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Caperucita Roja

Caperucita Roja

Hermanos Grimm

7 min de lectura6–10 años

Una niña pequeña llamada Caperucita Roja debe llevarle pastel y vino a su abuela enferma, pero en el bosque se encuentra con un lobo astuto que la distrae recolectando flores mientras él corre hacia la casa de la abuela. El lobo engulle a la abuela y luego a Caperucita, pero un cazador lo descubre dormido y logra rescatar a ambas sanas y salvas, llenando al lobo de piedras que lo matan cuando intenta escapar.

Versión suaveVersión original

Había una vez una niña pequeña y muy querida, a quien todos amaban con solo mirarla, pero nadie la quería tanto como su abuela. La abuela no sabía qué regalarle que no le hubiera dado ya. Una vez le regaló una capita de terciopelo rojo, y como le quedaba tan bien y la niña no quería usar otra cosa, desde entonces todos la llamaron Caperucita Roja.

Un día su madre le dijo:

—Ven, Caperucita. Aquí tienes un trozo de pastel y una botella de vino. Llévaselos a tu abuela, que está enferma y débil, y esto le hará bien. Sal antes de que apriete el calor, y ve con cuidado: no te salgas del camino, porque si te caes se puede romper la botella y tu abuela se quedará sin nada. Y cuando llegues a su cuarto, no olvides darle los buenos días, y no te pongas a mirar por todos lados.

—Haré todo bien —dijo Caperucita, y le dio la mano a su madre para prometerlo.

La abuela vivía en el bosque, a media hora de camino desde el pueblo. Cuando Caperucita entró entre los árboles, se encontró con el lobo. Ella no sabía qué animal tan malo era aquel, así que no tuvo miedo.

—Buenos días, Caperucita —dijo el lobo. —Gracias, lobo. —¿Adónde vas tan temprano? —A casa de mi abuela. —¿Qué llevas ahí, bajo el delantal? —Pastel y vino. Ayer horneamos, y esto le dará fuerzas a mi abuela, que está enferma. —¿Y dónde vive tu abuela? —Un poco más adentro del bosque, bajo tres robles grandes está su casa, y abajo hay unos setos de nogal. Seguro que ya lo sabes —dijo Caperucita.

El lobo pensó para sí: “Esta niña tierna sería un buen bocado, mejor todavía que la vieja. Tengo que ser astuto si quiero comerme a las dos.” Caminó un poco junto a Caperucita y le dijo:

—Mira qué flores tan bonitas hay por todas partes. ¿Por qué no te fijas en ellas? Creo que ni siquiera escuchas qué dulce cantan los pajaritos. Vas derechito por el camino, como si fueras a la escuela, cuando el bosque está tan hermoso.

Caperucita levantó los ojos, y al ver cómo el sol bailaba entre los árboles y cómo todo estaba lleno de flores, pensó: “Si le llevo a mi abuela un ramo fresco, seguro se pone feliz. Todavía es temprano, llegaré a tiempo.” Y se salió del camino para juntar flores. Cada vez que cortaba una, le parecía que un poco más allá había otra más bonita todavía, y así se fue adentrando cada vez más en el bosque.

Mientras tanto, el lobo fue derecho a la casa de la abuela y tocó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó la abuela. —Soy Caperucita, le traigo pastel y vino. Ábrame. —Solo empuja el picaporte —respondió la abuela—, estoy muy débil y no puedo levantarme.

El lobo empujó el picaporte, la puerta se abrió, y sin decir palabra, fue directo a la cama y se tragó a la abuela de un solo bocado enorme. Después se puso su ropa, se ató su gorro en la cabeza, se acostó en la cama y cerró las cortinas.

Caperucita seguía juntando flores, y cuando ya tenía tantas que no podía cargar ni una más, se acordó de su abuela y se apresuró de vuelta al camino. Le extrañó encontrar la puerta abierta, y al entrar en el cuarto todo le pareció muy raro.

“Ay, qué miedo siento hoy”, pensó, “y con lo bien que suelo estar con mi abuela.”

—¡Buenos días! —dijo, pero nadie respondió.

Entonces se acercó a la cama y corrió la cortina. Ahí estaba la abuela, con el gorro hundido hasta la cara, y se veía muy extraña.

—Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes! —Son para escucharte mejor. —Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes! —Son para verte mejor. —Abuela, ¡qué manos tan grandes tienes! —Son para agarrarte mejor. —Pero abuela, ¡qué boca tan grande tienes! —¡Es para comerte mejor!

Apenas dijo esto, el lobo saltó de la cama y también se tragó a la pobre Caperucita.

Después el lobo quedó tan lleno y cansado que volvió a acostarse, se durmió y empezó a roncar muy fuerte. Justo entonces pasaba por ahí un cazador, que pensó: “Qué fuerte ronca hoy la señora. Voy a ver si le pasa algo.” Entró al cuarto, y al acercarse a la cama vio que era el lobo quien dormía ahí.

—Así que aquí te encuentro, viejo bribón —dijo—. Hace tiempo que te andaba buscando.

Estaba a punto de levantar su escopeta cuando pensó que tal vez el lobo se había tragado a la abuela entera, y que quizá aún se podía salvar. Así que no disparó. Con mucho cuidado abrió al lobo dormido, que no sintió nada, y liberó a las dos. Primero apareció la caperucita roja, luego saltó afuera la niña misma, gritando:

—¡Ay, qué susto tan grande! ¡Qué oscuro estaba ahí adentro!

Y un momento después salió también la abuela, viva todavía, aunque sin aliento.

Caperucita corrió a buscar piedras grandes y pesadas, y mientras el lobo seguía dormido, se las metieron en la panza. Cuando el lobo despertó y quiso dar un salto para escapar, las piedras pesaban tanto que cayó al suelo enseguida, y ahí se quedó, sin vida y sin moverse.

Los tres se alegraron mucho. El cazador se llevó la piel del lobo a su casa. La abuela comió el pastel y bebió el vino que Caperucita le había llevado, y pronto recuperó las fuerzas. Y Caperucita pensó: “Nunca más en mi vida me saldré del camino ni me iré sola por el bosque, cuando mi madre me lo haya prohibido.”

También se cuenta que, otra vez, cuando Caperucita le llevaba unos bizcochos a su abuela, otro lobo trató de hablarle para que se saliera del camino. Pero Caperucita ya estaba prevenida, y siguió derecho sin detenerse. Al llegar a casa de su abuela le contó:

—Me encontré con un lobo que me dio los buenos días, pero me miraba con muy mala cara. Si el camino no hubiera estado tan abierto, seguro me habría comido.

—Ven —dijo la abuela—, vamos a cerrar bien la puerta para que no pueda entrar.

Poco después alguien tocó, y el lobo dijo con voz fingida:

—Ábreme, abuelita, soy yo, Caperucita, te traigo bizcochos.

Pero las dos se quedaron muy quietas y no abrieron. El lobo entonces rodeó la casa varias veces y al final subió de un salto al techo. Pensaba esperar ahí a que Caperucita saliera al anochecer, para atraparla en la oscuridad.

Pero la abuela adivinó su plan. Frente a la casa había una gran pila de piedra. Le dijo a Caperucita:

—Toma el balde. Ayer cociné salchichas; llévate el agua donde se cocinaron y échala en la pila.

Caperucita fue y vino con agua hasta llenar la pila por completo. El olor de las salchichas subió hasta la nariz del lobo. Él estiraba el cuello cada vez más sobre el borde del techo, oliendo con ganas, hasta que de pronto resbaló, cayó del techo directo a la pila de agua, y ahí se ahogó.

Caperucita volvió a su casa muy contenta, y desde ese día nadie volvió a hacerle daño jamás.