# El soldadito de plomo

_Hans Christian Andersen_ · 9 min read · ages 6-12

Un soldadito de plomo de una sola pierna se enamora de una bailarina de papel y acaba en la cuneta y en la panza de un pez. Cuando vuelve a la misma sala, un niño lo avienta a la estufa: la bailarina vuela a las llamas y de ella solo queda la rosa de oropel, mientras él se derrite y queda hecho un corazoncito de plomo.

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Había una vez veinticinco soldaditos de plomo, todos hermanos, porque todos habían nacido de la misma cuchara vieja. Llevaban el fusil al hombro y la mirada al frente, y su uniforme era rojo y azul. Lo primero que oyeron en este mundo, cuando alguien levantó la tapa de la caja en la que estaban acostados, fue una sola palabra:

—¡Soldaditos de plomo!

La había gritado un niño pequeño, dando palmadas de gusto. Eran su regalo de cumpleaños, y en cuanto los tuvo en las manos los formó sobre la mesa. Un soldado era igualito al otro; nada más el último que habían vaciado en el molde salió distinto, porque el plomo no alcanzó y se quedó con una sola pierna. Aun así se sostenía tan firme sobre ella como los demás sobre sus dos, y justamente él es el que llegó a ser famoso.

Sobre la mesa donde los formaron había muchos otros juguetes, pero el que más llamaba la atención era un lindo castillo de papel. Por las ventanitas se alcanzaban a ver los salones de adentro. Delante del castillo había arbolitos alrededor de un espejo que parecía un lago transparente, y encima nadaban unos cisnes de cera que se miraban en el agua. Todo aquello era precioso, pero lo más precioso de todo era una damita parada en medio de la puerta abierta del castillo. También estaba recortada en papel, pero llevaba una falda del lino más fino y una cinta azul, angosta, cruzada sobre los hombros como un manto; en el centro de la cinta lucía una rosa de oropel tan grande como su cara entera. La damita tenía los dos brazos extendidos, porque era bailarina, y levantaba una pierna tan alto que el soldadito no se la encontraba por ningún lado y creyó que ella, igual que él, tenía una sola.

—¡Esa sería la esposa perfecta para mí! —pensó—. Pero es muy elegante: vive en un castillo. Yo nada más tengo una caja, y ahí adentro somos veinticinco. ¡Ese no es lugar para ella! De todos modos, tengo que conocerla.

Entonces se acostó cuan largo era detrás de una cajita de rapé que estaba sobre la mesa. Desde ahí podía contemplar a gusto a la damita fina, que seguía parada en una sola pierna sin perder el equilibrio.

Al llegar la noche, los demás soldaditos volvieron a su caja y la gente de la casa se fue a dormir. Entonces los juguetes empezaron a jugar: primero a que llegaban visitas, y después a la guerra y a dar un baile. Los soldaditos hacían ruido dentro de la caja porque querían participar, pero no lograron levantar la tapa. El cascanueces daba maromas y el gis se puso a escribir solo en el pizarrón. Era tal el escándalo que el canario se despertó y también se puso a hablar, y nada menos que en verso. Los únicos dos que no se movieron de su lugar fueron el soldadito y la bailarina: ella se mantenía derechita sobre la punta de un pie, con los dos brazos abiertos; él estaba igual de firme sobre su única pierna, y no le quitó los ojos de encima ni un instante.

El reloj dio las doce y, ¡pum!, saltó la tapa de la cajita de rapé. Pero adentro no había tabaco, sino un duende negro y chiquito, porque aquello era una caja de sorpresas.

—¡Soldadito de plomo! —dijo el duende—. ¡No andes mirando lo que no te importa!

Pero el soldadito hizo como que no lo oía.

—¡Ah, sí! Espérate a mañana —dijo el duende.

Cuando amaneció y los niños se levantaron, pusieron al soldadito en la ventana. Y no se sabe si fue el duende o si fue la corriente de aire, pero de pronto la ventana se abrió de golpe y el soldado cayó de cabeza desde el tercer piso. ¡Qué caída tan espantosa! Fue a dar al suelo con la pierna apuntando al cielo y ahí se quedó clavado, con el chacó y la bayoneta atorados entre dos adoquines.

La muchacha del servicio y el niño bajaron enseguida a buscarlo. Estuvieron a punto de pisarlo y ni así lo vieron. Si el soldadito hubiera gritado «¡Aquí estoy!», seguro lo habrían encontrado; pero le pareció que no estaba bien ponerse a gritar, porque andaba de uniforme.

Luego empezó a llover. Al rato las gotas caían más tupido y al final cayó un aguacero. Cuando pasó, llegaron dos chamacos.

—¡Mira nada más! —dijo uno—. ¡Ahí hay un soldadito de plomo! Hay que echarlo a navegar.

Hicieron un barco con una hoja de periódico, sentaron al soldado en medio y lo soltaron cuneta abajo. Los dos niños corrían por la orilla dando palmadas. ¡Válgame Dios, qué olas se levantaban en aquella cuneta y qué corriente llevaba! Bien que había llovido. El barquito de papel subía y bajaba, y a veces daba unas vueltas tan rápidas que el soldadito temblaba entero; pero seguía firme, sin torcer el gesto, con la mirada al frente y el fusil al hombro. De repente el barco se metió debajo de un puente largo que cruzaba la cuneta, y ahí se hizo tan oscuro como dentro de su caja.

—¿A dónde iré a parar? —pensó—. Sí, sí, de todo esto tiene la culpa el duende. Ay, si la damita viniera aquí conmigo en el barco, por mí podría estar el doble de oscuro.

En eso apareció una rata de agua enorme, que vivía debajo del puente.

—¿Traes pasaporte? —preguntó la rata—. ¡A ver, enséñame el pasaporte!

Pero el soldadito no dijo nada y apretó todavía más el fusil.

El barco siguió su camino y la rata detrás. ¡Uy, cómo enseñaba los dientes! Y les gritaba a las astillas y a las pajas que flotaban en el agua:

—¡Deténganlo! ¡Deténganlo! ¡No pagó el peaje! ¡No mostró el pasaporte!

Pero la corriente se hacía cada vez más fuerte. El soldadito ya alcanzaba a ver la luz del día allá donde terminaba el puente, solo que también oía un rugido capaz de asustar al hombre más valiente. Y con razón: justo donde acababa el puente, la cuneta desembocaba en un canal grande. Aquello era para él tan peligroso como sería para nosotros caer por una cascada enorme.

Ya estaba tan cerca que no había manera de detenerse. El barco salió disparado y el pobre soldadito se puso tan tieso como pudo; que nadie fuera a decir después que había pestañeado siquiera. El barquito giró tres o cuatro veces y se llenó de agua hasta el borde: no le quedaba más que hundirse. El soldadito quedó parado con el agua al cuello, y el barco se iba más y más al fondo, y el papel se deshacía cada vez más. Al fin el agua le pasó por encima de la cabeza. Entonces pensó en la linda bailarina, a la que ya nunca volvería a ver, y en sus oídos sonó una voz:

¡Navega, soldado, navega!  
Tu hora de morir ya llega.

El papel se rompió en dos y el soldadito se fue al fondo, pero en ese mismo instante se lo tragó un pez grande.

¡Ay, qué oscuro estaba dentro del pez! Más oscuro todavía que debajo del puente, y además muy apretado. Pero el soldadito siguió firme y se quedó acostado cuan largo era, con el fusil al hombro.

El pez nadaba de un lado a otro y daba unas sacudidas espantosas. Por fin se quedó quieto del todo. Después algo lo atravesó como un relámpago, entró una luz clarísima y una voz gritó bien fuerte:

—¡El soldadito de plomo!

Habían pescado al pez, lo habían llevado al mercado, lo habían vendido y así había llegado a la cocina, donde la cocinera lo abrió con un cuchillo grande. Tomó al soldado con dos dedos por la cintura y lo llevó a la sala, porque todos querían ver al hombre extraordinario que había viajado dentro de la panza de un pez; pero el soldadito no se puso orgulloso por eso. Lo pararon sobre la mesa y entonces, ¡qué cosas tan raras pasan en este mundo!, resultó que estaba en la misma sala en la que había estado antes. Vio a los mismos niños, y sobre la mesa estaban los mismos juguetes: el castillo precioso con la linda bailarina. Ella seguía sosteniéndose en una pierna, con la otra en alto: también ella era firme. Al soldadito se le conmovió el corazón y estuvo a punto de llorar lágrimas de plomo, pero le pareció que eso no se hacía. La miró, y ella no dijo nada.

Entonces uno de los niños agarró al soldado y lo aventó a la estufa, sin dar ninguna razón. Seguro fue culpa del duende de la cajita.

El soldadito se quedó ahí parado, iluminado, sintiendo un calor terrible; pero no sabía si venía del fuego de verdad o del amor. Los colores se le habían borrado; nadie habría podido decir si fue por el viaje o por la tristeza. Miró a la damita, ella lo miró a él, y él sintió que se derretía; pero siguió firme, con el fusil al hombro. De pronto se abrió una puerta, el viento levantó a la bailarina y ella voló como una sílfide hasta la estufa, junto al soldadito, se encendió en llamas y desapareció. Entonces el soldadito se derritió y quedó hecho un bulto, y cuando al día siguiente la muchacha sacó las cenizas, lo encontró convertido en un corazoncito de plomo. De la bailarina, en cambio, solo quedó la rosa de oropel, quemada y negra como el carbón.

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