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Dos hermanas están sentadas junto al hogar encendido de una cabaña en una noche nevada, al lado de un gran oso apacible.

Blancanieves y Rosarroja

Hermanos Grimm

13 min de lecturaa partir de 5 años

Blancanieves y Rosarroja viven con su madre a la orilla del bosque, reciben cada noche de invierno a un oso que habla y ayudan tres veces a un enano malagradecido. Cuando el oso mata al enano, pierde la piel y queda un hijo de rey que se casa con Blancanieves, y Rosarroja, con el hermano de él.


Una viuda pobre vivía con sus dos hijas en una cabaña a la orilla del bosque. Frente a la puerta tenía un jardincito con dos rosales: uno daba rosas blancas y el otro, rosas rojas. Las niñas se parecían tanto a esos dos rosales que una se llamaba Blancanieves y la otra, Rosarroja.

Nunca hubo en el mundo dos criaturas más buenas ni más trabajadoras. Blancanieves era la más callada y la más dulce; se quedaba en casa, ayudaba a su madre en los quehaceres y le leía en voz alta cuando ya no había nada que hacer. Rosarroja prefería correr por los prados y los campos, buscar flores y perseguir mariposas. Se querían tanto que siempre andaban de la mano cuando salían juntas.

—Nunca nos vamos a separar —decía Blancanieves.

—En toda la vida —contestaba Rosarroja.

Y su madre añadía:

—Lo que tenga una, que lo comparta con la otra.

Iban solas al bosque a juntar moras y ningún animal les hacía daño; al contrario, se les acercaban con toda confianza. La liebre les comía de la mano una hoja de col, la cierva pastaba a su lado, el venado pasaba brincando muy contento y los pájaros se quedaban en las ramas cantando todo lo que sabían.

Nunca les pasaba nada malo. Si se les hacía de noche en el bosque, se acostaban una junto a la otra sobre el musgo y dormían hasta el amanecer, y su madre lo sabía y no se preocupaba por ellas.

Una vez que habían pasado la noche en el bosque, las despertó la luz roja de la mañana y vieron a su lado a un niño hermoso, vestido con una túnica blanca que resplandecía. El niño se puso de pie, las miró con cariño, no dijo una sola palabra y se fue caminando entre los árboles. Al mirar alrededor descubrieron que habían dormido junto a un barranco, y que en la oscuridad habrían caído en él con solo dar dos pasos más. Cuando se lo contaron a su madre, ella les dijo que aquel tenía que haber sido el ángel que cuida a los niños buenos.

Blancanieves y Rosarroja tenían la cabaña tan limpia que daba gusto asomarse. En verano, Rosarroja se encargaba de la casa y todas las mañanas, antes de que su madre despertara, le dejaba junto a la cama un ramo con una rosa de cada rosal. En invierno, Blancanieves encendía la lumbre y colgaba la olla sobre el fuego; la olla era de latón, pero de tan bien tallada brillaba como si fuera de oro.

Por las tardes, cuando empezaban a caer los copos de nieve, la madre decía:

—Anda, Blancanieves, échale el cerrojo a la puerta.

Después se sentaban junto al fuego, la madre se ponía los anteojos y les leía de un libro grande, y las dos niñas escuchaban mientras hilaban. A su lado dormía un corderito en el suelo, y detrás de ellas, sobre una vara, una palomita blanca con la cabeza escondida bajo el ala.

Las dos hermanas hilan junto al fuego mientras su madre, con cofia y anteojos, les lee un libro; un corderito duerme en el piso y detrás, una paloma blanca.

Una noche, mientras estaban así de tranquilas, alguien tocó a la puerta.

—Corre a abrir, Rosarroja —dijo la madre—. Ha de ser algún caminante que busca dónde pasar la noche.

Rosarroja fue a quitar el cerrojo pensando que sería un pobre hombre, pero no lo era: por la puerta entreabierta se asomó un oso con su enorme cabeza negra. Rosarroja gritó y dio un salto hacia atrás, el corderito baló, la palomita revoloteó por el cuarto y Blancanieves corrió a esconderse detrás de la cama de su madre.

La hermana rubia abre la puerta a la noche nevada y un oso enorme asoma la cabeza; la morena retrocede hacia la cama y el corderito bala a su lado.

Entonces el oso empezó a hablar.

—No tengan miedo, no les voy a hacer nada. Vengo medio congelado y solo quiero calentarme un rato con ustedes.

—Pobre oso —dijo la madre—, acuéstate junto al fuego y ten cuidado de no quemarte el pelaje.

Luego llamó a sus hijas:

—Blancanieves, Rosarroja, salgan. El oso no les hará daño, viene de buenas.

Las dos se acercaron, y poco a poco se acercaron también el corderito y la palomita, y a todos se les quitó el miedo.

—Niñas —dijo el oso—, sacúdanme un poco la nieve del pelaje.

Ellas trajeron la escoba y le barrieron el pelo hasta dejárselo limpio. Él se estiró frente a la lumbre y gruñía de puro gusto. Muy pronto le perdieron del todo el respeto y jugaban con aquel huésped tan grandote: le jalaban el pelo, se le subían al lomo, lo hacían rodar de un lado a otro, y cuando gruñía se soltaban riendo. El oso las dejaba hacer, pero cuando el juego se les pasaba de la raya, les pedía que lo dejaran vivo:

Blancanieves, Rosarroja,no maten al que las enamora.

El oso se revuelca panza arriba en el tapete frente a la lumbre: la hermana morena le jala el pelo y la rubia le hace cosquillas con una vara.

A la hora de dormir, cuando las demás se fueron a la cama, la madre le dijo:

—Puedes quedarte ahí junto al fuego. Así estarás a salvo del frío y del mal tiempo.

En cuanto amaneció, las niñas le abrieron y el oso se fue trotando sobre la nieve hacia el bosque. Desde entonces volvía todas las noches a la misma hora, se echaba junto a la lumbre y las dejaba jugar con él cuanto quisieran. Se acostumbraron tanto a su compañía que ya no le echaban el cerrojo a la puerta hasta que llegaba su amigo el oso.

Cuando llegó la primavera y todo reverdeció afuera, el oso le dijo una mañana a Blancanieves:

—Ahora tengo que irme, y en todo el verano no podré volver.

—¿A dónde vas, querido oso? —le preguntó Blancanieves.

—Tengo que ir al bosque a cuidar mis tesoros de los enanos malvados. En invierno, cuando la tierra está dura y helada, se quedan allá abajo porque no pueden abrirse paso; pero ahora que el sol la ablandó y la calentó, salen a la superficie a buscar y a robar, y lo que cae en sus manos y llega a sus cuevas no vuelve a ver la luz del día tan fácilmente.

Blancanieves se quedó muy triste con la despedida. Cuando le abrió la puerta y el oso se apretó para salir, se atoró en el pestillo y se le rasgó un pedazo de piel, y a la niña le pareció ver brillar oro por debajo, aunque no quedó segura. El oso se alejó de prisa y pronto desapareció entre los árboles.

El oso sale por la puerta de la cabaña hacia el bosque verde con el pelaje rasgado en el costado, y debajo brilla el oro; la hermana morena lo ve irse.

Al cabo de un tiempo, la madre mandó a las niñas al bosque a juntar leña. Allá encontraron un árbol grande tirado en el suelo, y junto al tronco algo brincaba entre el pasto sin que pudieran distinguir qué era. Al acercarse vieron a un enano de cara vieja y arrugada, con una barba blanca larguísima. La punta de la barba se le había quedado atorada en una hendidura del tronco, y el hombrecito saltaba de un lado a otro como un perrito amarrado, sin saber qué hacer. Las miró con sus ojos rojos y encendidos y les gritó:

—¿Qué hacen ahí paradas? ¿No pueden acercarse a ayudarme?

Un enano viejo y enojado está tendido sobre un tronco caído, con la punta de su larguísima barba blanca prensada en la hendidura; las hermanas se le acercan.

—¿Qué te pasó, hombrecito? —le preguntó Rosarroja.

—Tonta, metiche —contestó el enano—. Quería partir este árbol para tener leña menuda en mi cocina, porque con los troncos gruesos se quema enseguida el poquito de comida que necesita uno de los míos, que no tragamos como ustedes. Ya había metido la cuña y todo iba a pedir de boca, pero la madera estaba resbalosa y la cuña saltó cuando menos lo esperaba; el tronco se cerró tan rápido que no alcancé a sacar mi hermosa barba blanca. Ahí se quedó y no me puedo mover. ¡Y encima se ríen, caras de leche! ¡Qué feas son!

Las niñas hicieron todo lo que pudieron, pero la barba estaba atorada como con un tornillo.

—Voy a correr a buscar quien nos ayude —dijo Rosarroja.

—¡Cabezas huecas! —chilló el enano—. ¿Para qué quieren traer gente? Ya con ustedes dos me sobra. ¿No se les ocurre nada mejor?

—No te desesperes —dijo Blancanieves—. Yo lo resuelvo.

Sacó sus tijeritas del bolsillo y le cortó la punta de la barba. En cuanto el enano se sintió libre, agarró un costal lleno de oro que tenía escondido entre las raíces del árbol, lo sacó y gruñó entre dientes:

—¡Gente sin modales! ¡Cortarle a uno un pedazo de su barba orgullosa! Ni las gracias les doy.

Se echó el costal a la espalda y se fue sin volver a mirarlas.

Poco después, Blancanieves y Rosarroja quisieron pescar algo para la comida. Cerca del arroyo vieron que algo parecido a un chapulín grande brincaba hacia el agua, como si quisiera echarse en ella. Corrieron y reconocieron al enano.

—¿A dónde vas? —le dijo Rosarroja—. No te irás a meter al agua.

—No estoy tan loco —gritó el enano—. ¿No ven que ese maldito pez me quiere jalar adentro?

El hombrecito había estado pescando y, por mala suerte, el viento le había enredado la barba en el hilo de la caña. Cuando un pez grande mordió el anzuelo, a la débil criatura le faltaron fuerzas para sacarlo: el pez pudo más y lo jalaba hacia sí. El enano se agarraba de los juncos y de las hierbas de la orilla, pero de poco le servía, y a cada momento estaba en peligro de caer al agua. Las niñas llegaron a tiempo, lo detuvieron y trataron de soltarle la barba del hilo, pero fue en vano, porque barba e hilo estaban bien enredados. No quedó más remedio que sacar las tijeritas y cortar la barba, con lo que se perdió otro pedazo.

Cuando el enano lo vio, les gritó con la voz ronca:

—¿Les parece bonito afearle así la cara a uno? Ya me habían recortado la barba por abajo, y ahora me cortan lo mejor de ella. ¡Ni asomarme puedo delante de los míos! ¡Ojalá tengan que correr hasta quedarse sin suelas en los zapatos!

Después sacó un costal de perlas que estaba entre los carrizos y, sin decir una palabra más, se lo llevó a rastras y desapareció detrás de una piedra.

Poco tiempo después, la madre mandó a las dos al pueblo a comprar hilo, agujas, cordones y listones. El camino pasaba por un llano donde había peñascos enormes desperdigados aquí y allá. Ahí vieron un pájaro grande que planeaba en el aire, daba vueltas sobre ellas, bajaba cada vez más y por fin se dejó caer junto a una roca. Enseguida se oyó un grito agudo y lastimero. Corrieron y vieron con espanto que un águila tenía agarrado a su viejo conocido, el enano, y se lo quería llevar. Las niñas, que tenían buen corazón, lo sujetaron con todas sus fuerzas y forcejearon con el águila hasta que soltó su presa.

Un águila enorme levanta por el aire al enano, que grita, y las dos hermanas, paradas en el llano, lo detienen jalándolo del abrigo roto.

Apenas se repuso del susto, el enano les gritó con su voz chillona:

—¿No podían tratarme con más cuidado? Me jalaron tanto el abrigo que me lo dejaron todo roto y agujerado. ¡Torpes, eso es lo que son!

Luego tomó un costal de piedras preciosas y se metió otra vez a su cueva, debajo de las rocas. Las niñas ya estaban acostumbradas a su ingratitud, así que siguieron su camino y fueron a hacer sus compras al pueblo.

De regreso volvieron a pasar por el llano y sorprendieron al enano, que había vaciado su costal de piedras preciosas en un lugar despejado, seguro de que a esas horas ya no pasaría nadie por ahí. El sol de la tarde caía sobre las piedras brillantes, que relucían con todos los colores, tan hermosas que las niñas se quedaron paradas mirándolas.

—¿Qué hacen ahí de mironas? —chilló el enano, y la cara, siempre gris como la ceniza, se le puso roja de coraje.

Iba a seguir con sus insultos cuando se oyó un gruñido fuerte y un oso negro salió trotando del bosque. El enano se levantó de un brinco, muerto de miedo, pero ya no alcanzó a llegar a su escondite. Entonces suplicó con el alma en un hilo:

—Querido señor oso, perdóneme la vida. Le doy todos mis tesoros; mire nada más las piedras preciosas que están ahí. ¿Qué gana usted con un enano flaco como yo? Ni me sentiría entre los dientes. Mejor agarre a esas dos muchachas malvadas, ellas sí son buen bocado, gorditas como codornices.

El oso no le hizo el menor caso. Le dio un solo golpe con la zarpa y el enano ya no se movió más.

Las niñas habían echado a correr, pero el oso las llamó:

—¡Blancanieves, Rosarroja! No tengan miedo, espérenme, voy con ustedes.

Reconocieron su voz y se detuvieron. Cuando el oso llegó junto a ellas, se le cayó de pronto la piel y ahí quedó un hombre hermoso, vestido todo de oro.

En el llano, ya de tarde, un joven vestido de oro está de pie junto a la piel de oso vacía, tirada en el suelo; las dos hermanas lo miran con las manos juntas.

—Soy hijo de un rey —les dijo—. Ese enano malvado me robó mis tesoros y me hechizó para que anduviera por el bosque convertido en oso salvaje hasta que su muerte me liberara. Ahora recibió lo que merecía.

Blancanieves se casó con él y Rosarroja con su hermano, y repartieron entre todos los grandes tesoros que el enano había juntado en su cueva. La madre vivió todavía muchos años tranquila y feliz al lado de sus hijas. Se llevó consigo los dos rosales, que quedaron plantados frente a su ventana y que cada primavera daban las rosas más hermosas, blancas y rojas.

Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público