# El yesquero

_Hans Christian Andersen_ · 9 min read · ages 6-10

Un soldado que vuelve de la guerra baja a un árbol hueco, saca todo el oro que puede cargar y se lleva un yesquero viejo que llama a tres perros de ojos enormes. Condenado a la horca, el soldado saca fuego con el yesquero, los perros aventan por los aires a los jueces y al rey, y la gente lo hace su rey.

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Por el camino venía marchando un soldado: ¡un, dos! ¡un, dos! Traía la mochila a la espalda y el sable al costado, porque había estado en la guerra y ahora volvía a casa.

En el camino se topó con una bruja vieja que daba miedo verla: el labio de abajo le colgaba hasta el pecho.

—Buenas noches, soldado —le dijo—. ¡Qué sable tan bonito y qué mochila tan grande! Voy a hacer que tengas todo el dinero que quieras.

—Te lo agradezco, vieja bruja —dijo él.

—¿Ves aquel árbol grande? —dijo ella, y señaló uno junto al camino—. Por dentro está hueco. Súbete a la copa, métete por el agujero y déjate caer hasta el fondo. Yo te amarro una cuerda para subirte cuando me llames.

—¿Y qué voy a hacer yo allá abajo? —preguntó el soldado.

—Traer dinero —dijo la bruja—. Abajo hay una sala enorme con trescientas lámparas encendidas y tres puertas. En la primera hay un arcón lleno de cobre, y encima un perro con los ojos como dos tazas de té; en la segunda, la plata, con un perro de ojos como ruedas de molino; en la tercera, el oro, con un perro que tiene cada ojo grande como una torre. Toma mi delantal de cuadros azules y extiéndelo en el suelo, sienta al perro encima y abre el arcón sin peligro.

—No suena nada mal —dijo el soldado—. ¿Y qué te doy a ti? Porque de gratis no ha de ser.

—Ni una moneda quiero —dijo la bruja—. Nada más tráeme un yesquero viejo que mi abuela olvidó allá abajo la última vez que bajó.

—Pues amárrame la cuerda —dijo el soldado.

Trepó al árbol, se dejó resbalar por el agujero y quedó parado en la gran sala donde ardían cientos de lámparas. Abrió la primera puerta: ahí estaba el perro de los ojos como tazas de té, mirándolo sin parpadear.

—¡Qué buen muchacho eres! —le dijo el soldado, y lo sentó en el delantal de la bruja.

Llenó los bolsillos de cobre, cerró el arcón, dejó al perro encima y pasó al segundo cuarto, donde lo esperaba el de los ojos como ruedas de molino.

—Mejor no me mires tan fijo —le dijo el soldado—, se te van a saltar los ojos.

Lo sentó también en el delantal y, al ver la plata, tiró el cobre y llenó bolsillos y mochila. En el tercer cuarto sí era para temblar: aquel perro tenía dos ojos grandes como torres, que le daban vueltas igual que ruedas.

—Buenas noches —dijo el soldado, y se llevó la mano a la gorra, porque un perro así no lo había visto nunca.

Lo bajó al suelo y abrió el arcón. ¡Cuánto oro había ahí! Alcanzaba para comprar la ciudad entera. Tiró la plata y llenó de oro los bolsillos, la mochila, la gorra y las botas. Después sentó al perro en el arcón y gritó por el hueco del árbol:

—¡Súbeme ya, vieja bruja!

—¿Traes también el yesquero? —preguntó ella.

—¡Caramba! Se me había olvidado por completo.

Regresó por él, y la bruja lo subió al camino, cargado de oro.

—¿Para qué quieres el yesquero? —preguntó el soldado.

—Eso a ti no te importa —dijo la bruja—. Ya tienes tu dinero. Dámelo y ya.

—Ni hablar —dijo él—. Dime ahora mismo para qué lo quieres, o saco el sable.

—No —dijo la bruja.

Y como no quiso decirlo, el soldado sacó el sable. Ahí quedó la bruja. Él amarró su oro en el delantal y se fue a la ciudad con el yesquero.

Era una ciudad preciosa. Se hospedó en la mejor posada, se compró ropa fina, y la gente le contaba de las maravillas del lugar, de su rey y de lo linda que era la princesa.

—¿Y dónde se le puede ver? —preguntó el soldado.

—A ella no se le ve —le decían todos—. Vive en un castillo de cobre rodeado de murallas y torres, y solo el rey entra ahí, porque está profetizado que se va a casar con un soldado raso y eso el rey no lo permite.

«Cómo me gustaría verla», pensó el soldado.

Vivía muy alegre y les daba mucho dinero a los pobres, porque se acordaba de lo duro que es no tener ni una moneda. Pero gastaba sin ganar nada, y se quedó con dos monedas, en un cuartito debajo del techo adonde ningún amigo subía a verlo.

Una noche oscura no le alcanzaba ni para una vela, y se acordó del cabito que quedaba en el yesquero. Lo golpeó para sacar la chispa, y en cuanto brotó la llama se abrió la puerta de golpe: ahí estaba el perro de los ojos como tazas de té.

—¿Qué ordena mi señor? —dijo el perro.

—¡Vaya con el yesquero! —dijo el soldado—. Si así consigo lo que quiero, tráeme algo de dinero.

En un santiamén el perro salió y volvió con una bolsa de monedas en el hocico. Así supo el soldado qué yesquero tenía: si le sacaba chispa una vez, venía el perro del cobre; dos, el de la plata; tres, el del oro. Volvió a los cuartos hermosos y a la ropa fina, y sus amigos volvieron a quererlo.

Otra vez se puso a pensar en la princesa encerrada en aquel castillo. Buscó el yesquero y lo golpeó una vez.

—¿Qué ordena mi señor? —dijo el perro de los ojos como tazas de té.

—Ya sé que es plena noche —dijo el soldado—, pero me gustaría ver a la princesa aunque sea un momento.

El perro salió disparado y volvió enseguida con ella, dormida sobre su lomo y tan linda que se veía que era princesa de verdad. El soldado no se aguantó y le dio un beso, y el perro la llevó de vuelta.

En la mañana, mientras el rey y la reina tomaban su té, la princesa contó un sueño rarísimo: que iba montada en un perro y que un soldado le daba un beso.

—Vaya sueño —dijo la reina.

Esa noche una dama de la corte se quedó velando junto a su cama. El perro llegó otra vez por la princesa, pero la dama se puso unas botas altas y corrió detrás; cuando los vio desaparecer en una casa grande, pintó con un gis una cruz en la puerta. Solo que el perro, al regresar, la vio y pintó cruces en todas las puertas de la ciudad.

Temprano llegaron el rey, la reina, la dama y los oficiales.

—¡Aquí es! —dijo el rey al ver la primera puerta con una cruz.

—No, es allá, mi querido esposo —dijo la reina al ver la segunda.

—Pero aquí hay una, y allá hay otra —decían todos. Adonde miraran había una cruz, y entendieron que buscando no iban a lograr nada.

La reina, sin embargo, era muy inteligente. Cosió una bolsita de seda, la llenó de trigo molido, le hizo un agujerito y se la amarró a la princesa en la espalda, para que el trigo fuera marcando su camino.

En la noche el perro volvió por la princesa y corrió con ella hasta el soldado, que la quería mucho y habría querido ser príncipe para casarse con ella. El perro ni cuenta se dio de que el trigo iba cayendo desde el castillo hasta la ventana del soldado. En la mañana el rey y la reina supieron dónde había estado su hija y mandaron encerrar al soldado.

Ahí se quedó, y qué oscuro y qué aburrido era aquello. Además le dijeron:

—Mañana te vamos a colgar.

Para colmo había dejado el yesquero en la posada. Por la mañana vio, tras los barrotes, a la gente salir de la ciudad para verlo, y entre ellos a un aprendiz de zapatero que corría tan rápido que se le voló una pantufla y fue a pegar contra el muro.

—¡Oye, muchacho! No corras tanto —le dijo el soldado—. Nada va a empezar hasta que yo llegue. Ve a la casa donde yo vivía, tráeme mi yesquero y te doy cuatro monedas. ¡Pero vuela!

El muchacho corrió por el yesquero, se lo entregó y se ganó sus cuatro monedas. Y ahora vamos a ver qué pasó.

Afuera de la ciudad habían levantado una horca, rodeada de soldados y de miles de personas. El rey y la reina se sentaron frente a los jueces y al consejo.

El soldado ya estaba en la escalera, y cuando iban a ponerle la cuerda al cuello pidió el último deseo que se le concede a un condenado: fumarse una pipa de tabaco, la última de este mundo.

El rey no quiso negársela. El soldado sacó fuego con su yesquero: una, dos, tres veces. Y ahí aparecieron los tres perros, el de los ojos como tazas de té, el de los ojos como ruedas de molino y el de los ojos grandes como torres.

—¡Ayúdenme a que no me cuelguen! —dijo el soldado.

Los perros se echaron sobre los jueces y sobre todo el consejo y los aventaron tan alto por los aires que ninguno volvió a sentarse a juzgar a nadie.

—¡Yo no quiero! —dijo el rey. Pero el perro más grande los mandó por los aires a él y a la reina detrás de los otros, y toda la gente gritó:

—¡Buen soldado, sé tú nuestro rey y cásate con la princesa!

Lo sentaron en la carroza del rey, y los tres perros bailaban delante gritando: «¡Hurra!». La princesa salió del castillo de cobre y fue reina, y eso a ella le gustó mucho. La boda duró ocho días, y los perros se sentaron a la mesa abriendo unos ojotes enormes.

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- Source: Sämmtliche Märchen — einzige vollständige vom Verfasser besorgte Ausgabe (Hartknoch, Leipzig) (https://www.projekt-gutenberg.org/andersen/saemmaer/saemmaer.html)
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