# La leyenda del hilo rojo

_Retold by Talerie (talerie.com) from Xu Youguai lu (續幽怪錄), after Li Fuyan_ · 8 min read · ages 8+

Un anciano que ata hilos rojos a los pies de los esposos le dice a Wei Gu que su esposa es una niña de tres años, y Wei Gu manda a su criado a acuchillarla, pero ella sobrevive con una cicatriz entre las cejas. Años después Wei Gu se casa con la sobrina del prefecto, que es aquella niña y tapa la cicatriz con una flor.

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Wei Gu, de Duling, se quedó huérfano siendo muy niño, y desde joven quería casarse pronto para que su familia no se acabara con él. Pero cada vez que pedía la mano de una muchacha, algo salía mal y el compromiso no llegaba a nada. Así pasaron diez años.

En el segundo año de la era Yuanhe, Wei Gu iba de viaje hacia Qinghe y se hospedó en una posada al sur de la ciudad de Songcheng. Allí otro huésped le propuso casarlo con la hija de Pan Fang, que había sido alto funcionario en Qinghe, y quedaron de verse al día siguiente, antes del amanecer, en la puerta del templo de Longxing, al oeste de la posada. Wei Gu tenía tantas ganas de que aquello saliera bien que salió muy temprano, cuando la luna, ya baja, todavía brillaba.

En las escaleras del templo estaba sentado un anciano, recargado en un costal de tela, que leía un libro a la luz de la luna. Wei Gu se acercó a mirar y no reconoció ni un solo signo. Aquello no se parecía a ninguna de las escrituras antiguas que él conocía, ni a la escritura de sellos ni a la de renacuajo, y tampoco era sánscrito.

—Señor, ¿qué libro es ese que está leyendo? —le preguntó—. Desde niño estudié con mucho empeño y creía que no había escritura en el mundo que yo no supiera leer. Hasta el sánscrito de las tierras del oeste lo leo. Pero esto nunca lo había visto.

—Es que no es un libro de este mundo —contestó el anciano, riéndose—. ¿Dónde lo iba a ver usted?

—Entonces, ¿de dónde es?

—Es un libro del mundo de los muertos.

—¿Y qué hace alguien del mundo de los muertos por aquí?

—Lo que pasa es que usted salió demasiado temprano; no es que yo no deba andar por aquí —dijo el anciano—. Todos los funcionarios del otro mundo se ocupan de los asuntos de los vivos, y si se ocupan de la gente, ¿cómo no van a andar entre ella? Ahora mismo, de los que uno va encontrando por los caminos, la mitad son personas y la otra mitad, fantasmas. Solo que usted no sabe distinguirlos.

—¿Y usted de qué se ocupa?

—De los registros de matrimonio de todos los que viven bajo el cielo.

Wei Gu se alegró mucho y le dijo:

—Me quedé huérfano de niño, y siempre he querido casarme pronto para tener descendencia. Llevo diez años buscando esposa por todos los medios y nunca lo he logrado. Precisamente hoy me citaron aquí para hablar de la hija del señor Pan. ¿Se hará esa boda?

—No —respondió el anciano—. Cuando el destino no ha unido a dos personas, no hay manera. Aunque usted, siendo de buena familia, se rebajara a pedir a la hija de un carnicero, no se la darían; ¿cómo le van a dar a la hija de un funcionario? Su esposa tiene apenas tres años. Cuando cumpla diecisiete, entrará a su casa.

Wei Gu le preguntó entonces qué llevaba en el costal.

—Hilos rojos —dijo el anciano—. Con ellos ato los pies del marido y de la mujer. En cuanto nacen, se los amarro sin que nadie lo vea. Aunque sus familias sean enemigas, aunque una sea noble y la otra humilde, aunque a uno le toque servir en una provincia lejana, al otro lado del mundo, una vez atado el hilo, nadie se libra de él. Su pie ya está atado al de su esposa. ¿De qué le sirve buscar en otra parte?

—¿Y dónde está mi esposa? ¿Quién es su familia?

—Es la hija de la vieja Chen, la que vende verduras al norte de esta posada.

—¿Puedo verla?

—Chen suele llevarla en brazos cuando va a vender al mercado. Si me acompaña, se la enseño.

Amaneció, y la persona que Wei Gu esperaba no llegó. El anciano enrolló el libro, se echó el costal al hombro y se puso en camino. Wei Gu lo siguió hasta el mercado de verduras. Por ahí venía una vieja tuerta que cargaba a una niña de unos tres años, las dos muy pobres y andrajosas. El anciano señaló a la niña y dijo:

—Esa es su esposa.

—¿Y puedo matarla? —preguntó Wei Gu, furioso.

—Esta niña está destinada a gozar de los favores del cielo, y por su hijo recibirá tierras y honores —respondió el anciano—. ¿Cómo la va a matar?

Y dicho esto, el anciano desapareció.

—¡Ese viejo fantasma no dice más que disparates! —exclamó Wei Gu—. Mi familia es de letrados y funcionarios, y mi esposa tiene que ser de mi rango. Y si no, que sea por lo menos una cantante hermosa. ¿Cómo voy a casarme con la hija fea de una vieja tuerta?

Afiló un cuchillo pequeño y se lo entregó a su criado:

—Tú siempre has sido un hombre capaz. Si me matas a esa niña, te doy diez mil monedas.

—Sí, señor —dijo el criado.

Al día siguiente, el criado escondió el cuchillo en la manga, se metió entre los puestos de verduras y, en medio del gentío, apuñaló a la niña y echó a correr. Todo el mercado se alborotó, y en el desorden Wei Gu y el criado huyeron sin que nadie los atrapara.

—¿Le diste? —le preguntó Wei Gu.

—Le apunté al corazón, señor, pero por desgracia solo le di entre las cejas.

Desde entonces Wei Gu pidió muchas veces la mano de alguna muchacha, y nunca consiguió casarse. Pasaron catorce años más. Gracias al rango de su padre, obtuvo un puesto en el gobierno militar de Xiangzhou. El prefecto Wang Tai lo nombró secretario interino y le encargó juzgar los pleitos. El prefecto quedó tan contento con él que le dio por esposa a su hija. La muchacha tendría unos dieciséis o diecisiete años y era bellísima. Wei Gu no podía estar más contento.

Pero la joven esposa llevaba siempre una florecita pintada pegada entre las cejas, y nunca se la quitaba, ni siquiera para bañarse o cuando descansaba en casa. Pasó más de un año, y a Wei Gu aquello le pareció cada vez más raro. De pronto se acordó de lo que le había dicho el criado, que el cuchillo le había dado a la niña entre las cejas, y le exigió a su esposa que le dijera por qué llevaba esa flor.

Ella se echó a llorar y le contestó:

—Yo no soy hija del prefecto, sino su sobrina. Mi padre fue magistrado de Songcheng y murió en el cargo cuando yo todavía estaba en pañales. Poco después murieron mi madre y mi hermano. No nos quedó más que una pequeña finca al sur de Songcheng, cerca de la posada, y allí viví con mi nodriza, Chen. Vivíamos de vender verduras. Chen me quería tanto que no se separaba de mí ni un momento. Cuando yo tenía tres años, un día que ella me llevaba en brazos por el mercado, un loco me acuchilló. Todavía tengo la cicatriz, y por eso la tapo con esta flor. Hace siete u ocho años, mi tío consiguió un puesto en Lulong y me llevó a vivir con él. De puro bueno me crio como a una hija, y como a su hija me casó contigo.

—¿Chen era tuerta? —preguntó Wei Gu.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—El que mandó que te acuchillaran fui yo.

Los dos dijeron que aquello era muy extraño y que tenía que ser cosa del destino. Wei Gu le contó todo lo que había pasado, y desde entonces se respetaron todavía más que antes.

Con el tiempo tuvieron un hijo, Kun, que llegó a ser prefecto de Yanmen, y a ella le dieron el título de Gran Señora de Taiyuan. Así se supo que lo que el cielo decide en secreto no se puede cambiar. Cuando el magistrado de Songcheng oyó esta historia, le puso a la posada el nombre de Posada del Matrimonio Fijado.

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- Also known as: El hilo rojo del destino
- Characters: Wei Gu
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- Wikidata: https://www.wikidata.org/wiki/Q10948533
- Source: Li Fuyan, «Dinghun dian» (定婚店), en Xu Youguai lu (續幽怪錄), libro IV; facsímil de la edición Song del Sur, Sibu congkan xubian (Commercial Press, Shanghái, 1934) (https://zh.wikisource.org/wiki/續幽怪錄_(四部叢刊本)/卷四)
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