# Piel de Asno

_Charles Perrault_ · 12 min read · ages 6-10

Para librarse de la boda que le propone su padre adoptivo, una princesa pide la piel del burro que enriquece al reino y huye envuelta en ella. Un príncipe halla un anillo en un pastel y lo manda probar a todas las doncellas; el anillo le queda a Piel de Asno, la piel cae al suelo y el hada madrina baja al salón.

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Había una vez un rey tan querido por su pueblo que se creía el hombre más feliz del mundo. En sus caballerizas de mármol, el mejor lugar lo ocupaba un burro de orejas enormes y caídas, y nadie entendía tantos cuidados para un animal así.

Pocos sabían el secreto: cada noche, mientras el burro dormía, de sus orejas caían monedas de oro que los mozos levantaban en costales.

Después de muchos años felices, la reina enfermó. Antes de morir juntó sus fuerzas y llamó a su marido.

—Prométeme una cosa —le dijo—. Sé que debes casarte otra vez, por el bien de tu pueblo. Pero no te apresures: espera hasta encontrar a una mujer más hermosa y mejor formada que yo.

—No me hables de bodas —sollozó el rey—. Déjame morir contigo.

La reina apenas sonrió, se volvió sobre la almohada y murió.

Durante meses el rey no encontró consuelo. Después, poco a poco, sus consejeros lo convencieron de buscar esposa, con la condición que había prometido: la novia tendría que ser más hermosa que la reina.

Llegaron retratos de las mujeres más bellas de todos los países, y ninguna se le acercaba siquiera.

Una tarde el rey apartó los cuadros con desánimo y sus ojos se posaron en su hija adoptiva, que vivía en el palacio desde bebé. Si había en la tierra una mujer más hermosa que la reina, era ella.

Ese mismo día el rey le dio a conocer sus deseos. La muchacha no tenía la menor gana de casarse con él: se llenó de espanto y pidió tiempo para pensarlo.

Por la noche, cuando todos dormían, enganchó un carnero grande a su carrito y fue a consultar a su hada madrina.

—Ya sé lo que vienes a contarme —le dijo el hada—. Pídele un vestido exactamente del color del cielo. Nunca podrá conseguirlo, y así estarás a salvo.

A la mañana siguiente, cuando su padre (así lo había llamado siempre) fue a verla, ella le dijo que no le daría ninguna respuesta mientras él no le llevara ese vestido.

Encantado, el rey mandó llamar a los mejores tejedores del reino y les ordenó hacerlo de inmediato, o les cortaría la cabeza. A los dos días trajeron un vestido que parecía recortado del cielo mismo.

La muchacha se quedó helada. Esa noche volvió a enganchar su carnero y fue a buscar a su madrina.

—El rey es más hábil de lo que yo creía —dijo el hada—. Pídele ahora un vestido de rayos de luna.

—Señora, no puedo negarle nada —le respondió el rey a la mañana siguiente, cuando ella se lo pidió, y mandó que estuviera listo en veinticuatro horas, o ahorcaría a los que lo cosieran.

Al amanecer, el vestido de luna estaba sobre la cama de la muchacha. Ella se echó a llorar, hasta que el hada la oyó y vino en su ayuda.

—¡Nunca lo habría creído de él! —dijo—. Pídele un vestido de rayos de sol. Me sorprendería mucho que lo consiguiera.

La muchacha se lo pidió entonces al rey. El rey no puso ninguna dificultad: dio hasta sus mejores rubíes y diamantes, y el vestido quedó tan deslumbrante que solo podía mirarse con vidrios ahumados.

La princesa fingió que aquella luz le lastimaba los ojos y se retiró a su cuarto, donde la esperaba el hada, muy avergonzada.

—Solo queda una cosa —dijo—. Pídele la piel del burro que tanto quiere. De ese animal le salen todas sus riquezas, y jamás te la dará.

La princesa no estaba tan segura, pero fue a decirle al rey que no se casaría sin la piel del burro.

El rey se quedó asombrado y triste, y aun así no dudó ni un instante. Sacrificaron al burro, y esa tarde la piel estaba a los pies de la princesa.

Ya sin escapatoria, la muchacha lloró amargamente. Entonces el hada apareció frente a ella.

—Ten ánimo —le dijo—. Envuélvete en esta piel y vete tan lejos como puedas. Tus vestidos y tus joyas te seguirán por debajo de la tierra, y cuando necesites algo, golpea el suelo con el pie y lo tendrás al momento. Pero apúrate.

La princesa se cubrió con la piel y salió sin que nadie la viera. El rey mandó buscarla por todos los caminos, pero el hada echaba sobre la muchacha su manto invisible y nadie la encontró.

La princesa caminó mucho, muchísimo, buscando quien le diera trabajo. En las casas de campo le daban comida por caridad, pero la piel venía tan sucia que nadie la dejaba pasar.

Cansada y desanimada, pasaba un día frente al portón de una granja cuando la granjera la llamó desde entre sus guajolotes.

—Busco quien lave los trastes, les dé de comer a los guajolotes y limpie la pocilga —le dijo—. Por la ropa que traes, se ve que no le haces el feo al trabajo.

La muchacha aceptó con gusto. La pusieron en un rincón de la cocina, donde los sirvientes se burlaban de ella y de su piel de burro, y le pusieron de apodo Piel de Asno.

Con el tiempo dejó de hacerles gracia. Trabajaba tan bien que la granjera le tomó cariño, y la muchacha arreaba a los guajolotes como si no hubiera hecho otra cosa.

Un día se vio reflejada en el arroyo y sintió vergüenza de verse como la veían los demás. Esa tarde se lavó hasta quedar blanca como el marfil, y se consoló pensando que al día siguiente era fiesta.

Al romper el alba golpeó el suelo con el pie, como el hada le había enseñado, y el vestido color de cielo apareció sobre su camita. Decidió entonces no dejar pasar una sola ocasión de ponerse sus ropas espléndidas, aunque la vieran nada más los guajolotes.

Aquella granja pertenecía al rey de esas tierras. Un día de fiesta, cuando Piel de Asno se había encerrado con llave y puesto el vestido de rayos de sol, el hijo del rey entró a descansar después de la cacería.

Ya repuesto, se levantó a recorrer la casa y fue abriendo puertas, hasta dar con una manija que no giraba. Entonces miró por la cerradura.

Adentro había una muchacha hermosísima, vestida con una tela tan deslumbrante que casi no se podía mirar.

El príncipe volvió a la cocina y preguntó quién dormía en el cuarto del fondo. La que lava los trastes, le dijeron, de la que todos se ríen y a la que llaman Piel de Asno.

El príncipe entendió que ahí había un misterio, y regresó al palacio con la cabeza llena de aquello.

Pasó la noche dando vueltas y amaneció con una fiebre altísima. Los médicos probaron todos los remedios sin resultado, y al final le dijeron a la reina que algún pesar secreto lo tenía así.

Ella se hincó junto a la cama y le suplicó que le confiara su pena. Le ofreció la corona del rey, o la esposa que quisiera, aunque fuera la hija de un rey enemigo.

—Nada de eso me cura, madre —respondió el príncipe, que apenas podía hablar—. Solo hay una cosa: un pastel amasado por las manos de Piel de Asno.

—¿Piel de Asno? —exclamó la reina, creyendo que su hijo había perdido la razón—. ¿Y quién o qué cosa es esa?

—Una muchacha envuelta en una piel negra y grasienta, señora, que cuida las gallinas en la granja de sus majestades —dijo un criado—. No hay criatura más desagradable.

—No importa —dijo la reina—. Será el capricho de un enfermo; manden avisarle que hornee un pastel.

En cuanto llegó el recado, Piel de Asno se quitó la piel sucia, se lavó de pies a cabeza y se puso una falda y un corpiño de plata. Luego se encerró con llave y tomó lo mejor de la granja.

Mientras batía la masa, un anillo que a veces llevaba en secreto se le resbaló del dedo y cayó adentro. Tal vez lo vio, tal vez no; siguió batiendo.

Cuando el pastel salió doradito, ella se puso otra vez la piel y se lo entregó al paje, que ni se dignó mirarla.

El enfermo comió tan aprisa que los médicos temieron que se ahogara, y de veras estuvo a punto: el anillo venía en uno de los trozos. Se lo sacó de la boca sin que nadie lo viera y lo escondió debajo de la almohada.

En cuanto lo dejaron solo lo besó mil veces, y se puso a pensar cómo vería a su dueña, porque no se atrevía a confesarle a nadie que solo la había visto por una cerradura.

De tanto darle vueltas le volvió la fiebre, y los médicos le dijeron a la reina que su hijo se moría de amor. Sus padres corrieron a su cabecera.

—¡Hijo querido! —dijo el rey—. ¿Con quién quieres casarte? Te la daremos, aunque sea la más humilde de nuestras criadas.

El príncipe, conmovido hasta las lágrimas, sacó de debajo de la almohada el anillo, que era una esmeralda de la más pura agua.

—Miren esto y crean que la mujer que amo no es una campesina. El dedo al que le queda este anillo nunca se engrosó con el trabajo duro, y sea cual sea su condición, no me casaré con otra.

El rey le dio la razón y mandó pregonar por toda la ciudad que todas las doncellas se presentaran en palacio: aquella a quien el anillo le quedara sería un día reina.

Primero llegaron las princesas, luego las hijas de los duques, y así en orden. A ninguna le pasaba el anillo de la punta del dedo, para alegría del príncipe, a quien la emoción iba curando. Después les tocó a las dependientas y a las recamareras, sin mejor suerte.

—Que pasen las cocineras y las pastoras —ordenó el príncipe.

Bastó con ver sus dedos gordos y colorados.

—No queda ninguna mujer, alteza —dijo el chambelán.

—¿Mandaron traer a Piel de Asno, la que me hizo el pastel? —preguntó el príncipe.

Los cortesanos se echaron a reír: no se habrían atrevido a meter en el palacio a una criatura tan sucia.

—Que vayan por ella ahora mismo —ordenó el rey—. Mandé llamar a todas las doncellas, de alta y de baja condición, y lo dije en serio.

La princesa había oído las trompetas y sabía muy bien que su anillo estaba detrás de todo. También ella se había enamorado del príncipe, ya fuera por haberlo visto o solo de oídas, y temblaba de miedo de que otro dedo fuera tan delgado como el suyo.

Esperando ese llamado se había puesto el traje de luna, sembrado de esmeraldas; pero al oír que la llamaban se echó encima la piel de burro a toda prisa.

La llevaron derecho al salón, y al ver aquella piel el príncipe sintió que se le caía el alma a los pies. ¿Se habría equivocado?

—¿Eres tú la muchacha —le dijo, apartando la mirada— que vive en el cuarto del fondo de la granja?

—Sí, mi señor, soy yo —contestó ella.

—Entonces dame la mano —siguió el príncipe, dispuesto a cumplir su palabra costara lo que costara.

Y ante el asombro de todos, de debajo de la piel negra y sucia salió una mano pequeña, blanca y delicada. El anillo entró con la mayor facilidad, y al entrar, la piel cayó al suelo.

Apareció una figura tan hermosa que el príncipe, débil como estaba, se hincó ante ella. En eso se abrió el techo del salón y bajó el hada madrina en una carroza de lilas blancas, y contó en pocas palabras quién era la princesa.

Empezaron enseguida los preparativos de una boda magnífica. Invitaron a los reyes de todos los países, incluido el padre adoptivo de la princesa, que ya se había casado con una viuda.

Al terminar la fiesta hubo coronación, porque el rey y la reina estaban cansados de gobernar. Los festejos duraron tres meses.

Después, los nuevos soberanos gobernaron su reino y se hicieron querer tanto que, cuando murieron cien años más tarde, cada quien los lloró como a su padre y a su madre.

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- Source: The Grey Fairy Book, ed. Andrew Lang (1900), «Donkey Skin», from le Cabinet des Fées (Project Gutenberg #6746) (https://www.gutenberg.org/ebooks/6746)
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