# Riquete el del copete

_Retold by Talerie (talerie.com) from Contes de Perrault_ · 12 min read · ages 6+

Riquete el del copete, un príncipe muy feo e ingenioso, le da ingenio a una princesa hermosa y tonta a cambio de que prometa casarse con él en un año. Cuando la princesa duda en cumplir, Riquete le cuenta que ella puede volverlo hermoso; ella lo desea, el rey da su consentimiento y al día siguiente se celebra la boda.

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Había una vez una reina que tuvo un hijo tan feo y tan contrahecho que durante mucho tiempo la gente dudó que tuviera forma humana. Un hada que estuvo en el bautizo aseguró que, aun así, todos lo iban a querer, porque tendría mucho ingenio. Y añadió que, gracias al don que acababa de darle, el niño podría darle a la mujer con quien se casara tanto ingenio como él mismo tuviera.

Aquello consoló un poco a la pobre reina, que sufría mucho por tener un bebé tan feo. Y es verdad que, en cuanto el niño empezó a hablar, dijo mil cosas lindas, y en todo lo que hacía había algo tan agudo que dejaba a todos encantados. Además, había nacido con un copete en la cabeza, un mechoncito de pelo, y por eso lo llamaron Riquete el del copete, porque Riquete era el apellido de su familia.

La reina de un reino vecino tenía dos hijas. La mayor era hermosa como un sol. La misma hada que había estado en el nacimiento de Riquete no quiso que esa reina se alegrara de más, y le anunció que la princesita no tendría nada de ingenio y que sería tan tonta como hermosa. Eso entristeció mucho a la reina. Pero luego tuvo un disgusto todavía mayor, porque su segunda hija nació feísima.

—No se aflija tanto, señora —le dijo el hada—. Esta niña tendrá otra recompensa: va a tener tanto ingenio que casi nadie se dará cuenta de que le falta belleza.

—Dios lo quiera —respondió la reina—. Pero ¿no habría manera de darle un poco de ingenio a la mayor?

—En cuanto al ingenio, señora, no puedo hacer nada por ella —dijo el hada—, pero en cuanto a la belleza lo puedo todo. Y como haría cualquier cosa por darle gusto a usted, a la mayor le voy a dar este don: podrá volver hermoso o hermosa a quien ella quiera.

Conforme las dos princesas crecían, también crecían sus virtudes, y en todas partes se hablaba de la belleza de la mayor y del ingenio de la menor. Pero sus defectos aumentaban con la edad. La menor era cada día más fea, y la mayor, cada día más tonta. Cuando le preguntaban algo, o no contestaba nada, o decía una tontería. Y era tan torpe que no podía acomodar cuatro figuras de porcelana en la repisa de la chimenea sin romper una, ni beberse un vaso de agua sin derramarse la mitad en el vestido.

Aunque la belleza es una gran ventaja, la menor casi siempre le ganaba a su hermana. En cualquier reunión, la gente iba primero con la mayor, para verla y admirarla, pero al poco rato se pasaba al lado de la que tenía más ingenio, para oírle decir mil cosas agradables. En menos de un cuarto de hora, la mayor se quedaba sola y todos estaban alrededor de la menor.

Tonta como era, la mayor se daba cuenta muy bien, y habría dado sin pensarlo toda su belleza por tener la mitad del ingenio de su hermana. La reina, aunque era muy sabia, no pudo evitar reprocharle varias veces lo tonta que era, y la pobre princesa estuvo a punto de morirse de tristeza.

Un día se fue sola a un bosque para llorar su desgracia, y vio que se le acercaba un hombrecito jorobado y cojo, muy feo y muy desagradable, pero vestido con muchísima elegancia. Era el joven príncipe Riquete el del copete, que había salido del reino de su padre para verla y hablar con ella.

El príncipe la saludó con todo el respeto y la cortesía del mundo. Después de las palabras amables de costumbre, notó que estaba muy triste y le dijo:

—No entiendo, princesa, cómo una persona tan hermosa como usted puede estar tan triste como parece. He conocido a muchísimas personas hermosas, y le aseguro que nunca he visto a ninguna con una belleza parecida a la suya.

—Si usted lo dice, señor —contestó la princesa, y no agregó nada más.

—La belleza —siguió Riquete— es una gran ventaja, y quien la tiene no debería tener muchos motivos para estar triste.

—Preferiría ser tan fea como usted y tener ingenio —dijo la princesa— que tener la belleza que tengo y ser tan tonta como soy.

—Princesa, no hay mejor señal de que alguien tiene ingenio que creer que no lo tiene. Así es este don: mientras más se tiene, más se cree que falta.

—Eso no lo sé —dijo la princesa—, pero sé que soy muy tonta, y de eso viene la tristeza que me está matando.

—Si es solo eso lo que la aflige, princesa, yo puedo acabar fácilmente con su tristeza.

—¿Y cómo va a hacerlo? —preguntó la princesa.

—Tengo el poder, princesa —dijo Riquete—, de darle todo el ingenio que se pueda tener a la mujer con quien me voy a casar. Y como usted es esa mujer, solo depende de usted tener todo el ingenio del mundo, siempre que acepte casarse conmigo.

La princesa se quedó sin saber qué decir y no contestó nada.

—Ya veo que mi propuesta la incomoda —siguió Riquete—, y no me sorprende. Pero le doy un año entero para que lo piense.

La princesa tenía tan poco ingenio y tantas ganas de tenerlo que se imaginó que ese año no se iba a terminar nunca, así que aceptó. En cuanto le prometió que se casaría con él un año después, en esa misma fecha, se sintió otra persona. De pronto le resultaba facilísimo decir todo lo que quería, y decirlo con gracia, soltura y naturalidad.

Desde ese momento empezó a platicar con Riquete, y brilló tanto en la conversación que el príncipe llegó a creer que le había dado más ingenio del que se había guardado para sí mismo.

Cuando la princesa volvió al palacio, nadie en la corte sabía qué pensar de un cambio tan repentino y tan extraordinario: antes solo le oían decir disparates, y ahora decía cosas sensatas y llenas de ingenio. Toda la corte se alegró muchísimo. La única que no se puso contenta fue la menor, porque ya no le ganaba a su hermana en ingenio y, al lado de la mayor, ya solo se notaba lo fea que era.

El rey empezó a guiarse por los consejos de su hija mayor, y a veces hasta reunía a sus ministros en los salones de la princesa. Cuando se corrió la voz de aquel cambio, todos los príncipes jóvenes de los reinos vecinos pidieron su mano. Pero a ella ninguno le parecía bastante ingenioso, y los escuchaba a todos sin comprometerse con ninguno.

Un día, por casualidad, fue a pasear al mismo bosque donde había encontrado a Riquete, para pensar con calma qué iba a hacer. Iba caminando, muy pensativa, cuando oyó bajo sus pies un ruido sordo, como de mucha gente que iba y venía y trabajaba. Escuchó con más atención y oyó que una voz decía:

—Tráeme esa olla.

Y otra:

—Pásame ese caldero.

Y otra más:

—Échale leña a ese fuego.

En ese mismo momento la tierra se abrió, y a sus pies vio algo como una enorme cocina, llena de cocineros, de ayudantes y de toda la gente que hace falta para preparar un gran banquete. De ahí salió una cuadrilla de veinte o treinta asadores, que se instalaron en un camino ancho del bosque, alrededor de una mesa larguísima. Cada uno tomó sus utensilios, y todos se pusieron a trabajar al compás de una canción muy armoniosa.

Asombrada, la princesa les preguntó para quién trabajaban.

—Para el príncipe Riquete el del copete, señorita —le contestó el que parecía el jefe—, que se casa mañana.

La princesa se quedó todavía más sorprendida. De golpe se acordó de que hacía exactamente un año, en esa misma fecha, le había prometido a Riquete casarse con él, y por poco se cae de la impresión. Se le había olvidado por completo porque hizo esa promesa cuando todavía era tonta, y con el ingenio nuevo que le dio el príncipe se le borraron de la memoria todas sus tonterías.

No había dado ni treinta pasos más cuando Riquete apareció frente a ella, espléndido y elegantísimo, como un príncipe a punto de casarse.

—Aquí me tiene, princesa —dijo—, puntual para cumplir mi palabra. Y estoy seguro de que usted viene a cumplir la suya y a hacerme el más feliz de los hombres al darme su mano.

—Le voy a confesar con franqueza —respondió la princesa— que todavía no me he decidido, y no creo que llegue a decidirme nunca como usted quisiera.

—Me sorprende usted, princesa —dijo Riquete.

—Lo creo —dijo la princesa—. Si estuviera tratando con un bruto, con un hombre sin ingenio, me vería en un aprieto. «Una princesa no tiene más que su palabra», me diría, «y tiene que casarse conmigo, porque me lo prometió». Pero como el hombre con quien hablo es el más ingenioso del mundo, estoy segura de que entenderá razones.

—Usted sabe —siguió la princesa— que, cuando yo era tonta, aun así no me animaba a casarme con usted. ¿Cómo quiere que ahora, con el ingenio que usted me dio, que me vuelve todavía más difícil de complacer, tome una decisión que no pude tomar entonces? Si de veras pensaba casarse conmigo, hizo muy mal en quitarme la tontería y en hacerme ver las cosas con más claridad que antes.

—Usted misma acaba de decir que un hombre sin ingenio tendría derecho a reclamarle su palabra —respondió Riquete—. ¿Por qué no voy a tenerlo yo, princesa, si en esto me juego la felicidad de toda mi vida? ¿Es justo que los que tienen ingenio salgan peor parados que los que no lo tienen? ¿Puede pensar eso usted, que tiene tanto y que tanto lo deseó? Pero vamos al grano, por favor. Aparte de mi fealdad, ¿hay algo en mí que no le guste? ¿Le disgustan mi familia, mi ingenio, mi carácter o mis modales?

—Para nada —respondió la princesa—. Todo lo que acaba de mencionar me gusta de usted.

—Si es así —dijo Riquete—, voy a ser feliz, porque usted puede convertirme en el más encantador de los hombres.

—¿Y cómo puede ser eso? —preguntó la princesa.

—Así será, si usted lo desea —respondió Riquete—. Y para que no lo dude, princesa, sepa que la misma hada que el día de mi nacimiento me dio el don de volver ingeniosa a la persona que yo eligiera, le dio a usted el don de volver hermoso al hombre que usted quiera.

—Si es así —dijo la princesa—, deseo con todo mi corazón que usted se convierta en el príncipe más hermoso y más encantador del mundo, y le concedo ese don con todo el poder que tengo.

En cuanto la princesa dijo estas palabras, Riquete el del copete le pareció el hombre más apuesto y más encantador que había visto en su vida.

Hay quienes aseguran que no fue la magia del hada la que hizo ese cambio. Dicen que la princesa pensó en la constancia de Riquete, en su discreción y en todas las buenas cualidades de su alma y de su ingenio, y que entonces dejó de ver lo deforme de su cuerpo y lo feo de su cara. Que la joroba ya solo le pareció la buena planta de un hombre de espalda ancha, y que, aunque hasta entonces lo había visto cojear horriblemente, ahora solo veía en él una manera encantadora de inclinarse hacia un lado.

Dicen también que los ojos de Riquete, que eran bizcos, le parecieron por eso mismo más brillantes, y que su gran nariz roja tuvo para ella algo de guerrero y de heroico.

Sea como sea, la princesa le prometió en ese mismo instante casarse con él, siempre que el rey, su padre, diera su consentimiento. El rey vio que su hija quería mucho a Riquete el del copete, a quien además conocía como un príncipe muy ingenioso y muy sabio, y lo aceptó con gusto como yerno. Al día siguiente se celebró la boda, tal como Riquete lo había previsto y ordenado desde mucho tiempo antes.

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- Source: Riquet à la Houppe (Charles Perrault, 1697 ; éd. 1902 des Contes de Perrault) (https://fr.wikisource.org/wiki/Contes_de_Perrault_(éd._1902)/Riquet_à_la_Houppe)
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