# Urashima Taro

_Anónimo_ · 13 min read · ages 6-10

Urashima Taro, un joven pescador, salva a una tortuga, que luego lo lleva al palacio del Rey Dragón del Mar, donde él se casa con la princesa Otohime. De vuelta en su pueblo, Urashima descubre que pasaron trescientos años, abre la caja que ella le prohibió abrir, y una nubecita morada lo deja viejo y sin vida.

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Hace mucho, mucho tiempo, en la provincia de Tango, a la orilla del mar de Japón, había un pueblito de pescadores llamado Mizunoe. Allí vivía Urashima Taro, un joven tan hábil que en un solo día sacaba más pescado que sus compañeros en una semana.

Pero en el pueblo lo querían más por su buen corazón que por su habilidad en el mar. En toda su vida no le había hecho daño a ningún ser vivo, ni grande ni pequeño. De niño, los demás se burlaban de él porque nunca quería molestar a los animales; al contrario, siempre trataba de impedir esos juegos crueles.

Una tarde tibia de verano, cuando volvía a casa después de pescar, se encontró con un grupo de niños que gritaban y alborotaban. Se acercó a ver qué pasaba y vio que estaban maltratando a una tortuga. La jalaban de un lado a otro, le pegaban con un palo y le golpeaban el caparazón con piedras.

A Urashima le dio mucha lástima la pobre tortuga y decidió salvarla.

—Oigan, muchachos —les dijo—, si siguen tratándola así, se les va a morir.

—¿Y a nosotros qué nos importa? —contestó uno de los mayores—. ¡Ándenle, sigan!

Urashima les sonrió y sacó sus monedas, ensartadas en un cordel que pasaba por el agujero que cada una tenía en el centro.

—No les pido que me la regalen —les dijo—. Se la compro. Miren, con este dinero pueden comprarse lo que quieran, y les sirve mucho más que esa pobre tortuga.

Los niños no eran malos, solo traviesos, y la sonrisa amable de Urashima los fue convenciendo. El cabecilla de la pandilla le tendió la tortuga.

—Está bien, señor. Se la damos si nos da el dinero.

Urashima les dio las monedas, y los niños se fueron corriendo hasta perderse de vista. Entonces él le acarició el caparazón a la tortuga.

—¡Pobrecita! Ya pasó, ya estás a salvo. Dicen que la grulla vive mil años y la tortuga diez mil. Tienes la vida más larga de todas las criaturas, y esos niños por poco te la quitan. Ahora mismo te llevo de vuelta a tu casa, el mar.

Caminó de prisa hasta las rocas de la orilla, puso la tortuga en el agua y la miró desaparecer.

A la mañana siguiente, Urashima salió en su barca como siempre. El mar y el cielo estaban azules y serenos bajo la bruma suave del verano. Remó mar adentro, pensando en sus cosas, y pronto dejó atrás las otras barcas hasta que se perdieron a lo lejos.

Sin saber por qué, aquella mañana se sentía más feliz que nunca. Y no pudo evitar desear que, como la tortuga que había liberado el día anterior, tuviera miles de años por delante en lugar de una corta vida humana.

De pronto, una voz lo sacó de sus pensamientos:

—¡Urashima, Urashima!

El nombre llegó sobre el mar, claro como una campana y suave como el viento de verano.

Urashima se levantó y miró hacia todos lados, pero no había ninguna barca cerca ni lejos. Aquella voz no podía ser de una persona. Entonces vio que una tortuga se había acercado al costado de la barca, y se sorprendió al reconocer a la misma que había rescatado el día anterior.

—Vaya, señora Tortuga —dijo Urashima—, ¿fuiste tú quien me llamó?

La tortuga asintió varias veces con la cabeza.

—Sí, fui yo. Ayer me salvaste la vida, y vine a darte las gracias por tu bondad.

Urashima la ayudó a subir a la barca, y después de platicar un rato, la tortuga le preguntó:

—Urashima, ¿alguna vez has visto el palacio del Rey Dragón del Mar?

—No —respondió el pescador—. He oído hablar de ese reino en el fondo del mar, pero nunca lo he visto. Debe de estar muy lejos, si es que existe.

—Entonces te has perdido una de las maravillas más grandes del mundo. Si quieres conocerlo, yo te llevo.

—Me encantaría, pero yo solo soy un pobre hombre y no sé nadar como las criaturas del mar.

—No tienes que nadar. Súbete a mi espalda.

—Pero ¿cómo voy a subirme a una espalda tan pequeña?

—Pruébalo y verás.

Urashima miró el caparazón y, cosa extraña, vio que la tortuga había crecido tanto que un hombre cabía sentado en ella sin ningún problema. Así que se subió de un salto, y la tortuga se lanzó al mar con él en la espalda.

Bajaron y bajaron por el agua durante mucho tiempo. Urashima no se cansaba, y su ropa ni siquiera se mojaba. Por fin, a lo lejos, apareció una puerta magnífica y, detrás de ella, los largos tejados inclinados de un palacio.

—Es la gran puerta del palacio del Rey Dragón del Mar —dijo la tortuga—. Aquí estamos. Desde aquí tienes que caminar.

El guardián de la puerta, que era un pez, los hizo pasar enseguida. El pargo, el lenguado, la sepia y todos los grandes señores del Rey Dragón salieron a recibir al forastero con reverencias.

—¡Bienvenido, señor Urashima, bienvenido al palacio del Rey Dragón! Tres veces bienvenido, porque vienes de muy lejos.

Todo el cortejo de peces lo guio hacia el interior. Urashima no era más que un humilde pescador, pero no sintió vergüenza y los siguió con calma.

En la entrada salió a recibirlo una princesa con sus damas. Llevaba un vestido rojo y verde agua bordado de oro, y su voz sonaba como música sobre el agua.

Urashima se quedó sin palabras. Antes de que alcanzara a hacerle una reverencia, la princesa lo tomó de la mano, lo llevó a un salón precioso y lo sentó en el lugar de honor.

—Urashima Taro, es una gran alegría recibirte en el reino de mi padre —le dijo—. Ayer liberaste a una tortuga, y mandé a buscarte para darte las gracias por salvarme la vida, porque esa tortuga era yo. Si quieres, puedes quedarte aquí para siempre, en la tierra de la eterna juventud, donde el verano nunca termina y la tristeza nunca llega. Y si tú quieres, seré tu esposa y viviremos felices para siempre.

El corazón de Urashima se llenó de asombro y alegría, y respondió preguntándose si no estaría soñando:

—Mil gracias. No hay nada que desee más que quedarme aquí contigo, en el lugar más maravilloso que he visto en mi vida.

Entonces unos peces vestidos de ceremonia sirvieron un banquete en bandejas de coral. Así se celebró la boda, y en todo el reino hubo una gran fiesta. Sonó la música, y peces de escamas de plata y colas de oro entraron desde las olas a bailar.

Después, la princesa le mostró el palacio, que era de coral y perlas. Pero lo que más maravilló a Urashima fue el jardín, porque en él se veían al mismo tiempo las cuatro estaciones del año.

Al mirar hacia el oriente, los ciruelos y los cerezos estaban en flor, los ruiseñores trinaban y las mariposas volaban de flor en flor.

Al mirar hacia el sur, los árboles estaban verdes en pleno verano, y las chicharras y los grillos cantaban sin parar.

Al mirar hacia el poniente, las hojas de los arces estaban rojas como el cielo al atardecer, y los crisantemos lucían en todo su esplendor.

Y al mirar hacia el norte, el suelo estaba blanco de nieve, los bambúes estaban nevados y el estanque, cubierto de hielo.

Urashima era tan feliz que se olvidó de todo: de su casa, de sus padres y hasta de su propia tierra. Así pasaron tres días sin que pensara en ellos ni una vez. Entonces volvió en sí, recordó quién era y que no pertenecía a aquel mundo maravilloso, y se dijo:

—¡Ay, no puedo seguir aquí! En casa tengo a mi padre y a mi madre, ya viejitos. Qué preocupados deben de estar porque no he vuelto. Tengo que regresar sin dejar pasar ni un día más.

Fue a ver a su esposa, se inclinó ante ella y le dijo:

—He sido muy feliz contigo, princesa Otohime. Pero ahora tengo que despedirme. Debo volver con mis padres.

La princesa Otohime se echó a llorar y le dijo en voz baja:

—¿No estás contento aquí, Urashima? ¡Quédate conmigo aunque sea un día más!

Pero en Japón el deber con los padres está por encima de todo, incluso del amor, y Urashima no se dejó convencer.

—Déjame ir un solo día a ver a mis padres, y volveré contigo.

—Entonces no hay nada que hacer —dijo la princesa con tristeza—. Hoy mismo te mandaré de vuelta. Y te daré esto como recuerdo de nuestro amor.

Y le trajo una hermosa caja de laca, atada con un cordón de seda roja.

—¿Qué hay en esta caja? —preguntó Urashima.

—Es la tamatebako, el cofre de las joyas, y guarda algo muy valioso. ¡No debes abrirla, pase lo que pase! Si la abres, te sucederá algo terrible. Prométeme que nunca la vas a abrir.

Y Urashima le prometió que nunca, nunca abriría la caja, pasara lo que pasara.

En la orilla del mar lo esperaba una tortuga grande. Urashima se despidió de la princesa, se subió a la espalda de la tortuga, y ella se lo llevó sobre el mar brillante. Él volteaba para decirle adiós con la mano a Otohime, hasta que ya no pudo verla y los tejados del palacio se perdieron a lo lejos.

Por fin, la tortuga lo dejó en la bahía que tan bien conocía, en la misma playa de donde había salido, y regresó al reino del Rey Dragón.

Pero entonces un miedo extraño se apoderó de Urashima. La playa era la misma y las colinas eran las mismas, pero no reconocía ninguna de las caras que pasaban a su lado.

Caminó de prisa hacia su casa. También la casa se veía distinta, pero estaba en el mismo lugar, y él llamó:

—¡Papá, ya volví!

Iba a entrar cuando vio salir a un hombre desconocido.

«A lo mejor mis padres se mudaron mientras yo no estaba», pensó el pescador, y empezó a sentir una inquietud muy rara.

—Disculpe —le dijo al hombre—, hasta hace unos días yo vivía en esta casa. Me llamo Urashima Taro. ¿Adónde se fueron mis padres?

El hombre se le quedó mirando, desconcertado.

—¿Usted es Urashima Taro? ¡Ja, ja! No haga esas bromas. Es cierto que hace mucho vivió en este pueblo un hombre con ese nombre, pero esa historia tiene trescientos años.

—Por favor, no se burle de mí —le pidió Urashima, asustado—. De veras soy Urashima Taro, y no he vivido trescientos años. Hasta hace cuatro o cinco días vivía aquí mismo.

—El Urashima Taro del que yo he oído hablar vivió hace trescientos años. ¿No será usted su fantasma, que vino a visitar su antigua casa?

—¡No soy ningún fantasma! Soy un hombre vivo. ¿Qué no ve mis pies?

Y pisó fuerte en el suelo, ¡pum, pum!, primero con un pie y luego con el otro, porque en Japón dicen que los fantasmas no tienen pies.

—Pues Urashima Taro vivió hace trescientos años. Está escrito en las crónicas del pueblo —insistió el hombre, que no podía creerle.

Urashima miró a su alrededor, muy confundido. Poco a poco comprendió, con espanto, que aquel hombre decía la verdad. Los pocos días que había pasado en el palacio del Rey Dragón no habían sido días, sino cientos de años. En todo ese tiempo, sus padres se habían ido de este mundo, y con ellos toda la gente que él había conocido.

Ya no tenía caso quedarse allí. Tenía que volver con su esposa, al otro lado del mar. Regresó a la playa con la caja en la mano, pero ¿por dónde se iba? ¡No podía encontrar el camino él solo! Entonces miró la tamatebako y se dijo:

—La princesa me pidió que nunca la abriera. Pero ya no tengo casa, perdí todo lo que quería y se me encoge el corazón de tristeza. Si la abro, seguro encontraré algo que me enseñe el camino de vuelta con mi princesa. Sí, sí, voy a abrirla.

Y así se decidió a romper su promesa, tratando de convencerse de que hacía bien.

Despacio, muy despacio, desató el cordón de seda roja y levantó la tapa. ¿Y qué encontró? Cosa extraña: de la caja solo salió una nubecita morada, en tres suaves volutas. Por un instante le cubrió la cara y se quedó flotando sobre él, como si no quisiera irse, y luego se alejó sobre el mar.

Urashima, que hasta ese momento había sido un joven fuerte y guapo, de pronto se volvió muy, muy viejo. La espalda se le encorvó, el cabello se le puso blanco como la nieve, la cara se le llenó de arrugas, y cayó sin vida sobre la arena.

¡Pobre Urashima! Por haber desobedecido, nunca pudo volver al reino del Rey Dragón ni con su hermosa princesa del otro lado del mar.

Y ustedes, niños, nunca desobedezcan a quienes saben más que ustedes, porque de la desobediencia nacen muchas tristezas.

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- Read online: https://talerie.com/es/cuentos/urashima-taro
- Wikidata: https://www.wikidata.org/wiki/Q55617997
- Source: Japanese Fairy Tales, transl. Yei Theodora Ozaki (Archibald Constable, 1908), «The Story of Urashima Taro, the Fisher Lad» (Project Gutenberg #4018) (https://www.gutenberg.org/ebooks/4018)
- Public-domain basis: Talerie contemporary retelling (CC0 2026), based on: Japanese Fairy Tales, transl. Yei Theodora Ozaki (Archibald Constable, 1908), «The Story of Urashima Taro, the Fisher Lad» (Project Gutenberg #4018) — EU anonymous-work rule (+70 passed); translator Yei Theodora Ozaki died 1932 (+70 passed)
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