# El traje nuevo del emperador

_Hans Christian Andersen_ · 8 min read · ages 5-10

Dos tramposos le prometen a un emperador vanidoso una tela que se vuelve invisible para los tontos, y trabajan en telares vacíos mientras la corte finge admirar el dibujo. Un niño pequeño dice que el emperador no lleva nada puesto, la gente lo repite y el emperador sigue adelante bajo el palio hasta el final.

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Hace muchos años vivía un emperador tan aficionado a la ropa nueva que gastaba en ella todo su dinero, con tal de andar siempre bien vestido. No le importaban sus soldados, no le importaba el teatro, y lo único que le gustaba era salir a pasear para que todos vieran sus trajes. Tenía uno para cada hora del día, y así como de otros reyes se dice que están reunidos con sus ministros, de él se decía siempre: «¡El emperador está en el vestidor!».

En la gran ciudad donde vivía había mucho movimiento, y todos los días llegaban forasteros. Un día llegaron también dos tramposos. Se hicieron pasar por tejedores y contaron que sabían tejer la tela más hermosa que uno pudiera imaginar. No solo los colores y el dibujo eran de una belleza fuera de lo común: la ropa hecha con esa tela tenía además una virtud maravillosa, pues se volvía invisible para cualquiera que no sirviera para su cargo o que fuera tonto de remate.

«¡Qué ropa tan estupenda!», pensó el emperador. «Si la llevara puesta, podría descubrir qué hombres de mi reino no sirven para el puesto que tienen. ¡Podría distinguir a los listos de los tontos! Que me tejan esa tela cuanto antes». Y les dio a los dos tramposos un buen adelanto para que empezaran el trabajo.

Ellos montaron dos telares y se pusieron a hacer como que trabajaban, aunque no tenían ni una hebra en el bastidor. Con todo descaro pidieron la seda más fina y el oro más brillante, se lo guardaron en sus bolsas y siguieron dale que dale con los telares vacíos hasta muy entrada la noche.

«Me gustaría saber cómo van con la tela», pensó el emperador. Pero se quedaba intranquilo al recordar que quien fuera tonto o no sirviera para su cargo no podría verla. Él estaba seguro de no tener nada que temer; aun así, prefirió mandar primero a otro para ver cómo iba la cosa. En toda la ciudad se sabía ya qué poder tan raro tenía la tela, y todos ardían por descubrir qué tan tonto o qué tan inútil era su vecino.

«Mandaré a mi ministro más viejo, que es un hombre honrado», pensó el emperador. «Nadie puede juzgar mejor cómo queda la tela, porque tiene buen juicio y nadie entiende su cargo como él».

Así que el buen ministro entró en la sala donde los dos tramposos trabajaban en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare!», pensó, y abrió mucho los ojos. «¡Si yo no veo nada!». Pero eso no lo dijo.

Los tramposos le pidieron que se acercara y le preguntaron si no le parecían preciosos el dibujo y los colores. Luego señalaron el telar vacío, y el pobre ministro siguió con los ojos muy abiertos, aunque no veía nada, porque nada había. «¡Dios santo!», pensó. «¿Seré tonto? Nunca lo creí, y nadie debe enterarse. ¿No serviré para mi cargo? No, de ninguna manera puedo andar contando que no veo la tela».

—¿Y bien? ¿No dice nada usted? —preguntó uno de los que tejían.

—Ay, es bonita, de veras primorosa —contestó el viejo ministro mirando por encima de sus lentes—. ¡Qué dibujo y qué colores! Le diré al emperador que me gusta muchísimo.

—Nos alegra oírlo —dijeron los dos tejedores.

Y en seguida le fueron nombrando los colores y explicándole aquel dibujo tan raro. El ministro puso mucha atención para poder repetir lo mismo al volver con el emperador, y así lo hizo.

Entonces los tramposos pidieron más dinero, más seda y más oro, según ellos para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsas: al telar no llegó ni un hilo, y ellos siguieron trabajando como hasta entonces en el bastidor vacío.

Poco después el emperador mandó a otro funcionario honrado, para ver cómo iba el tejido y si la tela estaría pronto lista. Le pasó lo mismo que al primero: miró y miró, pero como allí no había más que el telar vacío, no pudo ver nada.

—¿Verdad que es una tela preciosa? —preguntaron los dos tramposos, y le mostraron y le explicaron el espléndido dibujo que no existía.

«Tonto no soy», pensó el hombre. «Será entonces que no sirvo para mi buen cargo. ¡Qué cosa tan curiosa! Pero no hay que dejarlo notar». Así que alabó la tela que no veía y les dijo lo mucho que le gustaban los hermosos colores y aquel dibujo maravilloso.

—Sí, es una verdadera preciosidad —le dijo al emperador.

Toda la gente de la ciudad hablaba de la espléndida tela.

Entonces el emperador quiso verla él mismo, cuando la tela todavía estaba en el telar. Con un grupo de hombres escogidos, entre ellos los dos funcionarios honrados que ya habían estado allí, fue a ver a los dos astutos tramposos, que en ese momento tejían con todas sus fuerzas, aunque sin fibra ni hilo.

—¿No es magnífica? —dijeron los dos funcionarios—. Fíjese Su Majestad: ¡qué dibujo, qué colores!

Y señalaron el telar vacío, porque creían que los demás sí podían ver la tela.

«¿Cómo?», pensó el emperador. «¡Yo no veo nada! Esto es terrible. ¿Seré tonto? ¿No serviré para ser emperador? Sería lo peor que podría pasarme».

—Ah, es muy bonita —dijo—. Cuenta con mi más alta aprobación.

Y asintió muy complacido, contemplando el telar vacío, porque no quería decir que no veía nada. Todos los de su séquito miraron y miraron, y no sacaron en claro más que los demás; pero repetían lo mismo que el emperador.

—¡Ay, qué hermosa! —decían, y le aconsejaron estrenar aquel traje espléndido en la gran procesión que estaba por celebrarse.

—¡Es magnífica, primorosa, excelente! —iba de boca en boca.

Todos parecían encantados, y el emperador les dio a los tramposos el título de Tejedores Imperiales de la Corte.

Toda la noche anterior a la mañana de la procesión, los tramposos estuvieron despiertos con más de dieciséis velas encendidas. La gente podía ver lo ocupados que estaban terminando el traje nuevo del emperador. Hicieron como que sacaban la tela del telar, cortaron el aire con unas tijeras enormes, cosieron con agujas sin hilo y al final anunciaron:

—¡El traje ya está listo!

El emperador llegó en persona con sus caballeros más distinguidos, y los dos tramposos levantaron un brazo en alto, como si sostuvieran algo.

—Miren: aquí están los pantalones. Aquí, la casaca. Aquí, el manto —iban diciendo—. Todo es tan ligero como una telaraña; uno creería que no lleva nada encima, y en eso está justamente su belleza.

—¡Sí! —dijeron todos los caballeros, aunque no veían nada, porque nada había.

—Si Su Majestad tuviera la bondad de quitarse la ropa —dijeron los tramposos—, le pondremos la nueva aquí, delante del espejo grande.

El emperador se quitó toda su ropa, y los tramposos hicieron como que le ponían una por una las prendas recién terminadas; y el emperador se volvía y se daba vueltas frente al espejo.

—¡Ay, qué bien le queda! ¡Qué bien le sienta! —decían todos—. ¡Qué dibujo, qué colores! ¡Es un traje espléndido!

—Afuera esperan ya con el palio que ha de llevarse sobre Su Majestad en la procesión —anunció el maestro de ceremonias.

—Bien, estoy listo —dijo el emperador—. ¿Verdad que me queda bien?

Y se volvió una vez más hacia el espejo, para que pareciera que contemplaba con cuidado su atavío.

Los chambelanes que debían llevar la cola bajaron las manos hasta el suelo, como si la levantaran, y echaron a andar sosteniendo algo en el aire. No se atrevían a dejar ver que no veían nada.

Así salió el emperador en procesión, bajo el hermoso palio, y toda la gente en la calle y en las ventanas decía:

—¡Dios mío, qué traje tan incomparable lleva el emperador! ¡Y qué cola, y qué bien le sienta!

Nadie quería dejar ver que no veía nada, porque entonces habría resultado que no servía para su cargo o que era muy tonto. Ningún traje del emperador había tenido tanto éxito como aquel.

—¡Pero si no lleva nada puesto! —dijo por fin un niño pequeño.

—¡Dios santo, escuchen la voz de la inocencia! —dijo su padre.

Y unos a otros se fueron repitiendo en voz baja lo que había dicho el niño.

—¡Pero si no lleva nada puesto! —gritó al final toda la gente.

Aquello estremeció al emperador, porque le pareció que tenían razón; pero pensó para sus adentros: «Ahora tengo que aguantar hasta el final de la procesión». Y siguió adelante, mientras los chambelanes caminaban detrás de él más tiesos todavía, llevando la cola que no existía.

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