# Ratón Pérez

_Retold by Talerie (talerie.com) from Ratón Pérez. Cuento infantil, after Luis Coloma_ · 13 min read · ages 5+

Ratón Pérez convierte al rey Buby en un ratoncito de oro y lo lleva a la buhardilla helada de Gilito, un niño pobre que reza el Padre nuestro. La reina le explica a Buby que los pobres son sus hermanos y que ser rey es ser el hermano mayor, y cuando el rey muere, miles de Gilitos le abren las puertas del cielo.

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Hace mucho, mucho tiempo, vivió un rey llamado Buby I, gran amigo de los niños pobres y protector de los ratones. Empezó a reinar a los seis años, bajo la tutela de su mamá, la reina, una señora muy prudente y cristiana que guiaba sus pasos y velaba a su lado como un ángel de la guarda.

Buby era un encanto. Cuando le ponían la corona, su pelo brillaba tanto como el oro, y sentado en el trono parecía un muñequito de porcelana. Tenía todo lo que un niño puede desear.

Un día, mientras comía una sopita, se le empezó a mover un diente. Toda la corte se alarmó y llegaron los médicos de palacio, uno tras otro. No había duda: al rey le había llegado la hora de cambiar los dientes de leche. Los médicos decidieron sacárselo y querían dormirlo antes con cloroformo.

Pero Buby era valiente y quiso enfrentar el peligro cara a cara. Le ataron al diente un hilo de seda roja, y el médico más anciano jaló con tanto tino que el rey apenas hizo un pucherito. El diente saltó, blanco y precioso como una perlita.

Se lo llevaron a la reina en una bandeja de oro. Unos ministros querían engarzarlo en oro y guardarlo en el tesoro; otros, montarlo en una joya para la Virgen. Pero la reina no se dejaba llevar por los aduladores y era muy amiga de la tradición. Decidió que Buby le escribiera una carta muy atenta a Ratón Pérez y que esa noche pusiera el diente debajo de la almohada, como lo han hecho todos los niños desde que el mundo es mundo. Ratón Pérez, el ratón que se lleva los dientes de leche, nunca falta: siempre viene por ellos y deja a cambio un regalo espléndido.

A Buby le costó mucho trabajo escribir la carta, pero lo logró, y solo se manchó de tinta los diez dedos, la punta de la nariz, la oreja izquierda y el babero de encaje de arriba abajo.

Esa noche se acostó temprano, con todos los candelabros encendidos. Puso la carta con el diente debajo de la almohada y se sentó encima, dispuesto a esperar a Ratón Pérez aunque tuviera que quedarse despierto hasta el amanecer.

Como Ratón Pérez tardaba, el reyecito se puso a preparar el discurso con que iba a recibirlo. Poco a poco se le fueron cerrando los ojos, hasta que se le cerraron del todo, y se quedó dormido con la cabeza escondida detrás de un brazo, como los pajaritos esconden la suya bajo el ala.

De pronto sintió algo suave que le rozaba la frente. Se incorporó de un brinco y vio, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lino crudo y una cartera roja cruzada a la espalda.

Ratón Pérez se quitó el sombrero, hizo una reverencia como manda la etiqueta de la corte y esperó a que el rey hablara. Pero a Buby se le olvidó de golpe el discurso, y solo atinó a decir:

—Buenas noches…

—Que Dios se las dé muy buenas, Majestad —contestó Ratón Pérez, muy conmovido.

Y desde ese momento fueron los mejores amigos del mundo. Se notaba a leguas que Ratón Pérez había visto mucho: había recorrido todas las cañerías y los sótanos de la ciudad, y en las bibliotecas se había comido más de un libro. Le habló de su familia: dos hijas en edad de casarse, Adelaida y Elvira, y un hijo adolescente, Adolfo, que quería ser diplomático. Buby lo escuchaba embobado y a ratos estiraba la manita para agarrarlo de la cola, pero Ratón Pérez, con un vaivén muy ceremonioso, siempre la ponía fuera de su alcance.

Ya era tarde, y Ratón Pérez le explicó con mucho tacto que esa misma noche tenía que ir a la calle de Jacometrezo, número 64, a recoger el diente de un niño muy pobre que se llamaba Gilito. El camino era peligroso, porque por ahí vivía un gato de muy malas intenciones llamado don Gaiferos.

Buby quiso acompañarlo y se lo pidió con mucha insistencia. Ratón Pérez se quedó pensativo, acariciándose el bigote: la responsabilidad era enorme, y además tenía que pasar antes por su casa a recoger el regalo para Gilito.

—Para mí sería un honor descansar un momento en una casa tan respetable —dijo Buby.

Pudo más la vanidad, y Ratón Pérez lo invitó a tomar una taza de té. Vivía en la calle del Arenal, número 8, en el sótano de una tienda, justo enfrente de una gran pila de quesos.

Loco de contento, Buby saltó de la cama. Entonces Ratón Pérez le brincó al hombro y le metió la punta de la cola en la nariz. El rey estornudó con gran estruendo y, por un prodigio que nadie ha podido explicar hasta hoy, quedó convertido en el ratoncito más lindo que hayan soñado las hadas: todo de oro brillante, suave como la seda, con los ojitos verdes y relucientes como dos esmeraldas.

Ratón Pérez lo tomó de la mano y, disparado como una bala, se metió con él por un agujero escondido bajo la alfombra.

Corrían por un camino oscuro, húmedo y pegajoso, y a ratos Ratón Pérez se detenía en algún cruce a explorar el terreno. Buby sintió desde el hocico hasta la punta de la cola unos escalofríos que le parecieron miedo. Pero se acordó de aquel dicho:

El miedo es natural en el prudente,  
y el saberlo vencer es ser valiente.

Así que venció el miedo, y en eso consiste el verdadero valor. Solo una vez, cuando oyó arriba un ruido espantoso, preguntó muy bajito si era ahí donde vivía don Gaiferos. Ratón Pérez dijo que no con la cola, y siguieron adelante.

Al fin llegaron a un sótano amplio, donde el aire era tibio y olía a queso. Detrás de una enorme pila de quesos había una gran lata de galletas, y ahí vivía la familia Pérez, muy a sus anchas.

Ratón Pérez presentó a Buby como un turista extranjero, y las ratonas lo recibieron con mucha finura. Las hijas hacían sus labores con su institutriz, Miss Old-Cheese, una ratona inglesa muy instruida, y la señora Pérez le bordaba un gorro a su marido junto a una chimenea donde ardía un fuego alegre de rabitos de pasas.

A Buby le encantó aquel hogar tranquilo, calientito y bien surtido. Adelaida y Elvira sirvieron el té en tacitas hechas de cáscaras de frijol, y luego hubo música. Adelaida, que no era bonita pero tenía modales muy finos, cantó acompañándose del arpa una canción triste, como si guardara una pena secreta.

Elvira, en cambio, era vivaracha y un poco ordinaria, pero tenía una chispa que se le salía por los ojos. Se sentó al piano y cantó con voz trágica y mucho rencor contra los gatos:

En el Hospital del Rey  
hay un ratón con tercianas,  
y una gatita morisca  
le está encomendando el alma.

En eso llegó Adolfo, que venía del club y no hablaba más que de polo y de tenis. A Buby le pareció muy elegante, pero con la cabeza hueca.

Ratón Pérez, que había salido un momento, volvió con la cartera bien llena y dijo con respeto que ya era hora de irse. La señora Pérez le plantó a Buby un beso sonoro en cada mejilla, Adelaida le tendió la pata con aire sentimental, Elvira le dio un apretón de manos y Miss Old-Cheese le hizo una reverencia muy ceremoniosa.

Volvieron a echarse a correr, ahora con muchas precauciones. Delante marchaba un pelotón de ratones fornidos, con agujas finas por bayonetas que relumbraban en la oscuridad, y detrás venía otro, armado hasta los dientes. Era la escolta de cazadores ligeros, porque Ratón Pérez no se habría atrevido a llevar al joven rey sin ella.

De repente, la vanguardia desapareció por un agujero estrecho del que salía una luz tenue. Había llegado el momento del peligro. Ratón Pérez asomó el hocico muy despacio, observó un segundo y retrocedió dos pasos. De improviso agarró a Buby de la mano, se lanzó como una flecha por el agujero, cruzó como un rayo una cocina enorme y se metió por otro agujero, detrás del fogón.

Mientras corría, Buby alcanzó a ver aquella cocina temible. Al calor de las brasas dormía don Gaiferos, un gato enorme de pelo gris azulado, cuyos bigotes subían y bajaban al ritmo de su respiración. Los ratones de la guardia, inmóviles y callados, protegían el paso del rey en formación de batalla. En una silla dormía también una viejita muy fea, con el tejido caído sobre la falda.

Pasado el agujero, el peligro terminó. Solo faltaba subir hasta la buhardilla, en lo más alto de aquella casa, donde vivía Gilito. Era un cuartucho abierto a todos los vientos, y los ratones entraron por rendijas y agujeros. Buby se trepó a la única silla que había, una silla sin asiento, y desde ahí vio una miseria que nunca hubiera podido imaginar.

El techo era tan bajo que un hombre no cabía de pie. Por las rendijas entraba el viento helado del amanecer, y debajo de las tejas colgaban pedazos de hielo. No había más que aquella silla, una canasta para el pan, vacía, colgada del techo y, en un rincón, una cama de paja y trapos donde dormían abrazados Gilito y su mamá.

Cuando Buby vio de cerca a Gilito, con las manitas heladas asomando entre los trapos y la carita pegada al pecho de su mamá para buscar un poco de calor, se le encogió el corazón y se echó a llorar. ¡Nunca había visto algo así! ¿Cómo era posible que nadie le hubiera dicho que había niños que pasaban hambre y frío? ¡Ya no quería ni cobijas en su cama mientras en su reino hubiera un solo niño sin con qué abrigarse!

Ratón Pérez, conmovido también, se secó a escondidas una lágrima con la pata, y para consolar al rey le enseñó la monedita de oro, muy brillante, que iba a dejar bajo la almohada de Gilito a cambio de su primer diente.

En ese momento despertó la mamá de Gilito. Ya amanecía, y tenía que irse a lavar ropa al río por unos cuantos centavos. Tomó a Gilito en brazos y lo arrodilló, todavía medio dormido, frente a una estampita del Niño Jesús pegada en la pared.

Buby y Ratón Pérez se arrodillaron con mucho respeto, y hasta los cazadores ligeros se hincaron dentro de la canasta vacía. El niño empezó a rezar:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Buby se quedó mirando a Ratón Pérez con la boca abierta. El ratón entendió su asombro y lo miró fijamente, pero no dijo ni una palabra.

Regresaron callados y pensativos. Ya en la recámara, Ratón Pérez le volvió a meter la punta de la cola en la nariz, y Buby estornudó otra vez con gran estruendo. Se encontró acostado en su cama, en brazos de la reina, que lo despertaba como todas las mañanas con un beso.

Al principio Buby creyó que todo había sido un sueño. Pero levantó la almohada, buscó la carta, y la carta ya no estaba. En su lugar había un estuche con la insignia del Toisón de Oro, cuajada de brillantes: el regalo de Ratón Pérez a cambio de su primer diente.

El reyecito lo dejó caer sobre la colcha casi sin mirarlo y se quedó un largo rato pensativo. De pronto dijo, con esa cara seria que ponen a veces los niños cuando piensan o sufren:

—Mamá… ¿por qué los niños pobres rezan igual que yo: «Padre nuestro, que estás en el cielo»?

—Porque Dios es su padre, igual que es el tuyo —le respondió la reina.

—Entonces —dijo Buby, todavía más pensativo— somos hermanos…

—Sí, hijo mío; son tus hermanos.

Con la voz quebrada por las lágrimas, Buby preguntó:

—¿Y por qué yo soy rey y tengo de todo, y ellos son pobres y no tienen nada?

La reina lo apretó contra su corazón, le besó la frente y le dijo:

—Porque tú eres el hermano mayor, y eso es ser rey… ¿Lo entiendes, Buby? Dios te dio de todo para que te encargues de que a tus hermanos menores no les falte nada.

—Yo no sabía eso —dijo Buby, moviendo con tristeza la cabecita.

Y sin acordarse más del Toisón de Oro, se puso a hacer sus oraciones de la mañana. Mientras rezaba, le parecía que todos los Gilitos pobres del reino se juntaban a su alrededor, alzando también sus manitas, y que él, como hermano mayor, decía en nombre de todos:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Y cuando Buby creció y fue un hombre y un gran guerrero, en los tiempos difíciles y en los días alegres, siempre decía, en nombre de todos sus súbditos, pobres y ricos, buenos y malos:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Y cuando murió el rey Buby, ya muy viejito, y su alma buena llegó a las puertas del cielo, se arrodilló y dijo como siempre:

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

Y apenas lo dijo, miles y miles de Gilitos pobres, de quienes en la tierra había sido rey, es decir, hermano mayor, le abrieron las puertas de par en par.

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- Also known as: Ratoncito Pérez
- Characters: Buby
- Version: gentler retelling; the longer, more faithful retelling: https://talerie.com/es/cuentos/raton-perez-original.md
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- Subject (Wikidata): https://www.wikidata.org/wiki/Q17086640
- Source: Ratón Pérez. Cuento infantil, Luis Coloma (Administración de Razón y Fe, Madrid, 1911; Project Gutenberg #36558) (https://www.gutenberg.org/ebooks/36558)
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