# La Bella y la Bestia

_Jeanne-Marie Leprince de Beaumont_ · 29 min read · ages 6-12

Bella, la hija menor de un mercader arruinado, se ofrece a vivir con una Bestia temible para salvar a su padre. Cuando ella acepta ser su esposa, el encantamiento se rompe: la Bestia se convierte en un príncipe, y ambos reinan juntos en una felicidad perfecta fundada en la virtud.

---

Había una vez un mercader que era riquísimo. Tenía seis hijos, tres hombres y tres mujeres, y como era un hombre de buen entendimiento, no escatimó nada en la educación de todos ellos y les puso maestros de toda clase. Sus tres hijas eran muy hermosas, pero la menor sobre todo llamaba la atención de la gente: cuando era chiquita nadie la nombraba de otro modo que la niña bella, y de ahí se le quedó el nombre para siempre, Bella. Aquello les dio muchos celos a sus hermanas.

Esta hija menor, además de ser más bonita que las otras dos, era también mejor que ellas. Las dos mayores tenían muchísimo orgullo, porque eran ricas. Se daban aires de grandes señoras, no querían recibir la visita de las otras hijas de mercaderes y solo aceptaban en su compañía a la gente de título. Iban todos los días al baile, al teatro y al paseo, y se burlaban de su hermana menor, que pasaba la mayor parte del tiempo leyendo buenos libros.

Como se sabía que aquellas muchachas eran muy ricas, varios mercaderes importantes las pidieron en matrimonio. Las dos mayores contestaron que ellas no se casarían nunca, a menos que apareciera un duque o cuando menos un conde. Bella, que así se llamaba la más joven, como ya dije, les dio las gracias con mucha cortesía a los que querían casarse con ella, pero les dijo que estaba demasiado joven todavía y que deseaba acompañar a su padre unos años más.

De un día para otro, el mercader perdió todos sus bienes. No le quedó más que una casita de campo, muy lejos de la ciudad. Llorando les dijo a sus hijos que tendrían que irse a vivir allá y que, trabajando como campesinos, podrían mantenerse.

Sus dos hijas mayores contestaron que ellas no pensaban dejar la ciudad, que tenían varios pretendientes que se sentirían muy felices de casarse con ellas aunque ya no tuvieran fortuna. Las buenas señoritas se equivocaban: en cuanto fueron pobres, sus pretendientes ni volvieron a mirarlas. Como a nadie le caían bien, por soberbias, la gente decía: «No merecen que nadie las compadezca; qué gusto da ver ese orgullo por los suelos. Que se vayan a dárselas de señoras cuidando borregos». Y al mismo tiempo todos decían: «De Bella sí nos duele mucho la desgracia; es tan buena muchacha, les habla a los pobres con tanta bondad, es tan dulce, tan honrada».

Hubo incluso varios caballeros que quisieron casarse con ella, aunque no le quedara ni un centavo; pero ella les dijo que no podía decidirse a abandonar a su pobre padre en la desgracia, y que se iría con él al campo para consolarlo y ayudarle a trabajar. Al principio, la pobre Bella había sentido mucho perder su fortuna; pero se dijo a sí misma: «Por más que llore, mis lágrimas no me van a devolver lo que perdí. Hay que tratar de ser feliz sin dinero».

Cuando llegaron a la casa de campo, el mercader y sus tres hijos se pusieron a labrar la tierra. Bella se levantaba a las cuatro de la mañana y se apuraba a limpiar la casa y a preparar la comida de la familia. Al principio le costó mucho trabajo, porque no estaba acostumbrada a trabajar como una criada; pero a los dos meses se puso más fuerte, y la vida del campo le dio una salud perfecta. Cuando terminaba su tarea, leía, tocaba el clavecín o cantaba mientras hilaba.

Sus dos hermanas, en cambio, se aburrían a morir. Se levantaban a las diez de la mañana, se paseaban todo el día y se entretenían en extrañar sus vestidos bonitos y sus fiestas.

—Mira a nuestra hermanita —se decían entre ellas—. Tiene el alma tan baja y es tan tonta que está contenta con esta vida miserable.

El buen mercader no pensaba como sus hijas. Él sabía muy bien que Bella era más capaz que sus hermanas de lucirse en cualquier reunión. Admiraba la virtud de aquella muchacha y, sobre todo, su paciencia, porque sus hermanas, no contentas con dejarle todo el trabajo de la casa, la ofendían a cada rato.

Llevaba un año aquella familia viviendo en la soledad del campo cuando el mercader recibió una carta en la que le avisaban que un barco con mercancía suya acababa de llegar a buen puerto. La noticia por poco se les sube a la cabeza a las dos mayores, que ya se veían saliendo de aquel campo donde tanto se aburrían; y cuando vieron a su padre listo para el viaje, le rogaron que les trajera vestidos, estolas de piel, tocados y toda clase de fruslerías. Bella no le pidió nada, porque pensaba, para sus adentros, que todo el dinero de la mercancía no alcanzaría para comprar lo que sus hermanas querían.

—Tú no me pides que te compre nada —le dijo su padre.

—Ya que tiene usted la bondad de acordarse de mí —contestó ella—, le pido que me traiga una rosa, porque aquí no se dan.

No es que a Bella le importara mucho una rosa, pero no quería condenar con su ejemplo la conducta de sus hermanas, que habrían dicho que no pedía nada solo por darse importancia.

El buen hombre se fue; pero cuando llegó le pusieron un pleito por su mercancía y, después de muchos trabajos, regresó tan pobre como estaba antes. Le faltaban apenas treinta millas para llegar a su casa y ya se alegraba de volver a ver a sus hijos; pero como tenía que cruzar un bosque muy grande antes de llegar, se perdió. Nevaba de un modo horrible, el viento era tan fuerte que lo tiró dos veces del caballo y, cuando cayó la noche, pensó que se moriría de hambre o de frío, o que se lo comerían los lobos que oía aullar a su alrededor.

De pronto, mirando al fondo de una larga calzada de árboles, vio una luz muy grande, aunque parecía estar muy lejos. Caminó hacia allá y vio que la luz salía de un palacio enorme, iluminado de arriba abajo. El mercader le dio gracias a Dios por el auxilio que le mandaba y se apuró a llegar a aquel castillo; pero se quedó muy sorprendido de no encontrar a nadie en los patios.

Su caballo, que lo venía siguiendo, vio una caballeriza grande y abierta y se metió; y como halló heno y avena, el pobre animal, que se moría de hambre, se echó encima de todo aquello con muchas ganas. El mercader lo amarró en la caballeriza y caminó hacia la casa, donde tampoco encontró a nadie; pero al entrar en un salón grande halló un buen fuego y una mesa cargada de comida, con un solo cubierto puesto.

Como la lluvia y la nieve lo habían mojado hasta los huesos, se acercó al fuego para secarse, y se decía: «El dueño de la casa o sus criados me van a perdonar la libertad que me estoy tomando; sin duda no tardan en llegar». Esperó un buen rato; pero dieron las once sin que apareciera nadie, y ya no pudo aguantar el hambre: agarró un pollo y se lo comió en dos bocados, temblando. Bebió también unos tragos de vino y, con más valor, salió del salón y cruzó varias habitaciones grandes, amuebladas con mucha elegancia. Al final encontró un cuarto con una buena cama y, como ya era más de medianoche y estaba muy cansado, se decidió a cerrar la puerta y acostarse.

Eran las diez de la mañana cuando se levantó al día siguiente, y se sorprendió mucho de encontrar un traje muy limpio en lugar del suyo, que había quedado echado a perder. «Seguro este palacio es de alguna hada buena que se compadeció de mí», se dijo. Se asomó por la ventana y ya no vio nieve, sino enramadas de flores que eran un encanto para la vista. Volvió al salón grande donde había cenado la noche anterior y encontró una mesita con chocolate.

—Muchas gracias, señora hada —dijo en voz alta—, por haber tenido la bondad de pensar en mi desayuno.

Después de tomarse su chocolate, el buen hombre salió a buscar a su caballo; y al pasar bajo una enramada de rosas se acordó de que Bella le había pedido una y cortó una rama que tenía varias. En ese mismo momento oyó un ruido tremendo y vio venir hacia él a una Bestia tan espantosa que estuvo a punto de desmayarse.

—Eres bien ingrato —le dijo la Bestia con una voz terrible—. Te salvé la vida al recibirte en mi castillo y, en pago, me robas mis rosas, que quiero más que a nada en el mundo. Tendrás que morir para reparar esa falta. No te doy más que un cuarto de hora para pedirle perdón a Dios.

El mercader se hincó y le dijo a la Bestia, juntando las manos:

—Perdóneme, señor. No creí ofenderlo por cortar una rosa para una de mis hijas, que me la había pedido.

—Yo no me llamo señor —contestó el monstruo—, sino la Bestia. A mí no me gustan los cumplidos: quiero que la gente diga lo que piensa, así que no creas que me vas a conmover con adulaciones. Pero me dijiste que tienes hijas. Estoy dispuesto a perdonarte con una condición: que una de ellas venga por su propia voluntad a morir en tu lugar. No me discutas. Vete, y si tus hijas se niegan a morir por ti, júrame que volverás dentro de tres meses.

El buen hombre no tenía la menor intención de sacrificarle una hija a aquel monstruo horrible, pero pensó: «Al menos tendré el gusto de abrazarlas una vez más». Así que juró que volvería, y la Bestia le dijo que podía irse cuando quisiera.

—Pero no quiero que te vayas con las manos vacías —añadió—. Regresa al cuarto donde dormiste: ahí vas a encontrar un cofre grande y vacío, y puedes meter en él todo lo que se te antoje. Yo haré que te lo lleven a tu casa.

En ese momento la Bestia se retiró, y el buen hombre se dijo: «Si tengo que morir, me quedará el consuelo de dejarles pan a mis pobres hijos».

Regresó al cuarto donde había dormido y, como encontró ahí una gran cantidad de monedas de oro, llenó el cofre grande del que le había hablado la Bestia, lo cerró y, recogiendo su caballo, que seguía en la caballeriza, salió de aquel palacio con una tristeza igual a la alegría que había sentido al entrar. El caballo tomó solo uno de los caminos del bosque y, en unas cuantas horas, el buen hombre llegó a su casita.

Sus hijos se juntaron a su alrededor; pero en lugar de responder a sus caricias, el mercader se puso a llorar mirándolos. Traía en la mano la rama de rosas que le llevaba a Bella. Se la dio y le dijo:

—Toma, Bella, estas rosas. Le van a costar muy caras a tu pobre padre.

Y enseguida le contó a su familia la desgracia que le había pasado. Al oírlo, las dos mayores dieron de gritos y llenaron de insultos a Bella, que no lloraba.

—Miren lo que provoca el orgullo de esta criatura —decían—. ¿Por qué no pidió trapos y vestidos como nosotras? Pero no, la señorita quería distinguirse. Va a causar la muerte de nuestro padre y ni siquiera llora.

—¿De qué serviría llorar? —contestó Bella—. ¿Para qué voy a llorar la muerte de mi padre, si él no va a morir? Ya que el monstruo acepta a una de sus hijas, quiero entregarme yo a toda su furia, y me siento muy feliz, porque al morir tendré la alegría de salvar a mi padre y de probarle mi cariño.

—No, hermana —le dijeron sus tres hermanos—, tú no vas a morir. Nosotros iremos a buscar a ese monstruo y moriremos bajo sus golpes si no podemos matarlo.

—No lo esperen, hijos míos —les dijo el mercader—. El poder de esa Bestia es tan grande que no me queda ninguna esperanza de acabar con ella. Me conmueve el buen corazón de Bella, pero no voy a exponerla a la muerte. Yo estoy viejo, ya me queda poco tiempo de vida, así que solo perderé unos cuantos años, y no los siento más que por ustedes, hijos míos.

—Le aseguro, padre —dijo Bella—, que usted no irá a ese palacio sin mí. No puede impedirme que lo siga. Aunque soy joven, no estoy muy apegada a la vida, y prefiero que ese monstruo me devore antes que morirme de la pena que me daría perderlo.

Por más que le dijeron, Bella se empeñó en salir para el hermoso palacio, y sus hermanas estaban encantadas, porque las virtudes de la menor les daban muchísima envidia.

El mercader andaba tan ocupado con el dolor de perder a su hija que ni se acordaba del cofre que había llenado de oro; pero apenas se encerró en su cuarto para acostarse, se quedó asombrado de encontrarlo junto a su cama. Decidió no decirles a sus hijos que se había vuelto tan rico, porque sus hijas mayores habrían querido regresar a la ciudad y él estaba resuelto a morir en aquel campo; pero le confió el secreto a Bella, y ella le contó que durante su ausencia habían llegado unos caballeros y que dos de ellos estaban enamorados de sus hermanas. Le rogó a su padre que las casara, porque era tan buena que las quería y les perdonaba de todo corazón el mal que le hacían.

Aquellas dos malvadas se frotaron los ojos con cebolla para poder llorar cuando Bella se fue con su padre; pero sus hermanos lloraban de verdad, y el mercader también. La única que no lloraba era Bella, porque no quería aumentarles la pena.

El caballo tomó el camino del palacio y, al caer la tarde, lo vieron iluminado como la primera vez. El caballo se fue solo a la caballeriza y el buen hombre entró con su hija en el salón grande, donde encontraron una mesa servida con toda magnificencia y dos cubiertos puestos. El mercader no tenía ánimo de comer; pero Bella, esforzándose por parecer tranquila, se sentó a la mesa y lo sirvió, y luego se decía: «La Bestia me quiere engordar antes de comerme, por eso me da tan buena comida».

Cuando terminaron de cenar oyeron un ruido tremendo, y el mercader se despidió llorando de su pobre hija, porque entendió que era la Bestia. Bella no pudo evitar un escalofrío al ver aquella figura horrible, pero se tranquilizó como pudo; y cuando el monstruo le preguntó si había ido por su propia voluntad, ella le contestó temblando que sí.

—Es usted muy buena —dijo la Bestia—, y se lo agradezco mucho. Buen hombre, váyase mañana en la mañana y no se le ocurra volver nunca. Adiós, Bella.

—Adiós, Bestia —contestó ella.

Y enseguida el monstruo se retiró.

—Ay, hija —le dijo el mercader abrazando a Bella—, estoy medio muerto de espanto. Hazme caso: déjame a mí aquí.

—No, padre —le dijo Bella con firmeza—. Usted se va mañana en la mañana y me deja al cuidado del cielo; a lo mejor se compadece de mí.

Se fueron a acostar creyendo que no iban a dormir en toda la noche; pero apenas estuvieron en sus camas se les cerraron los ojos. Mientras dormía, Bella vio a una señora que le decía:

—Estoy contenta con tu buen corazón, Bella. La buena acción que haces al dar tu vida para salvar la de tu padre no se quedará sin recompensa.

Al despertar, Bella le contó el sueño a su padre; y aunque aquello lo consoló un poco, no le impidió dar de gritos cuando llegó la hora de separarse de su hija querida.

Cuando él se fue, Bella se sentó en el salón grande y también se puso a llorar; pero como tenía mucho valor, se encomendó a Dios y decidió no amargarse el poco tiempo que creía que le quedaba de vida, porque estaba convencida de que la Bestia se la comería esa misma noche. Mientras llegaba la hora, resolvió pasearse y conocer aquel hermoso castillo.

No podía menos que admirar su belleza. Pero se llevó una gran sorpresa al encontrar una puerta con un letrero que decía: «Aposento de Bella». Abrió aquella puerta a toda prisa y se quedó deslumbrada con la magnificencia que había adentro; pero lo que más le llamó la atención fue una biblioteca enorme, un clavecín y muchos libros de música.

—No quieren que me aburra —dijo en voz baja.

Y luego pensó: «Si no me quedara más que un día de vida, no me habrían preparado todo esto». Aquella idea le devolvió el valor.

Abrió la biblioteca y vio un libro donde estaba escrito con letras de oro: «Pide y ordena: aquí eres tú la reina y la señora». «Ay, yo no deseo más que ver a mi pobre padre y saber qué está haciendo en este momento», suspiró para sus adentros. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando, al voltear los ojos hacia un espejo grande, vio en él su casa y a su padre llegando con la cara llena de tristeza! Sus hermanas salían a recibirlo y, a pesar de las muecas que hacían para parecer afligidas, la alegría que sentían por haber perdido a su hermana se les notaba en la cara. Un momento después todo aquello desapareció, y Bella no pudo menos que pensar que la Bestia era muy complaciente y que no tenía nada que temerle.

A mediodía encontró la mesa puesta y, mientras comía, oyó un concierto excelente, aunque no veía a nadie. En la noche, cuando iba a sentarse a cenar, oyó el ruido que hacía la Bestia y no pudo evitar un escalofrío.

—Bella —le dijo el monstruo—, ¿me permite verla cenar?

—Usted es el amo —contestó Bella temblando.

—No —contestó la Bestia—, aquí no hay más señora que usted. Si la aburro, no tiene más que decirme que me vaya y me voy enseguida. Dígame una cosa: ¿verdad que le parezco muy feo?

—Es cierto —dijo Bella—, porque no sé mentir; pero creo que es usted muy bueno.

—Tiene razón —dijo el monstruo—; pero, además de feo, no tengo ingenio. Sé muy bien que no soy más que una bestia.

—No es una bestia quien cree que no tiene ingenio —contestó Bella—. Un tonto jamás se ha dado cuenta de eso.

—Coma, pues, Bella —le dijo el monstruo—, y trate de no aburrirse en su casa, porque todo esto es suyo, y yo me pondría muy triste si usted no estuviera contenta.

—Es usted muy bueno —le dijo Bella—. Le confieso que su corazón me gusta mucho; cuando pienso en él, ya no me parece usted tan feo.

—Ay, sí —contestó la Bestia—, tengo buen corazón, pero soy un monstruo.

—Hay muchos hombres que son más monstruos que usted —dijo Bella—, y lo prefiero a usted con esa figura antes que a los que, con figura de hombres, esconden un corazón falso, corrompido e ingrato.

—Si yo tuviera ingenio —contestó la Bestia—, le haría un gran cumplido para darle las gracias; pero soy un tonto, y todo lo que puedo decirle es que se lo agradezco mucho.

Bella cenó con buen apetito. Ya casi no le tenía miedo al monstruo; pero por poco se muere del susto cuando él le dijo:

—Bella, ¿quiere ser mi esposa?

Ella se quedó un rato sin contestar, porque tenía miedo de hacerlo enojar si lo rechazaba; pero al fin le dijo temblando:

—No, Bestia.

En ese momento el pobre monstruo quiso suspirar, y le salió un silbido tan espantoso que retumbó en todo el palacio; pero Bella se tranquilizó pronto, porque la Bestia le dijo con mucha tristeza:

—Adiós, entonces, Bella.

Y salió del cuarto, volteando de rato en rato para mirarla otra vez. Cuando Bella se vio sola, sintió una gran compasión por aquella pobre Bestia. «Qué lástima que sea tan fea», se decía, «¡con lo buena que es!».

Bella pasó tres meses en aquel palacio con bastante tranquilidad. Todas las noches, la Bestia iba a visitarla y la acompañaba durante la cena, conversando con mucho sentido común, aunque nunca con lo que en el mundo llaman ingenio. Cada día Bella le descubría nuevas bondades a aquel monstruo. De tanto verlo se había acostumbrado a su fealdad y, lejos de temer el momento de su visita, miraba seguido el reloj para ver si ya iban a ser las nueve, porque la Bestia nunca dejaba de llegar a esa hora.

Solo una cosa entristecía a Bella: que el monstruo, antes de irse a dormir, siempre le preguntaba si quería ser su esposa, y parecía traspasado de dolor cuando ella le decía que no. Un día le dijo:

—Me hace usted sufrir, Bestia. Quisiera poder casarme con usted, pero soy demasiado sincera para hacerle creer que eso vaya a pasar algún día. Siempre seré su amiga; trate de conformarse con eso.

—Ni modo —contestó la Bestia—. Yo no me engaño: sé que soy horrible; pero la quiero mucho. De todas maneras soy muy feliz de que usted quiera quedarse aquí. Prométame que nunca me va a dejar.

Bella se puso colorada con aquellas palabras. Había visto en su espejo que su padre estaba enfermo de tristeza por haberla perdido, y tenía muchas ganas de volver a verlo.

—Bien podría prometerle que nunca lo dejaré del todo —le dijo a la Bestia—; pero tengo tantas ganas de ver a mi padre que me voy a morir de dolor si usted me niega ese gusto.

—Prefiero morirme yo antes que darle un disgusto —dijo el monstruo—. La mandaré a casa de su padre; usted se quedará allá y su pobre Bestia se morirá de dolor.

—No —le dijo Bella llorando—, lo quiero demasiado para causar su muerte. Le prometo volver dentro de ocho días. Usted me hizo ver que mis hermanas ya se casaron y que mis hermanos se fueron al ejército; mi padre está completamente solo. Permítame quedarme con él una semana.

—Mañana en la mañana estará allá —dijo la Bestia—; pero acuérdese de su promesa. Cuando quiera regresar, no tiene más que poner su anillo sobre una mesa al acostarse. Adiós, Bella.

Al decir estas palabras la Bestia suspiró como acostumbraba, y Bella se acostó muy triste de verla tan afligida.

Cuando despertó en la mañana, se encontró en la casa de su padre; y al tocar una campanita que estaba junto a su cama, vio llegar a la criada, que dio un grito enorme al verla. El buen hombre llegó corriendo con aquel grito y por poco se muere de alegría al volver a ver a su hija querida; se quedaron abrazados más de un cuarto de hora.

Pasados los primeros arrebatos, Bella se acordó de que no tenía ropa para levantarse; pero la criada le dijo que acababa de encontrar en el cuarto de al lado un cofre grande lleno de vestidos de oro adornados con diamantes. Bella le dio las gracias a la buena Bestia por sus atenciones, tomó el menos rico de aquellos vestidos y le dijo a la criada que guardara los demás, porque quería regalárselos a sus hermanas; pero apenas dijo estas palabras, el cofre desapareció. Su padre le dijo que la Bestia quería que se quedara con todo aquello para ella, y enseguida los vestidos y el cofre volvieron a su lugar.

Bella se vistió y, mientras tanto, fueron a avisarles a sus hermanas, que llegaron corriendo con sus maridos. Las dos eran muy infelices. La mayor se había casado con un caballero guapo como un sol, pero tan enamorado de su propia cara que no se ocupaba de otra cosa de la mañana a la noche y despreciaba la belleza de su mujer. La segunda se había casado con un hombre de mucho ingenio, pero que solo lo usaba para hacer rabiar a todo el mundo, empezando por su mujer.

A las hermanas de Bella por poco les da algo cuando la vieron vestida como una princesa y más hermosa que el día. Por más cariños que ella les hizo, nada pudo ahogar sus celos, que crecieron muchísimo cuando les contó lo feliz que era. Las dos envidiosas bajaron al jardín para llorar a gusto, y se decían:

—¿Por qué esta criatura es más feliz que nosotras? ¿Acaso no somos más agradables que ella?

—Hermana —dijo la mayor—, se me ocurre una idea: tratemos de detenerla aquí más de ocho días. Su tonta Bestia se va a enojar porque le faltó a su palabra, y a lo mejor se la come.

—Tienes razón, hermana —contestó la otra—. Para eso hay que hacerle muchos cariños.

Tomada esa resolución, subieron y le hicieron tantas fiestas a su hermana que Bella lloró de gusto. Cuando pasaron los ocho días, las dos hermanas se jalaron los cabellos y fingieron tanta aflicción por su partida que ella prometió quedarse ocho días más con su padre.

Sin embargo, Bella se reprochaba el disgusto que iba a darle a su pobre Bestia, a la que quería de todo corazón, y la extrañaba mucho. La décima noche que pasó en casa de su padre soñó que estaba en el jardín del palacio y que veía a la Bestia tirada en el pasto, a punto de morir, reprochándole su ingratitud. Bella despertó sobresaltada y se soltó llorando.

—¿No soy muy mala —se decía— al darle un disgusto a una Bestia que tiene tantas atenciones conmigo? ¿Acaso tiene ella la culpa de ser tan fea y de tener tan poco ingenio? Es buena, y eso vale más que todo lo demás. ¿Por qué no he querido casarme con ella? Sería más feliz con ella que mis hermanas con sus maridos. Lo que hace contenta a una mujer no es la belleza ni el ingenio del marido, sino la bondad de su carácter, la virtud, la ternura, y la Bestia tiene todas esas buenas cualidades. Yo no siento amor por ella, pero sí estimación, amistad y agradecimiento. Vamos, no hay que hacerla desdichada: yo me reprocharía mi ingratitud toda la vida.

Dicho esto, Bella se levantó, puso su anillo sobre la mesa y volvió a acostarse. Apenas estuvo en la cama se quedó dormida; y cuando despertó en la mañana, vio con alegría que estaba en el palacio de la Bestia. Se vistió con mucha elegancia para darle gusto y se aburrió a morir todo el día esperando las nueve de la noche; pero el reloj dio la hora en vano: la Bestia no apareció.

Entonces Bella tuvo miedo de haber causado su muerte. Recorrió todo el palacio dando de gritos, desesperada. Después de buscar por todas partes, se acordó de su sueño y corrió al jardín, hacia el canal, donde la había visto mientras dormía. Ahí encontró a la pobre Bestia tirada, sin conocimiento, y creyó que estaba muerta. Se le echó encima sin sentir ningún horror por su figura y, al notar que el corazón todavía le latía, tomó agua del canal y se la echó en la cabeza.

La Bestia abrió los ojos y le dijo:

—Se le olvidó su promesa. La pena de haberla perdido me decidió a dejarme morir de hambre; pero muero contento, porque tengo el gusto de verla una vez más.

—No, mi querida Bestia, usted no va a morir —le dijo Bella—. Va a vivir para ser mi esposo. Desde este momento le doy mi mano y juro que no seré de nadie más que de usted. Ay, yo creía que solo sentía amistad por usted; pero el dolor que siento me hace ver que no podría vivir sin verlo.

Apenas Bella pronunció estas palabras, vio el castillo resplandeciente de luces: los fuegos artificiales, la música, todo anunciaba una fiesta. Pero nada de aquella hermosura le detuvo la mirada: se volvió hacia su querida Bestia, cuyo peligro la hacía temblar. ¡Cuál no sería su sorpresa! La Bestia había desaparecido, y a sus pies no vio más que a un príncipe más hermoso que un sol, que le daba las gracias por haber terminado con su encantamiento.

Aunque aquel príncipe merecía toda su atención, ella no pudo menos que preguntarle dónde estaba la Bestia.

—La tiene usted a sus pies —le dijo el príncipe—. Un hada malvada me condenó a quedarme con aquella figura hasta que una joven hermosa consintiera en casarse conmigo, y me prohibió mostrar mi ingenio. Así que usted era la única persona en el mundo lo bastante buena para dejarse conmover por la bondad de mi carácter; y aunque le ofrezca mi corona, no podré pagarle todo lo que le debo.

Bella, agradablemente sorprendida, le dio la mano a aquel hermoso príncipe para que se levantara. Juntos se fueron al castillo, y ella por poco se muere de alegría al encontrar en el salón grande a su padre y a toda su familia, que la hermosa señora del sueño había llevado hasta allá.

—Bella —le dijo aquella señora, que era un hada poderosa—, ven a recibir la recompensa de tu buena elección. Preferiste la virtud a la belleza y al ingenio, y mereces encontrar todas esas cualidades reunidas en una misma persona. Vas a ser una gran reina; espero que el trono no acabe con tus virtudes.

Luego se volvió hacia las dos hermanas de Bella.

—En cuanto a ustedes, señoritas, conozco su corazón y toda la maldad que guarda. Conviértanse en dos estatuas, pero conserven entera la razón debajo de la piedra que las va a cubrir. Se quedarán a la puerta del palacio de su hermana, y no les impongo otro castigo que ser testigos de su felicidad. Solo podrán volver a su primer estado el día en que reconozcan sus faltas; pero mucho me temo que se queden siempre de piedra. Uno se corrige del orgullo, del enojo, de la gula y de la flojera, pero la conversión de un corazón malvado y envidioso es una especie de milagro.

En ese momento el hada dio un golpe con su varita y llevó a todos los que estaban en aquel salón al reino del príncipe. Sus súbditos lo recibieron con alegría, y él se casó con Bella, que vivió con él muchísimo tiempo y en una felicidad perfecta, porque estaba fundada en la virtud.

---

- Read online: https://talerie.com/es/cuentos/la-bella-y-la-bestia-original
- Source: La Belle et la Bête, dans les Contes moraux pour l’instruction de la jeunesse (Leprince de Beaumont, éd. 1806) (https://fr.wikisource.org/wiki/Contes_moraux_pour_l’instruction_de_la_jeunesse/La_Belle_et_la_Bête)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: La Belle et la Bête, dans les Contes moraux pour l’instruction de la jeunesse (Leprince de Beaumont, éd. 1806) — original: author died 1780 (+70 passed)
- License: CC0-1.0 (https://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/)
