# Pulgarcito

_Charles Perrault_ · 19 min read · ages 8-12

Un leñador pobre y su mujer abandonan a sus siete hijos en el bosque, y el más chico, Pulgarcito, los lleva hasta la casa de un ogro que se come a los niños. Pulgarcito cambia las coronas de oro por los gorros, le quita las botas de siete leguas al ogro dormido y vuelve a la casa de su padre con las riquezas del ogro.

---

Había una vez un leñador y una leñadora que tenían siete hijos, todos varones.

Eran muy pobres, y aquellos siete hijos les pesaban mucho, porque ninguno de ellos tenía todavía edad para ganarse la vida. Algo más los apenaba: el más chico era muy delicado y casi no decía palabra, y ellos tomaban por tontería lo que en realidad era señal de que pensaba bien. Era pequeñísimo. Cuando vino al mundo no era mucho más grande que un dedo pulgar, y por eso todos empezaron a llamarlo Pulgarcito.

En aquella casa el pobre niño pagaba siempre los platos rotos, y de cualquier cosa que saliera mal le echaban la culpa a él. Y sin embargo era el más listo y el más despierto de todos sus hermanos, porque si hablaba poco, en cambio escuchaba mucho.

Llegó un año muy malo, y el hambre fue tan grande que aquella pobre gente decidió deshacerse de sus hijos. Una noche, cuando los niños ya estaban acostados y el leñador se había quedado junto al fuego con su mujer, él le dijo con el corazón encogido de dolor:

—Ya ves que no podemos seguir manteniendo a nuestros hijos. Yo no soy capaz de verlos morir de hambre delante de mis ojos, y he decidido llevarlos mañana al bosque y perderlos allí. Será muy fácil, porque mientras ellos se entretengan juntando leña, nosotros no tenemos más que alejarnos sin que nos vean.

—¡Ay! —gritó la leñadora—. ¿Serías capaz de llevar tú mismo a tus hijos a que se pierdan?

De nada le sirvió al marido repetirle lo pobres que eran: ella no lograba consentirlo. Era pobre, sí, pero era su madre. Al final, sin embargo, pensó en el dolor que sería verlos morirse de hambre, y aceptó, y se fue a la cama llorando.

Pulgarcito oyó todo lo que dijeron. Desde su cama había alcanzado a entender que hablaban de cosas serias, así que se levantó despacito y se deslizó debajo del banco de su padre para escucharlos sin que lo vieran. Después volvió a acostarse, y no durmió nada el resto de la noche, pensando en lo que tenía que hacer. Se levantó muy temprano, fue a la orilla de un arroyo, se llenó los bolsillos de piedritas blancas y regresó a la casa. Salieron todos, y Pulgarcito no les contó a sus hermanos ni una palabra de lo que sabía.

Se metieron en un bosque muy espeso, donde a diez pasos de distancia ya no se veían unos a otros. El leñador se puso a cortar leña y los niños a juntar ramitas para hacer los haces. El padre y la madre, viéndolos ocupados en el trabajo, se fueron alejando poco a poco, sin que se notara, y de pronto echaron a correr por un senderito escondido.

Cuando los niños se vieron solos, se pusieron a gritar y a llorar con todas sus fuerzas. Pulgarcito los dejó gritar, porque sabía muy bien por dónde iba a regresar a la casa: mientras caminaban había ido dejando caer a lo largo del camino las piedritas blancas que llevaba en los bolsillos. Así que les dijo:

—No tengan miedo, hermanos. Nuestro padre y nuestra madre nos dejaron aquí, pero yo los llevo de vuelta a la casa. Ustedes nada más síganme.

Lo siguieron, y él los guio hasta la puerta de su casa por el mismo camino por donde habían entrado al bosque. Al principio no se atrevieron a entrar; se quedaron todos pegados a la puerta para oír lo que decían su padre y su madre.

Y es que, en el momento mismo en que el leñador y la leñadora llegaron a su casa, el señor del pueblo les mandó diez escudos que les debía desde hacía mucho tiempo y que ellos ya daban por perdidos. Aquello les devolvió la vida, porque los pobres se estaban muriendo de hambre. El leñador mandó a su mujer a la carnicería en ese mismo instante. Como hacía tanto que no comía, ella compró tres veces más carne de la que hacía falta para la cena de dos personas. Cuando quedaron satisfechos, la leñadora dijo:

—¡Ay! ¿Dónde estarán ahora nuestros pobres hijos? ¡Qué banquete se darían con lo que nos sobró! Pero mira, Guillermo, tú fuiste el que quiso perderlos. Bien te dije que nos íbamos a arrepentir. ¿Qué estarán haciendo ahora en ese bosque? ¡Ay, Dios mío, a lo mejor ya se los comieron los lobos! Hay que ser bien desalmado para perder así a los propios hijos.

Al leñador se le acabó la paciencia, porque ella repitió más de veinte veces que se iban a arrepentir y que bien se lo había dicho. La amenazó con darle una paliza si no se callaba. No era que el leñador no estuviera acaso todavía más dolido que su mujer; era que ella le taladraba la cabeza, y él tenía el genio de mucha gente que celebra a las mujeres cuando aciertan, pero que no soporta a las que siempre acertaron.

La leñadora estaba deshecha en llanto.

—¡Ay! ¿Dónde están ahora mis hijos, mis pobres hijos?

Lo dijo una vez tan fuerte que los niños, que seguían detrás de la puerta, la oyeron y se pusieron a gritar todos juntos:

—¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!

Ella corrió a abrirles la puerta y les dijo mientras los abrazaba:

—¡Qué gusto me da volver a verlos, hijos míos! Han de venir cansadísimos y muertos de hambre. Y tú, Perico, ¡mira nomás cómo vienes de embarrado! Ven, que te lavo la cara.

Aquel Perico era su hijo mayor, al que ella quería más que a todos los demás porque era un poco pelirrojo, y ella también era un poco pelirroja. Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que daba gusto al padre y a la madre, y mientras comían les contaban el susto que habían pasado en el bosque, hablando casi siempre todos al mismo tiempo. Aquella buena gente estaba feliz de tener otra vez a sus hijos con ellos, y esa alegría duró lo que duraron los diez escudos.

Pero cuando el dinero se acabó, volvieron a caer en la tristeza de antes y decidieron perderlos de nuevo; y, para no fallar el golpe esta vez, llevarlos mucho más lejos que la primera.

No pudieron hablar de eso con tanto secreto como para que Pulgarcito no los oyera, y él hizo sus cuentas para salir del apuro igual que la vez anterior. Pero, aunque se levantó de madrugada para ir a juntar piedritas, no lo consiguió, porque encontró la puerta de la casa cerrada con doble llave. No sabía qué hacer, hasta que la leñadora les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno, y entonces se le ocurrió que podía usar su pan en lugar de las piedras, tirándolo en migajas por los caminos por donde fueran pasando. Así que se lo guardó bien guardado en el bolsillo.

El padre y la madre los llevaron a la parte más espesa y más oscura del bosque, y en cuanto llegaron allí se escabulleron por un atajo y los dejaron solos. Pulgarcito no se afligió mucho, porque creía que iba a encontrar el camino sin ningún trabajo gracias al pan que había ido sembrando por todas partes; pero se quedó muy sorprendido cuando no pudo hallar ni una sola migaja: habían llegado los pájaros y se lo habían comido todo.

Ahí sí se pusieron muy tristes, porque mientras más caminaban, más se perdían y más se hundían en el bosque. Cayó la noche y se levantó un viento fuerte que les daba un miedo espantoso. Creían oír por todos lados los aullidos de los lobos que venían a comérselos. Casi no se atrevían ni a hablarse ni a voltear la cabeza. Después se soltó un aguacero que los caló hasta los huesos; resbalaban a cada paso y se caían en el lodo, y se levantaban todos embarrados, sin saber ni qué hacer con las manos.

Pulgarcito se trepó a lo alto de un árbol para ver si descubría algo. Volteó la cabeza para todos lados y vio una lucecita como de vela, pero muy lejos, del otro lado del bosque. Bajó del árbol y, cuando estuvo en el suelo, ya no vio nada, y eso lo desconsoló. Aun así caminó un rato con sus hermanos hacia el lado donde había visto la luz, y volvió a verla al salir del bosque.

Llegaron por fin a la casa donde estaba aquella vela, aunque no sin pasar muchos sustos, porque cada rato la perdían de vista, y eso les ocurría siempre que bajaban a alguna hondonada. Tocaron a la puerta y una buena mujer vino a abrirles. Les preguntó qué querían. Pulgarcito le dijo que eran unos pobres niños que se habían perdido en el bosque y que pedían por caridad un lugar donde dormir. La mujer, al verlos a todos tan bonitos, se echó a llorar y les dijo:

—¡Ay, pobrecitos! ¿A dónde vinieron a dar? ¿Ustedes saben que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?

—¡Ay, señora! —le contestó Pulgarcito, que temblaba de pies a cabeza, igual que sus hermanos—. ¿Y qué hacemos? Es segurísimo que los lobos del bosque nos van a comer esta noche si usted no nos recoge en su casa. Y siendo así, preferimos que sea el señor quien nos coma; a lo mejor le damos lástima, si usted se lo pide.

La mujer del ogro, que creyó que podría esconderlos de su marido hasta la mañana siguiente, los dejó entrar y los llevó a calentarse junto a un buen fuego, porque había un carnero entero en el asador para la cena del ogro.

Apenas empezaban a calentarse cuando oyeron tres o cuatro golpazos en la puerta: era el ogro que regresaba. Enseguida su mujer los escondió debajo de la cama y fue a abrir. Lo primero que preguntó el ogro fue si la cena estaba lista y si ya habían sacado vino, y en el acto se sentó a la mesa. El carnero todavía estaba sangrando, y a él así le pareció mejor. Olfateaba a la derecha y a la izquierda, diciendo que olía a carne fresca.

—Ha de ser ese ternero que acabo de preparar lo que estás oliendo —le dijo su mujer.

—Huelo carne fresca, te lo repito —contestó el ogro, mirándola de reojo—, y aquí hay algo que no me cuadra.

Y diciendo esto se levantó de la mesa y fue derechito a la cama.

—¡Ajá! —dijo—. Conque así me quieres engañar, condenada mujer. No sé qué me detiene para comerte a ti también. Suerte tienes de ser una vieja correosa. Mira nomás qué caza me llega tan a tiempo para agasajar a tres amigos ogros que van a venir a verme uno de estos días.

Los fue sacando de debajo de la cama uno por uno. Los pobres niños se hincaron a pedirle perdón, pero se las estaban viendo con el más cruel de todos los ogros, que muy lejos de sentir lástima ya se los comía con los ojos, y le decía a su mujer que iban a ser unos bocados riquísimos cuando ella les preparara una buena salsa.

Fue por un cuchillo grande y, mientras se acercaba a los pobres niños, lo iba afilando en una piedra larga que llevaba en la mano izquierda. Ya había agarrado a uno cuando su mujer le dijo:

—¿Qué vas a hacer a estas horas? ¿No vas a tener tiempo de sobra mañana?

—Cállate —contestó el ogro—. Así se ablandan mejor.

—Pero si todavía te queda ahí un montón de carne —insistió su mujer—: un ternero, dos carneros y medio cerdo.

—Tienes razón —dijo el ogro—. Dales bien de cenar para que no se enflaquen, y ve a acostarlos.

La buena mujer se puso feliz y les llevó una cena de las buenas, pero ellos no pudieron comer nada del miedo que traían encima. El ogro, en cambio, volvió a beber, encantado de tener con qué agasajar tan bien a sus amigos. Se echó una docena de tragos más de lo acostumbrado, y eso se le subió un poco a la cabeza y lo obligó a irse a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que todavía eran unas niñas. Aquellas ogritas tenían todas muy buen color, porque comían carne fresca como su padre; pero tenían los ojos chiquitos, grises y muy redondos, la nariz ganchuda y una boca grandísima, con unos dientes largos, muy filosos y muy separados unos de otros. Todavía no eran muy malas, pero prometían mucho, porque ya mordían a los niños chiquitos para chuparles la sangre. Las habían acostado temprano, y las siete estaban en una cama grande, cada una con una corona de oro en la cabeza.

En el mismo cuarto había otra cama del mismo tamaño, y en esa cama fue donde la mujer del ogro acostó a los siete niños. Después se fue ella misma a dormir a la suya.

Pulgarcito se había fijado en que las hijas del ogro llevaban coronas de oro en la cabeza, y tenía miedo de que al ogro le entrara el remordimiento de no haberlos degollado esa misma noche. Así que se levantó a la mitad de la noche y, tomando los gorros de sus hermanos y el suyo, fue despacito a ponérselos en la cabeza a las siete hijas del ogro, después de quitarles las coronas de oro, que puso en la cabeza de sus hermanos y en la suya, para que el ogro los tomara a ellos por sus hijas, y a sus hijas por los niños que quería degollar. La cosa salió tal como él la había pensado, porque el ogro se despertó a la medianoche y le dio pesar haber dejado para el día siguiente lo que podía hacer esa misma noche. Saltó de golpe de la cama y agarró su cuchillo grande.

—Vamos a ver cómo están esos mocosos —dijo—. No hay que hacer las cosas dos veces.

Subió a tientas al cuarto de sus hijas y se acercó a la cama donde estaban los niños, que dormían todos menos Pulgarcito, al que le entró muchísimo miedo cuando sintió la mano del ogro que le tentaba la cabeza, igual que había tentado las de todos sus hermanos. El ogro sintió las coronas de oro y dijo:

—De veras que iba a hacer una buena. Ya veo que anoche bebí de más.

Luego se fue a la cama de sus hijas y, al sentir los gorritos de los niños, dijo:

—¡Ah, aquí están los pícaros! Manos a la obra.

Y diciendo esto, sin titubear un instante, les cortó el cuello a sus siete hijas. Muy contento con la faena, se volvió a acostar en su cuarto.

En cuanto Pulgarcito oyó roncar al ogro, despertó a sus hermanos y les dijo que se vistieran rápido y que lo siguieran. Bajaron sin hacer ruido al jardín y saltaron la barda. Corrieron casi toda la noche, temblando todo el tiempo y sin saber a dónde iban.

El ogro, cuando despertó, le dijo a su mujer:

—Anda arriba a arreglar a esos mocosos de anoche.

La ogresa se quedó muy asombrada de la bondad de su marido, sin sospechar de qué manera quería él que los arreglara, y creyendo que le mandaba ir a vestirlos. Subió, y grande fue su sorpresa cuando vio a sus siete hijas degolladas y nadando en su sangre.

Empezó por desmayarse, que es el primer recurso que encuentran casi todas las mujeres en semejantes trances. El ogro, temiendo que su mujer se tardara demasiado en el encargo que le había hecho, subió a ayudarla. No se asombró menos que ella cuando vio aquel horrible espectáculo.

—¡Ay! ¿Qué fue lo que hice? —gritó—. Me la van a pagar, los desgraciados, y ahora mismo.

Enseguida le echó a su mujer una jarra de agua en la cara y, cuando la hizo volver en sí, le dijo:

—Dame rápido mis botas de siete leguas, que voy a ir a alcanzarlos.

Salió al campo, y después de correr muchísimo por todos lados, por fin dio con el camino por donde iban aquellos pobres niños, que ya no estaban más que a cien pasos de la casa de su padre. Ellos vieron al ogro que iba de montaña en montaña y que cruzaba los ríos con la misma facilidad con la que hubiera cruzado un arroyito. Pulgarcito, que vio una peña hueca cerca de donde estaban, escondió allí a sus seis hermanos y se metió también, sin dejar de vigilar en qué paraba el ogro. Y el ogro, que se sentía muy cansado del largo camino que había hecho para nada (porque las botas de siete leguas fatigan muchísimo al que las usa), quiso descansar, y por casualidad se fue a sentar justo en la peña donde estaban escondidos los niños.

Como ya no podía más del cansancio, después de descansar un rato se quedó dormido y empezó a roncar de un modo tan espantoso que los pobres niños tuvieron tanto miedo como cuando tenía el cuchillo grande para cortarles el cuello. Pulgarcito tuvo menos miedo, y les dijo a sus hermanos que se escaparan corriendo a la casa mientras el ogro dormía tan profundamente, y que no se preocuparan por él. Le hicieron caso y llegaron pronto a la casa.

Pulgarcito se acercó al ogro, le sacó las botas muy despacito y se las puso en el acto. Las botas eran muy grandes y muy anchas, pero, como estaban encantadas, tenían el don de crecer y de achicarse según la pierna del que se las calzaba, de manera que le quedaron en los pies y en las piernas tan justas como si las hubieran hecho para él.

Se fue derecho a la casa del ogro, donde encontró a su mujer llorando junto a sus hijas degolladas.

—Su marido está en un gran peligro —le dijo Pulgarcito—, porque lo agarró una banda de ladrones que juraron matarlo si no les entregaba todo su oro y toda su plata. En el momento en que le tenían el puñal en la garganta, él me vio y me pidió que viniera a avisarle a usted cómo está, y que le dijera que me diera todo lo que él tuviera de valor, sin guardarse nada, porque si no lo van a matar sin compasión. Y como el asunto corre mucha prisa, quiso que me llevara sus botas de siete leguas, éstas que usted ve, para ir más rápido y también para que usted no vaya a creer que soy un embustero.

La buena mujer, muy asustada, le dio enseguida todo lo que tenía, porque aquel ogro no dejaba de ser muy buen marido, aunque se comiera a los niños. Y así, cargado con todas las riquezas del ogro, Pulgarcito volvió a la casa de su padre, donde lo recibieron con muchísima alegría.

Hay bastante gente que no está de acuerdo con esta última parte y que sostiene que Pulgarcito nunca le robó nada al ogro; que, eso sí, no tuvo ningún escrúpulo en quitarle las botas de siete leguas, porque el ogro solo las usaba para correr detrás de los niños chiquitos. Esa gente asegura que lo sabe de buena fuente, y hasta por haber comido y bebido en casa del leñador. Cuentan que, cuando Pulgarcito se calzó las botas del ogro, se fue a la corte, donde sabía que estaban muy preocupados por un ejército que se encontraba a doscientas leguas de allí y por el resultado de una batalla que se había dado. Fue, según dicen, a ver al rey y le dijo que, si él quería, le traería noticias del ejército antes de que acabara el día. El rey le prometió una buena suma de dinero si lo lograba. Pulgarcito trajo las noticias esa misma tarde; y como esa primera carrera lo dio a conocer, ganaba después todo lo que quería, porque el rey le pagaba de maravilla por llevar sus órdenes al ejército. Y después de trabajar un tiempo de correo y de juntar así muchos bienes, volvió a la casa de su padre, donde no es posible imaginarse la alegría que hubo al verlo de nuevo. Puso a toda su familia en una situación desahogada. Compró cargos de nueva creación para su padre y para sus hermanos, y con eso los acomodó a todos, al mismo tiempo que quedaba perfectamente bien en la corte.

---

- Read online: https://talerie.com/es/cuentos/pulgarcito-original
- Source: Le Petit Poucet (Charles Perrault, 1697 ; éd. 1902 des Contes de Perrault) (https://fr.wikisource.org/wiki/Contes_de_Perrault_(éd._1902)/Le_Petit_Poucet)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: Le Petit Poucet (Charles Perrault, 1697 ; éd. 1902 des Contes de Perrault) — original: author died 1703 (+70 passed)
- License: CC0-1.0 (https://creativecommons.org/publicdomain/zero/1.0/)
