# Los amantes de Teruel

_Retold by Talerie (talerie.com) from Noticias históricas sobre los amantes de Teruel_ · 10 min read · ages 9+

Diego de Marcilla se hace rico en la guerra para casarse con Isabel de Segura, pero vuelve cuando ella ya es esposa de Azagra y muere en la recámara porque Isabel le niega un beso. En la iglesia de San Pedro, Isabel besa a Diego muerto y muere sobre su cuerpo, y los amantes quedan juntos en un sepulcro de alabastro.

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En la ciudad de Teruel vivía un joven de unos veintidós años llamado Diego de Marcilla. Estaba enamorado de Isabel de Segura, la única hija de Pedro Segura, un hombre muy rico, y ella lo quería igual. Un día Diego le dijo que deseaba casarse con ella.

—Yo deseo lo mismo, Diego —contestó Isabel—. Pero nunca me casaré si mi padre no me lo manda.

Diego la quiso todavía más por esa respuesta, y su padre fue a hablar con Pedro Segura. Pedro Segura le contestó con amabilidad, pero sin rodeos: el muchacho le parecía muy bien, pero era un hijo menor, sin bienes. Mientras no tuviera con qué, no habría boda.

Diego fue entonces a buscar a Isabel.

—Tu padre me rechaza solo por el dinero —le dijo—. Si me esperas cinco años, me iré a la guerra, por mar y por tierra, hasta ganar lo que me falta.

Isabel se lo prometió, y Diego se fue. Durante cinco años peleó contra los moros y se hizo rico.

Mientras tanto, Pedro Segura no dejaba de insistirle a su hija para que se casara. Isabel le respondía que había hecho voto de no casarse antes de cumplir veinte años, y el padre, que la quería, le dio gusto. Pero cuando se cumplieron los cinco años, la llamó.

—Hija, ya lo decidí: quiero que te cases.

En todo ese tiempo Isabel no había sabido nada de Diego, y el plazo ya había pasado. Dijo que obedecería, y su padre la casó con Azagra, un joven noble y rico.

Las familias estaban contentas, pero desde la boda la novia andaba triste y pensativa, y empezó a vestirse de negro. Justo entonces llegó a la casa de Pedro Segura una noticia: el hijo del viejo Marcilla volvía sano y muy rico.

Diego llegó a su casa, y allí le contaron que Isabel se había casado con Azagra. Aun así, no dejó ver su pena delante de su padre, para no echarle a perder la alegría del regreso.

Esa noche no pudo descansar. Se envolvió en la capa hasta los ojos y se fue a la fiesta de la boda. Cuando empezó la música, Isabel salió a bailar, y Diego sintió un dolor tan grande que no pudo seguir mirando. Como en la casa había tanto ir y venir, se metió en la recámara de los novios sin que nadie lo viera, y allí se quedó escondido detrás de las cortinas de la cama.

Terminó la fiesta, y los novios entraron en la recámara. Ya a solas, Isabel le rogó a su marido que esperara una noche más para ser de verdad marido y mujer, porque le faltaba esa noche para cumplir una promesa hecha al cielo. Azagra se negó. Ella insistió, y él volvió a negarse. Entonces Isabel le habló con dulzura, entre lágrimas y sonrisas, hasta que lo convenció y le hizo jurar que esperaría. Azagra estaba tan cansado que se quedó dormido enseguida.

Isabel, en cambio, no podía cerrar los ojos. Estaba casada con Azagra, pero en el corazón tenía a Diego.

De pronto Diego salió despacio de detrás de las cortinas, le tomó las dos manos y le dijo en voz baja:

—Aquí, a tu lado, está el hombre que un día fue tu prometido.

Isabel se espantó tanto que quiso gritar y no pudo. Al cabo de un rato murmuró:

—¡Ay! ¿Qué es esto?

—Escúchame, Isabel, no te asustes —le susurró él—. No vengo a ofender tu honra, solo quiero saber por qué. Dejé por ti a mi familia y a mi tierra, arriesgué la vida entre picas y lanzas, y tú me juraste que no te casarías con nadie más que conmigo. Te pedí cinco años, y apenas se cumplieron. ¿No podías esperarme un poco más? Tu padre me rechazó por pobre, y ahora también tú. Toma esta daga y sácame del pecho este corazón triste, que es más tuyo que mío. Prefiero morir antes que perderte.

Isabel lo reconoció, más que por la voz, por la verdad de sus palabras. Pero también ella tenía de qué quejarse: le habían dicho que él se había casado con otra, y él, rico y victorioso, no se había dado prisa en volver. Por eso se había casado, celosa y creyéndose olvidada. Así, cada uno le echaba la culpa al otro, hasta que los dos se perdonaron.

Entonces Diego le pidió una sola cosa: un beso, como premio a su fidelidad y a todo lo que había sufrido.

—Te confieso, Diego, que te quise con toda el alma, y que solo la muerte habría podido cortar ese amor —respondió Isabel—. Pero ahora estoy casada y ya no soy mía. No puedo darte lo que es de Azagra, mi esposo, sin faltar a mi honra.

Diego se lo volvió a pedir entre suspiros, e Isabel, aunque le dolía, se mantuvo firme.

—¿No te das cuenta —dijo Diego— de que, si yo no fuera un caballero, podría tomarlo a la fuerza y matar a tu esposo? Pero Dios me libre: yo solo lo quiero si tú me lo das. Hazme este favor, mira que me muero.

Ella se lo negó por tercera vez. Diego dio un suspiro.

—Bésame, que me muero.

Pero Isabel siguió firme.

—Isabel, adi… —empezó él, y ya no pudo terminar la palabra.

Cayó al suelo de la recámara. Isabel le tocó la cara y la frente: estaba frío y ya no respiraba. Lo llamó por su nombre, y no le respondió.

Entonces se echó a llorar en voz alta, sin importarle que su marido la oyera:

—Esposo mío, el más fiel y leal, ¿quién te quitó la vida tan de repente?

El llanto despertó a Azagra.

—¿Qué pasa, esposa? ¿Me llamas?

Isabel hizo como si acabara de despertar de un sueño.

—Soñaba, esposo, con una amiga mía de Cerdeña —le dijo—. Ella y un joven pobre se querían, y ella le prometió esperarlo cinco años mientras él iba a ganar fortuna. Pero al final se casó con otro. El joven volvió, pudo verla a solas la noche de la boda y le pidió un beso en pago de tanto amor. Tres veces se lo suplicó, diciéndole que se moría, y tres veces ella se lo negó por ser fiel a su esposo. Y allí mismo, delante de ella, el joven dio un suspiro y murió. Dime tú, que eres tan sensato: ¿debió darle ese beso?

Azagra se rio.

—Fue una tonta, una necia y una remilgada, y además muy cruel con quien tanto la quería. Si en vida no le dio el beso, al verlo muerto debió darle mil.

Al oírlo, Isabel se deshizo en lágrimas, le mostró a Diego muerto en el suelo y le dijo:

—Yo soy la tonta, la necia y la remilgada. Pero honrada.

Azagra se quedó helado. Los dos temían a la familia de Diego, y a la justicia si lo encontraban muerto en su casa. Así que, a escondidas, lo llevaron hasta la puerta del viejo Marcilla, que vivía muy cerca.

Al amanecer, la gente que pasaba reconoció al joven Marcilla. Su padre salió a la ventana y lo vio rodeado de amigos y parientes que lloraban. Bajó a la calle y se echó sobre su hijo, bañándole la cara de lágrimas.

—¡Pobre de mí! Hijo, el mismo día que te recobro te pierdo. Hazme un lugar en tu sepulcro, que sin tu vida la mía ya no es vida.

Toda la ciudad lloró a Diego. Doblaron las campanas, y al día siguiente cuatro capitanes lo llevaron en hombros, porque Teruel estaba lleno de soldados que el rey don Jaime había reunido contra los moros de Valencia. Detrás iban las tropas, el clero de San Pedro y de las demás parroquias, los parientes con capuchas de luto y, al final, las mujeres, llorando.

La casa de Isabel estaba tan cerca que ella oyó los cantos y los llantos desde su cuarto. Como si nada, le dijo a la dueña que la acompañaba:

—Amiga, ¿subimos a ver este entierro?

Subieron hasta la reja de la ventana más alta. En cuanto Isabel vio a Diego en las andas, se quedó sin aliento. Se quitó la ropa fina, se puso un vestido de luto de tela burda y, sin peinarse, bajó a toda prisa a la calle y se metió entre las mujeres.

Por el camino se juzgaba a sí misma. Ella había causado la muerte de Diego por negarle un beso a quien habría dado mil vidas por ella, y quien hace algo así merece morir. Y aceptó esa sentencia.

«Que digan de mí lo que quieran, prefiero que me llamen ligera antes que ingrata», pensó. «Espérame, Diego, que voy a darte lo que te negué. Qué dicha tan grande será si una misma piedra nos cubre a los dos.»

La procesión llegó a la iglesia de San Pedro. Pusieron el cuerpo sobre un catafalco cubierto de paños negros y comenzó el oficio. Entonces Isabel, tapada con su manto, se acercó al féretro y dijo entre suspiros:

—¿Cómo voy a vivir yo, si tú estás muerto? Perdona que haya tardado, que ya me tienes contigo.

Le descubrió la cara y le dio un beso tan fuerte que se oyó en toda la iglesia. Con un ¡ay!, se le fue el aliento, y en ese mismo instante murió.

Cuando iban a enterrar a Diego, quisieron apartar a aquella mujer, creyendo que era alguna pariente. No se movió. Volvieron a intentarlo, y siguió quieta como una losa sobre el cuerpo. La llamaron por tercera vez, y no respondió. Entonces le quitaron el manto de la cara y vieron que era Isabel de Segura, con la boca y las manos unidas a las de Diego. Estaba muerta.

Todos se quedaron espantados, y algunos empezaron a pensar mal de ella. Pero Azagra, aunque acababa de perderla, quiso limpiar su nombre: se tragó el dolor, alzó la voz y les contó a todos lo que había pasado.

Entonces un viejo pariente de Marcilla, a quien todos respetaban, dijo con voz clara:

—Ustedes saben que Diego e Isabel se quisieron desde niños, que sufrieron la misma pena y que murieron del mismo dolor. Además, se dieron palabra de esposos antes de que ella se casara con Azagra. Lo justo es que los entierren juntos.

Los padres de los dos y la justicia de la ciudad estuvieron de acuerdo, y Azagra también. Así se hizo, y los dos amantes, tan fieles el uno al otro, quedaron juntos para siempre en un sepulcro de alabastro.

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- Characters: Diego de Marcilla, Isabel de Segura
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- Source: Historia de los amores de Diego Juan Martínez de Marcilla é Isabel de Segura (relación anónima, copia del notario Juan Yagüe, 1619), en Isidoro de Antillón, Noticias históricas sobre los amantes de Teruel (Madrid: Fuentenebro, 1806) (https://archive.org/details/noticiashistoric00anti)
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