# Pulgarcita

_Hans Christian Andersen_ · 22 min read · ages 6-10

Una mujer sin hijos siembra un grano de cebada que le da una bruja, y de la flor nace una niña que no mide ni una pulgada y a la que se llevan primero una sapa y luego un abejorro. La golondrina que ella salva la lleva hasta los países cálidos, donde el rey de las flores le pone su corona de oro y la llama Maya.

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Había una vez una mujer que deseaba muchísimo tener un niño chiquito, pero no sabía de dónde sacarlo. Entonces fue a ver a una bruja vieja y le dijo:

—Tengo muchas ganas de tener un niño pequeñito. ¿No podrías decirme dónde puedo conseguir uno?

—Ah, eso lo arreglamos enseguida —dijo la bruja—. Aquí tienes un grano de cebada. No es de los que crecen en el campo del labrador ni de los que se les echan a las gallinas. Siémbralo en una maceta y ya verás lo que pasa.

—Gracias —dijo la mujer, y le dio a la bruja doce chelines, porque eso era lo que costaba.

Luego se fue a su casa y sembró el grano de cebada. Enseguida creció una flor grande y hermosa, parecida a un tulipán, pero con los pétalos bien apretados, como si todavía fuera un capullo.

—¡Qué flor tan bonita! —dijo la mujer, y besó los pétalos rojos y amarillos.

En cuanto los besó, la flor se abrió con un chasquido. Era un tulipán de verdad, ahora se veía bien; pero en el centro mismo, sentada sobre el pistilo de terciopelo verde, había una niña pequeñita, fina y preciosa. No medía ni una pulgada de alto, y por eso la llamaron Pulgarcita.

Le dieron por cuna una cáscara de nuez barnizada, unos pétalos de violeta azul le sirvieron de colchón y un pétalo de rosa de cobija. Ahí dormía de noche. De día jugaba sobre la mesa, donde la mujer había puesto un plato rodeado de una corona de flores con los tallos metidos en el agua. En el agua flotaba un pétalo grande de tulipán, y Pulgarcita se sentaba encima y navegaba de una orilla del plato a la otra; para remar tenía dos crines blancas de caballo. Daba gusto verla. También sabía cantar, con una voz tan dulce y tan delicada como nunca se había oído.

Una noche, mientras dormía en su linda camita, entró por la ventana una sapa vieja, porque uno de los vidrios estaba roto. Era grandota, húmeda y muy fea. Saltó hasta la mesa, donde Pulgarcita dormía bajo el pétalo de rosa.

—Sería una buena esposa para mi hijo —dijo la sapa.

Y tomó la cáscara de nuez con Pulgarcita dentro y salió de un brinco por la ventana, hasta el jardín.

Por ahí corría un arroyo ancho y caudaloso, de orillas pantanosas y llenas de lodo. Ahí vivía la sapa con su hijo. ¡Uy, qué feo y qué horrible era, igualito a su madre!

—¡Croac, croac, brekekekex! —fue todo lo que supo decir cuando vio a la criaturita en la cáscara de nuez.

—No hables tan fuerte, que la vas a despertar —dijo la sapa vieja—. Todavía se nos puede escapar, porque pesa menos que una pluma de cisne. La vamos a poner en el arroyo, sobre una de esas hojas anchas de nenúfar. Para ella, que es tan chiquita y tan ligera, va a ser una isla. De ahí no podrá irse mientras nosotros arreglamos la sala de abajo, en el lodo, donde van a vivir ustedes dos.

En el arroyo crecían muchos nenúfares de hojas anchas y verdes que parecían flotar sobre el agua. La hoja que estaba más lejos era también la más grande. Hasta allá nadó la sapa vieja y dejó encima la cáscara de nuez con Pulgarcita.

La pobrecita despertó muy temprano, y cuando vio dónde estaba se puso a llorar amargamente, porque por todos los lados de la hoja verde había agua y no había manera de llegar a la orilla.

La sapa vieja, allá abajo en el lodo, adornaba su cuarto con juncos y nenúfares amarillos, para que todo estuviera bonito para su nuera. Después nadó con su feo hijo hasta la hoja donde estaba Pulgarcita. Querían llevarse su camita para ponerla en la alcoba de la novia antes de que ella entrara. La sapa vieja hizo una reverencia profunda dentro del agua y dijo:

—Aquí tienes a mi hijo. Va a ser tu marido, y los dos van a vivir muy a gusto allá abajo, en el lodo.

—¡Croac, croac, brekekekex! —fue todo lo que supo decir el hijo.

Entonces tomaron la camita y se fueron nadando con ella. Pulgarcita se quedó sola sobre la hoja verde, llorando, porque no quería vivir con la sapa horrible ni casarse con su hijo feo. Los pececitos que nadaban abajo habían visto a la sapa y habían oído lo que dijo, así que sacaron la cabeza para conocer también a la niña. En cuanto la vieron les pareció tan linda que les dio mucha tristeza pensar que tendría que bajar con la sapa fea. No, eso no podía pasar nunca. Se juntaron abajo, alrededor del tallo verde que sostenía la hoja donde ella estaba parada, y lo royeron con los dientes hasta cortarlo. La hoja se fue arroyo abajo, y con ella Pulgarcita, lejos, muy lejos, donde la sapa ya no podría alcanzarla.

Pulgarcita navegó frente a muchas ciudades, y los pajaritos, sentados en los arbustos, la veían pasar y cantaban:

—¡Qué niña tan linda!

La hoja siguió flotando más y más lejos, y así fue como Pulgarcita salió del país.

Una mariposa blanca y pequeñita revoloteaba siempre a su alrededor y al final se posó en la hoja. A la mariposa le gustaba Pulgarcita, y Pulgarcita estaba muy contenta, porque ahora la sapa ya no podía alcanzarla y era hermoso todo por donde iba: el sol brillaba sobre el agua y el agua relucía como la plata más fina. Se quitó el cinturón, le ató un extremo a la mariposa y amarró el otro a la hoja, que se empezó a deslizar mucho más rápido, y ella con la hoja, porque iba de pie encima.

En eso llegó volando un abejorro grande. La vio, la agarró con las patas por la cintura delgada y se la llevó volando al árbol. La hoja verde siguió arroyo abajo, y la mariposa con ella, porque estaba amarrada y ya no podía soltarse.

¡Dios mío, qué susto se llevó la pobre Pulgarcita cuando el abejorro voló con ella hasta el árbol! Pero lo que más le dolía era la hermosa mariposa blanca que había dejado amarrada: si no lograba soltarse, se iba a morir de hambre. Al abejorro eso no le importaba nada. Se sentó con ella en la hoja verde más grande del árbol, le dio de comer el néctar de las flores y le dijo que era muy bonita, aunque no se pareciera en nada a un abejorro. Más tarde llegaron de visita todos los demás abejorros que vivían en el árbol. Miraron a Pulgarcita, y uno dijo:

—¡Si no tiene más que dos patas! Da lástima verla.

—¡Y no tiene antenas! —dijo otro.

—¡Qué cintura tan delgadita! ¡Uy, si parece una persona! ¡Qué fea! —dijeron todas las señoras abejorro.

Y sin embargo Pulgarcita era preciosa. Bien lo sabía el abejorro que se la había robado; pero como todos los demás decían que era fea, al final él también lo creyó y ya no la quiso: que se fuera adonde quisiera. La bajaron volando del árbol y la dejaron sobre una margarita. Ahí lloró ella, porque era tan fea que ni los abejorros la querían, y era, sin embargo, lo más lindo que uno pueda imaginarse, delicada y fina como el más hermoso pétalo de rosa.

Todo el verano vivió la pobre Pulgarcita sola en el bosque grande. Se tejió una camita con briznas de pasto y la colgó bajo una hoja de trébol, para quedar protegida de la lluvia. Comía el néctar de las flores y bebía el rocío que cada mañana amanecía sobre las hojas. Así pasaron el verano y el otoño, pero luego llegó el invierno, el invierno largo y frío. Todos los pájaros que le habían cantado tan bonito se fueron volando; los árboles y las flores se quedaron sin hojas; el trébol grande bajo el que vivía se enroscó y no quedó de él más que un tallo marchito. Pulgarcita tenía un frío espantoso, porque su ropa estaba hecha jirones y ella misma era tan chiquita y tan delicada. Se iba a morir de frío. Empezó a nevar, y cada copo que le caía encima era como si a nosotros nos echaran una palada entera, porque nosotros somos grandes y ella medía apenas una pulgada. Se envolvió en una hoja seca, pero la hoja se partió a la mitad y no la calentaba nada; temblaba de frío.

Junto al bosque adonde había llegado había un campo grande de trigo, pero el trigo hacía mucho que se lo habían llevado y solo quedaban los rastrojos secos y pelados saliendo de la tierra helada. Para ella eran un bosque entero que atravesar. ¡Ay, cómo temblaba de frío! Por fin llegó a la puerta de una ratona de campo, que tenía su agujerito debajo de los rastrojos. Ahí vivía calientita y a gusto, con el cuarto lleno de granos, una cocina estupenda y una despensa. La pobre Pulgarcita se paró en la puerta como una niña pordiosera y pidió un pedacito de grano de cebada, porque llevaba dos días sin comer absolutamente nada.

—¡Pobre criatura! —dijo la ratona de campo, que en el fondo era una buena vieja—. Pásate a mi cuarto, que está calientito, y come conmigo.

Y como Pulgarcita le cayó bien, añadió:

—Por mí, puedes quedarte todo el invierno; pero tienes que mantenerme el cuarto limpio y ordenado, y contarme cuentos, que me encantan.

Pulgarcita hizo lo que le pedía la buena ratona de campo, y a cambio vivió muy bien.

—Pronto vamos a tener visita —dijo la ratona de campo—. Mi vecino viene a verme una vez por semana. Él está todavía mejor acomodado que yo: tiene salones grandes y usa un hermoso abrigo de terciopelo negro. Si consiguieras casarte con él, te quedarías bien acomodada para siempre. Pero no ve nada. Tienes que contarle los cuentos más bonitos que sepas.

A Pulgarcita eso no le importaba: el vecino no le interesaba nada, porque era un topo.

Y el topo llegó de visita con su abrigo de terciopelo negro. Era muy rico y muy sabio, decía la ratona de campo, y su casa era más de veinte veces más grande que la de ella. Sabiduría sí tenía; pero el sol y las flores bonitas no le gustaban nada, y hablaba mal de ellos porque nunca los había visto.

Pulgarcita tuvo que cantar, y cantó «Vuela, vuela, abejorro» y «El monje va por el prado». El topo se enamoró de ella por su hermosa voz, pero no dijo nada: era un hombre prudente.

Hacía poco el topo había cavado un pasillo largo por debajo de la tierra, desde su casa hasta la de la ratona, y les dio permiso a las dos de pasear por él cuanto quisieran. Eso sí, les pidió que no se asustaran del pájaro muerto que estaba tirado en el pasillo. Era un pájaro entero, con plumas y pico, que seguramente se había muerto hacía poco y había quedado enterrado justo donde el topo hizo su túnel.

El topo tomó en la boca un pedazo de madera podrida, que en la oscuridad brilla como fuego, y fue delante alumbrándolas por el pasillo largo y negro. Cuando llegaron adonde estaba el pájaro muerto, el topo empujó con su nariz ancha contra el techo y abrió un agujero grande, por el que entró la luz del día. En medio del piso estaba una golondrina muerta, con las hermosas alas apretadas contra el cuerpo y las patas y la cabeza metidas entre las plumas. Seguro que el pobre pájaro se había muerto de frío. A Pulgarcita le dio mucha lástima, porque quería mucho a todos los pajaritos, que le habían cantado y trinado tan bonito durante todo el verano. Pero el topo le dio un empujón a la golondrina con sus patas chuecas y dijo:

—Ya no vuelve a piar. Ha de ser una desgracia nacer pajarito. Gracias a Dios que ninguno de mis hijos lo será. Un pájaro así no tiene más que su quivit, y en invierno se muere de hambre.

—Bien dicho, como el hombre sensato que es usted —contestó la ratona de campo—. ¿De qué le sirve al pájaro tanto quivit cuando llega el invierno? Se muere de hambre y de frío. ¡Pero eso ha de ser muy elegante!

Pulgarcita no dijo nada; pero cuando los otros dos le dieron la espalda al pájaro, se agachó, apartó las plumas que le cubrían la cabeza y lo besó en los ojos cerrados.

«A lo mejor era él el que cantaba tan bonito para mí en el verano», pensó. «¡Cuánta alegría me dio el pájaro querido y hermoso!»

El topo tapó el agujero por donde entraba la luz del día y acompañó a las dos señoras de regreso a casa. Pero esa noche Pulgarcita no pudo dormir. Se levantó de la cama y tejió con heno un tapete grande y bonito, se lo llevó, lo extendió sobre el pájaro muerto y le acomodó a los lados los estambres finos de unas flores, suaves como el algodón, que había encontrado en el cuarto de la ratona, para que estuviera calientito bajo la tierra.

—Adiós, hermoso pajarito —le dijo—. Adiós, y gracias por tu canto maravilloso en el verano, cuando todos los árboles estaban verdes y el sol nos calentaba.

Luego recostó la cabeza sobre el corazón del pájaro. Pero el pájaro no estaba muerto: solo estaba entumido, y ahora que había entrado en calor volvía a la vida.

En otoño todas las golondrinas se van a los países cálidos; pero si alguna se retrasa, se enfría tanto que cae como muerta y se queda donde cayó, y la nieve fría la cubre.

Pulgarcita temblaba del susto, porque el pájaro era grande, grandísimo comparado con ella, que medía apenas una pulgada. Pero se armó de valor, le acomodó mejor el algodón a la pobre golondrina, fue por una hoja de hierbabuena que ella misma usaba de cobija y se la puso sobre la cabeza.

A la noche siguiente volvió a escondidas. La golondrina estaba viva, pero muy débil. Apenas pudo abrir un momento los ojos y mirar a Pulgarcita, que estaba parada frente a ella con un pedazo de madera podrida en la mano, porque otra linterna no tenía.

—Gracias, mi niña linda —le dijo la golondrina enferma—. ¡Qué calientita estoy! Pronto voy a recuperar las fuerzas y podré volar allá afuera, al sol tibio.

—Ay, no —dijo ella—, afuera hace frío, está nevando y hiela. Quédate en tu cama calientita, que yo te cuido.

Y le llevó agua en un pétalo de flor. La golondrina bebió y le contó cómo se había lastimado un ala en un arbusto de espinas y por eso no había podido volar tan rápido como las otras golondrinas, que se habían ido lejos, muy lejos, a los países cálidos. Al final se había caído al suelo, pero de ahí en adelante ya no se acordaba de nada, ni sabía cómo había llegado hasta ahí.

Todo el invierno se quedó allá abajo, y Pulgarcita la cuidó y la mimó de todo corazón. Ni el topo ni la ratona de campo se enteraron de nada, porque a ellos la pobre golondrina no les caía nada bien.

En cuanto llegó la primavera y el sol calentó la tierra, la golondrina se despidió de Pulgarcita, que le abrió el agujero que el topo había hecho arriba. El sol entró hermosísimo, y la golondrina le preguntó si quería irse con ella: podía sentarse en su lomo y volarían juntas hasta muy adentro del bosque verde. Pero Pulgarcita sabía que la vieja ratona de campo se pondría triste si la dejaba así.

—No, no puedo —dijo Pulgarcita.

—Adiós, adiós, niña buena y linda —dijo la golondrina, y salió volando al sol.

Pulgarcita se quedó mirándola, y se le llenaron los ojos de lágrimas, porque quería mucho a la pobre golondrina.

—¡Quivit, quivit! —cantó el pájaro, y voló hacia el bosque verde.

Pulgarcita se quedó muy triste. No le daban permiso de salir al sol tibio. El trigo sembrado en el campo, arriba de la casa de la ratona, creció muy alto hacia el cielo: era un bosque tupido para la pobre niña, que medía apenas una pulgada.

—Ya eres novia, Pulgarcita —le dijo la ratona de campo—. El vecino te pidió en matrimonio. ¡Qué suerte tan grande para una niña pobre! Ahora tienes que coser tu ajuar, de lana y de lino, porque no te puede faltar nada cuando seas la esposa del topo.

Pulgarcita tuvo que dar vueltas al huso, y la ratona de campo contrató a cuatro arañas para que tejieran día y noche. Cada tarde iba el topo de visita y siempre hablaba de que, cuando terminara el verano, el sol ya no calentaría tanto; ahora quemaba la tierra hasta dejarla dura como una piedra. Cuando pasara el verano se casaría con Pulgarcita. Pero ella no estaba nada contenta, porque el topo aburrido no le gustaba nada. Cada mañana, cuando salía el sol, y cada tarde, cuando se metía, se escapaba a la puerta, y cuando el viento apartaba las espigas y le dejaba ver el cielo azul, pensaba en lo claro y lo hermoso que era todo allá afuera, y deseaba con toda el alma volver a ver a la golondrina querida. Pero la golondrina no volvió nunca; seguro se había ido lejos, al hermoso bosque verde.

Cuando llegó el otoño, Pulgarcita ya tenía listo todo el ajuar.

—En cuatro semanas te casas —le dijo la ratona de campo.

Pero Pulgarcita se puso a llorar y dijo que no quería casarse con el topo aburrido.

—¡Tonterías! —dijo la ratona de campo—. No te pongas necia, porque te muerdo con mis dientes blancos. ¡Es un marido guapísimo el que te toca! Ni la reina tiene un abrigo de terciopelo negro como el suyo. Tiene la cocina y la bodega llenas. Da gracias a Dios.

Llegó el día de la boda. El topo ya había venido por Pulgarcita: ella iba a vivir con él, en lo hondo de la tierra, y nunca más saldría al sol tibio, porque a él no le gustaba. La pobrecita estaba muy triste, porque ahora tenía que despedirse del sol hermoso, que al menos la ratona de campo le había dejado ver desde la puerta.

—Adiós, sol brillante —dijo, estirando los brazos hacia arriba.

Y caminó un trecho más allá de la casa de la ratona, porque ya habían cosechado el trigo y solo quedaban los rastrojos secos.

—Adiós, adiós —dijo, y abrazó una florecita roja que todavía estaba abierta ahí—. Salúdame a la golondrinita, si llegas a verla.

—¡Quivit, quivit! —se oyó de pronto sobre su cabeza.

Levantó los ojos: era la golondrinita, que justo pasaba por ahí. En cuanto vio a Pulgarcita se puso muy contenta. Pulgarcita le contó lo poco que quería casarse con el topo feo y que tendría que vivir en lo hondo de la tierra, donde nunca llega el sol, y no pudo aguantarse las lágrimas.

—Ya viene el invierno frío —dijo la golondrinita—. Yo me voy lejos, a los países cálidos. ¿Quieres venir conmigo? Puedes sentarte en mi lomo. Nos vamos volando del topo feo y de su cuarto oscuro, lejos, por encima de las montañas, a los países cálidos, donde el sol brilla más bonito que aquí, donde siempre es verano y hay flores maravillosas. Vente conmigo, querida Pulgarcita, tú que me salvaste la vida cuando estaba tirada, congelada, en aquel sótano oscuro de tierra.

—Sí, me voy contigo —dijo Pulgarcita.

Se sentó en el lomo del pájaro, con los pies sobre el ala abierta, y amarró su cinturón a una de las plumas más fuertes. La golondrina se elevó muy alto por los aires, sobre bosques y lagos, por encima de las grandes montañas donde siempre hay nieve. Pulgarcita sentía frío en el aire helado, pero entonces se metía debajo de las plumas tibias del pájaro y sacaba nada más la cabecita para admirar todas las maravillas que pasaban abajo.

Por fin llegaron a los países cálidos. Ahí el sol brillaba mucho más que aquí, el cielo era dos veces más alto, y en las zanjas y en los setos crecían las uvas verdes y azules más hermosas. En los bosques colgaban limones y naranjas; olía a mirto y a hierbabuena, y por los caminos corrían los niños más lindos jugando con mariposas grandes de colores. Pero la golondrina siguió volando más lejos, y todo se ponía más y más hermoso. Bajo unos árboles verdes espléndidos, junto a un lago azul, había un castillo de mármol blanco deslumbrante, de los tiempos antiguos. Las parras trepaban por las columnas altas; arriba había muchos nidos de golondrina, y en uno de ellos vivía la golondrina que llevaba a Pulgarcita.

—Aquí está mi casa —dijo la golondrina—. Pero no está bien que vivas aquí conmigo; no la tengo arreglada como para que estés a gusto. Escoge tú misma una de las flores más lindas de allá abajo, y yo te dejo dentro; ahí vas a estar tan bien como puedas desear.

—¡Qué maravilla! —dijo ella, aplaudiendo con sus manitas.

Ahí estaba tirada una columna grande de mármol blanco que se había caído y se había roto en tres pedazos, y entre los pedazos crecían unas flores blancas grandes y hermosísimas. La golondrina bajó volando con Pulgarcita y la dejó sobre uno de los pétalos anchos. ¡Pero qué sorpresa se llevó! En medio de la flor estaba sentado un hombrecito, blanco y transparente como si fuera de vidrio. Llevaba en la cabeza la corona de oro más linda y en los hombros unas alas preciosas, y no era más grande que Pulgarcita. Era el ángel de la flor. En cada flor vivía un hombrecito o una mujercita así, pero él era el rey de todos.

—¡Ay, qué hermoso es! —le susurró Pulgarcita a la golondrina.

El principito se asustó mucho con la golondrina, porque para él, que era tan pequeño y tan delicado, era un pájaro gigante. Pero en cuanto vio a Pulgarcita se puso feliz: era la niña más hermosa que había visto en su vida. Por eso se quitó la corona de oro de la cabeza y se la puso a ella, le preguntó cómo se llamaba y si quería ser su esposa; entonces sería la reina de todas las flores. Ese sí que era otro marido, muy distinto del hijo de la sapa y del topo del abrigo de terciopelo negro. Por eso le dijo que sí al hermoso príncipe. Y de cada flor salió una dama y un caballero, tan bonitos que daba gusto verlos; cada uno le llevó un regalo a Pulgarcita, pero el mejor de todos fue un par de alas hermosas de una mosca grande y blanca, que le amarraron a la espalda, y ahora también ella podía volar de flor en flor. Hubo mucha alegría, y la golondrinita, allá arriba en su nido, tenía que cantar la canción de bodas; y la cantó lo mejor que pudo, aunque por dentro estaba triste, porque quería mucho a Pulgarcita y nunca hubiera querido separarse de ella.

—No te vas a llamar Pulgarcita —le dijo el ángel de las flores—. Ese nombre es feo y tú eres demasiado hermosa. Te vamos a llamar Maya.

—¡Adiós, adiós! —dijo la golondrinita, muy triste.

Y voló lejos de los países cálidos, de regreso a Dinamarca. Allá tenía un nidito arriba de la ventana donde vive el hombre que sabe contar cuentos. Para él cantó: «¡Quivit, quivit!». Y por eso sabemos toda la historia.

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