Saltar al contenido
Dibujo a tinta y acuarela de una anciana sentada, con un pañuelo blanco en la cabeza y un chal pardo sobre el vestido azul, las manos cruzadas en el regazo.

Anónimo

Casi todos estos cuentos pasaron de boca en boca mucho antes de llegar al papel, ya vengan de Japón, como Momotaro, de México, como la leyenda del maíz, o de Inglaterra y Estados Unidos, como El hombrecito de jengibre. En estos últimos, quienes los contaban eran casi siempre mujeres que trabajaban en casa ajena: sirvientas, nodrizas, cocineras, abuelas al cuidado de los niños. Lo hacían con las manos ocupadas en otra cosa, o para dormir a los pequeños que tenían a su cargo. Eso es lo que repiten las notas de los recopiladores, las pocas veces que dejaron alguna.

A veces queda algún rastro. En mayo de 1875, quien envió uno de estos cuentos a la revista infantil St. Nicholas explicó de dónde lo había sacado: una muchacha de servicio, llegada de Maine, se lo contaba a los niños de la casa. Le preguntó dónde lo había aprendido y la muchacha contestó que se lo había oído a una anciana cuando era pequeña. Ni una ni otra aparece con nombre.

Nadie preguntó cómo se llamaban. Quien ponía el cuento por escrito firmaba el libro, porque recopilar era la parte respetable del oficio, y la mujer que se sabía la historia quedaba como fuente y no como autora. Las que contaban no repetían un texto fijo: el cuento salía distinto cada vez, ajustado al niño que tenían delante y más corto si ya tenía sueño. De todas esas versiones, la imprenta fijó una sola.

Cuentos sin autor conocido

8 historias