# La gallinita roja

_Anónimo_ · 7 min read · ages 3-8

Una gallinita roja encuentra un grano de trigo y pregunta quién va a sembrarlo y a hacer el pan, pero el cerdo, la gata y el ratón contestan que ellos no. La gallinita lo hace todo ella sola y, cuando las hogazas doradas salen del horno y los animales se relamen, la gallinita contesta que ese pan se lo come ella.

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En un corral vivía una gallinita roja. Se pasaba el día entero yendo y viniendo con su pasito corto, escarbando por todas partes en busca de gusanos.

Los gusanos gordos le encantaban, y estaba segura de que no había nada más sano para sus pollitos. Cada vez que encontraba uno, llamaba con su mejor voz de mamá.

—¡Clo, clo, clo!

Los pollitos llegaban corriendo, un montón de bolitas amarillas, y ella les repartía el bocado en pedacitos parejos. ¡Qué trabajadora era la gallinita roja!

En la puerta del granero dormitaba una gata. Ni siquiera se tomaba la molestia de espantar al ratón, que corría de aquí para allá a sus anchas.

Y el cerdo, en su chiquero, no se preocupaba por nada del mundo con tal de comer y engordar.

Un día la gallinita roja encontró una semilla. Era un grano de trigo, pero ella estaba tan acostumbrada a los bichos y a los gusanos que pensó que sería alguna golosina nueva.

Le dio un mordisquito con cuidado. No sabía a gusano ni tantito, aunque era largo y delgadito, y por fuera cualquier gallina se dejaría engañar.

Se lo llevó en el pico por todo el corral, preguntando a quien se dejara qué cosa era aquello. Así supo que era un grano de trigo: que sembrado crecía, que maduro se molía para hacer harina y que con la harina se hacía pan.

Entonces le quedó clarísimo que había que sembrarlo. Pero ella andaba de sol a sol buscando comida para sus pollitos, y no le sobraba ni un ratito.

Pensó en el cerdo, al que le sobraba el tiempo; pensó en la gata, que no hacía nada en todo el día; pensó en el ratón, que se pasaba las tardes correteando sin hacer nada de provecho. Y llamó bien fuerte.

—¿Quién va a sembrar la semilla?

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo la gata.

—Yo no —dijo el ratón.

—Pues entonces lo hago yo —dijo la gallinita roja.

Y así lo hizo.

Después siguió con sus quehaceres de todos los días, durante todo el largo verano, escarbando en busca de gusanos y dando de comer a sus pollitos. Mientras tanto el cerdo engordaba, la gata engordaba, el ratón engordaba, y el trigo crecía alto y dorado.

Una mañana la gallinita roja se fijó en lo grande que estaba la planta y en que el grano ya estaba maduro. Corrió por el corral preguntando muy animada.

—¿Quién va a cortar el trigo?

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo la gata.

—Yo no —dijo el ratón.

—Pues entonces lo hago yo —dijo la gallinita roja.

Y así lo hizo.

Buscó la hoz entre las herramientas que el granjero guardaba en el granero, y cortó ella solita toda la planta de trigo.

El trigo quedó tendido en el suelo, listo para juntarlo y trillarlo. Pero justo entonces los pollitos más chiquitos, los más amarillos y peluditos, se soltaron con un pío, pío, pío tremendo.

Le estaban avisando al mundo entero, y sobre todo a su mamá, que los tenía olvidados.

¡Pobre gallinita roja! No sabía para dónde hacerse. Se sentía dividida entre sus hijos y el trigo, que también era responsabilidad suya.

Aun así volvió a llamar, todavía con esperanza.

—¿Quién va a trillar el trigo?

—Yo no —gruñó el cerdo.

—Yo no —maulló la gata.

—Yo no —chilló el ratón.

La gallinita roja se quedó un poco desanimada, hay que decirlo.

—Pues entonces lo hago yo —dijo.

Y así lo hizo.

Claro que primero les dio de comer a sus pollitos, y hasta que los tuvo dormiditos para la siesta salió a trillar el trigo. Luego volvió a llamar.

—¿Quién va a llevar el trigo al molino?

Los tres le dieron la espalda, riéndose de su propia grosería.

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo la gata.

—Yo no —dijo el ratón.

—Pues entonces lo hago yo —dijo la buena gallinita roja.

Y así lo hizo.

Se echó el costal al hombro y caminó y caminó hasta el molino, que quedaba lejísimos. Ahí pidió que le molieran el trigo hasta dejarlo hecho harina blanca y fina.

Cuando el molinero se la entregó, la gallinita roja emprendió el camino de regreso despacito, con su pasito corto de siempre y el costal a cuestas.

Y aun así, en el camino todavía alcanzó a pescar un gusano bien jugoso, y se lo llevó enterito a sus pollitos. Aquellas bolitas de plumas se pusieron felices de verla. Por primera vez entendieron de verdad lo que su mamá hacía por ellos.

Después de un día tan pesado, la gallinita roja se fue a dormir más temprano que de costumbre, antes de que el cielo se pintara de colores para despedir al sol.

Le hubiera encantado quedarse dormida hasta tarde, pero sus pollitos se unieron al escándalo de la mañana en el corral y ahí se acabó el lujo.

Apenas abrió un ojo, ya le vino el pensamiento: hoy, como fuera, esa harina tenía que convertirse en pan.

No es que tuviera costumbre de hacer pan. Pero cualquiera puede hacerlo si sigue la receta con cuidado, y ella sabía muy bien que, si hacía falta, podía.

Así que les dio de comer a sus hijos, los dejó limpiecitos y peinados para el día, y fue a buscar al cerdo, a la gata y al ratón.

Seguía confiando en que algún día iban a echarle la mano. Por eso preguntó de buen ánimo.

—¿Quién va a hacer el pan?

—Yo no —dijo el cerdo.

—Yo no —dijo la gata.

—Yo no —dijo el ratón.

¡Ay, la pobre gallinita roja! Otra vez se le vinieron abajo las esperanzas.

—Pues entonces lo hago yo —dijo.

Y así lo hizo.

Pensando que, en el fondo, ya se lo veía venir, se puso un mandil limpio y un gorro de cocinera blanquísimo. Primero preparó la masa, como debe ser, y la dejó reposar.

Cuando llegó la hora sacó la tabla y los moldes, amasó, formó las hogazas y las metió al horno.

Mientras tanto, la gata la miraba desde su rincón, muerta de risa.

Ahí cerquita, el ratón presumido se empolvaba el hocico frente a un espejo.

Y a lo lejos se oían los ronquidos larguísimos del cerdo dormido.

Por fin llegó el gran momento. Un olor delicioso salió del horno y se fue con el aire fresco del otoño por todo el corral. Uno tras otro, los animales levantaron la nariz y olfatearon encantados.

La gallinita roja se acercó al horno con su pasito corto, muy tranquila por fuera. Por dentro se aguantaba las ganas de cantar y de bailar, porque todo ese pan, todito, lo había hecho ella.

No sabía si le habría quedado bueno. Pero cuando salieron las hogazas doraditas, ¡qué alegría!, estaban perfectas.

Entonces, quizá nomás por costumbre, la gallinita roja llamó.

—¿Quién va a comerse el pan?

Todos los animales del corral miraban con hambre y se relamían.

—¡Yo! —dijo el cerdo.

—¡Yo! —dijo la gata.

—¡Yo! —dijo el ratón.

Pero la gallinita roja contestó:

—Ustedes no. Yo.

Y así lo hizo.

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- Wikidata: https://www.wikidata.org/wiki/Q3211550
- Source: The Little Red Hen: An Old English Folk Tale, retold and illustrated by Florence White Williams (Saalfield, 1918; Project Gutenberg #18735) (https://www.gutenberg.org/ebooks/18735)
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