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Un muñeco de jengibre recién horneado, con una sonrisa de azúcar, corre con los brazos abiertos por un camino rural al atardecer.

El hombrecito de jengibre

Anónimo

3 min de lecturaa partir de 3 años

Un hombrecito de jengibre escapa del horno de una viejita y corre por el campo sin que nadie logre alcanzarlo. Un zorro lo alcanza al fin y empieza a comérselo, y el hombrecito va contando cuánto de él ha desaparecido, hasta que no queda nada.


Esta es una historia que una tatarabuela le contó a una niña hace muchísimos años.

Había una vez un viejito y una viejita que vivían en una casita a la orilla del bosque. Habrían sido la pareja más feliz del mundo, pero les faltaba una cosa: nunca habían tenido un hijo, y lo deseaban con toda el alma.

Una mañana, mientras la viejita hacía galletas de jengibre, recortó una con forma de niño y la metió al horno.

Una anciana con cofia y delantal recorta con un molde de hojalata una figura de niño en la masa extendida, junto a una charola de estrellas y corazones.

Al rato se acercó a ver si ya estaba lista. En cuanto abrió la puerta del horno, el hombrecito de jengibre pegó un brinco, cayó al suelo y salió corriendo tan rápido como le daban las piernas.

La viejita llamó a su marido y los dos corrieron detrás de él. Corrieron todo lo que pudieron, pero no lo alcanzaron.

Al poco rato, el hombrecito de jengibre llegó a un granero donde muchos hombres trillaban el trigo. Sin dejar de correr, les gritó:

Me escapé de una viejita,de un viejito,¡y ustedes tampoco me alcanzan, ya verán!

Entonces el granero entero salió corriendo tras él. Los trilladores corrían rápido, muy rápido, pero no lo alcanzaron.

Frente al granero, tres trilladores bajan los palos de trillar y uno señala el camino por donde el hombrecito de jengibre ya se aleja corriendo.

El hombrecito siguió corriendo hasta llegar a un campo lleno de segadores. También a ellos les gritó:

Me escapé de una viejita,de un viejito,de un granero lleno de trilladores,¡y ustedes tampoco me alcanzan, ya verán!

Los segadores soltaron las hoces y se echaron a correr, y tampoco lo alcanzaron.

Corrió y corrió hasta que se topó con una vaca. A la vaca le gritó:

Me escapé de una viejita,de un viejito,de un granero lleno de trilladores,de un campo lleno de segadores,¡y tú tampoco me alcanzas, ya verás!

La vaca arrancó en ese mismo instante, pero no lo alcanzó.

Un poco más adelante se encontró con un cerdo. Al cerdo le gritó:

Me escapé de una viejita,de un viejito,de un granero lleno de trilladores,de un campo lleno de segadores,de una vaca,¡y tú tampoco me alcanzas, ya verás!

El cerdo corrió con todas sus fuerzas, y tampoco lo alcanzó.

El hombrecito de jengibre siguió corriendo hasta que se cruzó con un zorro. Y al zorro también le gritó:

Me escapé de una viejita,de un viejito,de un granero lleno de trilladores,de un campo lleno de segadores,de una vaca,de un cerdo,¡y tú tampoco me alcanzas, ya verás!

Entonces el zorro se echó a correr. Y como los zorros corren muy rápido, muy pronto alcanzó al hombrecito de jengibre y empezó a comérselo.

Un zorro sentado a la orilla del bosque, al anochecer, sujeta entre los dientes a la galleta de jengibre, que tiene la boca abierta como si gritara.

—¡Ay, ya me falta la cuarta parte! —dijo el hombrecito de jengibre.

—¡Ay, ya me falta la mitad! —dijo un momento después.

—¡Ay, ya me faltan tres cuartos! —dijo enseguida.

—¡Ya no queda nada de mí! —dijo al final.

Y nunca más volvió a hablar.

Adaptado por Talerie, Fuente: St. Nicholas (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público