# Rip Van Winkle

_Retold by Talerie (talerie.com) from The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, after Washington Irving_ · 15 min read · ages 6+

Rip Van Winkle sube a los Catskill, ayuda a un viejo a cargar un barril, bebe de la jarra de unos hombres que juegan a los bolos y se queda dormido. Rip despierta veinte años después, abraza a su hija Judith y a su nieto, y vuelve a la banca de la posada, libre de los regaños de la señora Van Winkle.

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Al pie de las montañas Catskill, junto al río Hudson, hay un pueblo muy antiguo, fundado por colonos holandeses. Ahí vivía, hace muchos años, cuando el país todavía pertenecía a Gran Bretaña, un hombre sencillo y bonachón llamado Rip Van Winkle. Era buen vecino y un marido muy obediente; un mandilón, como se dice. Los niños lo adoraban, porque les hacía juguetes y les contaba historias de fantasmas, y no había en el vecindario un perro que le ladrara.

Su gran defecto era que no soportaba ningún trabajo que le diera provecho. Nunca se negaba a ayudar a un vecino en la faena más pesada, pero su propia granja le parecía el pedazo de tierra más ingrato de la región: las cercas se le caían, la vaca se metía entre las coles y la mala hierba crecía como en ningún otro lado. La granja se fue achicando hasta quedar en un pedacito de maíz y papas.

Sus hijos andaban harapientos, como si no fueran de nadie, y el niño, el joven Rip, que llevaba el nombre de su padre, era su vivo retrato.

Su esposa no dejaba de reprocharle su flojera y la ruina a la que llevaba a la familia; lo regañaba en la mañana, en la tarde y en la noche. Rip tenía una sola manera de contestar: se encogía de hombros, movía la cabeza, alzaba los ojos al cielo y no decía nada. Eso la enojaba todavía más, así que él acababa por salirse de la casa.

Su único aliado era su perro Wolf, tan regañado como su amo, porque la señora Van Winkle los veía como compañeros de flojera. En el bosque, Wolf era valiente como pocos; pero en cuanto entraba a la casa metía la cola entre las patas y, al primer movimiento de una escoba, salía disparado por la puerta.

Durante mucho tiempo Rip se consoló en una banca frente a la posada, que tenía por letrero un retrato del rey Jorge III, de cara colorada. Ahí platicaban los desocupados del pueblo a la sombra, con Nicholas Vedder, el dueño, que fumaba su pipa sin decir palabra, y Derrick Van Bummel, el maestro de escuela, que les leía algún periódico viejo. Pero hasta de ese refugio acabó por sacar a Rip la señora Van Winkle: llegaba de pronto, los regañaba a todos, y ni siquiera Nicholas Vedder se salvaba.

Al pobre Rip ya no le quedaba más salida que tomar la escopeta e irse al bosque, o pasarse el día pescando en el río, aunque ni un pez le picara. A veces se sentaba al pie de un árbol y compartía con Wolf lo que llevaba en el morral.

—Pobre Wolf —le decía—, tu ama te da una vida de perro; pero no te preocupes, muchacho, mientras yo viva nunca te va a faltar un amigo.

Wolf meneaba la cola y lo miraba a la cara, como si sintiera lo mismo por su amo.

Un hermoso día de otoño, cazando ardillas, Rip subió sin darse cuenta a uno de los puntos más altos de los Catskill. Ya tarde, cansado, se tiró sobre una lomita verde, a la orilla de una cañada honda. No llegaría al pueblo antes de que oscureciera, y suspiró al pensar en lo que le esperaba con la señora Van Winkle.

Rip iba a bajar cuando oyó una voz a lo lejos:

—¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!

Volteó, pero no vio más que un cuervo que cruzaba la montaña. Ya iba a bajar otra vez cuando oyó el mismo grito en el aire quieto de la tarde:

—¡Rip Van Winkle! ¡Rip Van Winkle!

A Wolf se le erizó el lomo y, gruñendo bajito, se pegó a su amo. Entre las rocas subía despacio una figura extraña, doblada bajo el peso de algo que cargaba a la espalda. Rip pensó que sería algún vecino que necesitaba ayuda y bajó a dársela.

El desconocido era un viejo bajito y fornido, de barba canosa, vestido a la antigua moda holandesa. Cargaba al hombro un barril que parecía lleno de licor, y le hizo señas a Rip para que lo ayudara. Rip obedeció, y turnándose el barril subieron por una barranca angosta, el cauce seco de un arroyo.

Mientras subían, Rip oía de vez en cuando unos retumbos largos, como truenos lejanos, que salían de una hendidura entre las peñas, justo hacia donde iban. Al otro lado de la hendidura llegaron a una hondonada redonda, rodeada de paredes de roca.

En medio de la hondonada, un grupo de hombres jugaba a los bolos. Vestían a la antigua, como el guía, y todos tenían barba; el que parecía el jefe era un señor viejo y robusto, con sombrero de pluma y medias rojas. A Rip le recordaron las figuras de un cuadro flamenco antiguo.

Aunque estaban jugando, tenían una cara de lo más seria y no decían ni una palabra. Lo único que rompía la quietud era el ruido de las bolas, que al rodar retumbaban por las montañas como truenos.

Cuando Rip y su compañero se acercaron, los jugadores dejaron de jugar de golpe y se le quedaron mirando fijamente, como estatuas, y a Rip le temblaron las rodillas. El viejo vació el barril en unas jarras grandes y le hizo señas para que les sirviera a los jugadores. Rip obedeció temblando, y ellos bebieron en silencio.

Poco a poco se le fue pasando el susto. Cuando nadie lo miraba, se animó a probar la bebida, y le supo a ginebra holandesa de la buena. Un trago llamó a otro, y volvió tantas veces a la jarra que al final se le nublaron los sentidos, la cabeza se le fue doblando y se quedó profundamente dormido.

Cuando despertó, estaba en la lomita verde donde había visto por primera vez al viejo de la cañada. Era una mañana luminosa.

«No puede ser que haya dormido aquí toda la noche», pensó Rip. «¡Ay, esa jarra, esa condenada jarra! ¿Y ahora qué le digo a la señora Van Winkle?»

Rip buscó su escopeta, pero en lugar de la suya, limpia y bien aceitada, encontró a su lado un arma vieja, con el cañón cubierto de óxido y la culata carcomida. Wolf también había desaparecido. Le chifló y lo llamó a gritos, pero solo le contestó el eco.

Decidió volver a la hondonada a reclamar su escopeta y su perro. Con las coyunturas tiesas, encontró la barranca por donde había subido la tarde anterior; pero, para su asombro, ahora bajaba por ella un arroyo espumoso, saltando de piedra en piedra. Como pudo, trepó hasta el sitio de la hendidura, pero ya no quedaba ni rastro de la entrada: las rocas formaban una pared alta y cerrada, y por encima caía el agua en una cortina de espuma.

Volvió a llamar a su perro, y solo le contestaron unos cuervos que parecían burlarse de él. Le daba miedo encontrarse con su esposa, pero se moría de hambre. Se echó al hombro la escopeta oxidada y, con el corazón lleno de angustia, tomó el camino de su casa.

Cerca del pueblo se cruzó con mucha gente, pero no conocía a nadie. Todos lo miraban y, cada vez que lo veían, se acariciaban la barbilla. Tanto repitieron el gesto que Rip, sin pensarlo, hizo lo mismo, y descubrió con asombro que la barba le llegaba al pecho.

Una bola de niños desconocidos corría detrás de él, señalando su barba gris, y los perros le ladraban al pasar. El pueblo era más grande; había casas que nunca había visto y, en las puertas, nombres extraños.

«Esa jarra de anoche me dejó la cabeza hecha un lío», pensó.

Le costó trabajo encontrar su propia casa. Se acercó con miedo de oír la voz chillona de la señora Van Winkle, pero la casa estaba en ruinas: el techo se había caído y las ventanas estaban rotas. Un perro flaco, muerto de hambre, que se parecía a Wolf, rondaba por ahí. Rip lo llamó por su nombre, pero el perro le gruñó, le enseñó los dientes y siguió su camino.

—¡Hasta mi perro se olvidó de mí! —suspiró el pobre Rip.

La casa estaba vacía, abandonada. Aquella soledad le quitó todo el miedo que le tenía a su mujer: llamó a gritos a su esposa y a sus hijos, y por un momento los cuartos resonaron con su voz; luego todo volvió a quedar en silencio.

Se fue deprisa a la posada, pero la posada ya no existía. En su lugar había un caserón de madera con un letrero que decía «Hotel de la Unión, de Jonathan Doolittle». Donde antes estaba el gran árbol ondeaba una bandera de estrellas y franjas. En el letrero de siempre reconoció la cara colorada del rey Jorge, pero también había cambiado: la casaca roja era ahora azul, en la mano tenía una espada en vez de un cetro, y abajo decía en letras grandes: «GENERAL WASHINGTON».

Rip buscó en vano a Nicholas Vedder y a Van Bummel. En vez de ellos, un sujeto flaco y amargado hablaba a gritos de elecciones, de libertad y de los héroes del setenta y seis, cosas que para Rip eran puro chino.

Con su barba larga, su escopeta oxidada y aquella bola de niños detrás, Rip no tardó en llamar la atención. El orador le preguntó por quién iba a votar, y un hombrecito muy activo le preguntó al oído si era federalista o demócrata. Entonces un señor viejo y muy pagado de sí mismo, con un sombrero de tres picos, se plantó frente a él y le preguntó con voz severa:

—¿A qué viene usted a las elecciones con una escopeta al hombro y toda esa gente detrás? ¿Quiere armar un motín en el pueblo?

—¡Ay, señores! —exclamó Rip, asustado—. Yo soy un hombre pobre y tranquilo, nacido aquí, y súbdito leal del rey, ¡que Dios lo bendiga!

Los presentes estallaron en gritos:

—¡Un tory! ¡Un tory! ¡Un espía! ¡Sáquenlo de aquí!

Al señor del sombrero de tres picos le costó mucho trabajo calmarlos. Luego le preguntó qué andaba buscando ahí, y Rip le explicó que solo quería ver a unos vecinos que solían reunirse en la posada.

—Bueno, ¿y quiénes son?

—¿Dónde está Nicholas Vedder?

Hubo un silencio, hasta que un viejo contestó con voz delgadita:

—¿Nicholas Vedder? ¡Pues hace dieciocho años que murió!

—¿Y Brom Dutcher?

—Ese se fue al ejército al principio de la guerra. Dicen que murió en una batalla; nunca volvió.

—¿Y Van Bummel, el maestro de escuela?

—También se fue a la guerra; llegó a general y ahora está en el Congreso.

A Rip se le cayó el alma a los pies al verse tan solo en el mundo. Ya no tuvo valor para preguntar por más amigos, y gritó desesperado:

—¿Nadie aquí conoce a Rip Van Winkle?

—¡Ah, Rip Van Winkle! —exclamaron dos o tres—. ¡Claro! Ahí está, recargado en aquel árbol.

Rip miró y vio a otro igualito a él, tal como era cuando subió a la montaña: igual de flojo, por lo visto, y desde luego igual de andrajoso. El señor del sombrero de tres picos le preguntó quién era y cómo se llamaba.

—¡Sabrá Dios! —exclamó Rip—. Yo no soy yo… Ese de allá soy yo… No, ese es otro… Anoche yo era yo, pero me dormí en la montaña, y me cambiaron la escopeta, y todo cambió, ¡y ya no sé cómo me llamo ni quién soy!

Los presentes se miraron unos a otros y se dieron golpecitos en la frente con el dedo. Alguien murmuró que habría que quitarle la escopeta al viejo antes de que hiciera alguna locura, y al oírlo, el señor del sombrero de tres picos se retiró a toda prisa.

En ese momento, una mujer joven se abrió paso entre la gente para ver al hombre de la barba gris. Llevaba en brazos a un niño gordito que, asustado al verlo, se echó a llorar.

—Ya, Rip —le dijo ella—, ya no llores; el viejito no te va a hacer nada.

El nombre del niño y el tono de aquella voz le despertaron a Rip un montón de recuerdos.

—¿Cómo se llama usted, buena mujer? —preguntó.

—Judith Gardenier.

—¿Y su padre?

—¡Ay, pobre! Se llamaba Rip Van Winkle, pero hace veinte años que salió de la casa con su escopeta y nunca más se supo de él. El perro regresó solo. Yo entonces era una niña.

A Rip le quedaba una sola pregunta, y la hizo con voz temblorosa:

—¿Y su madre?

Judith le contó que también había muerto, hacía poco: en un arranque de coraje contra un vendedor ambulante, se le reventó una vena.

Aquella noticia, por lo menos, traía un poco de consuelo. El buen hombre ya no pudo contenerse y abrazó a su hija y a su nieto.

—¡Yo soy tu padre! —gritó—. Antes el joven Rip Van Winkle, ahora el viejo Rip Van Winkle. ¿Nadie conoce al pobre Rip Van Winkle?

Todos se quedaron pasmados, hasta que una anciana salió de entre la gente, lo miró un momento a la cara y exclamó:

—¡Pues sí! ¡Es Rip Van Winkle, es él mismo! Bienvenido a casa, vecino. Pero ¿dónde te metiste estos veinte años?

Rip contó su historia, que para él había durado una sola noche. Algunos vecinos se guiñaron el ojo, y el señor del sombrero de tres picos, que había vuelto en cuanto pasó el peligro, movió la cabeza, y en el acto todos los presentes movieron la cabeza también.

Decidieron, sin embargo, pedirle su opinión al viejo Peter Vanderdonk, el habitante más antiguo del pueblo. Reconoció a Rip enseguida y confirmó su historia. Les contó que cada veinte años Hendrick Hudson, el que descubrió el río, volvía a los Catskill con la tripulación de su barco, la Media Luna, a velar por aquellas tierras. El padre de Peter los había visto jugar a los bolos en la montaña, y el propio Peter había oído una tarde de verano el ruido de sus bolas, como truenos lejanos.

Luego la gente volvió a lo que de verdad le importaba: las elecciones. Judith se llevó a su padre a vivir con ella y con su marido, un granjero alegre y robusto en quien Rip reconoció a uno de aquellos niños que se le subían a la espalda. En cuanto al hijo, el que estaba recargado en el árbol, lo pusieron a trabajar en la granja; pero había heredado la costumbre de ocuparse de todo menos de lo suyo.

Como ya había llegado a esa edad feliz en que un hombre puede estar de flojo sin que nadie se lo reproche, Rip volvió a ocupar su lugar en la banca, a la puerta de la posada, y lo respetaban como a uno de los patriarcas del pueblo.

Poco a poco entendió que ya no era súbdito del rey Jorge III, sino ciudadano de los Estados Unidos, aunque eso le importaba poco; lo que sí le importaba era que podía entrar y salir cuando quisiera, sin miedo a los regaños de la señora Van Winkle. Cada vez que alguien la mencionaba, movía la cabeza, se encogía de hombros y alzaba los ojos al cielo, y nadie sabía si era resignación o alegría por verse libre.

A todo forastero que llegaba al hotel le contaba su historia, hasta que no hubo nadie en el vecindario que no se la supiera de memoria. Algunos decían que Rip había perdido el juicio, pero los viejos holandeses se la creyeron.

Y hasta el día de hoy, cada vez que oyen una tormenta de verano por los Catskill, dicen que Hendrick Hudson y su tripulación están jugando a los bolos; y todos los maridos mandilones del rumbo, cuando la vida se les hace pesada, sueñan con echarse un trago de la jarra de Rip Van Winkle.

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## About this tale

«Rip Van Winkle» lo escribió Washington Irving. Se publicó en Nueva York en 1819, en el primer número de «The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent.», firmado con el seudónimo Geoffrey Crayon. Dentro del libro, el cuento aparece como un escrito hallado entre los papeles de Diedrich Knickerbocker, otro narrador inventado.

Las ediciones posteriores conservan las palabras de Irving; cambian la nota final, donde Carlos V pasa a ser el emperador Federico Barbarroja, y añaden una posdata con leyendas de los Catskill. Nuestras dos versiones parten del texto de Project Gutenberg: la «Original», más extensa, y la «Más suave».

> ¿Nadie aquí conoce a Rip Van Winkle?
>
> Washington Irving, The Sketch-Book (Project Gutenberg): Does nobody here know Rip Van Winkle?

### El cuento de Irving junto a una leyenda alemana de 1800

|  | Irving, 1819 | Otmar, «Der Ziegenhirt», 1800 |
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| Protagonista | Rip, aldeano holgazán y mandilón | Peter Klaus, cabrero de Sittendorf |
| Lugar | montañas Catskill, junto al Hudson | el monte Kyffhäuser |
| Cómo llega | ayuda a un desconocido a cargar un barril | sigue a una cabra por un hueco entre muros viejos |
| Los jugadores | hombres callados con ropa holandesa antigua | doce caballeros serios que no dicen palabra |
| El juego | bolos; Rip les sirve la bebida | bolos; Peter vuelve a poner en pie los bolos |
| La bebida | ginebra holandesa | vino de una jarra que nunca se vacía |
| Cuánto duerme | veinte años | veinte años |
| Reencuentro | se presenta a su hija; una anciana lo reconoce | se presenta a su hija; la gente lo reconoce |

### Qué hace nuestra versión

Ninguna de nuestras dos versiones trae la presentación de Knickerbocker ni la nota final: las dos empiezan al pie de los Catskill y siguen la historia de Irving en su orden. Rip ayuda a un viejo a subir un barril, sirve de beber a unos hombres que juegan a los bolos sin decir palabra, prueba la ginebra holandesa y se queda dormido. Al bajar, la barba le llega al pecho, en lugar de la posada hay un «Hotel de la Unión» y el rey Jorge del letrero lleva ahora el nombre de «GENERAL WASHINGTON». Según el viejo Peter Vanderdonk, aquellos jugadores eran Hendrick Hudson y la tripulación de la Media Luna, que vuelven a la montaña cada veinte años. La versión «Original» conserva además las reflexiones del narrador y lo que imagina Judith, la hija de Rip, sobre la desaparición de su padre: que se le disparó la escopeta o que se lo llevaron los indios.

Al volver, Rip se entera de que su esposa ha muerto hace poco: se le reventó una vena en un ataque de ira contra un vendedor ambulante. El cuento trata esa muerte como un alivio para Rip, que por fin vive sin regaños. En ninguna escena se ve a nadie herido; aun así, conviene conocer este detalle antes de compartir el cuento con un niño.

### Una leyenda alemana parecida y una confusión

En la nota que sigue al cuento, Geoffrey Crayon comenta que cabría pensar que a Knickerbocker se lo sugirió una pequeña superstición alemana sobre el monte Kyffhäuser; la nota de Knickerbocker que viene después asegura, en broma, que todo es verdad, porque él mismo habló con Rip. En 1800, Otmar, seudónimo de Johann Karl Christoph Nachtigal, publicó en Bremen dos leyendas de ese monte. En «Der Ziegenhirt», el cabrero Peter Klaus les pone en pie los bolos a doce caballeros callados, bebe de su jarra y duerme veinte años; en «Der verzauberte Kaiser», el emperador Federico está sentado bajo la montaña, y su larga barba roja ha atravesado una mesa de piedra. No hemos leído nada que diga que Irving conociera esos textos.

No hay que confundirlo con «La bella durmiente», otro cuento de nuestra biblioteca con un sueño muy largo, donde un hechizo hace dormir cien años a la princesa y a toda la corte. Rip, en cambio, duerme veinte años después de beber de la jarra de unos desconocidos; el cuento no habla de ningún hechizo y nadie viene a despertarlo.

Sources (claims checked against them on 2026-10-30):
- The Sketch-Book of Geoffrey Crayon, Washington Irving, con el prefacio de la edición revisada; Project Gutenberg n.º 2048 [our source] (https://www.gutenberg.org/ebooks/2048)
- 1819: The Sketch Book of Geoffrey Crayon, Gent., No. I, New-York: C. S. Van Winkle, 1819, n.º I, «Rip Van Winkle», pp. 55–94 (https://archive.org/details/irvingsketchbook)
- 1800: Der Ziegenhirt, Otmar [J. K. C. Nachtigal], Volcks-Sagen, Bremen: Wilmans, 1800, 1.ª ed., pp. 153–158 (https://de.wikisource.org/wiki/Der_Ziegenhirt)
- 1800: Der verzauberte Kaiser, Otmar [J. K. C. Nachtigal], Volcks-Sagen, Bremen: Wilmans, 1800, 1.ª ed., pp. 161–166 (https://de.wikisource.org/wiki/Der_verzauberte_Kaiser)
- Wikidata Q1129589 (https://www.wikidata.org/wiki/Q1129589)

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- Wikidata: https://www.wikidata.org/wiki/Q1129589
- Source: Rip Van Winkle, from The Sketch-Book of Geoffrey Crayon by Washington Irving (Project Gutenberg #2048) (https://www.gutenberg.org/ebooks/2048)
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