
El hombrecito de jengibre
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Estos cuentos se contaron en voz alta mucho antes de que llegaran a la imprenta, y quienes los contaban eran casi siempre mujeres que trabajaban en casa ajena: sirvientas, nodrizas, cocineras, abuelas al cuidado de los niños. Lo hacían con las manos ocupadas en otra cosa, o para dormir a los pequeños que tenían a su cargo. Eso es lo que repiten las notas de los recopiladores, las pocas veces que dejaron alguna.
A veces queda algún rastro. En mayo de 1875, quien envió uno de estos cuentos a la revista infantil St. Nicholas explicó de dónde lo había sacado: una muchacha de servicio, llegada de Maine, se lo contaba a los niños de la casa. Le preguntó dónde lo había aprendido y la muchacha contestó que se lo había oído a una anciana cuando era pequeña. Ni una ni otra aparece con nombre.
Nadie preguntó cómo se llamaban. Quien ponía el cuento por escrito firmaba el libro, porque recopilar era la parte respetable del oficio, y la mujer que se sabía la historia quedaba como fuente y no como autora. Las que contaban no repetían un texto fijo: el cuento salía distinto cada vez, ajustado al niño que tenían delante y más corto si ya tenía sueño. De todas esas versiones, la imprenta fijó una sola.
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