# La sirenita

_Hans Christian Andersen_ · 48 min read · ages 8-12

La hija menor del rey del mar salva a un príncipe del naufragio y le entrega su voz a la bruja para andar en tierra con él. Cuando él se casa con otra, ella tira a las olas el cuchillo de sus hermanas, se deshace en espuma y sube con las hijas del aire, que con buenas obras ganan un alma inmortal en trescientos años.

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Mar adentro, muy lejos de la costa, el agua es azul como los pétalos del aciano más hermoso y clara como el cristal más puro. Pero es muy honda, más honda de lo que alcanza cualquier cable de ancla; habría que poner muchas torres de iglesia una encima de otra para llegar desde el fondo hasta la superficie. Allá abajo vive la gente del mar.

No vayas a creer que allá abajo no hay más que arena blanca y pelona. Nada de eso: ahí crecen los árboles y las plantas más raras, de tallos y hojas tan flexibles que se mueven con el menor movimiento del agua, como si estuvieran vivos. Todos los peces, grandes y chicos, se deslizan entre las ramas igual que aquí arriba los pájaros entre los árboles. En el lugar más hondo de todos está el palacio del rey del mar: sus muros son de coral y sus ventanas altas y puntiagudas son del ámbar más transparente; el techo es de conchas que se abren y se cierran según pasa la corriente. Se ve precioso, porque dentro de cada una hay una perla que resplandece, y una sola de ellas valdría muchísimo en la corona de una reina.

El rey del mar llevaba muchos años viudo, y era su anciana madre la que le llevaba la casa. Era una mujer inteligente, aunque muy orgullosa de su alcurnia: por eso usaba doce ostras en la cola, mientras que los demás nobles solo tenían permiso de usar seis. En lo demás merecía muchos elogios, sobre todo porque cuidaba con esmero a las princesitas del mar, sus nietas. Eran seis niñas hermosas, pero la menor era la más hermosa de todas: tenía la piel tan clara y tan fina como un pétalo de rosa y los ojos tan azules como el mar más profundo. Eso sí, igual que sus hermanas, no tenía pies: su cuerpo terminaba en una cola de pez.

Podían jugar todo el día allá abajo, en el palacio, en los grandes salones donde salían flores vivas de las paredes. Se abrían los ventanales de ámbar y los peces entraban nadando, como entran aquí las golondrinas cuando abrimos las ventanas; solo que los peces se acercaban a las princesas, comían de sus manos y se dejaban acariciar.

Frente al palacio había un jardín grande de flores rojas como el fuego y de flores azul oscuro; los frutos brillaban como el oro y las flores como lumbre encendida, y movían sin parar los tallos y las hojas. La tierra misma era arena finísima, pero azul como la llama del azufre. Sobre todo aquello flotaba un resplandor azul tan extraño que uno hubiera creído estar muy alto en el aire, con cielo arriba y cielo abajo, y no en el fondo del mar. Cuando no había viento se alcanzaba a ver el sol: parecía una flor de púrpura de cuyo cáliz salía toda la luz.

Cada una de las princesitas tenía su pedacito de jardín, donde podía cavar y sembrar a su gusto. Una le dio a su parcela la forma de una ballena; a otra le gustó más que la suya se pareciera a una sirena pequeña; pero la menor hizo la suya redonda, como el sol, y puso en ella flores que brillaban rojas como él. Era una niña rara, callada y pensativa; y mientras sus hermanas presumían las cosas más curiosas que habían sacado de los barcos hundidos, ella no quiso más que sus flores color de rosa, parecidas al sol de allá arriba, y una hermosa estatua de mármol. Era un muchacho precioso, tallado en piedra blanca y limpia, que había ido a dar al fondo del mar en un naufragio. Junto a la estatua sembró un sauce llorón color de rosa, que creció espléndido y colgaba sus ramas frescas por encima de ella, hacia la arena azul, donde la sombra se veía violeta y se movía igual que las ramas; parecía que la copa y las raíces jugaban entre sí y querían darse un beso.

Nada le daba más gusto que oír hablar del mundo de los hombres. La abuela tenía que contarle todo lo que sabía de barcos y ciudades, de gente y de animales. Lo que le parecía más bonito de todo era que allá arriba, en la tierra, las flores olieran, porque en el fondo del mar no huelen; y que los bosques fueran verdes; y que los peces que se veían entre los árboles cantaran fuerte y tan lindo que daba gusto oírlos. Eran los pajaritos, pero la abuela les decía peces, porque de otro modo las niñas no le hubieran entendido: nunca habían visto un pájaro.

—Cuando cumplan quince años —les decía la abuela—, van a tener permiso de salir del mar, sentarse en las rocas a la luz de la luna y ver pasar los barcos grandes. ¡Entonces sí van a ver bosques y ciudades!

Al año siguiente la mayor de las hermanas cumplía quince años; pero entre una y otra siempre había un año de diferencia, así que después de ella la más chica tenía que esperar todavía cinco años completos antes de poder subir desde el fondo del mar y ver cómo son las cosas aquí. Pero se prometieron unas a otras contarse lo que hubieran visto y lo que les hubiera parecido más bonito el primer día, porque la abuela no les contaba lo suficiente: eran tantas las cosas que querían saber.

Ninguna estaba tan ansiosa como la menor, justo la que más tenía que esperar y la que siempre andaba callada y pensativa. Muchas noches se quedaba en la ventana abierta, mirando hacia arriba a través del agua azul oscuro, viendo cómo los peces chapoteaban con las aletas y la cola. Alcanzaba a ver la luna y las estrellas; se veían pálidas, es cierto, pero a través del agua se veían mucho más grandes de lo que las vemos nosotros. Y si algo pasaba por debajo de ellas como una nube negra, ella sabía que era una ballena que nadaba encima de ella, o un barco lleno de gente que seguramente ni se imaginaba que allá abajo había una sirenita preciosa estirando sus manos blancas hacia la quilla.

Por fin la princesa mayor cumplió quince años y pudo subir a la superficie del mar.

Cuando volvió traía cien cosas que contar; pero lo más bonito de todo, dijo, era estar acostada a la luz de la luna sobre un banco de arena, con el mar tranquilo, y mirar la costa cercana con la gran ciudad, donde las luces parpadean como cien estrellas; oír la música, el ruido y el escándalo de los carruajes y de la gente; ver tantas torres de iglesia y escuchar el repique de las campanas.

¡Ay, con qué atención la escuchaba la hermana menor! Y después, cuando en la noche se paraba en la ventana abierta y miraba hacia arriba a través del agua azul oscuro, se acordaba de la ciudad grande con su ruido y su escándalo, y entonces le parecía oír hasta allá abajo el repique de las campanas.

Al año siguiente le tocó a la segunda hermana el permiso de subir y de nadar a donde quisiera. Salió a la superficie justo cuando se metía el sol, y ese, según ella, era el espectáculo más hermoso de todos. Todo el cielo se veía como de oro, dijo, y la belleza de las nubes no alcanzaba a describirla. Rojas y violetas habían navegado sobre ella; pero mucho más rápido que ellas voló, como un largo velo blanco, una parvada de cisnes salvajes sobre el agua, hacia donde estaba el sol. Ella nadó tras ellos, pero el sol se hundió y el resplandor rosado se apagó sobre el mar y en las nubes.

Al año siguiente subió la tercera hermana. Era la más atrevida de todas, y por eso remontó un río ancho que desembocaba en el mar. Vio colinas verdes y hermosas cubiertas de viñedos; entre bosques espléndidos asomaban palacios y castillos; oyó cantar a todos los pájaros; y el sol calentaba tanto que muchas veces tuvo que meterse bajo el agua para refrescarse la cara ardiendo. En una caleta pequeña se encontró con un montón de niños; estaban completamente desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero salieron corriendo espantados, y llegó un animalito negro, un perro, aunque ella nunca había visto un perro, que le ladró tan feo que ella, muerta de miedo, buscó el mar abierto. Pero nunca pudo olvidar los bosques espléndidos, las colinas verdes ni los niños lindos, que sabían nadar aunque no tuvieran cola de pez.

La cuarta hermana no fue tan atrevida: se quedó mar adentro, en las aguas bravas, y contó que ahí era donde más bonito se estaba. Se veían muchas millas a la redonda, y el cielo quedaba encima como una campana de vidrio. Había visto barcos, pero de muy lejos: parecían gaviotas. Los delfines juguetones daban maromas y las ballenas grandes echaban agua por los orificios de la nariz, de modo que parecía que hubiera cientos de fuentes alrededor.

Luego le tocó el turno a la quinta hermana. Su cumpleaños caía en invierno, y por eso ella vio lo que las otras no habían visto la primera vez. El mar se veía todo verde, y alrededor flotaban montañas grandes de hielo; cada una parecía una perla, decía ella, y sin embargo eran mucho más grandes que las torres de iglesia que construyen los hombres. Tenían las formas más raras y brillaban como diamantes. Ella se sentó en una de las más grandes, y todos los veleros pasaban lejos, espantados, mientras ella dejaba que el viento le jugara el cabello largo. Pero al atardecer el cielo se cubrió de nubes; hubo relámpagos y truenos, y el mar negro levantaba muy alto los bloques de hielo y los hacía brillar con el resplandor rojo de los rayos. En todos los barcos arriaban las velas; había angustia y espanto. Ella, en cambio, seguía sentada tranquila en su montaña de hielo flotante, mirando cómo los rayos azules caían en zigzag sobre el mar reluciente.

La primera vez que cualquiera de las hermanas subía a la superficie quedaba encantada con todo lo nuevo y lo hermoso que veía; pero después, ya como muchachas grandes, con permiso de subir cuando quisieran, todo aquello dejó de importarles. Extrañaban su casa, y al cabo de un mes decían que allá abajo, en la suya, era donde más bonito se estaba.

Muchas tardes las cinco hermanas se tomaban de los brazos y subían en fila a la superficie del agua. Tenían voces preciosas, más hermosas que las de cualquier persona; y cuando venía una tormenta y podían suponer que se hundirían barcos, nadaban delante de ellos y cantaban con mucha dulzura lo hermoso que era el fondo del mar, y les pedían a los marineros que no tuvieran miedo de bajar. Pero ellos no entendían las palabras y creían que era la tormenta; y tampoco alcanzaban a ver las maravillas de allá abajo, porque cuando el barco se hundía los hombres se ahogaban y llegaban muertos al palacio del rey del mar.

Cuando las hermanas subían así, de noche, tomadas del brazo, la más chica se quedaba sola mirándolas irse, y sentía que se iba a poner a llorar; pero la sirena no tiene lágrimas, y por eso sufre mucho más.

—¡Ay, si ya tuviera quince años! —decía—. Estoy segura de que voy a querer mucho ese mundo de allá arriba y a la gente que vive en él.

Por fin cumplió quince años.

—Mira, ya eres una muchacha grande —le dijo la abuela, la vieja reina viuda—. Ven, deja que te arregle como a tus hermanas.

Le puso en el pelo una corona de lirios blancos, y cada pétalo de aquellas flores era la mitad de una perla; y la anciana le prendió en la cola ocho ostras grandes, para que se viera su alto rango.

—¡Eso duele! —dijo la sirenita.

—Para presumir hay que sufrir —dijo la anciana.

¡Ay, con qué gusto se habría sacudido todo aquel lujo y se habría quitado la corona pesada! Sus flores rojas del jardín le quedaban mucho mejor; pero ya no podía cambiar nada.

—Adiós —dijo, y subió por el agua, ligera y transparente como una burbuja.

El sol acababa de meterse cuando ella sacó la cabeza del agua, pero todas las nubes todavía brillaban como rosas y oro; y en medio de aquel aire rosa pálido resplandecía la estrella de la tarde, muy clara y muy hermosa. El aire era suave y fresco y el mar estaba tranquilo. Ahí había un barco grande de tres mástiles, con una sola vela izada, porque no soplaba ni una brisa; y por todos lados, en las jarcias y en las vergas, había marineros sentados. Había música y canto, y cuando oscureció encendieron cientos de faroles de colores, que parecían banderas de todas las naciones ondeando en el aire. La sirenita nadó hasta la ventana del camarote, y cada vez que el agua la levantaba podía asomarse por los vidrios limpios como espejos y ver adentro a mucha gente muy arreglada. Pero el más hermoso de todos era el joven príncipe de ojos negros y grandes; seguramente no pasaba mucho de los dieciséis años. Era su cumpleaños, y por eso había tanta fiesta. Los marineros bailaban en la cubierta, y cuando el joven príncipe salió, subieron al aire más de cien cohetes que alumbraron como si fuera de día, tanto que la sirenita se asustó y se metió bajo el agua; pero enseguida volvió a sacar la cabeza, y entonces fue como si todas las estrellas del cielo se le vinieran encima. Nunca había visto fuegos artificiales así. Giraban soles grandes de chispas, volaban peces de fuego preciosos por el aire azul, y todo se reflejaba en el mar limpio y quieto. En el barco mismo había tanta luz que se veía hasta el cabo más delgado, y con más razón la gente. ¡Ay, qué guapo era el joven príncipe! Les daba la mano a todos y sonreía, mientras la música sonaba en aquella noche espléndida.

Se hizo tarde, pero la sirenita no podía apartar los ojos del barco ni del hermoso príncipe. Apagaron los faroles de colores, ya no subían cohetes, tampoco se oían cañonazos; pero allá abajo, en el fondo del mar, había un rumor sordo. Ella seguía sobre el agua, meciéndose para arriba y para abajo, de modo que podía asomarse al camarote. Pero el barco agarró más velocidad; se fueron desplegando las velas una tras otra; las olas crecieron; se juntaron nubes grandes; relampagueaba a lo lejos. ¡Iba a haber mal tiempo! Por eso los marineros recogieron las velas. El barco grande se mecía a toda marcha sobre el mar embravecido; el agua se levantaba como montañas negras y grandes que querían romper sobre los mástiles, pero el barco se hundía como un cisne entre las olas altas y se dejaba levantar otra vez por aquellas aguas encumbradas. A la sirenita le pareció un viaje muy divertido, pero a los marineros no. El barco crujía y tronaba, las tablas gruesas se doblaban con los golpes, el mar se metía adentro, el mástil se partió por la mitad como si fuera un junco, y el barco se acostó de lado mientras el agua entraba en la bodega. Entonces la sirenita se dio cuenta de que estaban en peligro; ella misma tuvo que cuidarse de las vigas y de los pedazos del barco que flotaban en el agua. Por momentos había tanta oscuridad que no veía absolutamente nada; pero cuando relampagueaba se hacía tanta claridad que reconocía a todos los del barco. Buscaba sobre todo al joven príncipe, y lo vio hundirse en el mar profundo cuando el barco se partió. Al principio se puso muy contenta, porque ahora él bajaría con ella. Pero luego se acordó de que los hombres no pueden vivir en el agua y de que él no llegaría al palacio de su padre más que muerto. No, no podía morir. Por eso nadó entre las vigas y las tablas que flotaban en el mar, olvidándose por completo de que podían aplastarla. Se hundió muy hondo y volvió a subir entre las olas, y al final llegó hasta el príncipe, que ya no podía seguir nadando en aquel mar tormentoso. Los brazos y las piernas empezaban a fallarle, los hermosos ojos se le cerraban; se habría muerto si la sirenita no hubiera llegado. Ella le sostuvo la cabeza fuera del agua y se dejó llevar con él por las olas a donde ellas quisieran.

Por la mañana el mal tiempo había pasado; del barco no quedaba ni una astilla. El sol salió del agua rojo y brillante, y fue como si con eso las mejillas del príncipe recobraran la vida; pero los ojos seguían cerrados. La sirena le besó la frente alta y hermosa y le echó para atrás el cabello mojado; le pareció que se parecía a la estatua de mármol de su jardincito, y lo besó otra vez y deseó que viviera.

Entonces vio delante de ella tierra firme, montañas altas y azules en cuyas cumbres brillaba la nieve blanca, como si fueran cisnes echados allá arriba. Abajo, junto a la costa, había bosques verdes preciosos, y enfrente estaba una iglesia o un convento, no supo bien qué era, pero un edificio era. En el jardín crecían limoneros y naranjos, y frente a la puerta había palmeras altas. El mar formaba ahí una bahía chica, quieta pero muy honda; ella nadó con el hermoso príncipe hasta la roca donde el oleaje había amontonado arena blanca y fina, lo acostó en la arena y cuidó sobre todo de que la cabeza le quedara en alto, al sol tibio.

Entonces repicaron todas las campanas del edificio grande y blanco, y muchas muchachas jóvenes salieron al jardín. La sirenita nadó más lejos, detrás de unas piedras altas que sobresalían del agua, se puso espuma de mar en el cabello y en el pecho para que nadie pudiera verle la cara, y se quedó vigilando quién llegaba con el pobre príncipe.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara una muchacha joven. Pareció asustarse mucho, pero solo un momento; después trajo a varias personas, y la sirena vio que el príncipe volvía en sí y les sonreía a todos. Pero a ella no le sonrió: claro, él ni siquiera sabía que ella lo había salvado. Se puso muy triste, y cuando se lo llevaron al edificio grande, ella se hundió apesadumbrada bajo el agua y regresó al palacio de su padre.

Siempre había sido callada y pensativa, pero ahora lo fue mucho más. Las hermanas le preguntaron qué había visto la primera vez allá arriba, pero ella no contó nada.

Muchas tardes y muchas mañanas subía al lugar donde había dejado al príncipe. Vio madurar los frutos del jardín y vio cómo los cortaban; vio derretirse la nieve de las montañas altas; pero al príncipe no lo veía, y por eso volvía a su casa cada vez más triste. Su único consuelo era sentarse en su jardincito y abrazar la hermosa estatua de mármol que se parecía al príncipe. Pero ya no cuidaba sus flores, que crecían como en un monte, se salían sobre los caminos y entretejían sus tallos largos y sus hojas en las ramas de los árboles, de modo que aquello se puso oscuro.

Al final no aguantó más y se lo contó a una de sus hermanas; y enseguida lo supieron las demás, pero nadie más que ellas y unas cuantas sirenas que solo se lo dijeron a sus amigas más cercanas. Una de ellas sabía quién era el príncipe: también había visto la fiesta en el barco, y dijo de dónde era él y dónde quedaba su reino.

—Ven, hermanita —dijeron las otras princesas.

Y, abrazadas unas con otras, subieron en una fila larga desde el mar, hacia donde sabían que estaba el palacio del príncipe.

Era de una piedra brillante, de color amarillo claro, con escalinatas grandes de mármol, y una de ellas bajaba hasta el mar. Sobre el techo se levantaban cúpulas doradas espléndidas, y entre las columnas, alrededor de todo el edificio, había figuras de mármol que parecían vivas. Por el vidrio limpio de las ventanas altas se veían los salones magníficos, con cortinas y alfombras de seda carísimas y todas las paredes adornadas con cuadros grandes, de modo que daba gusto verlos. En medio del salón más grande caía el chorro de una fuente enorme; sus hilos de agua llegaban muy alto, hasta la cúpula de vidrio del techo, por donde el sol entraba sobre el agua y sobre las plantas hermosas que crecían en el estanque.

Ahora ya sabía dónde vivía él, y muchas tardes y muchas noches estuvo ahí, sobre el agua. Nadaba mucho más cerca de la tierra de lo que se hubiera atrevido cualquiera de las otras; hasta se metía por el canal angosto, debajo del hermoso balcón de mármol que echaba una sombra larga sobre el agua. Ahí se quedaba mirando al joven príncipe, que se creía completamente solo bajo la luz clara de la luna.

Muchas tardes lo vio navegar con música en su barca preciosa, con las banderas al viento; ella espiaba entre los juncos verdes, y si el viento le levantaba el velo largo, blanco de plata, y alguien lo veía, creía que era un cisne abriendo las alas.

Muchas noches, cuando los pescadores salían al mar con antorchas, los oyó hablar muy bien del joven príncipe, y le dio gusto haberle salvado la vida cuando él iba medio muerto entre las olas. Se acordaba de lo firme que había descansado la cabeza de él sobre su pecho y del cariño con que lo había besado. Pero él no sabía nada de eso y ni siquiera podía soñar con ella.

Cada vez quería más a los hombres, cada vez deseaba más poder andar entre ellos; el mundo de ellos le parecía mucho más grande que el suyo. Podían volar sobre el mar en barcos y subir por las montañas altas, por encima de las nubes; y las tierras que tenían se extendían con bosques y campos más lejos de lo que alcanzaba su vista. Había tantas cosas que quería saber, y las hermanas no sabían contestárselas todas; por eso le preguntó a la abuela, que conocía muy bien el mundo de allá arriba y que con toda razón lo llamaba «los países que están sobre el mar».

—Si los hombres no se ahogan —preguntó la sirenita—, ¿viven para siempre? ¿No se mueren como nosotras, aquí abajo en el mar?

—Sí —dijo la anciana—, ellos también tienen que morir, y su vida es todavía más corta que la nuestra. Nosotras podemos llegar a los trescientos años, pero cuando dejamos de existir nos volvemos nada más espuma sobre el agua, y ni siquiera tenemos una tumba aquí abajo, entre los nuestros. No tenemos alma inmortal, nunca volvemos a vivir; somos como el junco verde: una vez cortado, ya no reverdece. Los hombres, en cambio, tienen un alma que vive para siempre, que sigue viva después de que el cuerpo se volvió tierra; sube por el aire limpio, hasta las estrellas que brillan. Así como nosotras salimos del agua y vemos los países del mundo, así suben ellos a lugares desconocidos y maravillosos que nosotras nunca vamos a ver.

—¿Y por qué no recibimos nosotras un alma inmortal? —preguntó la sirenita con tristeza—. Yo daría con gusto los cientos de años que me tocan de vida con tal de ser un solo día un ser humano y poder después tener esperanza en ese mundo del cielo.

—¡No debes pensar en eso! —dijo la anciana—. Nosotras nos sentimos mucho más felices y estamos mucho mejor que los hombres de allá arriba.

—Entonces me voy a morir y voy a andar de espuma en el mar, sin oír la música de las olas, sin ver las flores hermosas ni el sol rojo. ¿No hay nada que yo pueda hacer para ganar un alma inmortal?

—No —dijo la anciana—. Solo si un hombre te quisiera tanto que fueras para él más que su padre y su madre; si estuviera pendiente de ti con todo su pensamiento y todo su amor y dejara que el sacerdote pusiera su mano derecha en la tuya con la promesa de ser fieles aquí y por toda la eternidad, entonces su alma pasaría a tu cuerpo y tú también recibirías tu parte de la dicha de los hombres. Él te daría un alma y se quedaría con la suya. Pero eso no puede pasar nunca. Lo que aquí en el mar es hermoso, tu cola de pez, allá en la tierra les parece feo; ellos no entienden de esto: allá hay que tener dos soportes torpes, que ellos llaman piernas, para ser hermosa.

La sirenita suspiró y se quedó mirando con tristeza su cola de pez.

—Vamos a estar contentas —dijo la anciana—. Brinquemos y saltemos durante los trescientos años que tenemos de vida, que la verdad es tiempo de sobra; después una descansa mucho mejor. Esta noche vamos a tener baile en la corte.

Y aquello fue un lujo como no se ve en la tierra. Las paredes y el techo del gran salón de baile eran de vidrio grueso pero transparente. Varios cientos de conchas enormes, unas rosadas y otras verdes como el pasto, estaban formadas a cada lado con un fuego azul ardiendo dentro, que iluminaba todo el salón y se traslucía por las paredes, de manera que el mar de afuera quedaba alumbrado. Se veían los peces sin número, grandes y chicos, que nadaban contra los muros de vidrio: en unos las escamas brillaban de color púrpura, en otros parecían de plata y oro. Por en medio del salón corría una corriente ancha, y sobre ella bailaban los tritones y las sirenas al son de su propio canto, que era hermosísimo. La gente de la tierra no tiene voces así. La sirenita cantó más bonito que todos, y toda la corte aplaudió con las manos y con las colas; y por un momento sintió alegría en el corazón, porque sabía que tenía la voz más hermosa de todas las de la tierra y del mar. Pero enseguida volvió a acordarse del mundo de arriba; no podía olvidar al hermoso príncipe ni su pena de no tener un alma inmortal como la de él. Por eso se salió a escondidas del palacio de su padre, y mientras adentro todo era canto y alegría, ella se quedó sentada, triste, en su jardincito. Y entonces oyó el sonido de un cuerno de caza que bajaba por el agua, y pensó: «Seguro que ahora anda navegando allá arriba, aquel en quien tengo puesto el corazón y en cuyas manos quisiera poner la dicha de mi vida. Todo lo voy a arriesgar por él y por un alma inmortal. Mientras mis hermanas bailan en el palacio de mi padre, yo voy a ir con la bruja del mar, a la que siempre le he tenido tanto miedo; quizá ella pueda aconsejarme y ayudarme.»

Y así la sirenita salió de su jardín hacia los remolinos que rugían, detrás de los cuales vivía la bruja. Nunca había ido por ese camino. Ahí no crecían flores ni algas; solo se extendía la arena gris y pelona hacia los remolinos, donde el agua daba vueltas como ruedas de molino y arrastraba al fondo todo lo que agarraba. Tenía que pasar por en medio de aquellos torbellinos que todo lo trituran para llegar a las tierras de la bruja del mar; y luego, por un buen tramo, no había más camino que un lodo caliente que hervía en burbujas, y al que la bruja llamaba su pantano. Detrás quedaba su casa, en medio de un bosque extrañísimo: todos los árboles y arbustos eran pólipos, mitad animal y mitad planta; parecían serpientes de cien cabezas que salían de la tierra; todas las ramas eran brazos largos y babosos con dedos como gusanos flexibles, y se movían nudo por nudo, desde la raíz hasta la punta. Todo lo que podían agarrar en el mar lo enredaban con fuerza y nunca lo volvían a soltar. La sirenita se quedó parada delante de aquello, muerta de miedo; el corazón le latía de puro susto y por poco se regresa. Pero entonces se acordó del príncipe y del alma de los hombres, y le volvió el valor. Se ató bien el cabello largo y suelto alrededor de la cabeza, para que los pólipos no la agarraran de ahí; cruzó las dos manos sobre el pecho y salió disparada como puede salir disparado un pez por el agua, entre aquellos pólipos horribles que estiraban detrás de ella sus brazos y sus dedos flexibles. Vio que cada uno tenía algo agarrado con cientos de bracitos: hombres que habían muerto en el mar y se habían hundido hasta lo hondo asomaban como esqueletos blancos entre los brazos de los pólipos; también sujetaban timones de barco y cajones, y esqueletos de animales de la tierra, y una sirenita que habían atrapado y ahogado. Eso fue lo más espantoso para ella.

Después llegó a un claro grande y pantanoso del bosque, donde se revolcaban unas culebras de agua gordas y grandes que enseñaban su panza fea, de un blanco amarillento. En medio del claro había una casa hecha con los huesos blancos de hombres ahogados; ahí estaba sentada la bruja del mar, dejando que un sapo comiera de su boca, como la gente le da azúcar a un canario. A las culebras de agua, gordas y feas, les decía sus pollitos, y las dejaba revolcarse sobre su pecho grande y esponjado.

—Ya sé lo que quieres —dijo la bruja del mar—. Es una tontería de tu parte, pero se te va a cumplir, porque te va a llevar a la desgracia, mi hermosa princesa. Quieres deshacerte de tu cola de pez y tener en su lugar dos soportes para andar, como los hombres, para que el joven príncipe se enamore de ti y para ganarlo a él y un alma inmortal.

Y la bruja soltó una risotada tan horrible que el sapo y las culebras se cayeron al suelo y se quedaron ahí revolcándose.

—Llegas justo a tiempo —dijo la bruja—. Mañana, en cuanto salga el sol, ya no podría ayudarte hasta que pasara otro año. Te voy a preparar una bebida; con ella tienes que nadar a la tierra antes de que salga el sol, sentarte ahí en la orilla y tomártela. Entonces tu cola desaparecerá y se encogerá hasta volverse eso que los hombres llaman unas piernas bonitas; pero duele: es como si una espada afilada te atravesara. Todos los que te vean van a decir que eres la criatura humana más hermosa que han visto. Vas a conservar tu andar flotante; ninguna bailarina podrá moverse con tanta ligereza como tú. Pero cada paso que des será como si pisaras cuchillos filosos, como si tu sangre tuviera que correr. Si estás dispuesta a sufrir todo esto, yo te ayudo.

—Sí —dijo la sirenita con voz temblorosa, pensando en el príncipe y en el alma inmortal.

—Pero piénsalo bien —dijo la bruja—. Una vez que tengas forma humana, ya nunca vas a poder volver a ser sirena. Nunca vas a poder bajar por el agua con tus hermanas ni al palacio de tu padre; y si no ganas el amor del príncipe de manera que él olvide por ti a su padre y a su madre, que esté pendiente de ti en cuerpo y alma y deje que el sacerdote les una las manos para que sean marido y mujer, entonces no vas a recibir un alma inmortal. La primera mañana después de que él se case con otra, tu corazón se va a romper y te vas a volver espuma sobre el agua.

—Lo quiero —dijo la sirenita, pálida como la muerte.

—Pero también me tienes que pagar —dijo la bruja—, y no es poco lo que pido. Tú tienes la voz más hermosa de todas las de aquí, del fondo del mar; seguro crees que con ella lo vas a encantar. Pues esa voz me la tienes que dar a mí. Lo mejor que tienes lo quiero yo a cambio de mi bebida preciosa. Al fin y al cabo yo tengo que darte mi propia sangre para que la bebida quede filosa como una espada de dos filos.

—Pero si me quitas la voz —dijo la sirenita—, ¿qué me queda?

—Tu hermosa figura —dijo la bruja—, tu andar flotante y tus ojos que hablan; con eso puedes engañar el corazón de un hombre. ¿Qué pasó, ya perdiste el valor? Saca tu lengüita, que yo te la corto como pago, y te llevas la bebida poderosa.

—Que así sea —dijo la sirenita.

Y la bruja puso su caldero al fuego para cocer el brebaje mágico.

—La limpieza es cosa buena —dijo, y talló el caldero con las culebras, a las que había hecho un nudo largo. Después se rasguñó ella misma el pecho y dejó caer adentro su sangre negra. El vapor formaba las figuras más raras, de dar miedo. A cada rato la bruja echaba cosas nuevas al caldero, y cuando aquello hirvió sonaba como si llorara un cocodrilo. Por fin la bebida estuvo lista; se veía como el agua más limpia.

—Aquí la tienes —dijo la bruja, y le cortó la lengua a la sirenita, que quedó muda: ya no podía cantar ni hablar.

—Si los pólipos te agarran cuando regreses por mi bosque —dijo la bruja—, échales una sola gota de esta bebida y sus brazos y sus dedos se van a hacer mil pedazos.

Pero la sirenita no tuvo necesidad de hacerlo: los pólipos se echaron para atrás, espantados, al ver la bebida reluciente que le brillaba en la mano como una estrella. Así pasó rápido por el bosque, por el pantano y por los remolinos que rugían.

Alcanzó a ver el palacio de su padre; las antorchas del gran salón de baile estaban apagadas; seguramente ya todos dormían adentro. Pero no se atrevió a buscarlos, ahora que estaba muda y que iba a dejarlos para siempre. Sintió que el corazón se le partía de tristeza. Se metió al jardín, tomó una flor de cada uno de los macizos de sus hermanas, mandó mil besos con la mano hacia el palacio y subió por el mar azul oscuro.

Todavía no salía el sol cuando vio el palacio del príncipe y subió por la hermosa escalinata de mármol. La luna brillaba con una claridad espléndida. La sirenita se tomó la bebida ardiente y filosa, y fue como si una espada de dos filos le atravesara el cuerpo delicado; se desmayó y se quedó ahí tendida como muerta. Cuando el sol brilló sobre el mar, ella despertó y sintió un dolor cortante; pero justo delante de ella estaba el hermoso príncipe joven. Él le clavó sus ojos negros, de modo que ella bajó los suyos y se dio cuenta de que su cola de pez había desaparecido y de que tenía las piernas blancas más bonitas que puede tener una muchacha. Pero estaba desnuda, y por eso se envolvió en su cabello largo. El príncipe le preguntó quién era y cómo había llegado hasta ahí, y ella lo miró con dulzura y con mucha tristeza con sus ojos azul oscuro; hablar no podía. Entonces él la tomó de la mano y la llevó al palacio. Cada paso que daba era, tal como la bruja se lo había dicho, como si pisara agujas y cuchillos; pero eso lo aguantaba con gusto. De la mano del príncipe iba tan ligera como una pompa de jabón, y él y todos los demás se admiraban de su andar dulce y flotante.

Le dieron vestidos preciosos de seda y de muselina; en el palacio era la más hermosa de todas, pero estaba muda: no podía cantar ni hablar. Unas esclavas hermosas, vestidas de seda y oro, salieron a cantar delante del príncipe y de sus padres, los reyes; una de ellas cantó más bonito que todas, y el príncipe aplaudió y le sonrió. Entonces la sirenita se puso triste, porque sabía que ella misma había cantado mucho más bonito, y pensó: «Ay, si él supiera que entregué mi voz para toda la eternidad con tal de estar a su lado.»

Después las esclavas bailaron danzas bonitas y flotantes con la música más hermosa; y entonces la sirenita levantó sus brazos blancos, se irguió en la punta de los pies y flotó bailando por el piso como nadie había bailado nunca. Con cada movimiento se le veía más su hermosura, y sus ojos hablaban más hondo al corazón que el canto de las esclavas.

Todos quedaron encantados, sobre todo el príncipe, que la llamaba su pequeña niña encontrada; y ella bailó más y más, aunque cada vez que su pie tocaba el suelo era como si pisara cuchillos filosos. El príncipe dijo que ella se quedaría siempre con él, y le dieron permiso de dormir delante de su puerta, sobre un cojín de terciopelo.

Él mandó que le hicieran un traje de hombre para que pudiera acompañarlo a caballo. Cabalgaban por los bosques olorosos, donde las ramas verdes les rozaban los hombros y los pájaros cantaban detrás de las hojas frescas. Ella subió con el príncipe a las montañas altas, y aunque sus pies delicados sangraban tanto que hasta los demás lo veían, se reía de eso y lo seguía, hasta que vieron las nubes navegar debajo de ellos como una parvada de pájaros que se va a otros países.

En casa, en el palacio del príncipe, cuando de noche los demás dormían, ella salía a la ancha escalinata de mármol; estar parada en el agua fría del mar le refrescaba los pies ardientes, y entonces se acordaba de los suyos, allá abajo en lo hondo.

Una noche llegaron sus hermanas tomadas del brazo; cantaban tristes mientras nadaban sobre el agua; ella les hizo señas y la reconocieron y le contaron cuánta pena tenían todos por ella. Desde entonces salió a la escalinata todas las noches a verlas, y una vez vio, muy lejos, a su vieja abuela, que en muchos años no había salido a la superficie del mar, y al rey del mar con su corona en la cabeza. Los dos estiraron las manos hacia ella, pero no se atrevieron a acercarse tanto a la tierra como las hermanas.

Día tras día el príncipe la quería más; la quería como se quiere a un niño bueno y querido, pero hacerla su reina no se le pasaba por la cabeza. Y sin embargo ella tenía que ser su esposa, porque si no, no recibiría un alma inmortal y, la mañana de la boda de él, se volvería espuma sobre el mar.

—¿No me quieres a mí más que a todas ellas? —parecían decir los ojos de la sirenita cuando él la tomaba en sus brazos y le besaba la hermosa frente.

—Sí, tú eres a quien más quiero —decía el príncipe—, porque tienes el mejor corazón de todos. Eres la que más se me ha entregado, y te pareces a una muchacha que vi una vez y que seguro no volveré a encontrar. Yo iba en un barco que naufragó; las olas me echaron a la playa junto a un templo sagrado donde varias muchachas jóvenes hacían el servicio; la más joven de todas me encontró en la orilla y me salvó la vida. Solo la vi dos veces. Ella sería la única a quien yo podría querer en este mundo; pero tú te pareces a ella y casi le quitas su imagen a mi alma. Ella pertenece al templo sagrado, y por eso mi buena suerte te mandó a ti. Nunca nos vamos a separar.

«Ay, no sabe que yo le salvé la vida», pensaba la sirenita. «Yo lo llevé por el mar hasta el bosque donde está el templo; me quedé escondida entre la espuma, cuidando si venía alguien. Yo vi a la muchacha bonita a la que él quiere más que a mí.» Y suspiró hondo, porque llorar no podía. «Esa muchacha pertenece al templo sagrado, dijo él; nunca sale al mundo; ya no se van a volver a encontrar. Yo estoy con él, lo veo todos los días; yo lo voy a cuidar, lo voy a querer, le voy a entregar mi vida.»

Pero entonces se dijo que el príncipe se iba a casar y que tomaría por esposa a la hermosa hija del rey vecino; por eso estaba preparando un barco tan espléndido. El príncipe viaja para conocer las tierras del rey vecino, eso decían; pero en realidad es para ver a la hija del rey vecino. Lo iba a acompañar un séquito muy grande. La sirenita movió la cabeza y sonrió: ella conocía los pensamientos del príncipe mucho mejor que todos los demás.

—Tengo que hacer ese viaje —le había dicho él—; tengo que ver a la hermosa princesa, mis padres lo exigen. Pero no me van a obligar a traérmela como novia. ¡No puedo quererla! No se parece a la hermosa muchacha del templo, a la que tú sí te pareces. Si alguna vez tuviera que escoger novia, antes te escogería a ti, mi niña callada de ojos que hablan.

Y le besaba la boca roja, le jugaba el cabello largo y recargaba la cabeza en su corazón, de modo que aquel corazón soñaba con la dicha de los hombres y con un alma inmortal.

—No le tienes miedo al mar, ¿verdad, mi niña callada? —le dijo él cuando estaban en el barco espléndido que iba a llevarlo a las tierras del rey vecino.

Le contó de las tormentas y de las calmas, de los peces raros de lo hondo y de lo que habían visto ahí los buzos; y ella sonreía con lo que él le contaba, porque sabía mejor que nadie lo que pasaba en el fondo del mar.

En la noche de luna, cuando todos dormían menos el timonel que iba en el timón, ella se sentaba en la borda del barco y miraba hacia abajo por el agua clara; le parecía ver el palacio de su padre. Allá arriba estaba la abuela, con la corona de plata en la cabeza, mirando hacia la quilla del barco a través de las corrientes que pasaban rápido. Entonces sus hermanas salieron sobre el agua y la miraron con tristeza y se retorcieron las manos blancas; ella les hizo señas, sonrió y quiso contarles que estaba bien y feliz; pero el grumete se acercó y las hermanas se hundieron, así que él creyó que aquello blanco que había visto era espuma del mar.

A la mañana siguiente el barco entró al puerto de la hermosa ciudad del rey vecino. Repicaron todas las campanas de las iglesias, y desde las torres altas sonaron las trompetas, mientras los soldados formaban con las banderas al viento y las bayonetas relumbrando. Cada día traía una fiesta. Los bailes y las reuniones se seguían unos a otros; pero la princesa todavía no llegaba. Decían que la estaban educando muy lejos de ahí, en un templo sagrado, donde aprendía todas las virtudes de una reina. Por fin llegó.

La sirenita tenía muchas ganas de ver su hermosura, y tuvo que reconocerla: nunca había visto una figura más linda. La piel era fina y limpia, y detrás de las pestañas largas y oscuras sonreían unos ojos fieles, de un azul casi negro.

—¡Eres tú! —dijo el príncipe—, la que me salvó cuando yo estaba tirado en la costa como un muerto.

Y estrechó en sus brazos a su novia, que se puso colorada.

—¡Ay, soy demasiado feliz! —le dijo a la sirenita—. Se me ha cumplido lo mejor que jamás me atreví a esperar. Tú te vas a alegrar de mi dicha, porque de todos eres la que mejor me quiere.

Y la sirenita le besó la mano, y le pareció que ya sentía romperse su corazón: la mañana de la boda de él le daría la muerte y la convertiría en espuma sobre el mar.

Repicaron todas las campanas de las iglesias; los heraldos recorrieron las calles anunciando el compromiso. En todos los altares ardía aceite perfumado en lámparas de plata preciosas. Los sacerdotes movían los incensarios, y los novios se dieron la mano y recibieron la bendición del obispo. La sirenita iba vestida de seda y oro y llevaba la cola del vestido de la novia; pero sus oídos no oían la música de la fiesta, sus ojos no veían la ceremonia sagrada: estaba pensando en la noche de su muerte y en todo lo que había perdido en este mundo.

Esa misma tarde los novios subieron al barco; tronaron los cañones, ondearon todas las banderas, y en medio del barco habían levantado una tienda preciosa de oro y púrpura, con los cojines más hermosos: ahí iban a dormir los novios en la noche fresca y tranquila.

Las velas se hincharon con el viento, y el barco se deslizó ligero y sin mucho movimiento sobre el mar limpio.

Cuando oscureció, encendieron lámparas de colores y los marineros bailaron alegres en la cubierta. La sirenita no pudo dejar de acordarse de la primera vez que salió del mar, cuando había visto ese mismo lujo y esa misma alegría; y se metió a bailar con ellos, y flotaba como flota la golondrina cuando la persiguen; y todos le gritaban su admiración: nunca había bailado tan bien. Era como si cuchillos filosos le cortaran los pies delicados, pero no lo sentía: le cortaba mucho más el corazón. Sabía que era la última noche que lo veía a él, por quien había dejado a los suyos y su casa, por quien había entregado su hermosa voz y aguantado todos los días tormentos sin fin, sin que él se lo imaginara ni con un pensamiento. Era la última noche que respiraba el mismo aire que él, que veía el mar hondo y el cielo lleno de estrellas. La esperaba una noche eterna, sin pensamiento y sin sueño, a ella, que no tenía alma y que ya no podía ganar ninguna. Y en el barco todo fue alegría y contento hasta pasada la medianoche; ella reía y bailaba con la muerte en el corazón. El príncipe besó a su hermosa novia, y ella le jugaba el cabello negro, y del brazo se fueron a descansar a la tienda espléndida.

Se hizo el silencio en el barco; solo el timonel seguía en el timón. La sirenita recargó sus brazos blancos en la borda y miró hacia el oriente, hacia la aurora; sabía que el primer rayo de sol la mataría. Entonces vio salir a sus hermanas de las olas; estaban pálidas como ella, y su cabello largo y hermoso ya no volaba con el viento: se lo habían cortado.

—Se lo dimos a la bruja para poder traerte ayuda y que no te mueras esta noche. Nos dio un cuchillo, ¡aquí está! ¿Ves qué filoso? Antes de que salga el sol tienes que clavárselo al príncipe en el corazón, y cuando su sangre caliente te salpique los pies, se te van a juntar en una cola de pez y volverás a ser sirena, podrás bajar con nosotras y vivirás tus trescientos años antes de volverte espuma muerta y salada del mar. ¡Apúrate! Él o tú tienen que morir antes de que salga el sol. Nuestra abuela está tan triste que su cabello blanco cayó bajo las tijeras de la bruja, igual que el nuestro. ¡Mata al príncipe y regresa! ¡Apúrate! ¿Ves esa franja roja en el cielo? En unos minutos va a salir el sol, y entonces tendrás que morir.

Y soltaron un suspiro hondo y se hundieron en las olas.

La sirenita levantó la cortina de púrpura de la tienda y vio a la hermosa novia dormida con la cabeza sobre el pecho del príncipe; y se inclinó, lo besó en su hermosa frente, miró al cielo, donde la aurora brillaba cada vez más, miró el cuchillo filoso y volvió a fijar los ojos en el príncipe, que en sueños decía el nombre de su novia. Solo ella estaba en su pensamiento, y el cuchillo tembló en la mano de la sirena. Pero entonces lo aventó lejos, a las olas; y donde cayó, las olas brillaron rojas: parecía que del agua brotaban gotas de sangre. Miró una vez más al príncipe con los ojos casi apagados, se echó del barco al mar y sintió cómo su cuerpo se deshacía en espuma.

Entonces el sol salió del mar. Sus rayos caían suaves y tibios sobre la espuma fría, y la sirenita no sintió nada de la muerte. Vio el sol brillante, y sobre ella flotaban cientos de criaturas hermosas y transparentes; a través de ellas alcanzaba a ver las velas blancas del barco y las nubes rojas del cielo. La lengua que hablaban era como música, pero tan de espíritus que ningún oído humano podía oírla, así como ningún ojo de la tierra podía verlas a ellas. Sin alas, flotaban por el aire por su propia ligereza. La sirenita vio que ella tenía un cuerpo como el de ellas, que se levantaba cada vez más de la espuma.

—¿A dónde voy? —preguntó, y su voz sonó como la de aquellos seres, tan de espíritu que ninguna música de la tierra puede repetirla.

—Con las hijas del aire —le contestaron las otras—. La sirena no tiene alma inmortal y nunca puede tenerla si no gana el amor de un hombre; su existencia eterna depende de un poder ajeno. Las hijas del aire tampoco tienen alma inmortal, pero pueden crearse una con buenas obras. Nosotras volamos a los países cálidos, donde el aire sofocante de la peste mata a la gente, y ahí le llevamos frescura. Esparcimos por el aire el olor de las flores y mandamos alivio y curación. Cuando durante trescientos años nos hemos esforzado en hacer todo el bien que podemos, recibimos un alma inmortal y tenemos nuestra parte en la felicidad eterna de los hombres. Tú, pobre sirenita, buscaste lo mismo que nosotras con todo el corazón; sufriste y aguantaste, te levantaste hasta el mundo de los espíritus del aire, y ahora, con buenas obras, puedes crearte tú misma un alma inmortal dentro de trescientos años.

Y la sirenita levantó sus ojos transfigurados hacia el sol de Dios, y por primera vez sintió lágrimas en ellos. En el barco había otra vez ruido y movimiento; vio al príncipe y a su hermosa novia buscándola; los dos miraban con tristeza la espuma que hacía perlas, como si supieran que ella se había echado a las olas. Sin que nadie la viera, le besó la frente a la novia, le echó aire fresco al príncipe y subió con los demás hijos del aire a la nube color de rosa que navegaba por el cielo.

—¡Dentro de trescientos años vamos a entrar así al reino de Dios!

—¡Y también podemos llegar antes! —susurró una hija del aire—. Sin que nos vean, entramos flotando a las casas de los hombres donde hay niños, y por cada día en que encontramos a un niño bueno, que les da alegría a sus padres y se merece su cariño, Dios nos acorta el tiempo de prueba. El niño no sabe cuándo cruzamos su cuarto; y si tenemos que sonreír de gusto por él, nos descuentan un año de los trescientos. Pero si vemos a un niño desobediente y malo, tenemos que llorar lágrimas de tristeza, y cada lágrima le agrega un día a nuestro tiempo de prueba.

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