corazón tuyo.

—Ojalá pudiera ayudarte —dijo el joven pescador.

Mientras hablaba, llegó del mar un gran grito de duelo, el mismo grito que oyen los hombres cuando muere alguien de la gente del mar. El joven pescador se levantó de un salto, salió de su casa de varas y corrió a la orilla. Las olas negras llegaban apresuradas a la playa, trayendo consigo una carga más blanca que la plata. Blanca como la espuma de la rompiente era, y como una flor se mecía sobre las olas.

La rompiente la tomó de las olas, la espuma la tomó de la rompiente, y la playa la recibió, y tendido a sus pies el joven pescador vio el cuerpo de la sirenita. Muerta estaba, tendida a sus pies.

Llorando como quien está herido de dolor, se tiró junto a ella, y le besó el rojo frío de la boca, y jugó con el ámbar mojado de su cabello. Se tiró junto a ella en la arena, llorando como quien tiembla de alegría, y con sus brazos morenos la estrechó contra su pecho. Fríos estaban los labios, pero los besó. Salada estaba la miel del cabello, pero la probó con una alegría amarga. Le besó los párpados cerrados, y la espuma salvaje que había sobre ellos era menos salada que sus lágrimas.

Y a la muerta le hizo su confesión. En las caracolas de sus orejas derramó el vino áspero de su historia. Se puso las manitas de ella alrededor del cuello, y con los dedos le tocó el junco delgado de la garganta. Amarga, amarga era su alegría, y llena de un extraño gozo era su pena.

El mar negro se acercaba, y la espuma blanca gemía como un leproso. Con garras blancas de espuma, el mar arañaba la orilla. Del palacio del rey del mar llegó otra vez el grito de duelo, y a lo lejos, mar adentro, los grandes tritones soplaban roncos sus caracolas.

—Huye —le dijo su Alma—, porque el mar se acerca cada vez más, y si te quedas te va a matar. Huye, que tengo miedo, porque tu corazón está cerrado para mí por lo grande que es tu amor. Huye a un lugar seguro. ¿No me irás a mandar sin corazón a otro mundo?

Pero el joven pescador no escuchó a su Alma, sino que llamó a la sirenita y dijo:

—El amor es mejor que la sabiduría, y más precioso que la riqueza, y más bello que los pies de las hijas de los hombres. El fuego no puede destruirlo, ni las aguas pueden apagarlo. Te llamé al amanecer, y no acudiste a mi llamado. La luna oyó tu nombre, y aun así no me hiciste caso. Porque te dejé de mala manera, y para mi desgracia me fui lejos. Pero tu amor se quedó siempre conmigo, y siempre fue fuerte, y nada pudo contra él, aunque miré el mal y miré el bien. Y ahora que estás muerta, también yo moriré contigo.

Su Alma le suplicó que se fuera, pero él no quiso: tan grande era su amor. Y el mar se acercó más y quiso cubrirlo con sus olas, y cuando él supo que el fin estaba cerca, besó como loco los labios fríos de la sirenita, y el corazón que tenía dentro se le rompió. Y como por la plenitud de su amor se le rompió el corazón, el Alma encontró una entrada y entró, y fue una sola con él como antes. Y el mar cubrió al joven pescador con sus olas.

A la mañana siguiente, el sacerdote salió a bendecir el mar, porque había estado agitado. Con él iban los monjes y los músicos, los que llevaban las velas, los que mecían los incensarios, y mucha gente.

Cuando el sacerdote llegó a la orilla, vio al joven pescador, que yacía ahogado en la rompiente y tenía apretado entre los brazos el cuerpo de la sirenita. El sacerdote se echó para atrás frunciendo el ceño, se santiguó y gritó:

—No bendeciré el mar ni nada de lo que hay en él. ¡Maldita sea la gente del mar, y malditos todos los que tratan con ella! Y en cuanto a este, que por amor abandonó a Dios y por eso yace aquí con su amada, muertos los dos por el juicio de Dios, levanten su cuerpo y el cuerpo de su amada y entiérrenlos en el rincón del Campo de los Bataneros, y no pongan encima ninguna marca ni señal de ninguna clase, para que nadie sepa dónde descansan. Porque malditos fueron en su vida, y malditos serán también en su muerte.

La gente hizo lo que él mandó, y en el rincón del Campo de los Bataneros, donde no crecían hierbas olorosas, cavaron una fosa honda y pusieron ahí los dos cuerpos.

Cuando pasó el tercer año, en un día de fiesta, el sacerdote subió a la capilla para mostrarle a la gente las llagas del Señor y hablarle de la ira de Dios.

Se revistió con sus ornamentos, entró y se inclinó ante el altar, y entonces vio que estaba cubierto de unas flores extrañas que nunca antes se habían visto. Eran extrañas a la vista y de una belleza curiosa, y su belleza lo turbaba, y su perfume le llegaba dulce. Y se sintió contento, y no entendía por qué estaba contento.

Después de abrir el sagrario, incensar la custodia que había dentro, mostrarle al pueblo la hostia blanca y volver a ocultarla detrás del velo de los velos, empezó a hablarle a la gente, con la intención de hablarle de la ira de Dios. Pero la belleza de las flores blancas lo turbaba, y su perfume le llegaba dulce, y otra palabra le vino a los labios, y no habló de la ira de Dios, sino del Dios que se llama Amor. Y por qué habló así, no lo sabía.

Cuando el sacerdote terminó su sermón, la gente lloraba, y él volvió a la sacristía con los ojos llenos de lágrimas. Entraron los diáconos y empezaron a quitarle las vestiduras: le quitaron el alba y el cíngulo, el manípulo y la estola. Y él estaba de pie como quien sueña.

Cuando terminaron de quitarle las vestiduras, los miró y les dijo:

—¿Qué flores son esas que están sobre el altar, y de dónde vienen?

Y ellos le contestaron:

—Qué flores son, no lo sabemos, padre, pero vienen del rincón del Campo de los Bataneros.

El sacerdote se echó a temblar, volvió a su casa y se puso a rezar.

A la mañana siguiente, cuando apenas estaba amaneciendo, salió con los monjes y los músicos, los que llevaban las velas y los que mecían los incensarios, y mucha gente, y llegó a la orilla del mar y bendijo el mar y a todas las criaturas salvajes que hay en él. Bendijo también a los faunos, y a las cositas que bailan en el bosque, y a las criaturas de ojos brillantes que se asoman entre las hojas. Bendijo todas las cosas del mundo de Dios, y la gente se llenó de alegría y de asombro.

Pero nunca más volvieron a crecer flores de ninguna clase en el rincón del Campo de los Bataneros, sino que el campo se quedó estéril como antes. Y la gente del mar no volvió a entrar en la bahía como solía hacerlo, porque se había ido a otra parte del mar.

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