# La leyenda de la Llorona

_Vicente Riva Palacio_ · 6 min read · ages 10-16

En la Ciudad de México, la hermosa Luisa ama en secreto a don Nuño de Montes Claros, con quien tiene tres hijos, hasta que una noche descubre que él se ha casado con otra y, presa del dolor, les quita la vida antes de ser condenada a muerte. Desde entonces, dicen, su llanto se escucha cada noche por las calles de la ciudad, pues su alma no encuentra descanso.

---

Desde hace casi trescientos años se cuenta, en las calles del centro de la Ciudad de México, que al filo de la medianoche se escucha un grito. Quienes lo han oído dicen que es el llanto de una mujer vestida de blanco, que recorre la ciudad de un extremo a otro, desde los barrios más lejanos hasta las puertas del palacio, y que su lamento es tan hondo que quien lo escucha se queda sin aliento. Los vecinos se persignaban al oírla y rezaban por su alma, porque decían que era un alma en pena que no podía descansar. A esa mujer la llaman, desde entonces, la Llorona.

Cuentan que todo empezó con Luisa, una muchacha hermosa que vivía sola en un cuarto pobre, al fondo de una callejuela oscura. Tenía el cabello negro y rizado, los ojos oscuros y encendidos, y una belleza que pronto se hizo famosa por toda la ciudad, desde los barrios humildes hasta las casas de los señores principales. No había galán que no buscara, aunque fuera de lejos, ver su rostro. Su callejuela, antes solitaria, se llenó de pretendientes que rondaban de noche esperando verla pasar, pero la puerta de Luisa permanecía siempre cerrada, y nadie sabía nada de su vida.

Al fondo de la calle había una pequeña hornacina con la imagen de un santo, alumbrada apenas por un farolito que algún devoto mantenía encendido. En las noches oscuras y calladas, cuando el barrio dormía y no se oía más que el viento, la puerta de Luisa se abría despacio y ella salía envuelta en un manto, para encontrarse junto al farolito con un joven apuesto que ya la esperaba. Solo la lucecita y el santo eran testigos de aquellos encuentros, que duraban hasta que el amanecer los obligaba a despedirse.

Una mañana, Luisa desapareció. La gente del barrio encontró su puerta abierta y no halló señales de robo ni de violencia, sino todo lo contrario: parecía que se había ido por su propia voluntad, de acuerdo con alguien. La noticia corrió por toda la ciudad y durante semanas no se habló de otra cosa; se dijeron mil versiones y se murmuraron nombres de señores principales, hasta que, como sucede siempre, el tiempo fue apagando la curiosidad y la calleja de Luisa volvió a quedar tan silenciosa como antes, sin más luz en las noches que el farolito del santo.

Pasaron seis años antes de que la ciudad volviera a saber de ella. El hombre que se la había llevado era don Nuño de Montes Claros, joven de familia rica y noble, generoso y valiente. La había escondido en una casa apartada, lejos de miradas curiosas, y allí Luisa fue madre tres veces: tres niños rubios como el trigo, a quienes cuidaba con todo su cariño. Pero el amor de don Nuño, tan ardiente al principio, se fue enfriando poco a poco. Sus visitas se hicieron cada vez más raras y más breves, y Luisa, humilde, callaba su pena y lloraba a solas, sin que él pareciera notarlo.

Una noche, con uno de sus hijos dormido en los brazos, Luisa miraba por la ventana hacia los volcanes lejanos, blancos de nieve bajo la luna. Cuando el reloj dio las once, se levantó de pronto, dejó al niño en su cuna y, envuelta en un chal negro, salió a la calle sin decir palabra. Caminó deprisa hasta llegar frente a la casa de don Nuño y la encontró llena de luces y de música: se celebraba una fiesta. Detuvo a un criado que salía y le preguntó qué se festejaba.

—¿Podría usted decirme por qué hay fiesta esta noche en la casa? —le preguntó.

—¿Y usted no lo sabe? —respondió el criado, sorprendido—. Toda la ciudad lo sabe. Esta mañana, a las nueve, en la iglesia del Sagrario, se casó don Nuño de Montes Claros. Viene usted muy atrasada de noticias.

El hombre se alejó y Luisa quedó inmóvil, como de piedra, sin una lágrima ni una queja. Después, sin que nadie lo notara, se deslizó entre la gente que entraba y salía, subió la escalera y llegó hasta la puerta del salón principal. Oculta tras una cortina, vio a don Nuño y a su nueva esposa tomados de la mano, hablándose con las mismas palabras dulces que él le había dicho a ella, en la misma callejuela, junto al mismo farolito, tantas noches atrás.

Luisa volvió a su casa, y aquella misma noche mató a sus tres hijos. Salió después a la calle, y su llanto y sus gritos resonaron por toda la ciudad dormida.

La encontraron pronto y la justicia la condenó a muerte. El día señalado, la plaza amaneció llena de gente que había ido a ver el castigo; muchos, sobre todo las madres, no sentían por ella ninguna piedad. Cerca del mediodía, al sonar una campanilla, la sacaron de la cárcel y la llevaron por las calles hasta el cadalso, rodeada de religiosos que rezaban por su alma. Luisa caminaba con los ojos bajos y el cabello suelto, sin que nada se leyera en su rostro. Pero al subir al patíbulo levantó la vista, y entonces reconoció, entre las azoteas, el techo de la casa donde había vivido. Un grito terrible, hondo como ningún otro, salió de su pecho; levantó las manos al cielo y cayó sin vida antes de que la justicia pudiera cumplir su sentencia. Cuando quisieron ejecutarla, ya solo quedaba su cuerpo.

Esa misma tarde, con gran acompañamiento, enterraron los restos de don Nuño de Montes Claros.

Y desde entonces, dicen, en las noches de la ciudad se sigue escuchando aquel grito. Es Luisa, que no encuentra descanso para su alma y anda penando, en pago de su culpa, desde hace casi trescientos años.

---

- Read online: https://talerie.com/es/cuentos/la-leyenda-de-la-llorona
- Source: Tradiciones y leyendas mexicanas (1884), Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza, «La Llorona» (https://archive.org/details/tradicionesyleye00riva)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: Tradiciones y leyendas mexicanas (1884), Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza, «La Llorona» — original: author died 1896/1910 (+70 passed)
- License: CC0-1.0 (https://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/)
