
El príncipe feliz
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La estatua dorada del príncipe feliz llora por la miseria de su ciudad, y una golondrina que va rumbo a Egipto se queda a repartir el oro y las joyas del príncipe. La golondrina muere a sus pies, el alcalde ordena fundir la estatua gris y un ángel se lleva al Paraíso el corazón de plomo roto y el ave muerta.
En lo alto de la ciudad, sobre una columna muy alta, estaba la estatua del príncipe feliz. Lo habían cubierto de arriba abajo con delgadas hojas de oro fino, tenía por ojos dos zafiros brillantes y en el puño de su espada ardía un gran rubí rojo.
Toda la ciudad lo admiraba.
—Es tan hermoso como una veleta —comentó uno de los concejales, que quería fama de tener buen gusto—. Aunque no tan útil, claro —añadió enseguida, por miedo a que lo creyeran poco práctico.
—¿Por qué no eres como el príncipe feliz? —le preguntaba una madre sensata a su hijito, que lloraba porque quería la luna—. Al príncipe feliz nunca se le ocurre llorar por nada.
—Qué bueno que haya alguien en el mundo completamente feliz —murmuraba un hombre desilusionado mirando la estatua.
—Parece un ángel —decían los niños del hospicio al salir de la catedral, con sus capas rojas y sus delantales blanquísimos.
Una noche voló sobre la ciudad una golondrina pequeña. Sus amigas se habían ido a Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado, porque estaba enamorada del junco más hermoso del río. Lo había conocido en primavera y se detuvo a platicar con él porque le pareció muy elegante.
—¿Quieres que te quiera? —le preguntó la golondrina, que era de ir al grano.
El junco le hizo una caravana. Entonces ella se puso a volar en círculos a su alrededor, rozando el agua con las alas y dejando ondas de plata. Ese fue su noviazgo, y duró todo el verano.

Cuando llegó el otoño, la golondrina se sintió sola y empezó a cansarse de su enamorado.
—No sabe conversar —decía—, y siempre anda haciéndole caravanas al viento. A mí me encanta viajar, y a mi marido le debería encantar también.
—¿Te vas conmigo? —le preguntó por fin al junco.
Pero el junco negó con la cabeza. Estaba demasiado apegado a su casa.
—Entonces estabas jugando conmigo —dijo la golondrina—. Me voy a las Pirámides. ¡Adiós!
Y se fue volando.
Voló todo el día y llegó a la ciudad de noche.
—¿Dónde me quedo? —se preguntó—. Ojalá aquí hayan preparado algo para mí.
Entonces vio la estatua sobre la columna alta.
—Ahí me quedo —dijo—. Es un buen lugar y hay mucho aire fresco.
Y se posó justo entre los pies del príncipe feliz.
—Tengo una recámara de oro —se dijo en voz baja, mirando alrededor.
Se acomodó para dormir, pero apenas metía la cabeza debajo del ala le cayó encima una gota gorda de agua.
—¡Qué raro! —dijo—. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas se ven clarísimas y aun así está lloviendo.
Cayó otra gota.
—¿De qué sirve una estatua que ni siquiera te protege de la lluvia? —dijo—. Mejor busco una buena chimenea.
Y decidió irse. Pero antes de abrir las alas cayó una tercera gota. La golondrina levantó la vista, y lo que vio la dejó quieta.
Los ojos del príncipe feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las mejillas de oro. A la luz de la luna su cara era tan hermosa que a la golondrina se le llenó el pecho de compasión.

—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el príncipe feliz.
—¿Y entonces por qué lloras? —dijo la golondrina—. Me dejaste empapada.
—Cuando estaba vivo y tenía un corazón de verdad, no sabía lo que eran las lágrimas —contestó la estatua—. Vivía en el palacio de Sans-Souci, donde la tristeza tiene prohibida la entrada. De día jugaba en el jardín y de noche abría el baile en el gran salón. Alrededor del jardín había un muro altísimo, y nunca se me ocurrió preguntar qué había del otro lado.
—Mis cortesanos me decían el príncipe feliz, y feliz era, si la felicidad es nada más pasarla bien. Así viví y así morí. Ahora me pusieron aquí arriba, tan alto que veo toda la fealdad y toda la pena de mi ciudad, y aunque mi corazón es de plomo, no puedo hacer otra cosa que llorar.
—¡Ah! —pensó la golondrina—. Entonces no es de oro macizo.
Pero era demasiado educada para decirlo en voz alta.
—Allá lejos —siguió la estatua con su voz baja y musical—, en una callecita, hay una casa pobre. Por una ventana abierta veo a una mujer sentada a la mesa. Tiene la cara cansada y las manos rojas, picadas por la aguja, porque es costurera. Está bordando flores de la pasión en un vestido de satín para la dama más bonita de la reina.
—En una cama, en el rincón del cuarto, su hijito está enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no tiene más que agua del río para darle, y por eso el niño llora. Golondrina, golondrina, golondrinita, ¿no le llevarías el rubí del puño de mi espada? Mis pies están clavados a este pedestal y no me puedo mover.
—En Egipto me están esperando —dijo la golondrina—. Mis amigas suben y bajan por el Nilo.
—Golondrina, golondrina, golondrinita —dijo el príncipe—, ¿no te quedas conmigo una noche y me sirves de mensajera? El niño tiene mucha sed y su madre está muy triste.
—No estoy segura de que me caigan bien los niños —contestó la golondrina—. El verano pasado, en el río, los hijos del molinero siempre me aventaban piedras. Fue una falta de respeto.
El príncipe feliz se veía tan triste que a la golondrina se le ablandó el corazón.
—Aquí hace mucho frío —dijo—, pero me quedo contigo una noche y seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el príncipe.
Entonces la golondrina sacó el gran rubí de la espada del príncipe y voló con él en el pico por encima de los tejados.
Pasó junto al palacio y oyó música de baile. Una muchacha hermosa salió al balcón con su novio.
—Qué maravillosas son las estrellas —le dijo él—, y qué maravilloso es el poder del amor.
—Ojalá mi vestido esté listo para el baile —contestó ella—. Mandé bordarle flores de la pasión, pero las costureras son bien lentas.
La golondrina pasó sobre el río y por fin llegó a la casa pobre. El niño daba vueltas en la cama, con fiebre, y la madre se había quedado dormida de puro cansancio.
Entró de un salto y dejó el gran rubí sobre la mesa, junto al dedal de la mujer. Después voló despacio alrededor de la cama, abanicando la frente del niño con las alas.

—Qué fresco se siente —dijo el niño—. Ya me estoy aliviando.
Y se quedó profundamente dormido.
La golondrina regresó con el príncipe feliz y le contó lo que había hecho.
—Qué curioso —dijo—: ahora siento calor, con el frío que hace.
—Es porque hiciste una buena obra —dijo el príncipe.
La golondrina se puso a pensar en eso y se quedó dormida. Pensar siempre le daba sueño.
Al amanecer bajó al río a darse un baño.
—Qué fenómeno tan notable —dijo el profesor de ornitología, que cruzaba el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
—Esta noche me voy a Egipto —dijo la golondrina, contentísima.
Cuando salió la luna, voló de regreso.
—¿Tienes algún encargo para Egipto? —gritó—. Ya me voy.
—Golondrina, golondrina, golondrinita —dijo el príncipe—, ¿no te quedas conmigo una noche más?
—En Egipto me están esperando —contestó ella—. Mañana mis amigas van a subir hasta la Segunda Catarata.
—Golondrina, golondrina, golondrinita —dijo el príncipe—, del otro lado de la ciudad veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre un escritorio lleno de papeles y a su lado, en un vaso, hay un ramito de violetas secas. Quiere terminar una obra para el director del teatro, pero tiene tanto frío que ya no puede escribir. No hay lumbre en la chimenea y el hambre lo tiene débil.
—Me quedo contigo una noche más —dijo la golondrina, que en el fondo tenía muy buen corazón—. ¿Le llevo otro rubí?
—Ya no tengo rubí —dijo el príncipe—. Solo me quedan los ojos. Son de zafiros rarísimos que trajeron de la India hace mil años. Sácame uno y llévaselo. Se lo venderá al joyero, comprará comida y leña, y terminará su obra.
—Querido príncipe —dijo la golondrina—, eso no lo puedo hacer.
Y se echó a llorar.
—Golondrina, golondrina, golondrinita —dijo el príncipe—, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina sacó el zafiro y se metió en la buhardilla del joven por un agujero del techo.
Él tenía la cara escondida entre las manos y no oyó el aleteo. Cuando levantó la vista, encontró el hermoso zafiro sobre las violetas secas.

—Alguien empieza a valorarme —dijo—. Esto viene de un gran admirador. Ya puedo terminar mi obra.
Y se le iluminó la cara.
A la noche siguiente, cuando salió la luna, la golondrina voló de regreso con el príncipe.
—Vengo a despedirme —le dijo.
—Golondrina, golondrina, golondrinita —dijo el príncipe—, ¿no te quedas conmigo una noche más?
—Ya es invierno —contestó la golondrina—, y pronto va a caer la nieve. En Egipto el sol calienta las palmeras verdes y mis compañeras están haciendo un nido en el templo de Baalbek.
—Tengo que dejarte, querido príncipe, pero nunca te voy a olvidar. La primavera que viene te traigo dos joyas nuevas en lugar de las que regalaste: un rubí más rojo que una rosa y un zafiro tan azul como el mar.
—Abajo, en la plaza —dijo el príncipe feliz—, hay una niña que vende cerillos. Se le cayeron todos en la alcantarilla y se echaron a perder. Está llorando, porque si no lleva dinero a su casa su padre la va a castigar. No trae zapatos ni medias, y anda con la cabecita descubierta. Sácame el otro ojo y dáselo, y su padre no la castigará.
—Me quedo contigo una noche más —dijo la golondrina—, pero no puedo sacarte el ojo. Te quedarías completamente ciego.
—Golondrina, golondrina, golondrinita —dijo el príncipe—, haz lo que te pido.
Entonces la golondrina le sacó el otro ojo y bajó volando con él. Pasó junto a la niña de los cerillos y le deslizó la joya en la palma de la mano.
—¡Qué vidrio tan bonito! —gritó la niña, y se fue corriendo a su casa, riéndose.
La golondrina regresó con el príncipe.
—Ahora estás ciego —le dijo—, así que me quedo contigo para siempre.

—No, golondrinita —dijo el pobre príncipe—, tienes que irte a Egipto.
—Me quedo contigo para siempre —dijo ella, y durmió a sus pies.
Todo el día siguiente se lo pasó en el hombro del príncipe, contándole lo que había visto en tierras lejanas.
Le habló de los ibis rojos, que se paran en largas filas a la orilla del Nilo y pescan peces dorados con el pico; de la Esfinge, que vive en el desierto y lo sabe todo; y de los pigmeos que navegan por un lago inmenso sobre hojas planas y viven en guerra con las mariposas.
—Querida golondrinita —dijo el príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero no hay nada más maravilloso que el sufrimiento de la gente. Vuela sobre mi ciudad y ven a contarme lo que veas.
La golondrina voló sobre la gran ciudad y vio a los ricos festejando en sus casas hermosas mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. En los callejones oscuros vio las caras pálidas de los niños hambrientos.
Debajo del arco de un puente, dos niños estaban abrazados para darse calor.
—Tenemos mucha hambre —decían.
—Aquí no se pueden quedar —les gritó el vigilante, y los dos se fueron a vagar bajo la lluvia.
La golondrina regresó y le contó al príncipe lo que había visto.
—Estoy cubierto de oro fino —dijo el príncipe—. Quítamelo, hoja por hoja, y dáselo a mis pobres. Los vivos siempre creen que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja, la golondrina le fue quitando el oro fino, hasta que el príncipe feliz quedó gris y opaco. Hoja por hoja se lo fue llevando a los pobres, y las caras de los niños se pusieron rosadas, y volvieron a reírse y a jugar en la calle.

—¡Ya tenemos pan! —gritaban.
Después llegó la nieve, y detrás de la nieve llegó la helada. De los tejados colgaban largos carámbanos como agujas de cristal.
La pobre golondrina tenía cada vez más frío, pero no quiso dejar al príncipe. Lo quería demasiado. Recogía migajas a la puerta de la panadería y trataba de calentarse batiendo las alas.
Al final entendió que se le acababan las fuerzas. Le alcanzaron apenas para subir una vez más al hombro del príncipe.
—Adiós, querido príncipe —murmuró—. ¿Me dejas darte un beso en la mano?
—Me da gusto que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —dijo el príncipe—. Te quedaste demasiado tiempo aquí. Pero dame el beso en los labios, porque te quiero.
—No es a Egipto adonde voy —dijo la golondrina—. Voy a la casa de la Muerte, que es la hermana del Sueño, ¿verdad?
Y le dio un beso en los labios al príncipe feliz, y cayó a sus pies, sin vida.

En ese momento se oyó dentro de la estatua un crujido extraño, como si algo se hubiera roto. El corazón de plomo se había partido en dos. La helada de aquella noche fue terrible.
A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde paseaba por la plaza con los concejales. Al pasar junto a la columna, levantó la vista.
—¡Caray! Qué feo se ve el príncipe feliz —dijo.
—¡Qué feo, en efecto! —repitieron los concejales, que siempre le daban la razón. Y se acercaron a mirarlo.
—Perdió el rubí de la espada, perdió los ojos y ya no es dorado —dijo el alcalde—. La verdad, no es mucho mejor que un mendigo.
—No es mucho mejor que un mendigo —repitieron los concejales.
—¡Y encima hay un pájaro muerto a sus pies! —siguió el alcalde—. Habrá que publicar un aviso prohibiendo que los pájaros se mueran aquí.
Y el secretario del ayuntamiento tomó nota de la idea.
Así que bajaron la estatua del príncipe feliz.
—Como ya no es bello, ya no sirve para nada —dijo el profesor de arte de la universidad.
Después la fundieron en un horno, y el alcalde reunió al ayuntamiento para decidir qué hacer con el metal.
—Necesitamos otra estatua, por supuesto —dijo—, y será una estatua mía.
—Mía —dijo cada uno de los concejales.
Y se pusieron a pelear. La última vez que supe de ellos, seguían peleando.
—Qué cosa tan extraña —dijo el capataz de la fundición—. Este corazón de plomo roto no se derrite en el horno. Habrá que tirarlo.
Y lo tiraron a un basurero, donde también estaba la golondrina.
—Tráeme las dos cosas más valiosas de la ciudad —le dijo Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo y la golondrina.
—Elegiste bien —dijo Dios—, porque en mi jardín del Paraíso esta golondrina cantará por siempre, y en mi ciudad de oro el príncipe feliz me alabará.
Adaptado por Talerie, Fuente: The Happy Prince and Other Tales (se abre en una ventana nueva)
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