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La reina de las abejas

La reina de las abejas

Hermanos Grimm

5 min de lectura5–10 años

Tres hermanos emprenden un viaje en busca de aventuras, y el menor, apodado el Bobo, salva la vida a las hormigas, los patos y las abejas en el camino. Llegan a un castillo encantado donde deben superar tres pruebas para romper el hechizo, y gracias a la ayuda de los animales que rescató, el Simple logra triunfar y desencanta el castillo.


Dos hijos de rey salieron un día en busca de aventuras, pero cayeron en una vida desordenada y salvaje, de modo que ya no volvieron nunca a su casa. El menor de los hermanos, al que llamaban el Bobo, se puso en camino para buscarlos. Cuando por fin dio con ellos, los dos se burlaron de él, diciéndole que con lo simple que era pretendía abrirse paso por el mundo, cuando ellos, que eran mucho más listos, no lo conseguían.

Los tres siguieron viaje juntos y llegaron a un hormiguero. Los dos mayores querían removerlo para ver cómo las hormiguitas corrían asustadas de un lado a otro cargando sus huevos, pero el Bobo les dijo:

—Dejad en paz a esos animales; no consentiré que los molestéis.

Siguieron adelante y llegaron a un lago en el que nadaban muchísimos patos. Los dos hermanos querían atrapar un par de ellos y asarlos, pero el Bobo no lo permitió y dijo:

—Dejad en paz a esos animales; no consentiré que los matéis.

Por fin llegaron a un nido de abejas en un árbol, tan lleno de miel que esta corría tronco abajo. Los dos mayores querían encender fuego debajo del árbol para ahogar a las abejas con el humo y así apoderarse de la miel, pero el Bobo los detuvo de nuevo y dijo:

—Dejad en paz a esos animales; no consentiré que los queméis.

Al cabo, los tres hermanos llegaron a un castillo. En las cuadras solo había caballos convertidos en piedra, y no se veía a nadie por ninguna parte. Recorrieron todas las salas hasta que, al fondo de todo, llegaron ante una puerta que tenía tres cerraduras. En medio de la puerta había un pequeño postigo, por el que se podía ver el interior de una habitación. Allí distinguieron a un hombrecillo gris que estaba sentado a una mesa. Lo llamaron una vez, dos veces, pero él no los oía; a la tercera se levantó, abrió las cerraduras y salió. No pronunció ni una palabra, sino que los condujo hasta una mesa cargada de manjares; y cuando hubieron comido y bebido, llevó a cada uno a su propia alcoba.

A la mañana siguiente, el hombrecillo gris se acercó al mayor, le hizo una señal y lo llevó ante una mesa de piedra en la que estaban escritas las tres pruebas que había que superar para librar al castillo del encantamiento. La primera consistía en buscar las perlas de la princesa, que estaban esparcidas por el bosque bajo el musgo: mil en total. Había que encontrarlas todas antes de la puesta del sol, y si al ponerse este faltaba una sola, quien las buscaba quedaba convertido en piedra. El mayor fue y buscó todo el día, pero al terminar la jornada solo había encontrado cien; y le sucedió lo que decía la mesa: quedó convertido en piedra. Al día siguiente emprendió la aventura el segundo hermano, pero no le fue mucho mejor que al mayor: no encontró más de doscientas perlas, y también quedó convertido en piedra.

Por fin le llegó el turno al Bobo. Se puso a buscar entre el musgo, pero era muy difícil hallar las perlas y todo iba muy despacio. Entonces se sentó sobre una piedra y se echó a llorar. Y estando así sentado, llegó el rey de las hormigas, a quien una vez le había salvado la vida, con cinco mil hormigas; y en muy poco rato los pequeños animales reunieron entre todos las perlas y las juntaron en un montón.

La segunda prueba consistía en sacar del fondo del lago la llave del dormitorio de la princesa. Cuando el Bobo llegó al lago, los patos que en otro tiempo había salvado nadaron hacia él, se sumergieron y le trajeron la llave desde las profundidades.

Pero la tercera prueba era la más difícil de todas: entre las tres hijas del rey, que dormían, había que reconocer a la más joven y a la más querida. Las tres se parecían por completo y no se distinguían en nada, salvo en que, antes de dormirse, cada una había comido un dulce distinto: la mayor un terrón de azúcar, la segunda un poco de almíbar y la más joven una cucharada de miel. Entonces llegó la reina de las abejas, de aquellas abejas que el Bobo había protegido del fuego, y probó la boca de las tres; al final se posó en la boca de la que había comido miel, y así reconoció el príncipe a la verdadera. En ese momento se rompió el hechizo: todo despertó de su sueño, y quienes eran de piedra recobraron su forma humana. El Bobo se casó con la más joven y más querida de las princesas, y llegó a ser rey tras la muerte del padre de ella. Sus dos hermanos, por su parte, se casaron con las otras dos hermanas.