# Juan sin miedo

_Retold by Talerie (talerie.com) from Cuentos escogidos de los hermanos Grimm_ · 19 min read · ages 8+

Juan, hijo menor de un campesino, sale a aprender lo que es miedo y no lo siente ni en tres noches en un castillo encantado. Ya casado con la hija del rey, Juan sigue sin saberlo hasta que la princesa le vacía encima una cubeta de agua fría con pececitos, y él se despierta gritando que ahora sí sabe lo que es miedo.

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Había una vez un campesino que tenía dos hijos. El mayor era listo y despierto, y sabía arreglárselas en todo; el menor, Juan, era tan tonto que no entendía ni aprendía nada, y cuando la gente lo veía pasar, decía:

—¡Qué trabajos va a pasar su padre con ese muchacho!

Cuando había algo que hacer, siempre tenía que hacerlo el mayor. Pero si el padre le encargaba algo ya tarde, de noche, y el camino pasaba cerca del camposanto o por algún otro lugar sombrío, el mayor contestaba siempre, porque era muy miedoso:

—¡Ay, no, padre, yo allá no voy! ¡Me da miedo!

Por las noches, cuando junto a la lumbre se contaban historias, sobre todo de espantos y aparecidos, los que escuchaban decían a cada rato:

—¡Qué miedo!

Juan, sentado en un rincón, los oía sin entender qué querían decir.

«Siempre dicen «¡qué miedo, qué miedo!», y yo no sé qué es eso del miedo», pensaba. «Ha de ser algún oficio del que no entiendo ni una palabra.»

Un día el padre le dijo:

—Oye tú, el del rincón: ya eres un hombre y tienes fuerza de sobra para aprender algo con que ganarte la vida. Mira cuánto trabaja tu hermano, y tú nomás pierdes el tiempo.

—Ay, padre —contestó Juan—, yo aprendería algo con mucho gusto. Lo que más quisiera aprender es lo que es miedo; de todo lo demás no quiero saber nada.

El hermano mayor se echó a reír al oírlo.

«¡Dios mío, qué tonto es mi hermano!», pensó. «Ese nunca se va a ganar el pan.»

El padre suspiró y le contestó:

—Lo que es miedo ya lo aprenderás, pero con eso no te vas a ganar la vida.

Al poco tiempo llegó de visita el sacristán, y el padre le contó sus penas: que su hijo menor era torpe para todo y no sabía ni aprendía nada.

—¿Puede usted creer que, cuando le pregunté si quería aprender algo para ganarse la vida, me contestó que solo quería saber lo que es miedo?

—Si no es más que eso —respondió el sacristán—, yo se lo enseño. Mándemelo a mi casa y verá qué pronto lo aprende.

El padre se puso muy contento. «Allá lo van a despabilar un poco», pensó.

El sacristán se llevó a Juan a su casa y le dio el oficio de tocar las campanas. A los dos días lo despertó a medianoche y le mandó que se levantara, subiera al campanario y tocara.

«Ahora vas a saber lo que es miedo», pensó el sacristán.

Salió sin hacer ruido detrás del muchacho, y cuando Juan estaba ya en lo alto del campanario, a punto de agarrar la cuerda de la campana, el sacristán se plantó a media escalera, frente a la puerta, envuelto en una sábana blanca.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Juan.

La figura no contestó ni se movió.

—Contesta —dijo Juan—, o te regresas por donde viniste. A estas horas de la noche no tienes nada que hacer aquí.

El sacristán siguió quieto, para que el muchacho creyera que era un fantasma. Juan preguntó por segunda vez:

—¿Quién eres? Habla, si eres gente de bien, o te aviento escaleras abajo.

«No se va a atrever», pensó el sacristán, y se quedó inmóvil como una piedra, sin respirar siquiera. Juan preguntó entonces por tercera vez, y como tampoco hubo respuesta, perdió la paciencia: tomó impulso y aventó al fantasma escaleras abajo. Rodó diez escalones y fue a parar a un rincón. Luego Juan tocó las campanas, volvió a la casa, se acostó sin decir una palabra y se durmió.

La mujer del sacristán estuvo esperando un buen rato a su marido, pero no volvía. Al fin, inquieta, fue a despertar a Juan y le preguntó:

—¿No sabes dónde se quedó mi marido? Subió a la torre detrás de ti.

—No, señora —contestó Juan—. Pero en la escalera, frente a la puerta, había alguien parado, y como no quiso contestarme ni irse, pensé que me quería hacer una broma y lo aventé escaleras abajo. Vaya a ver si es él; si es él, lo siento mucho.

La mujer salió corriendo y encontró a su marido en el rincón, quejándose, con una pierna rota. Se lo llevó a la casa y enseguida se fue a toda prisa a la del padre de Juan.

—¡Su hijo nos causó una gran desgracia! —gritó—. Aventó a mi marido por la escalera y le rompió una pierna. ¡Así nos pagó ese sinvergüenza!

El padre se asustó mucho, fue corriendo a buscar a Juan y lo regañó:

—¿Qué mala idea se te metió en la cabeza para hacer semejante maldad?

—Padre —contestó Juan—, escúchame, que yo no tengo la culpa. Era de noche y él estaba ahí parado como un alma en pena. Yo no sabía quién era, y tres veces le dije que hablara o se fuera.

—¡Ay! —dijo el padre—. Contigo no tengo más que disgustos. Vete de aquí, no te quiero volver a ver.

—Está bien, padre, con mucho gusto. Nomás espera a que amanezca: entonces me iré a aprender lo que es miedo, y así tendré un oficio con que mantenerme.

—Aprende lo que quieras —dijo el padre—, a mí ya todo me da igual. Aquí tienes cinco monedas de plata, para que por ahora no te falte qué comer. Vete, y no le digas a nadie de dónde eres ni quién es tu padre, porque me daría vergüenza.

—Sí, padre, haré lo que me pides. No te preocupes por mí.

En cuanto amaneció, Juan se guardó las cinco monedas en el bolsillo, salió al camino real y echó a caminar, diciéndose sin parar:

—¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?

En eso se le juntó un hombre que lo oyó hablar solo. Cuando habían caminado un trecho y ya se veía la horca, el hombre le dijo:

—Mira, ahí están siete pobres a los que por sus muchos pecados echaron de la tierra, y en el cielo tampoco los quieren; por eso los ves aprendiendo a volar. Siéntate debajo de ellos, espera a que se haga de noche y vas a saber lo que es miedo.

—Si no es más que eso —contestó Juan—, es muy fácil. Pero si de veras me enseña lo que es miedo, le doy mis cinco monedas de plata. Venga a buscarme mañana temprano.

Juan fue hasta la horca, se sentó debajo y esperó a que anocheciera. Como tenía frío, prendió una lumbre. Pero a medianoche soplaba un viento tan helado que la lumbre no le servía de nada. El viento mecía a los ahorcados y los hacía chocar unos con otros.

«Si yo tengo frío aquí, junto al fuego», pensó Juan, «¡cuánto más tendrán ellos allá arriba, que se pegan unos a otros para calentarse!».

Y como tenía muy buen corazón, arrimó la escalera, subió y los fue descolgando uno por uno, hasta bajar a los siete. Luego echó más leña al fuego, sopló hasta avivarlo y los sentó alrededor para que se calentaran. Pero ellos no se movían, y el fuego no les hacía ningún efecto. Entonces Juan les dijo:

—Fíjense en lo que hacen, porque si no, los vuelvo a colgar.

Los muertos no lo oían; seguían callados, sin hacer el menor movimiento. Juan se enojó y les dijo:

—Ya que no me quieren hacer caso, después de que me tomé la molestia de ayudarlos, ya no los dejo calentarse.

Y los volvió a colgar uno tras otro. Luego se acostó junto al fuego y se durmió. A la mañana siguiente llegó el hombre, que ya se veía con las cinco monedas en la mano, y le preguntó:

—¿Qué tal? ¿Ya sabes lo que es miedo?

—No —respondió Juan—. ¿Cómo lo iba a saber? Esos de allá arriba no abrieron la boca, y son tan tontos que ni siquiera quisieron calentarse.

El hombre vio que ese dinero no iba a ser para él, y se fue diciendo:

—¡Con este sí que no me fue bien!

Juan siguió su camino y volvió a decir:

—¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?

Lo oyó un carretero que iba detrás de él, y le preguntó:

—¿Quién eres?

—No sé —contestó Juan.

—¿De dónde eres? —siguió preguntando el carretero.

—No sé.

—¿Quién es tu padre?

—Eso no lo puedo decir.

—¿Y qué tanto vas murmurando?

—Ay, señor —respondió Juan—, quisiera encontrar a alguien que me enseñe lo que es miedo, pero nadie me lo quiere enseñar.

—Déjate de tonterías —dijo el carretero—. Vente conmigo, vente, y a ver si te lo consigo.

Juan se fue con el carretero, y al anochecer llegaron a una posada donde decidieron pasar la noche. Apenas llegó a la puerta, Juan volvió a decir en voz alta:

—¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?

El posadero lo oyó y se echó a reír.

—Si eso es lo que quieres, aquí vas a tener una buena oportunidad.

—¡Cállate! —le dijo la posadera—. Muchos atrevidos ya perdieron la vida, y sería una lástima que esos ojos tan bonitos no volvieran a ver la luz del día.

Pero Juan le contestó:

—Aunque me cueste la vida, señora, quiero saberlo. Para eso salí de viaje.

Y no dejó en paz a nadie en la posada hasta que le contaron que, no muy lejos de allí, había un castillo en ruinas donde uno podía aprender lo que es miedo con solo pasar tres noches en él.

El rey había prometido a su hija por esposa al que se atreviera a hacer la prueba, y la princesa era la doncella más hermosa que había visto el sol. En el castillo había además grandes tesoros escondidos, cuidados por los malos espíritus; si alguien rompía el encanto, los tesoros quedaban libres, y alcanzaban para hacer rico a cualquier pobre.

A la mañana siguiente Juan se presentó ante el rey y le dijo que, si se lo permitía, pasaría tres noches en el castillo en ruinas. El rey lo miró, y como el muchacho le cayó bien, le dijo:

—Puedes llevarte tres cosas al castillo, con tal de que no tengan vida.

—Entonces, Majestad —contestó Juan—, le pido leña para hacer lumbre, un torno y una tabla de cortar con su cuchillo.

El rey le dio todo lo que pidió. En cuanto oscureció, Juan entró al castillo, encendió una buena fogata en una sala, puso a un lado la tabla con el cuchillo y se sentó en el torno.

—¿Quién me enseña lo que es miedo? —dijo—. Pero aquí tampoco lo voy a aprender.

A eso de la medianoche se puso a atizar el fuego, y mientras soplaba oyó de repente que en un rincón alguien gritaba:

—¡Miau, miau! ¡Qué frío tenemos!

—¡Qué locos! —exclamó Juan—. ¿Por qué gritan? Si tienen frío, vengan, siéntense junto a la lumbre y caliéntense.

Apenas lo dijo, aparecieron dos enormes gatos negros, se sentaron uno a cada lado de él y se le quedaron mirando fijamente con sus ojos de fuego. Al rato, cuando ya se habían calentado, le dijeron:

—Compañero, ¿jugamos a las cartas?

—¿Por qué no? —contestó Juan—. Pero primero enséñenme las patas.

Los gatos estiraron las garras.

—¡Ay —dijo Juan—, qué uñas tan largas tienen! Esperen, que primero se las corto.

Entonces los agarró del pescuezo, los subió a la tabla y les sujetó bien las patas.

—Ya les vi las uñas —les dijo—, y se me quitaron las ganas de jugar.

Los mató y los aventó al agua. Pero apenas había acabado con ellos e iba a sentarse otra vez junto a la lumbre, cuando de todos los rincones y rendijas salieron gatos negros y perros negros con cadenas al rojo vivo, tantos y tantos que no había manera de contarlos. Aullaban de un modo espantoso, rodeaban la lumbre, lo jalaban y querían arañarlo. Juan los miró un rato muy tranquilo, pero cuando se hartó, agarró su cuchillo y les gritó:

—¡Lárguense de aquí, sabandijas!

Y se les echó encima. Unos escaparon; a los demás los mató y los echó al estanque. Cuando terminó, volvió a soplar la lumbre y se calentó. Apenas se había sentado, empezaron a cerrársele los ojos y le dieron ganas de dormir. Miró a su alrededor y vio en un rincón una cama muy bonita.

—Me viene de perlas —dijo, y se acostó en ella.

Pero cuando ya se le cerraban los ojos, la cama empezó a moverse sola y a dar vueltas por todo el cuarto.

—¡Eso, más rápido! —dijo Juan.

Y la cama siguió corriendo, saltando umbrales y escaleras, como si la jalaran seis caballos. De pronto, ¡pum!, se volteó patas arriba y le cayó encima, pesada como una montaña. Pero Juan aventó a un lado las cobijas y las almohadas, se levantó y dijo:

—Que pasee otro, si quiere; yo ya no tengo ganas.

Se sentó junto al fuego y durmió hasta que se hizo de día. Por la mañana llegó el rey, y al verlo tendido en el suelo creyó que los espíritus habían acabado con él y que estaba muerto.

—¡Qué lástima! —dijo—. ¡Un muchacho tan guapo!

Juan lo oyó, se levantó y le contestó:

—Todavía no hay por qué tenerme lástima, Majestad.

El rey, asombrado, le preguntó cómo le había ido.

—Muy bien —respondió Juan—. Ya pasó una noche; las otras dos también pasarán.

Cuando volvió a la posada, el posadero se le quedó mirando con los ojos muy abiertos.

—Pensé que no te iba a volver a ver vivo —dijo—. ¿Ya sabes lo que es miedo?

—No, señor —contestó Juan—. Es inútil: nadie me lo quiere enseñar.

La segunda noche volvió al castillo, se sentó junto a la lumbre y empezó otra vez con su vieja cantaleta:

—¿Quién me enseña lo que es miedo?

A medianoche se oyeron ruidos y golpes, primero suaves y luego cada vez más fuertes, y al final, con gran estruendo, cayó por la chimenea la mitad de un hombre y quedó tirada delante de él.

—¡Oye! —exclamó Juan—. Falta la otra mitad. Con esto no alcanza.

Entonces volvió a empezar el ruido; tronaba como si el castillo se viniera abajo, y cayó también la otra mitad.

—Espérate —dijo Juan—, voy a avivar un poco el fuego.

Cuando terminó y miró a su alrededor, las dos mitades ya se habían juntado, y un hombre horrible estaba sentado en su lugar.

—Así no quedamos —dijo Juan—. Ese banco es mío.

El hombre no lo quería dejar sentarse, pero Juan lo levantó con todas sus fuerzas y volvió a sentarse en su lugar. Entonces fueron cayendo más hombres, uno tras otro; traían nueve huesos de muerto y dos calaveras, y se pusieron a jugar a los bolos. A Juan le dieron ganas de jugar también, y les preguntó muy contento:

—¿Puedo jugar con ustedes?

—Sí, si tienes dinero.

—Tengo de sobra —contestó Juan—. Pero esas calaveras no están bien redondas.

Agarró una calavera, la puso en el torno y la fue puliendo hasta dejarla redonda.

—Así ruedan mejor —dijo—. ¡Ahora sí, a jugar!

Jugó con ellos y perdió algo de dinero, pero en cuanto dieron las doce todo desapareció delante de sus ojos. Se acostó y se durmió tan tranquilo. A la mañana siguiente el rey fue a ver cómo estaba.

—¿Cómo te fue esta vez? —le preguntó.

—Estuve jugando a los bolos y perdí un par de monedas —contestó Juan.

—¿Y no tuviste miedo?

—¡Qué miedo ni qué nada! Me divertí mucho. ¡Ojalá supiera lo que es miedo!

La tercera noche volvió a sentarse en su banco y dijo de muy mal humor:

—¿Cuándo voy a saber lo que es miedo?

Ya entrada la noche llegaron seis hombres altísimos que traían cargando un ataúd.

—¡Ah! —dijo Juan—. Ese seguro es mi primo, que se murió hace un par de días.

Hizo una seña con la mano y llamó:

—Ven, primito, ven.

Los hombres pusieron el ataúd en el suelo. Juan se acercó y levantó la tapa: adentro había un muerto. Le tocó la cara, y estaba fría como el hielo.

—Espérate —dijo—, te voy a calentar un poco.

Fue a la lumbre, se calentó la mano y se la puso al muerto en la cara, pero el muerto seguía frío. Entonces lo sacó en brazos, se sentó con él junto al fuego, lo acomodó sobre las rodillas y le frotó los brazos para que la sangre le volviera a correr. Como nada daba resultado, se le ocurrió una idea.

«Si me meto con él a la cama, se va a calentar», pensó.

Llevó al muerto a la cama, lo tapó bien y se acostó a su lado. Al poco rato el muerto entró en calor y empezó a moverse.

—¿Ves, primito? —dijo Juan—. Ya te calenté.

Pero el muerto se levantó y dijo:

—¡Ahora te voy a estrangular!

—¿Cómo? —contestó Juan—. ¿Así me lo agradeces? ¡Ahorita mismo te regresas a tu caja!

Lo agarró, lo metió en el ataúd y cerró la tapa. Entonces volvieron los seis hombres y se lo llevaron.

—Así no me van a asustar —dijo Juan—. Aquí nunca voy a aprender un oficio para ganarme la vida.

En eso entró un hombre más alto que todos los demás, de aspecto espantoso; era viejo y tenía una larga barba blanca.

—¡Ah, malvado! —gritó—. Muy pronto vas a saber lo que es miedo, porque te vas a morir.

—No tan rápido —contestó Juan.

—Te voy a matar —dijo el hechicero.

—Despacio, que eso no es tan fácil. Yo soy tan fuerte como tú, y hasta más.

—Eso lo vamos a ver —dijo el viejo—. Ven, vamos a probar.

Lo llevó por un pasillo muy oscuro hasta una fragua; allí tomó un hacha y de un solo golpe hundió un yunque en la tierra.

—Eso yo lo hago mucho mejor —dijo Juan.

Y fue hacia otro yunque. El viejo se puso a su lado para verlo, con la barba blanca colgando sobre el yunque. Entonces Juan agarró el hacha, partió el yunque de un golpe y le dejó la barba al viejo atrapada en la grieta.

—Ya te tengo —le dijo—. Ahora el que se muere eres tú.

Tomó una barra de hierro y empezó a golpear al viejo con ella, hasta que el anciano se puso a gemir y le suplicó que lo soltara, prometiéndole grandes riquezas. Juan sacó el hacha de la grieta y lo dejó libre. El viejo lo llevó de vuelta al castillo y en un sótano le enseñó tres cofres llenos de oro.

—Uno es para los pobres —dijo—, otro para el rey y el tercero para ti.

En ese momento dieron las doce y el espíritu desapareció, de modo que Juan se quedó a oscuras.

—Ya me las arreglaré —dijo.

Fue tanteando las paredes, encontró el camino a su cuarto y se durmió allí junto a la lumbre. A la mañana siguiente llegó el rey y le dijo:

—Ahora sí ya sabrás lo que es miedo.

—No, Majestad —contestó Juan—, no lo sé. Aquí estuvo mi primo, muerto, y luego vino un barbón que me enseñó mucho dinero, pero lo que es miedo nadie me lo enseñó.

Entonces el rey le dijo:

—Tú desencantaste el castillo, y te vas a casar con mi hija.

—Todo eso está muy bien —contestó Juan—, pero yo sigo sin saber lo que es miedo.

Sacaron el oro del sótano y se celebró la boda. El joven rey quería mucho a su esposa y vivía muy contento, pero no dejaba de repetir:

—¿Quién me enseña lo que es miedo? ¿Quién me enseña lo que es miedo?

Al final, la princesa se cansó de oírlo y les dijo a sus doncellas:

—Yo le voy a enseñar lo que es miedo.

Mandó que le trajeran del arroyo que corría por el jardín una cubeta llena de agua con pececitos. En la noche, mientras el joven rey dormía, ella levantó la cobija y le vació encima la cubeta de agua fría, y los pececitos se pusieron a brincar alrededor de él, salpicándolo por todas partes. Juan se despertó gritando:

—¡Ay! ¿Quién me asusta? ¿Quién me asusta, mujer? ¡Ahora sí sé lo que es miedo!

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- Also known as: Historia de uno que hizo un viaje para saber lo que era miedo
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- Tale type: ATU 326 (per Wikidata)
- Source: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm, trad. José Sánchez Biedma (1879) (https://es.wikisource.org/wiki/Historia_de_uno_que_hizo_un_viaje_para_saber_lo_que_era_miedo)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm, trad. José Sánchez Biedma (1879) — translation: author died 1859/1863 (+70 passed); translator José Sánchez Biedma died 1898 (+70 passed)
- License: CC0-1.0 (https://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/)
