# La señora Holle

_Hermanos Grimm_ · 6 min read · ages 5-10

Una muchacha se avienta al pozo a buscar su huso, ayuda al pan y al manzano y entra al servicio de la señora Holle. Vuelve cubierta de oro, y su hermana floja, que no quiere trabajar, sale del portón cubierta de brea; desde entonces, cuando cae la nieve, la gente de esa tierra dice que la señora Holle sacude su cama.

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Una viuda tenía dos hijas. Una era hermosa y trabajadora; la otra, fea y floja. Pero la floja era su hija de verdad, y por eso la quería mucho más. A la otra le tocaba todo el trabajo y era la cenicienta de la casa.

Todos los días, la muchacha tenía que sentarse junto al pozo, a la orilla del camino, e hilar hasta que los dedos se le lastimaban. Una vez el huso quedó manchado de sangre, y ella se inclinó sobre el pozo para lavarlo; pero se le resbaló de las manos y cayó hasta el fondo.

La muchacha se echó a llorar, corrió a buscar a su madrastra y le contó lo que había pasado. La madrastra la regañó sin la menor compasión.

—Si tú dejaste caer el huso, tú vas a sacarlo —le dijo.

La muchacha volvió al pozo sin saber qué hacer, y de pura desesperación se aventó adentro a buscar el huso. Perdió el sentido, y cuando despertó se encontró en un prado hermoso, con el sol brillando y mil flores abiertas por todas partes.

Echó a andar por aquel prado y llegó a un horno lleno de pan, y el pan le gritó:

—¡Ay, sácame, sácame, que me quemo! Hace rato que estoy cocido.

Ella se acercó y, con la pala del horno, fue sacando todos los panes, uno por uno. Después siguió adelante y llegó a un manzano cargado de fruta, que la llamó:

—¡Ay, sacúdeme, sacúdeme! Mis manzanas ya están todas maduras.

Entonces sacudió el árbol, y las manzanas cayeron como si lloviera; sacudió hasta que no quedó ninguna arriba, las juntó todas en un montón y volvió a su camino.

Al final llegó a una casita. Por la ventana se asomaba una anciana, y como tenía los dientes tan grandes, a la muchacha le dio miedo y quiso salir corriendo. Pero la anciana la llamó.

—¿De qué tienes miedo, hija? Quédate conmigo. Si haces bien todo el trabajo de la casa, te va a ir muy bien. Nada más pon atención en tenderme bien la cama y sacudirla con ganas, hasta que vuelen las plumas: entonces nieva en el mundo. Yo soy la señora Holle.

Como la anciana le habló con tanta bondad, la muchacha se armó de valor, aceptó y entró a su servicio. Todo lo hacía a gusto de la señora Holle, y le sacudía la cama con tanta fuerza que las plumas volaban como copos de nieve. A cambio vivía bien: ni una mala palabra, y todos los días guisados y asados en la mesa.

Llevaba ya un tiempo con la señora Holle cuando le entró una tristeza, y al principio ni ella misma sabía qué le faltaba. Al fin se dio cuenta de que extrañaba su casa. Aunque allá abajo estaba mil veces mejor que en su tierra, las ganas de volver no se le quitaban. Por fin le dijo:

—Extraño mucho mi casa. Por muy bien que me vaya aquí abajo, ya no puedo quedarme más tiempo. Tengo que subir con los míos.

—Me da gusto que quieras volver a tu casa —dijo la señora Holle—, y como me serviste con tanta lealtad, yo misma voy a llevarte arriba.

La tomó de la mano y la llevó hasta un portón muy grande. El portón se abrió y, justo cuando la muchacha estaba parada debajo, cayó una lluvia de oro; y todo el oro se le quedó pegado, de manera que quedó cubierta de pies a cabeza.

—Esto es tuyo, porque fuiste muy trabajadora —dijo la señora Holle, y le devolvió también el huso que se le había caído al pozo.

Luego el portón se cerró, y la muchacha se encontró de nuevo arriba, en el mundo, no muy lejos de la casa de su madrastra. Cuando entró al patio, el gallo que estaba parado sobre el pozo cantó:

Quiquiriquí,  
nuestra niña de oro ya volvió aquí.

La muchacha entró a la casa y, como llegaba cubierta de oro, la madrastra y la hermana la recibieron con los brazos abiertos.

Contó todo lo que le había pasado, y cuando la madrastra oyó de dónde había salido tanta riqueza, quiso la misma suerte para su otra hija, la fea y floja. La mandó a sentarse junto al pozo a hilar; y para que el huso se manchara de sangre, la floja se picó los dedos y metió la mano entre las espinas de un zarzal. Después tiró el huso al pozo y saltó ella misma detrás.

Igual que su hermana, apareció en el prado hermoso y siguió por el mismo camino. Cuando llegó al horno, el pan gritó otra vez:

—¡Ay, sácame, sácame, que me quemo! Hace rato que estoy cocido.

—¡Ni que estuviera loca para ensuciarme! —contestó la floja, y pasó de largo.

Al rato llegó al manzano, que la llamó:

—¡Ay, sacúdeme, sacúdeme! Mis manzanas ya están todas maduras.

—¿Sacudirte yo? ¿Para que me caiga una en la cabeza? —respondió, y siguió su camino.

Cuando llegó a la casa de la señora Holle no tuvo miedo, porque ya le habían contado de sus dientes grandes, y luego luego se puso a su servicio. El primer día se aguantó las ganas de no hacer nada: fue trabajadora y obedeció en todo lo que la señora Holle le decía, porque pensaba en el montón de oro que iba a recibir. Pero al segundo día ya empezó a flojear, al tercero todavía más, y en la mañana de plano no quiso levantarse. Tampoco le tendía la cama a la señora Holle como debía ser, ni la sacudía para que volaran las plumas.

La señora Holle se cansó pronto de aquello y la despidió. A la floja le pareció muy bien, porque pensó que ya venía la lluvia de oro. La señora Holle la llevó también hasta el portón; pero cuando estuvo parada debajo, en lugar de oro le vaciaron encima un caldero enorme de brea.

—Esta es la paga por tus servicios —dijo la señora Holle, y cerró el portón.

Así volvió la floja a su casa, cubierta de brea de pies a cabeza, y el gallo, parado sobre el pozo, en cuanto la vio cantó:

Quiquiriquí,  
nuestra niña sucia ya volvió aquí.

La brea se le quedó bien pegada, y no hubo manera de quitársela en toda su vida.

Por eso, en aquella tierra, cuando cae la nieve la gente dice que la señora Holle está sacudiendo su cama.

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- Source: Kinder- und Hausmärchen, 7. Auflage (1857) (https://de.wikisource.org/wiki/Frau_Holle_(1857))
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