# El príncipe feliz

_Oscar Wilde_ · 7 min read · ages 6-12

Un príncipe de oro que desde su columna ve el sufrimiento de su ciudad entrega, con la ayuda de una golondrina fiel, su rubí, sus zafiros y por último su oro para aliviar a los pobres, hasta quedar ciego y sin brillo mientras el ave, por amor, se queda a su lado hasta morir de frío. Cuando derriban y funden la estatua, su corazón de plomo no se derrite, y Dios recompensa ese amor llevando al pajarillo y al corazón al Paraíso, donde cantarán y brillarán para siempre.

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En lo alto de la ciudad, sobre una columna muy alta, se erguía la estatua dorada del Príncipe Feliz. Tenía dos zafiros brillantes por ojos y, en la empuñadura de su espada, un rubí rojo como el fuego. Brillaba tanto que, al atardecer, parecía que la propia luz del sol se había quedado a vivir en él. Todos en la ciudad lo admiraban, y los padres señalaban la estatua a sus hijos como ejemplo de dicha perfecta.

Una noche llegó volando una pequeña golondrina que se había quedado atrás de su bandada. Meses antes se había enamorado de un junco esbelto que crecía junto al río y se pasaba las tardes contándole historias de tierras lejanas, hasta que al fin decidió que el amor de un junco no bastaba para una golondrina hecha para volar, y partió hacia Egipto, donde sus amigas ya disfrutaban del calor. Aquella noche, cansada del largo vuelo, buscó refugio entre los pies de la estatua dorada. Iba a dormirse cuando sintió que le caían gotas encima. Miró hacia arriba: el cielo estaba despejado y lleno de estrellas, sin una sola nube. Entonces comprendió que las gotas venían de los ojos del Príncipe. Estaba llorando, y sus lágrimas brillaban al caer como si también fueran de plata.

—Soy el Príncipe Feliz —dijo la estatua—. Cuando vivía y tenía corazón de hombre, no sabía lo que eran las lágrimas, porque habitaba un palacio donde la tristeza nunca entraba: allí solo había risas, música y jardines llenos de flores. Allí me llamaban feliz, y feliz fui, si es que el placer es felicidad. Pero ahora que me han puesto tan alto, puedo ver toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón es de plomo, no puedo dejar de llorar.

El Príncipe le habló entonces de una pobre costurera que vivía en una calle estrecha, con las manos agrietadas de tanto coser, cuyo hijito ardía de fiebre y lloraba pidiendo naranjas, aunque en la casa no había más que agua del río y unas hierbas secas.

—Golondrina, golondrina, golondrinita mía —dijo el Príncipe—, ¿le llevarías el rubí de mi espada? Mis pies están clavados a este pedestal y no puedo moverme de aquí.

La golondrina pensaba partir esa misma noche hacia Egipto, pero se quedó una noche más. Tomó el rubí en el pico, voló sobre los tejados oscuros de la ciudad hasta la ventana de la costurera y lo dejó sobre la mesa de costura; luego, con las alas, refrescó la frente del niño hasta que la fiebre cedió un poco y el pequeño se durmió tranquilo. Cuando regresó junto al Príncipe, sentía un calor extraño en el pecho, a pesar del frío de la noche.

—Es porque has hecho una buena acción —le dijo el Príncipe.

A la noche siguiente, el Príncipe le habló de un joven que escribía una obra de teatro en un cuartito helado, bajo el tejado. Tenía tanto frío que ya no sentía los dedos, y tanta hambre que las letras se le confundían sobre el papel.

—Golondrina, golondrina, golondrinita mía —dijo el Príncipe—, llévale uno de mis zafiros. Con lo que valga podrá comprar leña y comida, y terminar su obra.

Llorando, la golondrina obedeció. Arrancó el zafiro con el pico y lo dejó entre las violetas marchitas que el joven guardaba en un jarro sobre la mesa.

—Ya empiezan a apreciar mi trabajo —exclamó el joven, mirando la piedra azul con los ojos llenos de lágrimas.

A la tercera noche, el Príncipe le contó de una niña descalza que vendía cerillos en la plaza, tiritando bajo un farol. Se le habían caído todos los cerillos al arroyo y ahora tenía miedo de volver a casa sin una sola moneda, porque su padre la golpearía.

—Golondrina, golondrina, golondrinita mía —dijo el Príncipe—, arráncame el otro ojo y dáselo a ella, para que no la castiguen.

—Entonces te quedarás ciego —dijo la golondrina.

Pero obedeció. Tomó el segundo zafiro y voló hasta la niña, dejando caer la joya en la palma de su mano. Ella lo miró brillar, rio de alegría y corrió a casa con el tesoro.

Ciego ya para siempre, el Príncipe le pidió a la golondrina que volara por fin hacia Egipto, donde la esperaban el calor y sus amigas. Pero ella respondió:

—Me quedaré contigo siempre.

Y se acurrucó a sus pies, y no quiso marcharse.

Al día siguiente, la golondrina voló sobre la ciudad y vio a los ricos banquetear en sus salones iluminados mientras los mendigos tiritaban sentados a las puertas; vio niños sin abrigo asomados a callejones oscuros, temblando de hambre y de frío bajo la lluvia. Regresó y se lo contó todo al Príncipe.

—Quítame el oro que me cubre, hoja por hoja, y dáselo a mis pobres —dijo el Príncipe—. Los vivos siempre creen que el oro puede hacerlos felices.

Hoja tras hoja, la golondrina fue arrancando el oro fino que cubría al Príncipe y lo llevó, en el pico, a las casas humildes de la ciudad. Los rostros de los niños se sonrojaron de nuevo y hubo pan en las mesas donde antes solo había hambre. Poco a poco el Príncipe fue perdiendo su brillo, hasta quedar gris y opaco como un día de invierno, aunque nadie en la ciudad lo notó.

Entonces llegaron la nieve y las heladas, y las calles se cubrieron de blanco. La golondrina sentía cada día más frío en las alas, pero no quiso abandonar al Príncipe, porque lo amaba demasiado para dejarlo solo en la oscuridad.

Al fin, ya sin fuerzas para volar, subió por última vez hasta el hombro del Príncipe.

—Adiós, querido Príncipe —dijo la golondrina—. ¿Me dejas besarte la mano?

—Me alegra que por fin vayas a volar hacia Egipto, golondrinita —respondió el Príncipe—. Ya te has quedado demasiado tiempo aquí. Pero debes besarme en los labios, porque te amo.

—No es a Egipto adonde voy —dijo la golondrina—. Voy a la Casa de la Muerte.

Y besó al Príncipe en los labios, y cayó muerta a sus pies, pequeña y liviana como una hoja caída. En ese mismo instante, algo se quebró dentro de la estatua: era el corazón de plomo, que se partió en dos con un sonido apenas audible, como el de una rama seca.

A la mañana siguiente, el alcalde y los concejales pasaron bajo la columna y alzaron la vista.

—Qué desastre —dijo el alcalde—. El Príncipe Feliz ya no tiene rubí, ni zafiros, ni una sola hoja de oro. Apenas parece más que un mendigo.

Mandaron derribar la estatua y fundirla en un horno, para levantar en su lugar una nueva. Pero el corazón partido no quiso derretirse por más que lo intentaron, así que los obreros lo arrojaron, junto con el pajarillo muerto, al montón de basura a las afueras de la ciudad.

—Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad —le pidió Dios a uno de sus ángeles.

El ángel bajó a la ciudad y buscó entre el oro de los palacios y la plata de las iglesias, hasta que al fin regresó con el corazón de plomo y con el cuerpecito de la golondrina muerta.

—Has elegido bien —dijo Dios—. En mi jardín del Paraíso, este pajarillo cantará para siempre, y en mi ciudad de oro, el Príncipe Feliz me alabará por toda la eternidad.

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- Source: The Happy Prince and Other Tales, by Oscar Wilde (Project Gutenberg #30120) (https://www.gutenberg.org/ebooks/30120)
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