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Una ollita se desborda de avena dorada que corre por una calle empedrada mientras los aldeanos se apartan asombrados.

La olla mágica

Hermanos Grimm

2 min de lecturaa partir de 3 años

Una niña pobre y su madre toman el atole que les cocina una ollita de barro. Un día la madre pone la ollita a cocinar, no sabe la palabra para detenerla y el atole llena el pueblo, hasta que la niña llega y dice «Ollita, detente»; después, quien quiere volver tiene que abrirse camino a sorbos.


Había una vez una niña buena y muy pobre que vivía sola con su madre. Llegó el día en que ya no les quedó nada que comer: ni un puño de harina, ni una migaja de pan.

La niña salió al bosque a buscar algo, lo que fuera. Entre los árboles se topó con una anciana que parecía conocer su pena antes de que ella dijera una sola palabra.

—Toma, hija —le dijo, y le puso en las manos una ollita de barro—. Cuando tengan hambre, dile: «Ollita, cocina», y les hará un atole dulce de mijo. Y cuando ya no quieran más, dile: «Ollita, detente», y dejará de cocinar.

En el bosque, una anciana encorvada entrega una ollita de barro a una niña de trenza que la recibe con las dos manos; a sus pies hay una canasta vacía.

La niña le dio las gracias y se llevó la ollita a su casa. Desde ese día se les acabaron el hambre y la pobreza: madre e hija tomaban atole dulce y calientito cada vez que querían.

Una mañana la niña salió a un mandado y su madre se quedó sola en la cocina. Tenía hambre, así que se acercó a la ollita y dijo:

—Ollita, cocina.

La ollita se puso a cocinar y la madre tomó atole hasta llenarse. Entonces quiso que parara, pero la otra palabra no se la sabía: a ella nadie se la había dicho.

Así que la ollita siguió cocinando. El atole subió hasta el borde, se derramó y siguió saliendo: llenó la cocina, llenó la casa entera, pasó a la casa vecina y se echó a la calle, como si quisiera darle de beber al mundo entero. Todo el pueblo se angustió y nadie sabía cómo detenerlo.

Una mujer con cofia blanca retrocede con las manos en alto mientras el atole dorado desborda la ollita, escurre de la mesa y corre por el piso hacia la puerta.

Cuando ya solo quedaba una casa sin llenar, la niña llegó por fin y dijo:

—Ollita, detente.

En el escalón de su casa, la niña levanta la mano hacia el atole que cubre la calle empedrada; tras ella, la puerta iluminada deja ver la ollita humeante.

Y la ollita se detuvo y dejó de cocinar.

Y el que quería volver al pueblo tenía que abrirse camino a sorbos.

Adaptado por Talerie, Fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público