# El sastrecillo valiente

_Hermanos Grimm_ · 17 min read · ages 7-12

Un sastrecillo borda siete de un golpe en su cinturón tras matar varias moscas y sale a probar fortuna por el mundo. Cuando el rey intenta llevárselo dormido en un barco, el sastre presume sus hazañas ante los guardias escondidos afuera y estos huyen aterrados, así que sigue siendo rey toda su vida.

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Una mañana de verano, un sastrecillo estaba sentado a su mesa, junto a la ventana, cosiendo con muchas ganas y de muy buen humor. Por la calle venía una mujer del campo que iba pregonando:

—¡Buena mermelada se vende! ¡Buena mermelada!

Aquella palabra, mermelada, le sonó tan dulce al sastrecillo que asomó su cabecita por la ventana y llamó:

—Suba usted, buena mujer, aquí le compro su mercancía.

La mujer subió los tres tramos de escalera con su pesada canasta y tuvo que sacarle todas las ollas para que las revisara una por una. El sastre las miró, las levantó, les acercó la nariz, y por fin dijo:

—Esta mermelada me parece buena. Péseme cuatro onzas, buena mujer, y si son un cuarto de kilo tampoco me importa.

La mujer, que había esperado vender mucho más, le dio lo que pedía, pero se marchó refunfuñando de mal humor.

—Ahora sí —exclamó el sastrecillo—, que Dios bendiga esta mermelada y me dé fuerza y vigor.

Sacó el pan de la alacena, cortó una rebanada del tamaño de todo el pan y untó encima la mermelada.

—Esto no va a saber nada mal —se dijo—, pero antes de darle una mordida voy a terminar el chaleco.

Puso el pan a un lado, siguió cosiendo, y de puro contento cada puntada le salía más grande que la anterior. Mientras tanto, el olor de la dulce mermelada subió hasta la pared, donde estaban posadas muchas moscas, y las atrajo de tal manera que bajaron en tropel a posarse sobre el pan.

—¿Quién las invitó a ustedes? —dijo el sastrecillo, y espantó a aquellas visitas que nadie había llamado.

Pero las moscas, que no entendían razones, volvieron cada vez en mayor número. Al sastrecillo se le acabó la paciencia, sacó de su cajón un trapo de paño y exclamó:

—Esperen, que ahora les voy a dar su merecido.

Y les dio sin compasión. Cuando se detuvo a contar, no eran menos de siete las que yacían muertas con las patitas estiradas.

—¿Conque así soy yo? —se dijo, admirado de su propio valor—. Esto tiene que saberlo toda la ciudad.

Y con las prisas se cortó un cinturón, lo cosió y bordó encima, con letras bien grandes: «Siete de un golpe.»

—¡Qué ciudad ni qué nada! —añadió—. ¡Esto lo tiene que saber el mundo entero!

Y el corazón le brincaba de alegría dentro del pecho, como la colita de un corderito.

Se ató el cinturón a la cintura y decidió salir a correr mundo, pues le pareció que su taller era ya demasiado pequeño para tanto valor. Antes de irse buscó por toda la casa algo que llevarse, pero no encontró más que un queso viejo, que se guardó en el bolsillo. Junto a la puerta vio un pájaro atrapado entre las ramas de un arbusto, y también se lo metió al bolsillo, junto con el queso. Después tomó el camino con mucho brío, y como era ligero y despierto, no sintió cansancio alguno.

El camino lo llevó a una montaña, y al llegar a la cumbre encontró sentado a un gigante enorme, que miraba el paisaje con toda tranquilidad. El sastrecillo se le acercó sin miedo y le dijo:

—Buenos días, compañero. ¿Conque ahí sentado, viendo pasar el mundo? Yo voy de camino a probar fortuna. ¿No le gustaría venirse conmigo?

El gigante lo miró con desprecio y le dijo:

—¡Bribón! ¡Pobre diablo!

—¿Cómo se atreve? —respondió el sastrecillo.

Y desabrochándose el chaleco, le mostró el cinturón:

—Lea aquí, y verá qué clase de hombre soy.

El gigante leyó «siete de un golpe» y pensó que se trataba de siete hombres que el sastre había matado, y le tomó un poco más de respeto a aquel hombrecillo. Pero quiso ponerlo a prueba: tomó una piedra en la mano y la apretó con tanta fuerza que le salió el agua.

—Haga usted lo mismo, si tiene tanta fuerza —le dijo.

—¿Nada más eso? —dijo el sastrecillo—. Para uno de los nuestros, eso es un juego de niños.

Metió la mano al bolsillo, sacó el queso viejo y lo apretó hasta que le salió todo el suero.

—¿Qué le parece? —añadió—. ¿Hay alguna diferencia?

El gigante no supo qué responder, y no podía creer que aquel enano tuviera tanta fuerza. Tomó entonces otra piedra y la lanzó tan alto que apenas se distinguía en el cielo.

—Ahora haga usted lo mismo, hombrecillo.

—Bien tirada —dijo el sastre—, pero al fin y al cabo tuvo que caer de nuevo a la tierra. Yo voy a tirar una que no vuelva jamás.

Y sacando el pájaro del bolsillo, lo lanzó al aire. El pájaro, feliz de verse libre, salió disparado como una flecha y no regresó nunca más.

—¿Qué le pareció esa, compañero? —preguntó el sastre.

—Tirar sí sabe tirar —dijo el gigante—, pero ahora vamos a ver si es capaz de cargar algo de peso.

Lo llevó hasta un roble enorme que yacía tirado en el suelo.

—Si de veras tiene tanta fuerza, ayúdeme a sacar este árbol del bosque.

—Con mucho gusto —contestó el hombrecillo—. Cargue usted el tronco en los hombros, que yo cargaré las ramas y la copa, que es lo más pesado.

El gigante se echó el tronco al hombro, y el sastrecillo se sentó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía mirar hacia atrás, cargaba con todo el árbol y, encima, con el sastrecillo, que iba la mar de contento.

Iba silbando la cancioncilla de los tres sastres que salían cabalgando por la puerta del pueblo, como si cargar un árbol fuera cosa de niños.

El gigante, después de arrastrar aquel peso un buen trecho, no pudo más y gritó:

—¡Oiga, voy a soltar el árbol!

El sastrecillo saltó ágilmente a tierra, abrazó el tronco con ambos brazos, como si lo hubiera estado cargando todo el tiempo, y le dijo al gigante:

—Es usted un tipo tan grande y no puede ni con un árbol.

Siguieron caminando juntos, y al pasar frente a un cerezo, el gigante tomó la copa del árbol, donde colgaban las cerezas más maduras, la dobló hasta el suelo y se la puso en las manos al sastrecillo para que comiera. Pero el sastrecillo era demasiado débil para sostenerla, y en cuanto el gigante la soltó, el árbol se enderezó de golpe y lanzó al sastrecillo por los aires. Cuando cayó de nuevo, sin hacerse ningún daño, el gigante le dijo:

—¿Qué es esto? ¿No tiene fuerza ni para sostener esa ramita?

—No es cuestión de fuerza —respondió el sastrecillo—. ¿Cree que eso sería algo difícil para quien ha derribado siete de un golpe? Salté por encima del árbol porque allá abajo hay unos cazadores disparando entre los matorrales. Salte usted también, si puede.

El gigante lo intentó, pero no logró pasar por encima del árbol y se quedó atorado entre las ramas. Así que también en esto se quedó el sastrecillo con la ventaja.

—Ya que es usted un muchacho tan valiente —dijo el gigante—, véngase con nosotros a la cueva y pase la noche allí.

El sastrecillo aceptó de buena gana y lo siguió. Al llegar a la cueva encontraron a otros gigantes sentados junto al fuego, cada uno con un carnero asado en la mano, comiendo. El sastrecillo miró alrededor y pensó que aquel sitio era mucho más amplio que su taller. El gigante le señaló una cama y le dijo que se acostara a dormir, pero la cama era demasiado grande para su cuerpecito, así que en lugar de acostarse en ella se acurrucó en un rincón. A medianoche, cuando el gigante creyó que el sastrecillo dormía profundamente, se levantó, tomó una barra de hierro y de un solo golpe partió la cama por la mitad, seguro de haber acabado con aquel insecto molesto. Al amanecer los gigantes se fueron al bosque, olvidados por completo del sastrecillo, y de pronto lo vieron llegar tan campante y desenfadado como siempre. Los gigantes se asustaron tanto, temiendo que los matara a todos, que salieron corriendo sin esperar un momento más.

El sastrecillo siguió su camino, dejándose guiar por su propia nariz. Después de caminar largo rato, llegó al patio de un palacio real, y como se sentía cansado, se recostó sobre el pasto y se quedó dormido. Mientras dormía, algunas personas pasaron por ahí, lo miraron con curiosidad de todos lados y leyeron en su cinturón: «Siete de un golpe.»

—¡Ay! —se dijeron entre ellos—. ¿Qué vendrá a hacer aquí, en plena paz, este gran héroe de guerra? Debe de ser un señor muy poderoso.

Fueron a contárselo al rey, y le dijeron que si llegaba a estallar una guerra, aquel hombre sería de gran utilidad, y que por nada del mundo debía dejarlo ir. Al rey le pareció bueno el consejo y mandó a uno de sus cortesanos a ofrecerle, en cuanto despertara, un puesto en su servicio. El enviado se quedó de guardia junto al dormido, esperó a que estirara los brazos y abriera los ojos, y entonces le hizo la propuesta.

—Precisamente para eso he venido —respondió el sastrecillo—. Estoy dispuesto a entrar al servicio del rey.

Lo recibieron con toda clase de honores y le dieron alojamiento aparte en la corte. Pero los soldados le tenían envidia y hubieran preferido verlo mil leguas de distancia.

—¿En qué va a parar esto? —se decían unos a otros—. Si algún día tenemos un pleito con él y nos ataca, van a caer siete de un golpe. Ninguno de nosotros va a quedar en pie.

Resolvieron entonces presentarse ante el rey y pedirle su baja a todos a la vez.

—No estamos hechos —le dijeron— para vivir al lado de un hombre que derriba siete de un golpe.

El rey se puso muy triste al ver que, por culpa de uno solo, iba a perder a todos sus fieles servidores, y deseó no haberlo conocido nunca, pues de buena gana se hubiera librado de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo de que aquel hombre terrible lo matara a él y a todo su pueblo, y se sentara luego en el trono. Le dio muchas vueltas al asunto y por fin encontró una salida. Mandó decirle al sastrecillo que, siendo un héroe tan grande, quería hacerle una propuesta: en un bosque de su reino vivían dos gigantes que sembraban el terror con robos, asesinatos e incendios, y nadie se atrevía a acercarse a ellos sin arriesgar la vida. Si lograba vencerlos y matarlos, el rey le daría a su única hija por esposa y medio reino como dote, y además le pondría cien jinetes para ayudarlo si hacía falta.

—Eso sí que es algo para un hombre como yo —pensó el sastrecillo—. No todos los días le ofrecen a uno una princesa tan hermosa y medio reino.

—Con mucho gusto —respondió—. Yo me encargo de esos gigantes, y no necesito para nada a los cien jinetes: quien derriba siete de un golpe no tiene por qué temerle a dos.

Se puso en marcha, y los cien jinetes lo siguieron. Al llegar a la orilla del bosque les dijo:

—Espérenme aquí, que yo solo me las arreglo con los gigantes.

Entró al bosque mirando con cuidado a todos lados. Al poco rato distinguió a los dos gigantes, dormidos bajo un árbol, roncando con tanta fuerza que las ramas se mecían de arriba abajo. El sastrecillo, sin perder tiempo, se llenó los dos bolsillos de piedras y trepó al árbol. Ya en medio, se deslizó por una rama hasta quedar justo encima de los dormidos, y dejó caer una piedra tras otra sobre el pecho de uno de ellos. El gigante no sintió nada durante un buen rato, pero al fin despertó, empujó a su compañero y le dijo:

—¿Por qué me pegas?

—Estás soñando —dijo el otro—. Yo no te he tocado.

Volvieron a dormirse, y entonces el sastrecillo le tiró una piedra al segundo.

—¿Qué es esto? —gritó este—. ¿Por qué me tiras algo?

—Yo no te tiro nada, tú sueñas —respondió el primero, refunfuñando.

Se pelearon un buen rato, pero como estaban cansados, lo dejaron por la paz y volvieron a cerrar los ojos. El sastrecillo empezó de nuevo su juego, escogió la piedra más grande y se la tiró con todas sus fuerzas al primer gigante en el pecho.

—¡Esto ya es demasiado! —gritó este, y de un salto, como enloquecido, empujó a su compañero contra el árbol con tal fuerza que lo hizo temblar.

El otro le pagó con la misma moneda, y ambos se pusieron tan furiosos que arrancaron árboles enteros y se golpearon con ellos, hasta que los dos cayeron muertos al mismo tiempo. Entonces el sastrecillo bajó de un salto.

—Por suerte —se dijo—, no arrancaron también el árbol donde yo estaba, porque hubiera tenido que saltar a otro como una ardilla. Pero los de nuestro oficio somos muy ágiles.

Sacó la espada, le dio a cada uno un par de buenos tajos en el pecho, y salió a buscar a los jinetes.

—El trabajo está hecho —les dijo—. Acabé con los dos. Me costó lo suyo: del apuro que traían arrancaron árboles y se defendieron como pudieron, pero de nada les sirvió contra un hombre como yo, que derriba siete de un golpe.

—¿No está usted herido? —le preguntaron los jinetes.

—Para nada —respondió—. No me tocaron ni un pelo.

Los jinetes no le creyeron, y fueron a comprobarlo al bosque, donde encontraron a los dos gigantes nadando en su propia sangre, y los árboles arrancados por todas partes a su alrededor.

El sastrecillo pidió al rey la recompensa prometida, pero este ya se arrepentía de su promesa y volvió a pensar cómo librarse del héroe.

—Antes de que te dé a mi hija y medio reino —le dijo—, tienes que cumplir con otra hazaña. En el bosque anda suelto un unicornio que causa grandes destrozos. Primero tienes que atraparlo.

—A un unicornio le tengo todavía menos miedo que a dos gigantes. Siete de un golpe, esa es mi especialidad.

Tomó una cuerda y un hacha, entró al bosque y de nuevo mandó esperar afuera a los que lo acompañaban. No tuvo que buscar mucho: el unicornio apareció enseguida y se lanzó directo contra él, como si quisiera ensartarlo sin más trámite.

—Despacio, despacio —dijo el sastrecillo—, esto no se hace tan rápido.

Se quedó quieto hasta que el animal estuvo muy cerca, y entonces se escondió de un salto detrás de un árbol. El unicornio embistió el tronco con todas sus fuerzas y clavó el cuerno tan profundo que ya no pudo sacarlo, y así quedó atrapado.

—Ahora sí que tengo al pajarito —dijo el sastrecillo.

Salió de detrás del árbol, le pasó la cuerda al cuello, partió el cuerno a hachazos para sacarlo del tronco, y cuando todo estuvo listo, se llevó al animal y se lo entregó al rey.

Pero el rey todavía no quería cumplir su promesa, y le puso una tercera condición. El sastre tendría que atrapar antes de la boda un jabalí que causaba grandes daños en el bosque, y los cazadores del rey le ayudarían.

—Con gusto —dijo el sastre—, eso es un juego de niños.

No se llevó a los cazadores al bosque, y ellos se quedaron muy contentos, porque el jabalí ya los había recibido tan mal otras veces que no tenían ninguna gana de volver a buscarlo. En cuanto el jabalí vio al sastrecillo, corrió hacia él echando espuma por la boca y enseñando los colmillos, dispuesto a derribarlo. Pero el ágil hombrecillo se metió de un salto en una ermita que había cerca, y enseguida volvió a salir por la ventana, de otro salto. El jabalí entró corriendo detrás de él, y el sastrecillo, dando la vuelta por fuera, cerró la puerta tras la bestia furiosa, que quedó presa allí dentro, demasiado pesada y torpe para escapar por la ventana. Después de esta hazaña llamó a los cazadores para que vieran al prisionero con sus propios ojos, y se presentó ante el rey, quien esta vez, aunque no quisiera, tuvo que cumplir su palabra y entregarle a su hija y medio reino. De haber sabido que no tenía delante a un gran guerrero, sino a un pobre sastrecillo, le hubiera dolido todavía más. La boda se celebró con mucha pompa y poca alegría, y así fue como de un sastre se hizo un rey.

Algún tiempo después, la joven reina oyó una noche a su marido hablar en sueños:

—Muchacho, termíname el chaleco y remiéndame el pantalón, o te doy con la vara en las orejas.

Así comprendió en qué calle había nacido su marido, y a la mañana siguiente fue a quejarse con su padre, suplicándole que la librara de un hombre que no era más que un sastre. El rey trató de consolarla:

—Deja esta noche abierta la puerta de tu recámara. Mis criados esperarán afuera y, en cuanto se haya quedado dormido, entrarán, lo atarán y lo llevarán a un barco que se lo llevará lejos, al ancho mundo.

La reina quedó muy contenta con el plan. Pero el escudero del rey, que lo había escuchado todo y le tenía cariño al joven príncipe, fue a contarle toda la trama.

—Eso lo voy a arreglar yo —dijo el sastrecillo.

Por la noche se acostó con su esposa a la hora de costumbre, y cuando ella lo creyó bien dormido, se levantó, abrió la puerta y volvió a acostarse a su lado. El sastrecillo, que solo fingía dormir, se puso entonces a gritar con voz bien fuerte:

—Muchacho, termíname el chaleco y remiéndame el pantalón, o te doy con la vara en las orejas. He derribado siete de un golpe, he matado a dos gigantes, atrapé a un unicornio y cacé a un jabalí, ¿voy a tenerles miedo a los que están escondidos afuera de mi puerta?

Al oír esas palabras, los que esperaban afuera sintieron tanto miedo que salieron corriendo como si llevaran al diablo pisándoles los talones, y ninguno se atrevió jamás a intentarlo de nuevo. Y así el sastrecillo fue rey, y lo siguió siendo toda su vida.

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- Source: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm, trad. José Sánchez Biedma (1879) (https://es.wikisource.org/wiki/El_sastrecillo_valeroso)
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