# La leyenda del hilo rojo

_Retold by Talerie (talerie.com) from Xu Youguai lu (續幽怪錄), after Li Fuyan_ · 7 min read · ages 8+

Un anciano que ata con hilos rojos los pies de los futuros esposos le muestra a Wei Gu la que será su esposa, una niña de tres años, y Wei Gu manda matarla, pero el criado solo la hiere. Años después Wei Gu se casa con ella sin saberlo, y el magistrado de Songcheng llama a la posada la Posada del Matrimonio Fijado.

---

Wei Gu, de Duling, se quedó huérfano de muy chico. Por eso, ya de joven, quería casarse pronto y tener hijos que continuaran su linaje. Pero llevaba diez años pidiendo la mano de una muchacha y de otra, y ningún compromiso llegaba a nada.

En el segundo año de la era Yuanhe, Wei Gu iba de viaje y se hospedó en una posada al sur de la ciudad de Songcheng. Allí alguien le propuso casarse con la hija de Pan Fang, que había sido alto funcionario en Qinghe, y quedaron de verse al amanecer en la puerta del templo de Longxing, al oeste de la posada. Wei Gu tenía tantas ganas de que saliera bien que llegó cuando la luna, ya baja, todavía brillaba.

En los escalones del templo estaba sentado un anciano, recargado en un costal de tela, leyendo un libro a la luz de la luna. Wei Gu se acercó a mirar. Desde niño había estudiado mucho y presumía de poder leer todas las escrituras del mundo, hasta el sánscrito de los países del oeste; pero de aquel libro no reconoció ni una letra.

—Señor, ¿qué libro es ese que lee? —preguntó—. Nunca me había topado con una escritura que no entendiera.

El anciano sonrió.

—Este no es un libro del mundo de los vivos. ¿Cómo iba usted a conocerlo? Es un libro del más allá.

—¿Y qué hace aquí alguien del más allá?

—Es que usted salió demasiado temprano. Los funcionarios de los muertos se ocupan de los asuntos de los vivos; ¿cómo no van a andar entre ellos? En los caminos, la mitad de los que pasan son fantasmas. Lo que pasa es que ustedes no saben distinguirlos.

—¿Y de qué se ocupa usted?

—De los registros de los matrimonios de todos los que viven bajo el cielo.

A Wei Gu se le iluminó la cara.

—Me quedé huérfano muy chico y siempre quise casarme pronto. Llevo diez años buscando esposa y no lo consigo. Hoy me citaron aquí para hablar de la hija del señor Pan. ¿Se hará esa boda?

—No. Cuando el destino no ha unido a dos personas, ni el más alto señor consigue la mano de la hija de un carnicero; mucho menos usted la de la hija de un funcionario. Su esposa acaba de cumplir tres años. A los diecisiete entrará en su casa.

—¿Y qué lleva en ese costal?

—Hilos rojos. Con ellos ato los pies de los que van a ser marido y mujer: en cuanto nacen, se los amarro sin que nadie lo vea. Aunque sus familias sean enemigas, aunque una sea rica y la otra pobre, aunque vivan en los confines del mundo o en provincias lejanas, una vez atado el hilo rojo, nadie puede escapar de él. Usted ya tiene el pie atado al de su esposa. ¿De qué le sirve buscar a otra?

—¿Y dónde está mi esposa? ¿Quién es su familia?

—Es la hija de la vieja Chen, que vende verduras al norte de esta posada.

—¿Puedo verla?

—Chen suele traerla en brazos cuando va a vender al mercado. Si me acompaña, se la enseño.

Amaneció, y los que Wei Gu esperaba no llegaron. El anciano enrolló su libro, se colgó el costal al hombro y se puso en camino. Wei Gu lo siguió hasta el mercado de verduras. Entre los puestos venía una vieja tuerta que cargaba a una niña de unos tres años, flaca y vestida con harapos.

—Esa es su esposa —dijo el anciano, señalándola.

—¿Y si la mato? —preguntó Wei Gu, furioso.

—Esa niña está destinada a vivir de los favores del cielo y a recibir tierras y honores gracias a su hijo. ¿Cómo la va a matar?

Y en ese instante el anciano desapareció.

—¡Viejo fantasma mentiroso! —gritó Wei Gu—. Una familia de letrados como la mía se casa con alguien de su rango, y si no, por lo menos con una cantante hermosa. ¿Cómo voy a casarme con la hija fea de una vieja tuerta?

Afiló un cuchillo pequeño y se lo dio a su criado, un hombre muy capaz para cualquier encargo.

—Si matas a esa niña, te doy diez mil monedas.

—Sí, señor.

Al día siguiente, el criado escondió el cuchillo en la manga, entró al mercado y, en medio de la gente, hirió a la niña y salió corriendo. Se armó un gran alboroto, y entre la confusión él y Wei Gu lograron escapar.

—¿Le diste? —le preguntó Wei Gu.

—Le apunté al corazón, señor, pero por mala suerte solo le di entre las cejas.

Pasaron catorce años más. Wei Gu siguió buscando esposa una y otra vez, y ningún compromiso llegaba a nada.

Por los méritos de su padre, entró a servir en Xiangzhou. El prefecto Wang Tai le encargó juzgar los pleitos de la gente, y quedó tan contento con su trabajo que le dio por esposa a su hija. La muchacha tenía dieciséis o diecisiete años y era bellísima. Wei Gu no cabía en sí de gusto.

Su esposa llevaba siempre pegada entre las cejas una flor pintada, y no se la quitaba nunca, ni para bañarse ni cuando estaba tranquila en casa. Pasó más de un año, y a Wei Gu aquello le extrañaba cada vez más. Un día se acordó de lo que le había dicho el criado, y le insistió tanto que ella, con los ojos llenos de lágrimas, le contestó:

—No soy hija del prefecto, sino su sobrina. Mi padre era magistrado de Songcheng y murió en su puesto cuando yo todavía era una niña de brazos. Después murieron mi mamá y mi hermano. Solo nos quedó una granja al sur de Songcheng, cerca de la posada, y allí viví con mi nodriza Chen. Vendíamos verduras para comer. Chen me quería tanto que no me dejaba sola ni un momento.

—Cuando yo tenía tres años —siguió—, un día que ella me llevaba en brazos por el mercado, un loco me hirió con un cuchillo. Todavía tengo la cicatriz; por eso la tapo con la flor. Hace siete u ocho años, mi tío me llevó a vivir con él, me crio como a una hija y me casó contigo como si yo fuera suya.

—¿Chen era tuerta? —preguntó Wei Gu.

—Sí. ¿Cómo lo sabes?

—Porque fui yo quien mandó que te hirieran.

A los dos aquello les pareció muy extraño, y dijeron que era cosa del destino. Wei Gu le contó todo desde el principio, y desde entonces se quisieron y se respetaron más que nunca.

Con los años tuvieron un hijo, Kun, que llegó a ser prefecto de Yanmen, y a ella le dieron el título de Gran Señora de Taiyuan. Así se supo que lo que el cielo decide en secreto no se puede cambiar. Cuando el magistrado de Songcheng oyó esta historia, le puso a aquella posada un nombre nuevo: la Posada del Matrimonio Fijado.

---

- Read online: https://talerie.com/es/cuentos/la-leyenda-del-hilo-rojo
- Also known as: El hilo rojo del destino
- Characters: Wei Gu
- Version: gentler retelling; the longer, more faithful retelling: https://talerie.com/es/cuentos/la-leyenda-del-hilo-rojo-original.md
- Also in: [French](https://talerie.com/fr/contes/la-legende-du-fil-rouge.md), [Portuguese](https://talerie.com/pt/contos/a-lenda-do-fio-vermelho.md)
- Author's country: China (https://talerie.com/es/mapa-de-cuentos#china)
- Wikidata: https://www.wikidata.org/wiki/Q10948533
- Source: Li Fuyan, «Dinghun dian» (定婚店), en Xu Youguai lu (續幽怪錄), libro IV; facsímil de la edición Song del Sur, Sibu congkan xubian (Commercial Press, Shanghái, 1934) (https://zh.wikisource.org/wiki/續幽怪錄_(四部叢刊本)/卷四)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: Li Fuyan, «Dinghun dian» (定婚店), en Xu Youguai lu (續幽怪錄), libro IV; facsímil de la edición Song del Sur, Sibu congkan xubian (Commercial Press, Shanghái, 1934) — original: author died 900 (+70 passed)
- License: CC0-1.0 (https://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/)
