# Hansel y Gretel

_Hermanos Grimm_ · 9 min read · ages 5-10

La mujer del leñador lo convence de dejar a sus dos hijos en el bosque, donde una casita de pan esconde a una bruja que encierra a Hansel. Gretel empuja a la vieja al horno y libera a su hermano, y una pata blanca los pasa al otro lado del río, de regreso con su padre y con las perlas de la bruja.

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A la orilla de un bosque muy grande vivía un leñador pobre con su mujer y sus dos hijos: el niño se llamaba Hansel y la niña, Gretel. Cuando llegó al país una época de hambre, en esa casa faltó hasta el pan de cada día, y una noche el leñador suspiró en la cama:

—¿Qué va a ser de nosotros? Ya no hay ni para nosotros mismos.

—Mañana temprano llevamos a los niños a lo más espeso del bosque —contestó ella—. Les hacemos una fogata, les damos un pedacito de pan y nos vamos a trabajar. No van a hallar el camino de regreso.

—¿Cómo voy a dejar a mis hijos solos en el bosque? —dijo el hombre—. Las fieras se los llevarían.

—Entonces los cuatro nos moriremos de hambre —dijo ella, y no lo dejó en paz hasta que él aceptó, aunque le dolía en el alma.

Los dos hermanos, que tampoco habían podido dormir del hambre, lo oyeron todo.

—Ahora sí estamos perdidos —dijo Gretel llorando.

—Calla, hermanita, no te aflijas. Yo veré cómo le hacemos —le dijo Hansel.

Cuando los viejos se durmieron, salió sin hacer ruido. La luna brillaba y las piedritas blancas que había frente a la casa relucían como monedas nuevas. Se llenó con ellas los bolsillos y volvió a acostarse, seguro de que Dios no los abandonaría.

Antes de que saliera el sol, la mujer los despertó.

—Levántense, flojos, vamos por leña. Ahí tienen pan para el mediodía; no se lo coman antes, porque no van a recibir más.

Gretel guardó los dos panes bajo su delantal, porque Hansel llevaba los bolsillos llenos de piedras. En el camino, el niño se detenía a mirar la casa.

—Hansel, ¿qué tanto miras? —le dijo el padre—. No te quedes atrás.

—Ay, papá, estoy viendo a mi gatito blanco, que está en el techo y quiere decirme adiós.

—Tonto —dijo la mujer—, no es tu gatito: es el sol de la mañana que da en la chimenea.

Pero Hansel no miraba ningún gatito. Iba dejando caer en el camino, una por una, las piedritas blancas.

En lo más hondo del bosque juntaron leña y el padre encendió una fogata para que no tuvieran frío.

—Descansen junto a la lumbre —dijo la mujer—. Al rato venimos por ustedes.

Al mediodía cada uno se comió su pedacito de pan. Oían un golpeteo y creían que su padre andaba cerca, pero era una rama que él había amarrado a un árbol seco y que el viento sacudía. Se durmieron esperando y despertaron de noche.

—¿Cómo vamos a salir del bosque? —preguntó Gretel llorando.

—Espera a que salga la luna —la consoló Hansel—. Entonces vamos a encontrar el camino.

Y cuando la luna llena subió al cielo, Hansel tomó a su hermanita de la mano y siguió las piedritas, que brillaban en el suelo. Caminaron toda la noche y al amanecer llegaron a su casa. La mujer los regañó por haberse tardado tanto; el padre se puso feliz, porque le había pesado mucho dejarlos solos.

No pasó mucho antes de que volviera la escasez. Una noche los niños oyeron a la madrastra decir que solo quedaba medio pan y que había que llevarlos más adentro del bosque, donde no encontraran la salida. Al hombre se le hizo un nudo en el pecho y pensó: «Sería mejor compartir el último bocado con mis hijos». Pero cedió otra vez.

Esa noche Hansel quiso salir a juntar piedritas, pero la puerta estaba cerrada con llave.

—No llores, Gretel, duérmete tranquila. Dios nos va a ayudar —dijo.

De madrugada les dieron un pedazo de pan más chico todavía. Camino al bosque, Hansel lo iba desmoronando en el bolsillo y dejaba caer una migaja tras otra.

—Hansel, ¿por qué te paras a mirar atrás? —dijo el padre—. Camina.

—Estoy viendo a mi palomita, que está en el techo y quiere decirme adiós.

—Tonto —dijo la mujer—, no es tu palomita: es el sol de la mañana que da en la chimenea.

Los llevaron a un lugar donde nunca habían estado, encendieron otra fogata y volvieron a prometer que regresarían por ellos. Al mediodía Gretel compartió su pan con Hansel, que había regado el suyo. Cayó la noche y nadie llegó.

—Espera a que salga la luna —dijo Hansel—. Las migajas nos enseñarán el camino a casa.

Pero no quedaba ni una: los pájaros se las habían comido. Caminaron toda la noche y todo el día siguiente sin hallar la salida, sin más comida que unas moras del suelo, hasta que las piernas ya no los sostuvieron y se durmieron debajo de un árbol.

Era la tercera mañana desde que habían salido de su casa, y cada paso los metía más adentro del bosque. Al mediodía, un pajarito blanco como la nieve cantaba en una rama tan bonito que se quedaron escuchándolo. Cuando terminó, voló delante de ellos, y lo siguieron hasta una casita hecha de pan, techada con pastel y con ventanas de azúcar.

—Vamos a darnos un buen banquete —dijo Hansel—. Yo como un pedazo del techo; tú, Gretel, come de la ventana, que sabe dulce.

Hansel arrancó un poco del techo y Gretel se puso a mordisquear los vidrios. Entonces se oyó una vocecita adentro:

Roe que roe la casita,  
¿quién me muerde la ventanita?

Los niños contestaron:

Es el viento, es el viento,  
el niño del firmamento.

Y siguieron comiendo tan tranquilos. De pronto se abrió la puerta y salió, apoyada en una muleta, una mujer viejísima, y los hermanos soltaron del susto lo que tenían en las manos.

—Ay, niños queridos, ¿quién los trajo hasta aquí? —les dijo con voz dulce—. Pasen, quédense conmigo, que aquí no les va a pasar nada.

Los llevó adentro, les dio leche y buñuelos con azúcar, manzanas y nueces, y les tendió dos camitas blancas, donde se durmieron creyendo que estaban en el cielo.

La anciana solo se había hecho la amable: era una bruja mala que había construido la casita de pan para atraer a los niños perdidos y comérselos. Al sentirlos cerca se rio con maldad, porque esos dos ya no se le escapaban.

Muy temprano, antes de que despertaran, agarró a Hansel con su mano seca y lo encerró en un corral, detrás de una reja. Por más que el niño gritó, de nada le sirvió. Luego despertó a Gretel.

—¡Levántate, floja! Trae agua y cocínale algo bueno a tu hermano, que tiene que engordar. Cuando esté gordo, me lo voy a comer.

Gretel lloró, pero tuvo que obedecer. A Hansel le cocinaban la mejor comida y a ella solo le daban cáscaras de cangrejo. Cada mañana la vieja se asomaba al corral y le gritaba:

—Hansel, saca el dedo para que yo sienta si ya estás gordito.

Pero Hansel le sacaba un huesito, y la vieja, con sus ojos nublados, creía que era su dedo y se admiraba de que no engordara. A las cuatro semanas se le acabó la paciencia.

—¡Oye, Gretel, muévete y trae agua! Gordo o flaco, mañana lo guiso.

¡Ay, cómo lloró la pobre hermanita mientras cargaba el agua!

—Guárdate tus chillidos —dijo la vieja—, que de nada te sirven.

De madrugada Gretel tuvo que colgar el caldero y encender el fuego.

—Primero vamos a hornear —dijo la bruja—. Ya calenté el horno y amasé la masa.

Y la empujó hacia el horno, del que ya salían las llamas.

—Métete y fíjate si está bien caliente para meter el pan.

Pero Gretel se dio cuenta de lo que quería hacerle.

—No sé cómo hacerle. ¿Por dónde me meto?

—Tonta —dijo la vieja—, si la boca del horno es bien grande. Mira, hasta yo cabría.

Y se acercó a gatas y metió la cabeza en el horno. Entonces Gretel le dio un empujón, cerró la puerta de hierro y corrió el cerrojo. Así acabó la bruja, y nunca volvió a hacerle daño a nadie.

Gretel corrió derechito adonde estaba Hansel y le abrió el corral.

—¡Hansel, estamos libres! La bruja ya no está.

Hansel salió de un salto, como pájaro al que le abren la jaula, y los dos se abrazaron de gusto. Ya sin nada que temer, entraron a la casa, donde había cofres llenos de perlas y piedras preciosas.

—Estas son mucho mejores que las piedritas —dijo Hansel, y se llenó los bolsillos.

Gretel llenó su delantal y los dos se apuraron a salir de aquel bosque. Al cabo de un par de horas llegaron a un río muy ancho.

—No podemos pasar —dijo Hansel—. No veo ni tabla ni puente.

—Tampoco pasa ninguna barca —contestó Gretel—, pero mira: allí nada una pata blanca. Si se lo pido, nos ayudará a cruzar.

Y llamó:

Patita, patita,  
aquí están Gretel y Hansel.  
No hay puente ni barca,  
llévanos en tu blanca espalda.

La patita se acercó y Hansel se subió, y le pidió a Gretel que se sentara junto a él.

—No —contestó ella—, le vamos a pesar demasiado. Que nos lleve de uno en uno.

Así lo hizo el buen animalito. Del otro lado, el bosque se les fue haciendo conocido, hasta que vieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron a correr, entraron de golpe y se le colgaron del cuello. El hombre no había tenido una sola hora alegre desde que los dejó en el bosque; la mujer ya había muerto. Gretel vació su delantal, Hansel sacó puñado tras puñado, y se acabaron todas las penas. Desde entonces vivieron juntos y muy felices.

Aquí acaba mi cuento,  
por ahí va un ratón corriendo;  
quien lo atrape, con su piel  
se hará un gorro tremendo.

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- Source: Kinder- und Hausmärchen, 7. Auflage (1857) (https://de.wikisource.org/wiki/Hänsel_und_Grethel_(1857))
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