# Rumpelstiltskin

_Hermanos Grimm_ · 6 min read · ages 7-12

Un hombrecillo hila la paja y la convierte en oro en lugar de la hija de un molinero, a cambio de sus joyas y luego de su primer hijo. Ya reina, descubre el nombre del hombrecillo gracias a un mensajero, y él, furioso, da tal patada con el pie derecho que se hunde en la tierra hasta la cintura y se parte en dos.

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Había una vez un molinero muy pobre que tenía una hija muy hermosa. Un día le tocó hablar con el rey y, para darse importancia, le dijo:

—Tengo una hija que sabe hilar paja y convertirla en oro.

—Ese es un arte que me gusta mucho —contestó el rey—. Si tu hija es tan hábil como dices, tráela mañana a mi castillo y la pondré a prueba.

Cuando le llevaron a la muchacha, el rey la condujo a un cuarto lleno de paja, le dio una rueca y una devanadera, y le dijo:

—Ahora ponte a trabajar. Si de aquí a mañana temprano no has hilado toda esta paja hasta volverla oro, tendrás que morir.

Después cerró él mismo la puerta con llave, y ella se quedó sola adentro.

Ahí estaba sentada la pobre hija del molinero, sin saber cómo salvar la vida. No entendía nada de cómo se hila la paja para convertirla en oro, y su miedo fue creciendo tanto que al final se soltó a llorar. De pronto se abrió la puerta y entró un hombrecillo.

—Buenas noches, señorita molinera. ¿Por qué lloras tanto? —dijo.

—Ay —contestó la muchacha—, tengo que hilar paja y convertirla en oro, y no sé cómo se hace.

—¿Qué me das si te la hilo yo? —preguntó el hombrecillo.

—Mi collar —dijo la muchacha.

El hombrecillo tomó el collar, se sentó frente a la ruequita y, zum, zum, zum, tres jalones y el carrete quedó lleno. Puso otro y, zum, zum, zum, tres jalones, y el segundo también quedó lleno. Así siguió hasta la mañana, y para entonces toda la paja estaba hilada y todos los carretes estaban llenos de oro.

Al salir el sol llegó el rey, y cuando vio el oro se quedó asombrado y muy contento, pero su corazón se volvió todavía más codicioso. Mandó llevar a la hija del molinero a otro cuarto lleno de paja, mucho más grande que el primero, y le ordenó hilarla también en una sola noche, si en algo apreciaba su vida. La muchacha no sabía qué hacer y se puso a llorar. Entonces se abrió otra vez la puerta, apareció el hombrecillo y dijo:

—¿Qué me das si te hilo la paja y la convierto en oro?

—El anillo que traigo en el dedo —contestó la muchacha.

El hombrecillo tomó el anillo, volvió a hacer zumbar la rueca y, para cuando amaneció, había hilado toda la paja hasta volverla oro reluciente.

Al rey le dio muchísimo gusto ver aquello, pero seguía sin hartarse de oro. Mandó llevar a la hija del molinero a un cuarto todavía más grande, lleno de paja, y le dijo:

—Esta también la tienes que hilar esta noche. Si lo logras, serás mi esposa.

«Aunque sea la hija de un molinero», pensó, «en el mundo entero no encontraré una mujer más rica».

Cuando la muchacha se quedó sola, el hombrecillo volvió por tercera vez.

—¿Qué me das si te hilo la paja una vez más? —preguntó.

—Ya no tengo nada que darte —contestó la muchacha.

—Entonces prométeme tu primer hijo, cuando seas reina.

«Quién sabe si eso llegue a pasar», pensó la hija del molinero, y como en aquel apuro no se le ocurrió otra salida, le prometió al hombrecillo lo que le pedía, y él hiló otra vez la paja hasta convertirla en oro. Cuando llegó el rey por la mañana y encontró todo tal como lo había deseado, celebró la boda con ella, y la hermosa hija del molinero se convirtió en reina.

Al cabo de un año dio a luz a un niño hermoso, y ya ni se acordaba del hombrecillo. Pero él entró de repente en su habitación y dijo:

—Ahora dame lo que me prometiste.

La reina se llenó de espanto y le ofreció todas las riquezas del reino con tal de que le dejara al niño, pero el hombrecillo dijo:

—No. Prefiero algo vivo a todos los tesoros del mundo.

Entonces la reina se puso a lamentarse y a llorar de tal modo que el hombrecillo se compadeció de ella.

—Te doy tres días de plazo —dijo—. Si para entonces sabes cómo me llamo, te quedas con tu hijo.

La reina se pasó la noche entera repasando todos los nombres que había oído en su vida, y mandó un mensajero por todo el país para que averiguara a lo largo y a lo ancho qué otros nombres existían. Cuando al día siguiente llegó el hombrecillo, ella empezó con Gaspar, Melchor y Baltasar, y le fue diciendo en orden todos los nombres que sabía, pero con cada uno el hombrecillo respondía:

—Ese no es mi nombre.

Al segundo día mandó preguntar por los alrededores cómo se llamaba la gente de por ahí, y le fue diciendo al hombrecillo los nombres más raros y extraños que encontró:

—¿Te llamas acaso Costillar, o Pantorrilla de Carnero, o Pata de Cordón?

Pero él contestaba siempre:

—Ese no es mi nombre.

Al tercer día regresó el mensajero y contó:

—No pude encontrar ni un solo nombre nuevo. Pero al llegar a un cerro muy alto, allá en el recodo del bosque donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita, y frente a la casita ardía una fogata, y alrededor de la fogata brincaba un hombrecillo de lo más ridículo, saltaba en un solo pie y cantaba a gritos:

Hoy horneo mi pan, mañana hago cerveza,  
pasado mañana me llevo al hijo de la reina;  
¡qué bueno que nadie se entera  
de que me llamo Rumpelstiltskin!

Ya se imaginarán el gusto que le dio a la reina oír aquel nombre. Poco después entró el hombrecillo y preguntó:

—Bueno, señora reina, ¿cómo me llamo?

—¿Te llamas Conrado? —preguntó ella primero.

—No.

—¿Te llamas Enrique?

—No.

—¿No te llamarás Rumpelstiltskin?

—¡Eso te lo dijo el diablo, eso te lo dijo el diablo! —gritó el hombrecillo, y del coraje dio con el pie derecho tal patada en el suelo que se hundió en la tierra hasta la cintura. Entonces, en su furia, se agarró el pie izquierdo con las dos manos y se partió a sí mismo en dos.

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- Source: Kinder- und Hausmärchen, 7. Auflage (1857) (https://de.wikisource.org/wiki/Rumpelstilzchen_(1857))
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