# El ruiseñor

_Hans Christian Andersen_ · 20 min read · ages 7-12

El emperador lee en un libro que lo mejor de todo su imperio es un ruiseñor, lo hace traer a palacio y luego lo cambia por un pájaro de cuerda con joyas. Cuando la Muerte se sienta en su cama y el pájaro de oro calla, el ruiseñor canta desde la ventana hasta que ella se va, y el emperador amanece vivo.

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En China, como bien sabes, el emperador es chino, y todos los que lo rodean son chinos también. Han pasado ya muchos años, y justo por eso vale la pena escuchar esta historia antes de que se olvide.

El palacio del emperador era el más espléndido del mundo, hecho todo de porcelana fina, carísima y tan quebradiza que había que tocarla con muchísimo cuidado. En el jardín crecían las flores más maravillosas, y a las más hermosas les habían atado campanitas de plata que sonaban para que nadie pasara de largo sin fijarse en ellas. Sí, en el jardín del emperador todo estaba pensado con gran ingenio. Y era tan grande que ni el jardinero sabía dónde terminaba. Si uno seguía caminando, llegaba a un bosque hermosísimo de árboles altos y lagos profundos. El bosque bajaba hasta el mar, que era azul y hondo; los barcos grandes podían navegar por debajo de las ramas, y entre esas ramas vivía un ruiseñor que cantaba tan bien que hasta el pescador pobre, que bastante tenía que hacer, se quedaba quieto a escucharlo cuando salía de noche a echar las redes.

—¡Dios mío, qué hermoso! —decía.

Pero tenía que cuidar su trabajo, y con eso se olvidaba del pájaro. Y a la noche siguiente, cuando el ruiseñor volvía a cantar y el pescador volvía a pasar por ahí, decía lo mismo:

—¡Dios mío, qué hermoso!

De todos los países del mundo llegaban viajeros a la ciudad del emperador, y admiraban la ciudad, el palacio y el jardín. Pero en cuanto oían al ruiseñor, todos decían lo mismo:

—¡Esto es lo mejor de todo!

Los viajeros lo contaban al volver a su casa, y los sabios escribieron muchos libros sobre la ciudad, el palacio y el jardín. Tampoco se olvidaban del ruiseñor: a él lo ponían por encima de todo, y los que sabían hacer versos escribieron los poemas más hermosos sobre el ruiseñor del bosque, junto al lago profundo.

Los libros dieron la vuelta al mundo, y algunos llegaron un día a manos del emperador. Él estaba sentado en su silla de oro y leía y leía, y a cada rato asentía con la cabeza, porque le daba gusto encontrar aquellas descripciones espléndidas de la ciudad, del palacio y del jardín. «Pero el ruiseñor es lo mejor de todo», decía el libro.

—¿Qué es esto? —dijo el emperador—. ¡Si yo no conozco a ningún ruiseñor! ¿Hay un pájaro así en mi imperio, y hasta en mi propio jardín? Nunca me lo han dicho. ¡Y tengo que enterarme por los libros!

Entonces llamó a su mayordomo, que era tan encumbrado que, si alguien de menor rango se atrevía a hablarle o a preguntarle algo, no contestaba más que «¡P!», y eso no quiere decir nada.

—Dicen que hay un pájaro notabilísimo que se llama ruiseñor —dijo el emperador—. Dicen que es lo mejor que hay en todo mi gran imperio. ¿Por qué nunca me han hablado de él?

—Jamás he oído su nombre —dijo el mayordomo—. Nunca ha sido presentado en la corte.

—Quiero que venga esta noche a cantar delante de mí —dijo el emperador—. ¡El mundo entero sabe lo que tengo, y yo no lo sé!

—Jamás he oído su nombre —dijo el mayordomo—. Lo buscaré, y lo encontraré.

¿Pero dónde encontrarlo? El mayordomo subió y bajó todas las escaleras, recorrió salones y pasillos, y ninguna de las personas con que se topó había oído hablar del ruiseñor. Así que volvió corriendo con el emperador y le dijo que aquello tenía que ser un cuento de los que escriben libros.

—Su Majestad Imperial no puede creer todo lo que se escribe. Son invenciones, eso que la gente llama magia negra.

—Pero el libro donde lo leí —dijo el emperador— me lo mandó el poderosísimo emperador del Japón, así que no puede ser mentira. ¡Quiero oír al ruiseñor! Tiene que estar aquí esta noche. Cuenta con mi mayor favor. Y si no viene, a toda la corte le pisotearán la panza en cuanto haya cenado.

—¡Tsing pe! —dijo el mayordomo, y volvió a subir y bajar todas las escaleras y a recorrer todos los salones y pasillos; y media corte corrió con él, porque a nadie le hacía gracia que le pisotearan la panza. Fue un preguntar y preguntar por aquel ruiseñor notable que todo el mundo conocía y que en la corte no conocía nadie.

Por fin encontraron en la cocina a una niña pobre, que les dijo:

—¡Ay, Dios, el ruiseñor lo conozco muy bien! ¡Cómo canta! Todas las noches me dejan llevarle a mi madre las sobras de la mesa; ella está enferma y vive allá abajo, junto a la playa. Cuando vuelvo, cansada, me siento a descansar en el bosque y entonces oigo cantar al ruiseñor. Se me llenan los ojos de lágrimas, y es como si mi madre me diera un beso.

—Cocinerita —dijo el mayordomo—, te voy a conseguir un puesto fijo en la cocina y permiso para ver comer al emperador si nos llevas hasta el ruiseñor, porque está anunciado para esta noche.

Y allá se fueron todos al bosque, al lugar donde el ruiseñor solía cantar; media corte iba en la comitiva. Cuando llevaban ya buen trecho, una vaca se puso a mugir.

—¡Oh! —dijeron los pajes de la corte—. ¡Ya lo tenemos! ¡Qué fuerza tan notable para un animalito tan chiquito! Seguro que ya lo había oído yo antes.

—No, esas son las vacas que mugen —dijo la cocinerita—. Todavía estamos lejos del lugar.

Luego croaron las ranas en el pantano.

—¡Magnífico! —dijo el capellán de la corte—. Ahora sí lo oigo; suena igual que unas campanitas de iglesia.

—No, esas son las ranas —dijo la cocinerita—. Pero creo que muy pronto lo vamos a oír.

Y entonces el ruiseñor empezó a cantar.

—¡Es él! —dijo la niña—. ¡Escuchen! ¡Escuchen! ¡Ahí está!

Y señaló un pajarito gris allá arriba, entre las ramas.

—¿Será posible? —dijo el mayordomo—. Nunca me lo imaginé así. ¡Qué sencillo se ve! Seguro que perdió el color de tanto ver gente distinguida a su alrededor.

—¡Ruiseñorcito! —gritó fuerte la cocinerita—. Nuestro bondadoso emperador desea que usted cante ante él.

—¡Con muchísimo gusto! —dijo el ruiseñor, y cantó de tal modo que daba gusto oírlo.

—Suena igual que unas campanas de cristal —dijo el mayordomo—. ¡Y miren ese cuellito, cómo trabaja! Es raro que nunca lo hubiéramos oído. Va a tener un gran éxito en la corte.

—¿Quiere que cante otra vez para el emperador? —preguntó el ruiseñor, que creía que el emperador también estaba allí.

—Mi excelente ruiseñorcito —dijo el mayordomo—, tengo el enorme placer de invitarlo esta noche a una fiesta de palacio, donde encantará usted a Su Alta Gracia Imperial con su canto tan gracioso.

—Mi voz se oye mejor entre lo verde —dijo el ruiseñor; pero fue de buena gana en cuanto supo que el emperador lo deseaba.

En el palacio todo lo habían arreglado con esmero. Las paredes y el piso, que eran de porcelana, brillaban con la luz de muchos miles de lámparas de oro; en los pasillos habían puesto las flores más hermosas, las que sabían tintinear. Aquello era un correr de gente y una corriente de aire, y todas las campanitas sonaban tanto que uno no oía ni sus propias palabras.

En medio del gran salón, donde estaba sentado el emperador, habían colocado una percha de oro para que el ruiseñor se posara. Toda la corte estaba presente, y la cocinerita había recibido permiso para quedarse detrás de la puerta, pues ahora tenía el título de cocinera de palacio. Todos llevaban sus mejores galas y todos miraban al pajarito gris, al que el emperador saludó con una inclinación de cabeza.

Y el ruiseñor cantó tan bien que al emperador se le llenaron los ojos de lágrimas y le rodaron por las mejillas; entonces el ruiseñor cantó todavía más hermoso, y aquello llegaba de veras al corazón. El emperador estaba tan contento que dijo que el ruiseñor debía llevar al cuello su pantufla de oro. Pero el ruiseñor dio las gracias y contestó que ya había recibido premio de sobra.

—He visto lágrimas en los ojos del emperador, y ese es para mí el tesoro más rico. Las lágrimas de un emperador tienen un poder muy especial. Dios lo sabe: estoy pagado de sobra.

Y volvió a cantar con su voz dulce y espléndida.

—Esa es la coquetería más encantadora que conozco —dijeron las damas de alrededor, y luego se llenaron la boca de agua para hacer gluglú cuando alguien les hablara. Creían que así ellas también eran ruiseñores. Hasta los lacayos y las camareras mandaron decir que estaban satisfechos, lo cual es mucho decir, porque son los más difíciles de contentar. En pocas palabras: el ruiseñor tuvo un éxito verdadero.

Se quedaría en la corte, con jaula propia y libertad de salir a pasear dos veces de día y una de noche. Le daban doce criados, y cada uno le sujetaba una cinta de seda atada a la pata, bien apretada. Un paseo así no tenía nada de agradable.

Toda la ciudad hablaba del pájaro maravilloso, y cuando dos personas se encontraban, la primera no decía más que «¡Rui...!» y la otra contestaba «...señor». Después suspiraban y se entendían. Hasta once hijos de tenderos recibieron su nombre, pero ninguno de ellos tenía una sola nota en la garganta.

Un día le llegó al emperador un paquete grande que llevaba escrito por fuera: «El ruiseñor».

—Aquí tenemos un libro nuevo sobre nuestro pájaro famoso —dijo el emperador.

Pero no era un libro, sino una obrita de arte guardada en un estuche: un ruiseñor artificial, hecho para parecerse al vivo, solo que cubierto todo de diamantes, rubíes y zafiros. En cuanto se le daba cuerda al pájaro artificial, cantaba una de las piezas que cantaba el verdadero, y entonces movía la cola de arriba abajo y brillaba de plata y oro. Del cuello le colgaba una cintita que decía: «El ruiseñor del emperador del Japón es pobre comparado con el del emperador de China».

—¡Qué maravilla! —dijeron todos, y al que había traído el pájaro artificial le dieron enseguida el título de Portador Imperial Mayor de Ruiseñores.

—Ahora tienen que cantar juntos. ¡Qué dueto va a salir!

Y tuvieron que cantar juntos; pero la cosa no acababa de embonar, porque el ruiseñor verdadero cantaba a su manera y el pájaro artificial iba con cilindros.

—Él no tiene la culpa —dijo el maestro de música—. Lleva el compás con una firmeza notable y sigue mi escuela al pie de la letra.

Entonces el pájaro artificial tuvo que cantar solo. Gustó tanto como el verdadero, y además era mucho más bonito de ver: relucía como las pulseras y los prendedores.

Treinta y tres veces cantó la misma pieza sin cansarse. La gente lo habría oído con gusto otra vez desde el principio, pero el emperador dijo que ahora debía cantar algo el ruiseñor vivo. ¿Y dónde estaba? Nadie se había dado cuenta de que había volado por la ventana abierta, de regreso a sus bosques verdes.

—¡Pero qué es esto! —dijo el emperador.

Y todos los cortesanos lo regañaron y dijeron que el ruiseñor era un animal de lo más ingrato.

—De todos modos nos quedamos con el mejor pájaro —decían.

Así que el pájaro artificial tuvo que cantar de nuevo, y esa fue la vez treinta y cuatro que oyeron la misma pieza. Y aun así no se la sabían de memoria, porque era demasiado difícil. El maestro de música alabó al pájaro sin medida; es más, aseguró que era mejor que un ruiseñor de verdad, no solo por el vestido y por tantos diamantes espléndidos, sino también por dentro.

—Porque fíjense ustedes, señores míos, y sobre todo usted, mi emperador: con el ruiseñor verdadero uno nunca puede calcular lo que va a venir; en cambio, en el pájaro artificial todo está determinado de antemano. Se puede explicar, se puede abrir y hacerle entender a cualquiera cómo están puestos los cilindros, cómo giran y cómo una cosa se sigue de la otra.

—Eso mismo pensamos nosotros —dijeron todos, y al maestro de música le dieron permiso de mostrarle el pájaro al pueblo el domingo siguiente. El emperador ordenó que la gente también lo oyera cantar. Y lo oyó, y se puso tan alegre como si se hubiera embriagado de té, que es cosa muy china; y todos dijeron «¡Oh!», levantaron el dedo índice y asintieron con la cabeza. Pero los pescadores pobres, que habían oído al ruiseñor verdadero, decían:

—Suena bastante bonito, y hasta las melodías se parecen; pero le falta algo, no sé qué.

Al ruiseñor verdadero lo desterraron del país y del imperio.

El pájaro artificial tenía su lugar sobre un cojín de seda, junto a la cama del emperador; todos los regalos que había recibido, oro y piedras preciosas, estaban puestos a su alrededor, y en cuanto al título había ascendido a Altísimo Cantor Imperial de la Mesa de Noche, con rango de número uno del lado izquierdo. Porque el emperador consideraba que el lado más distinguido era aquel donde está el corazón, y el corazón está a la izquierda hasta en un emperador. Y el maestro de música escribió una obra de veinticinco tomos sobre el pájaro artificial; era tan sabia y tan larga, y estaba tan llena de las palabras chinas más difíciles, que todo el mundo dijo que la había leído y entendido, porque de otro modo habrían quedado como tontos y les habrían pisoteado la panza.

Así pasó un año entero. El emperador, la corte y todos los demás chinos se sabían de memoria hasta el último gorgorito del canto del pájaro artificial. Y justamente por eso ahora les gustaba más que nunca: podían cantar con él, y lo hacían. Los muchachos de la calle cantaban «¡Zizizí! ¡Clu, clu, clu!», y el emperador lo cantaba también. Sí que era espléndido.

Pero una noche, mientras el pájaro artificial cantaba de lo mejor y el emperador estaba acostado escuchándolo, algo hizo «¡zas!» dentro del pájaro. Algo había saltado. «¡Rrrrrr!», todas las ruedas giraron sin freno, y la música se paró.

El emperador saltó de la cama y mandó llamar a su médico de cabecera; ¿pero qué podía hacer él? Entonces fueron por el relojero, y después de mucho hablar y mucho examinar consiguió dejar el pájaro más o menos en orden; pero advirtió que había que cuidarlo, porque las clavijas estaban gastadas y era imposible poner otras nuevas de modo que la música sonara segura. ¡Qué tristeza tan grande! Solo una vez al año se le permitiría cantar al pájaro artificial, y aun eso era casi demasiado. Pero entonces el maestro de música pronunció un discursito lleno de palabras de mucho peso y dijo que todo estaba igual de bien que antes; y entonces todo quedó igual de bien que antes.

Habían pasado cinco años cuando al país le llegó una pena muy grande. En el fondo, los chinos querían mucho a su emperador, y ahora estaba enfermo y decían que no le quedaba mucha vida. Ya habían elegido un emperador nuevo, y la gente se paraba afuera, en la calle, a preguntarle al mayordomo cómo seguía su viejo emperador.

—¡P! —decía él, y sacudía la cabeza.

Frío y pálido estaba el emperador en su cama grande y espléndida; toda la corte lo daba por muerto, y cada quien corrió a saludar al emperador nuevo. Los camareros salieron a comentarlo y las camareras se juntaron a tomar café. En todos los salones y pasillos habían tendido paños para que no se oyeran los pasos, y por eso había un silencio, un silencio total. Pero el emperador no estaba muerto todavía; tieso y pálido seguía en aquella cama espléndida de cortinas largas de terciopelo y pesadas borlas de oro; allá arriba había una ventana abierta, y la luna entraba y alumbraba al emperador y al pájaro artificial.

El pobre emperador casi no podía respirar; era como si algo se le hubiera sentado en el pecho. Abrió los ojos y vio que era la Muerte quien estaba sentada allí: se había puesto la corona de oro del emperador y sostenía en una mano su sable de oro y en la otra su hermoso estandarte. Y por todos lados, entre los pliegues de las grandes cortinas de terciopelo, asomaban caras extrañas: unas feas, otras dulces y apacibles. Eran todas las malas y las buenas acciones del emperador, que lo miraban ahora que la Muerte se le había sentado en el corazón.

—¿Te acuerdas de esto? —susurraba una tras otra—. ¿Te acuerdas de aquello?

Y le contaron tantas cosas que el sudor le corría por la frente.

—¡Yo no sabía eso! —dijo el emperador—. ¡Música, música! ¡Que traigan el gran tambor chino, para no tener que oír todo lo que dicen!

Pero ellas siguieron hablando, y la Muerte asentía como un chino a todo lo que se decía.

—¡Música, música! —gritó el emperador—. ¡Pajarito de oro, precioso, canta, canta! Te he dado oro y cosas de valor; yo mismo te colgué al cuello mi pantufla de oro. ¡Canta, canta!

Pero el pájaro siguió callado; no había nadie que le diera cuerda, y sin cuerda no cantaba. Y la Muerte seguía mirando al emperador con sus grandes ojos huecos, y había un silencio, un silencio espantoso.

Entonces, de pronto, llegó desde la ventana el canto más hermoso del mundo: era el ruiseñor pequeño y vivo, posado afuera en una rama. Se había enterado del apuro de su emperador y venía a cantarle consuelo y esperanza. Y mientras cantaba, las caras se fueron poniendo cada vez más pálidas, y la sangre corrió cada vez más aprisa por los miembros débiles del emperador; hasta la Muerte se puso a escuchar y dijo:

—Sigue, ruiseñorcito, sigue.

—¿Y me darás el hermoso sable de oro? ¿Me darás el rico estandarte? ¿Me darás la corona del emperador?

Y la Muerte fue entregando cada joya por una canción, y el ruiseñor siguió cantando; cantó al camposanto silencioso, donde crecen las rosas blancas, donde perfuman las lilas y donde el pasto fresco se moja con las lágrimas de los que se quedan. Entonces a la Muerte le entraron ganas de volver a su jardín, y salió flotando por la ventana como una niebla fría y blanca.

—¡Gracias, gracias! —dijo el emperador—. ¡Pajarito del cielo, bien te conozco! ¡A ti te eché de mi país y de mi imperio! Y aun así, con tu canto ahuyentaste de mi cama las caras malas y me quitaste la Muerte del corazón. ¿Cómo puedo pagarte?

—Ya me pagaste —dijo el ruiseñor—. Le saqué lágrimas a tus ojos la primera vez que canté, y eso no lo olvido nunca. Esas son las joyas que alegran el corazón de un cantor. Pero ahora duerme y ponte fuerte otra vez, que yo te voy a cantar.

Y cantó, y el emperador se quedó dormido con un sueño dulce. ¡Qué sueño tan suave y tan bueno!

El sol entraba por las ventanas cuando despertó sano y recuperado. Ninguno de sus criados había vuelto todavía, porque lo creían muerto; solo el ruiseñor seguía junto a él, cantando.

—¡Tienes que quedarte conmigo para siempre! —dijo el emperador—. Cantarás cuando tú quieras, y al pájaro artificial lo voy a hacer mil pedazos.

—No hagas eso —dijo el ruiseñor—. Él hizo el bien mientras pudo. Consérvalo como hasta ahora. Yo no puedo hacer mi nido ni vivir en el palacio; pero déjame venir cuando yo tenga ganas: entonces me sentaré por las noches en esa rama, junto a la ventana, y te cantaré algo para que estés alegre y pensativo a la vez. En mi canto vas a oír a los que son felices y a los que sufren; vas a oír el mal y el bien que se te quedan escondidos a tu alrededor. El pajarito cantor vuela muy lejos, hasta el pescador pobre, hasta el techo del campesino, hasta toda la gente que vive lejos de ti y de tu corte. Quiero más a tu corazón que a tu corona, y sin embargo la corona guarda un aroma de algo sagrado. Vendré, y te cantaré. Pero tienes que prometerme una cosa.

—¡Lo que sea! —dijo el emperador, que estaba de pie con su traje imperial, el que él mismo se había puesto, y apretaba contra el corazón el sable pesado de oro.

—Solo te pido esto: no le cuentes a nadie que tienes un pajarito que te dice todo. Así irá todo mucho mejor.

Y el ruiseñor se echó a volar.

Los criados entraron a ver a su emperador muerto. Ahí se quedaron, parados en la puerta.

—¡Buenos días! —dijo el emperador.

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