# Juan y los frijoles mágicos

_Joseph Jacobs_ · 12 min read · ages 5-10

Juan cambia la vaca de su madre por unos frijoles que en una noche levantan una mata hasta el cielo, y allá arriba le quita a un ogro el oro, la gallina de los huevos de oro y un arpa que canta. Cuando el ogro baja tras él por la mata, Juan agarra el hacha, parte el tallo y con su madre vive rico el resto de sus días.

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Había una vez una viuda pobre que vivía con su único hijo, Juan, y con una vaca llamada Blanquita. De lo único que vivían era de la leche que la vaca daba cada mañana y que ellos llevaban a vender al mercado. Pero un día Blanquita no dio ni una gota, y madre e hijo se quedaron sin saber qué hacer.

—¿Y ahora qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer? —decía la viuda, retorciéndose las manos.

—No te apures, mamá. Voy a buscar trabajo por ahí —dijo Juan.

—Ya lo intentamos y nadie te quiso dar trabajo —contestó ella—. Hay que vender a Blanquita y con ese dinero empezar algo, poner un puesto, lo que sea.

—Está bien, mamá —dijo Juan—. Hoy es día de plaza. Vendo a Blanquita y luego vemos.

Tomó a la vaca del cabestro y salió camino al pueblo. No había andado mucho cuando se topó con un viejito de aspecto raro que lo saludó:

—Buenos días, Juan.

—Buenos días —respondió Juan, preguntándose cómo sabría su nombre.

—¿Y a dónde vas tan temprano?

—Al mercado, a vender esta vaca.

—Con esa cara de listo, seguro sabes vender vacas —dijo el viejito—. A ver, dime: ¿cuántos frijoles hacen cinco?

—Dos en cada mano y uno en la boca —contestó Juan, rápido como un rayo.

—Muy bien —dijo el viejito, y sacó del bolsillo un puñado de frijoles de aspecto extraño—. Aquí los tienes: estos meritos son los frijoles de mi adivinanza. Y como eres tan listo, te propongo un trato: tu vaca por ellos.

—¡Ni loco! —dijo Juan—. ¿Cómo cree?

—Ay, es que no sabes lo que son estos frijoles —dijo el viejito—. Si los siembras de noche, para la mañana ya llegaron hasta el cielo.

—¿De veras? No me diga.

—Así es. Y si no resulta cierto, te devuelvo tu vaca.

—Va —dijo Juan, y le entregó el cabestro de Blanquita y se guardó los frijoles en la bolsa.

Como no se había alejado mucho, todavía había luz cuando llegó de vuelta a su puerta.

—¿Ya volviste, Juan? —dijo su madre—. Veo que no traes a Blanquita, así que la vendiste. ¿Cuánto te dieron?

—No lo vas a adivinar, mamá.

—¡No me digas! Buen muchacho. ¿Cinco monedas? ¿Diez? ¿Quince? No, veinte no han de ser.

—Te dije que no ibas a adivinar. Mira estos frijoles: son mágicos. Se siembran de noche y…

—¿Cómo? —lo interrumpió su madre—. ¿Tan tonto fuiste que entregaste a mi Blanquita, la mejor vaca del pueblo, por un puño de frijoles secos?

Tan enojada estaba que ni lo dejó terminar. Aventó los frijoles por la ventana, al jardín, y mandó a Juan a la cama sin cenar. Él subió a su cuartito del desván, triste y arrepentido, más por su madre que por la cena perdida. Al rato se quedó dormido.

Cuando despertó, el cuarto se veía rarísimo. Por un lado entraba el sol y todo lo demás estaba en sombra, como si algo enorme le tapara la luz. Juan se vistió de un salto y se asomó a la ventana. ¿Y qué creen que vio? Los frijoles que su madre había tirado al jardín habían brotado, y de ellos había salido una mata gigantesca que subía y subía y subía hasta perderse en el cielo. Después de todo, el viejito había dicho la verdad.

La mata pasaba pegadita a la ventana y venía trenzada como una escalera. Juan no tuvo más que abrir la ventana y dar un brinco. Y trepó y trepó y trepó, hasta que por fin llegó al cielo. Allá arriba encontró un camino ancho y derecho como una flecha. Caminó y caminó y caminó hasta llegar a una casa enorme, altísima, y en la puerta había una mujer enorme, altísima.

—Buenos días, señora —dijo Juan con toda su cortesía—. ¿Sería usted tan amable de darme algo de desayunar?

Y es que no había probado bocado desde la mañana anterior y traía un hambre de dos días.

—¿Conque quieres desayunar? —dijo la mujer altísima—. Si no te vas de aquí, el desayuno vas a ser tú. Mi marido es un ogro y nada le gusta más que un niño bien tostado. Más vale que te apures, porque ya no tarda en llegar.

—Por favor, señora, deme aunque sea un pedazo. No he comido nada desde ayer, se lo juro —dijo Juan—. Da lo mismo que me tueste el ogro o que me muera de hambre.

Después de todo, la mujer del ogro no era mala gente. Metió a Juan a la cocina y le dio un trozo de pan con queso y un jarro de leche. Pero no llevaba ni la mitad cuando ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, la casa entera empezó a temblar con los pasos de alguien que venía.

—¡Ay, Dios santo, es mi viejo! —dijo la mujer—. ¿Y ahora qué hago contigo? Ven, rápido, métete aquí.

Y lo escondió dentro del horno justo cuando el ogro entraba.

Vaya que era grande. Del cinturón le colgaban tres becerros; los descolgó, los echó sobre la mesa y dijo:

—Mujer, ásame un par de estos para el desayuno. ¿Y esto? ¿Qué es lo que huelo?

Fu, fa, fe, fi, fo,  
que sangre de niño huelo yo.  
Vivo o muerto lo voy a encontrar,  
y con sus huesos mi pan amasar.

—Puras ideas tuyas, viejo —dijo su mujer—. Estás soñando. O ha de ser lo que quedó de la cena de ayer. Anda, ve a lavarte y a peinarte, que para cuando vuelvas ya está tu desayuno.

El ogro salió, y Juan ya iba a saltar del horno para escaparse, pero la mujer no lo dejó.

—Espérate a que se duerma —le dijo en voz baja—. Siempre echa una siesta después de desayunar.

El ogro desayunó y luego fue a un arcón enorme y sacó dos costales de monedas de oro. Se sentó a contarlas hasta que la cabeza se le fue de lado y empezó a roncar tan fuerte que la casa volvió a temblar.

Entonces Juan salió del horno de puntitas y, al pasar junto al ogro, se echó un costal bajo el brazo y corrió sin parar hasta la mata de frijol. Tiró el costal, que fue a caer en el jardín de su casa, y bajó y bajó hasta llegar con su madre. Le enseñó el oro y le dijo:

—¿Ves, mamá? Yo tenía razón con los frijoles. Sí eran mágicos.

Vivieron un buen tiempo de aquel costal, pero al final se acabó, y Juan decidió probar suerte otra vez allá arriba. Una mañana se levantó temprano, se subió a la mata y trepó y trepó y trepó hasta salir de nuevo al camino ancho, y caminó hasta la casa enorme. Ahí estaba otra vez la mujer altísima, parada en la puerta.

—Buenos días, señora —dijo Juan, sin que le temblara la voz—. ¿Me daría usted algo de comer?

—Vete, muchacho —dijo ella—, o mi marido te desayuna. Oye, ¿no eres tú el que vino aquella vez? Porque ese mismo día a mi viejo se le perdió un costal de oro.

—Qué raro, señora —dijo Juan—. A lo mejor yo le podría contar algo de eso, pero traigo tanta hambre que no me sale la voz hasta que coma.

A la mujer le ganó tanto la curiosidad que lo metió a la casa y le dio de comer. Juan apenas empezaba a masticar, lo más despacio que podía, cuando se oyó ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, y ella lo escondió otra vez en el horno.

Todo pasó igual que la vez anterior. Entró el ogro, olfateó el aire y bramó:

Fu, fa, fe, fi, fo,  
que sangre de niño huelo yo.  
Vivo o muerto lo voy a encontrar,  
y con sus huesos mi pan amasar.

—Otra vez con lo mismo —dijo su mujer—. Es la cena de ayer lo que hueles. Siéntate, que ya está tu desayuno.

El ogro desayunó tres bueyes asados y después llamó:

—Mujer, tráeme la gallina que pone huevos de oro.

Ella se la trajo. El ogro le ordenó que pusiera, y la gallina puso un huevo de oro purito. Luego al ogro se le fue cayendo la cabeza y empezó a roncar hasta hacer temblar la casa.

Juan salió del horno de puntitas, agarró la gallina y se escapó en un abrir y cerrar de ojos. Pero esta vez la gallina cacareó y el ogro despertó. Cuando Juan iba saliendo, alcanzó a oírlo gritar:

—¡Mujer! ¡Mujer! ¿Qué hiciste con mi gallina de oro?

—¿Qué pasa, viejo? —contestó ella.

Eso fue todo lo que Juan oyó, porque salió disparado hacia la mata y bajó como si le quemaran los pies. Al llegar a casa le enseñó a su madre la gallina maravillosa, que ponía un huevo de oro cada vez que se lo pedían.

Pero Juan no quedó conforme, y al poco tiempo se le metió en la cabeza probar suerte una vez más. Una mañana se levantó temprano y trepó y trepó y trepó hasta arriba. Esta vez ya no fue derecho a la casa del ogro. Se escondió detrás de un arbusto y esperó a que la mujer saliera con una cubeta por agua; entonces se metió sin hacer ruido y se escondió dentro de un gran caldero de cobre. No llevaba mucho ahí cuando oyó ¡pum!, ¡pum!, ¡pum!, y entraron el ogro y su mujer. El ogro olfateó el aire y bramó:

Fu, fa, fe, fi, fo,  
que sangre de niño huelo yo.  
Vivo o muerto lo voy a encontrar,  
y con sus huesos mi pan amasar.

—¡Lo huelo, mujer, lo huelo! —gritó.

—¿Ah, sí, viejo? —dijo la mujer del ogro—. Pues si es el mocoso que se llevó tu oro y tu gallina, seguro se metió en el horno.

Los dos corrieron al horno, pero por suerte Juan no estaba ahí.

—Ya empezaste otra vez con tu fu, fa, fe, fi, fo —dijo ella—. Claro que huele: es lo que quedó de la cena de ayer, que te preparé para el desayuno. Mira nada más, tan despistado que ya no distingues lo de ayer de lo de hoy.

El ogro se sentó a desayunar, pero cada rato refunfuñaba que él podía jurar que había alguien, y se levantaba a buscar en la despensa, en las alacenas y en cada rincón. Por fortuna nunca se le ocurrió mirar dentro del caldero de cobre.

Cuando terminó, gritó:

—¡Mujer! Tráeme mi arpa de oro.

Ella la trajo y se la puso en la mesa. El ogro le pidió que cantara, y el arpa cantó tan bonito que él se fue quedando dormido, y al rato roncaba como un trueno.

Entonces Juan levantó la tapa del caldero sin hacer ruido, bajó calladito como un ratón y avanzó a gatas hasta la mesa. Se enderezó, agarró el arpa de oro y corrió hacia la puerta. Pero el arpa gritó con todas sus fuerzas:

—¡Amo! ¡Amo!

Y el ogro despertó justo a tiempo para ver a Juan escapando con ella.

Juan corrió como nunca en su vida. El ogro salió detrás y lo habría alcanzado, pero el muchacho le llevaba ventaja, lo esquivó un par de veces y sabía muy bien a dónde iba. Cuando llegó a la mata, el ogro venía a unos veinte pasos y de pronto lo vio desaparecer. Al asomarse al final del camino, lo descubrió abajo, bajando a toda prisa. Al ogro no le hizo gracia confiarse a semejante escalera y se quedó parado, dudando, así que Juan ganó otro tramo. Pero en eso el arpa volvió a gritar:

—¡Amo! ¡Amo!

Entonces el ogro se colgó de la mata, que se cimbró con su peso. Juan bajaba y bajaba, y el ogro detrás. Cuando ya estaba cerca de su casa, Juan gritó:

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Tráeme el hacha! ¡Tráeme el hacha!

Su madre salió corriendo con el hacha en la mano, pero al llegar a la mata se quedó tiesa del susto, porque allá arriba, saliendo de entre las nubes, venía bajando el ogro.

Juan saltó al suelo, tomó el hacha y dio un golpe que entró hasta la mitad del tallo. El ogro sintió que la mata se cimbraba y se detuvo a ver qué pasaba. Entonces Juan dio otro hachazo, el tallo se partió del todo y la mata empezó a venirse abajo. El ogro cayó desde muy alto, y ese fue su fin; la mata de frijol se desplomó tras él.

Juan le enseñó a su madre el arpa de oro. Con el arpa y con los huevos que vendían, madre e hijo llegaron a ser muy ricos. Juan se casó con una princesa, y vivieron felices el resto de sus días.

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- Source: English Fairy Tales, collected by Joseph Jacobs (Project Gutenberg #7439) (https://www.gutenberg.org/ebooks/7439)
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