# Los tres pelos de oro del diablo

_Hermanos Grimm_ · 8 min read · ages 6-10

Un rey echa al río al niño de quien se dijo que se casaría con su hija, pero el agua lo salva y años después el joven se casa con ella. Para quedarse a su lado trae los tres pelos de oro, devuelve las manzanas al árbol y el vino a la fuente, y el rey codicioso acaba de barquero como castigo.

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Había una vez una mujer pobre cuyo hijo nació de pie. Se dijo que traía la suerte consigo, y por eso le decían el niño de la suerte. Le vaticinaron que a los catorce años se casaría con la hija del rey.

Por esos días pasó el rey por la aldea sin que nadie lo reconociera y le contaron la noticia. Como tenía mal corazón, fue a buscar a los padres.

—Ustedes son pobres —les dijo—. Denme a su hijo y yo me encargaré de él.

Se negaron, pero el forastero les ofreció oro a manos llenas. Al final pensaron que a un niño nacido de pie todo le sale bien, y cedieron.

El rey lo metió en una caja y la echó en un río hondo, seguro de librar así a su hija. Pero la caja no se hundió: flotó como un barquito hasta la compuerta de un molino.

Un mozo la sacó con un garfio y encontró a un niño hermoso y despierto. Los molineros no tenían hijos y lo criaron con cariño.

Años después, una tormenta sorprendió al rey cerca del molino. Al ver al muchacho, preguntó si era hijo de la casa.

—No, señor —contestaron—. El agua lo trajo en una caja hasta la compuerta, hará unos catorce años.

El rey comprendió que aquel era el niño que él había echado al río.

—Buena gente —dijo, disimulando—, ¿podría este muchacho llevarle una carta a la reina? Le daré dos monedas de oro.

En la carta, el rey ordenaba dar muerte al muchacho que la llevaba, en cuanto llegara.

El muchacho se perdió y llegó de noche a un bosque espeso. Una lucecita lo llevó a una casita, donde una anciana estaba junto al fuego.

—Pobre muchacho —le dijo ella cuando él pidió posada—, caíste en una casa de ladrones.

—No tengo miedo —contestó él—, y estoy tan cansado que no puedo dar un paso más.

Se durmió en una banca. Cuando los ladrones llegaron y preguntaron, enojados, quién era el forastero, la anciana pidió compasión para él.

Ellos leyeron la carta y, aunque tenían el corazón duro, sintieron lástima. El capitán la rompió y escribió otra: que casaran al joven con la hija del rey en cuanto llegara. Por la mañana lo pusieron en camino.

La reina hizo lo que la carta pedía: hubo una boda espléndida, y como el joven era guapo y amable, la princesa vivió contenta a su lado.

Al cabo de un tiempo volvió el rey y vio cumplida la profecía.

—¿Cómo pasó esto? —dijo—. Yo di en mi carta una orden muy distinta.

La reina le mostró el papel, y el rey vio que se lo habían cambiado.

—No sé nada de eso —respondió el joven—. Quizá me lo cambiaron la noche que dormí en el bosque.

—No la vas a tener tan fácil —dijo el rey, que esperaba librarse de él—. Tráeme del infierno tres pelos de oro de la cabeza del diablo y mi hija será tuya.

—No le tengo miedo al diablo —contestó el niño de la suerte—. Iré por ellos.

Llegó a una gran ciudad, y el vigilante de la puerta le preguntó qué sabía.

—Lo sé todo —respondió el niño de la suerte.

—Entonces dinos por qué la fuente de nuestro mercado, que daba vino, se secó y ya ni agua da.

—Lo van a saber —respondió—. Nada más esperen a que yo regrese.

Más adelante llegó a otra ciudad, y el vigilante le preguntó lo mismo.

—Lo sé todo —respondió.

—Entonces dinos por qué nuestro árbol, que daba manzanas de oro, ya ni hojas echa.

—Lo van a saber —respondió—. Nada más esperen a que yo regrese.

Después llegó a un río ancho, y el barquero le preguntó lo mismo.

—Lo sé todo —respondió.

—Entonces dime por qué tengo que ir y venir siempre en esta barca, sin que nadie me releve.

—Lo vas a saber —respondió—. Nada más espera a que yo regrese.

Del otro lado del agua encontró la entrada del infierno, negra de hollín. El diablo no estaba; su abuela esperaba en un sillón ancho.

—¿Qué quieres? —le preguntó, sin mala cara.

—Tres pelos de oro de la cabeza del diablo —contestó—. Si no los llevo, pierdo a mi esposa.

—Es mucho pedir —dijo ella—. Si el diablo te encuentra, te irá muy mal; pero me das lástima y te ayudaré.

Lo convirtió en hormiga.

—Métete en los pliegues de mi falda. Ahí estarás seguro.

—Gracias —respondió él—. Pero necesito saber tres cosas: por qué se secó la fuente que daba vino, por qué el árbol ya ni hojas echa y por qué el barquero nunca queda libre.

—Son preguntas difíciles —dijo ella—. Escucha bien lo que diga el diablo cuando yo le arranque los pelos.

Al anochecer llegó el diablo y olfateó el aire.

—Huelo, huelo carne humana —dijo.

—Acabo de barrer y ya vas a desordenarlo todo —lo regañó la abuela mientras él husmeaba por los rincones—. Siéntate y cena.

Después de cenar, el diablo puso la cabeza en el regazo de la abuela y le pidió que le rascara. Pronto se durmió, y ella le arrancó un pelo de oro.

—¡Ay! —gritó el diablo—. ¿Qué haces?

—Tuve un sueño feo —respondió ella— y te agarré del pelo.

—¿Y qué soñaste? —preguntó él.

—Soñé que una fuente que daba vino se secó y ya ni agua da. ¿Cuál será la causa?

—¡Ah, si supieran! —contestó el diablo—. Hay un sapo bajo una piedra en el fondo. Si lo sacan de ahí, volverá a correr el vino.

La abuela le rascó la cabeza hasta que volvió a dormirse, y le arrancó el segundo pelo.

—¡Ay! ¿Qué haces? —gritó el diablo, furioso.

—No te enojes —respondió ella—. Fue por otro sueño.

—¿Y qué soñaste? —preguntó él.

—Soñé que un árbol que daba manzanas de oro ya ni hojas echa. ¿Cuál será el motivo?

—¡Ah, si supieran! —contestó el diablo—. Un ratón le roe la raíz. Si lo apartan de ahí, el árbol volverá a dar manzanas de oro. Y déjame en paz con tus sueños.

La abuela lo calmó y le rascó la cabeza hasta que se durmió. Cuando ella le arrancó el tercer pelo, el diablo se levantó gritando.

—¿Quién puede mandar en los sueños? —le dijo ella.

—¿Y qué soñaste? —preguntó él, con curiosidad.

—Soñé con un barquero que va y viene siempre en su barca, sin que nadie lo releve.

—¡Ah, el tonto! —contestó el diablo—. No tiene más que ponerle la pértiga en la mano al primero que quiera cruzar.

Ya con los tres pelos y las tres respuestas, la abuela lo dejó dormir. Apenas salió el diablo, la vieja sacó a la hormiga de su falda y le devolvió al niño de la suerte su forma humana.

—Aquí tienes los tres pelos —le dijo—. Ya habrás oído lo que contestó el diablo.

El joven le dio las gracias y salió del infierno. El barquero lo esperaba.

—Pásame primero al otro lado —dijo el joven—, y ahí te digo cómo te liberas.

Ya en la otra orilla le dio la respuesta.

—Cuando venga otro y quiera cruzar, nada más ponle la pértiga en la mano.

Llegó después a la ciudad del árbol seco.

—Aparten al ratón que le roe la raíz —le dijo al vigilante—, y el árbol volverá a dar manzanas de oro.

En recompensa le dieron dos burros cargados de oro.

Por último llegó a la ciudad de la fuente seca.

—Debajo de una piedra, en el fondo de la fuente, hay un sapo —dijo—. Sáquenlo de ahí y volverá a correr el vino.

También ahí le dieron otros dos burros cargados de oro.

Así llegó el niño de la suerte a su casa, y su esposa se alegró de todo corazón. Al rey le entregó los tres pelos de oro, y el rey, al ver los cuatro burros cargados, se puso de muy buen humor.

—Ya cumpliste todas las condiciones —dijo—, y mi hija es tuya. Pero dime, yerno, ¿de dónde sacaste tanto oro?

—Crucé un río —respondió el joven—. En aquella orilla, en lugar de arena, hay oro.

—¿Y yo podría traer un poco? —preguntó el rey, que era muy codicioso.

—Todo el que usted quiera. Pídale al barquero que lo pase y del otro lado llenará sus costales.

El rey salió de prisa y le hizo señas al barquero, que lo hizo subir. En cuanto tocaron la otra orilla, el barquero le puso la pértiga en la mano y saltó a tierra. Así se quedó el rey de barquero, en castigo.

¿Y todavía anda ahí?

Pues claro. Nadie le ha quitado la pértiga.

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- Source: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm, trad. José Sánchez Biedma (1879) (https://es.wikisource.org/wiki/Los_tres_pelos_de_oro_del_diablo)
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