Un leñador pobre deja a sus siete hijos en el bosque y el más pequeño, Pulgarcito, los guía hasta la casa de un ogro que se come a los niños. Pulgarcito le saca las botas de siete leguas al ogro dormido, engaña a la mujer del ogro para llevarse el oro y la plata y regresa con su padre y sus seis hermanos.
Había una vez un leñador y su mujer que tenían siete hijos, todos varones. Eran muy pobres y los siete niños les pesaban, porque ninguno estaba todavía en edad de ganarse la vida. Al más chico lo llamaban Pulgarcito, porque al nacer no era más grande que un dedo pulgar. Como casi no hablaba, en la casa lo tenían por tonto y le echaban la culpa de todo. Y sin embargo era el más listo de todos, porque hablaba poco, pero escuchaba todo.
Vino un año muy malo y el hambre fue tanta que aquella pobre gente decidió deshacerse de sus hijos. Una noche, ya acostados los niños, el leñador se quedó junto al fuego con su mujer.
—Ya no podemos darles de comer —le dijo con el corazón encogido—. No soportaría verlos morirse de hambre. Mañana los llevamos al bosque y, mientras juntan leña, nos regresamos sin que nos vean.
—¡Ay! —gritó ella—. ¿Serías capaz de perder a tus propios hijos?
Ella no quería aceptar: era pobre, pero era su madre. Al final, pensando en el dolor de verlos morir de hambre, dijo que sí y se fue a la cama llorando.
Pulgarcito lo oyó todo, porque al notar que hablaban de cosas serias se había metido sin ruido debajo del banquito de su padre. No durmió, pensando qué hacer. Se levantó tempranito, fue al arroyo, se llenó los bolsillos de piedritas blancas y regresó. A sus hermanos no les dijo ni una palabra.

Se metieron en un bosque tan espeso que a diez pasos ya no se veían unos a otros. El padre se puso a cortar madera y los niños a juntar ramas. Cuando los padres los vieron ocupados, se alejaron poco a poco y echaron a correr por una vereda escondida.

Al verse solos, los hermanos se pusieron a gritar y a llorar. Pulgarcito los dejó llorar, porque sabía por dónde regresar: mientras caminaban había ido dejando caer sus piedritas.
—No tengan miedo, hermanos —les dijo—. Nuestro papá y nuestra mamá nos dejaron aquí, pero yo los llevo de vuelta a la casa. Síganme nada más.
Lo siguieron hasta la casa, pero no se atrevieron a entrar y se quedaron pegados a la puerta, oyendo lo que decían sus padres.
Ese día el señor del pueblo les mandó diez monedas de oro que les debía desde hacía mucho, y aquello les devolvió la vida. La mujer fue a comprar carne y trajo tres veces más de la que hacía falta. Cuando los dos quedaron satisfechos, la madre suspiró.
—¿Dónde estarán ahora nuestros pobres hijos? Con lo que nos sobró comerían a gusto. Tú los quisiste perder, Guillermo, y bien que te dije que nos íbamos a arrepentir. A lo mejor los lobos ya se los comieron.
—¡Ay, mis pobres hijos! —dijo ella tan fuerte que los niños la oyeron.
—¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos! —gritaron todos juntos.
La madre corrió a abrirles y los llenó de besos. Se sentaron a la mesa y comieron con un apetito que daba gusto, contando todos al mismo tiempo el susto del bosque. Aquella alegría duró lo que duraron las diez monedas.
Cuando se acabó el dinero volvió la tristeza, y los padres decidieron perderlos otra vez, ahora mucho más lejos para no fallar. Lo hablaron en voz baja, pero Pulgarcito los oyó. Se levantó de madrugada para ir por sus piedritas y encontró la puerta cerrada con doble llave. No supo qué hacer hasta que su madre les dio a cada uno un pedazo de pan: guardó el suyo para irlo desmigajando por el camino.
Los padres los llevaron a la parte más espesa y oscura del bosque y, en cuanto llegaron, se escabulleron por un atajo. Pulgarcito no se preocupó, porque creía volver siguiendo el pan que había sembrado; pero no encontró ni una migaja: los pájaros se lo habían comido todo.
Ahí sí se afligieron: mientras más caminaban, más se metían en el bosque. Cayó la noche y se levantó un viento que daba miedo; creían oír aullidos de lobos por todos lados y casi no se atrevían ni a hablar.
Pulgarcito se trepó a un árbol y alcanzó a ver una lucecita como de vela, muy lejos, más allá del bosque. Cuando bajó ya no vio nada, pero caminaron hacia aquel rumbo y al salir de la arboleda volvió a verla.

Llegaron por fin a la casa de donde salía la luz. Tocaron la puerta y les abrió una buena mujer. Pulgarcito le dijo que eran unos niños pobres perdidos en el bosque, que pedían posada por caridad. Ella, al verlos tan chiquitos, se puso a llorar.
—Ay, pobrecitos, ¿adónde vinieron a dar? —les dijo—. ¿No saben que esta es la casa de un ogro que se come a los niños?
—¿Y qué hacemos, señora? —contestó Pulgarcito, temblando igual que sus hermanos—. Si usted no nos recoge, esta noche nos comen los lobos del bosque. Preferimos que sea el señor quien nos coma, y a lo mejor se apiada de nosotros si usted se lo pide.
La mujer del ogro pensó que podría esconderlos hasta la mañana, los dejó pasar y los llevó a calentarse junto al fuego, donde daba vueltas un carnero entero para la cena de su marido.
Apenas entraban en calor cuando sonaron tres o cuatro golpes en la puerta: era el ogro. La mujer los escondió debajo de la cama y fue a abrir. Él preguntó si la cena estaba lista, se sentó a la mesa y se puso a olfatear.

—Aquí huele a carne fresca —dijo.
—Ha de ser el ternero que acabo de preparar —contestó su mujer.
—Te digo que huele a carne fresca —repitió el ogro, mirándola de reojo—, y aquí hay algo que no me cuadra.
Se levantó de la mesa y fue derechito a la cama.
—¡Conque así me querías engañar! —dijo—. Mira nada más qué presa me llegó, y justo cuando vienen a verme tres amigos ogros.
Los fue sacando de debajo de la cama, uno por uno. Fue por un cuchillo grande y lo iba afilando en una piedra larga mientras se acercaba.
—¿Para qué te apuras a esta hora? —le dijo su mujer—. ¿No te va a sobrar tiempo mañana?
—Cállate —contestó el ogro—. Así se van ablandando.
—Pero si todavía te queda mucha carne: un ternero, dos carneros y medio cerdo.
—Tienes razón —dijo el ogro—. Dales bien de cenar para que no se enflaquen y llévalos a dormir.
La buena mujer les sirvió una cena buenísima, pero ellos no probaron bocado del miedo. El ogro se puso a beber, contento de poder agasajar a sus amigos, y bebió tantos vasos de más que se fue a acostar.
El ogro tenía siete hijas, todavía niñas. Tenían muy buen color, porque comían carne fresca como su padre, pero también ojitos grises y redondos, la nariz ganchuda y una boca enorme con dientes largos y separados. Y ya tenían el mismo apetito que él. Las habían acostado temprano, las siete en una cama grande, cada una con su corona de oro. En el mismo cuarto había otra cama igual, y ahí acostó la ogresa a los siete hermanos.
Pulgarcito se había fijado en las coronas y temía que al ogro le diera por no esperar hasta la mañana. A media noche se levantó, juntó sin ruido los gorros de sus hermanos y el suyo, les quitó las coronas a las siete niñas y les puso los gorros en la cabeza; luego repartió las coronas entre sus hermanos y él, para que el ogro tomara a las niñas por los muchachos y a los muchachos por sus hijas.

Y todo salió tal como él lo había pensado. Cerca de la medianoche el ogro despertó arrepentido de haber dejado para mañana lo que podía hacer esa noche. Tomó su cuchillo y subió a tientas. Se acercó a la cama de los niños, que dormían todos menos Pulgarcito, y este se quedó tieso cuando sintió la mano del ogro tocándole la cabeza, como había tocado las de sus hermanos. Al sentir las coronas de oro, el ogro se detuvo.
—Vaya —dijo—, buena la iba a hacer. Bien se ve que anoche bebí de más.
Fue entonces a la cama de sus hijas y, al tocar los gorros, dijo que ahí estaban los muchachos. Así, en la oscuridad y sin saber a quién tenía enfrente, el ogro hizo con sus propias hijas lo que pensaba hacer con los siete hermanos. Muy contento, se volvió a acostar.
En cuanto Pulgarcito lo oyó roncar, despertó a sus hermanos, se vistieron rápido y bajaron al jardín a saltar la barda. Corrieron casi toda la noche, temblando y sin saber adónde iban.
Al despertar, el ogro le dijo a su mujer que subiera a arreglar a los muchachos de anoche. Ella subió contenta, creyendo que le pedía que fuera a vestirlos, y arriba encontró a sus siete hijas. Comprendió lo que había pasado y se desmayó. Como tardaba, el ogro subió a ayudarle y se quedó tan pasmado como ella.
—¿Qué fue lo que hice? —gritó—. ¡Me las van a pagar, y ahora mismo!
Le echó agua en la cara a su mujer para que volviera en sí y le pidió sus botas de siete leguas. Corrió y corrió hasta dar con el camino por donde iban los niños, que ya estaban a cien pasos de su casa. Lo vieron ir de monte en monte y cruzar los ríos como si fueran arroyitos. Pulgarcito vio una peña hueca ahí cerquita, escondió en ella a sus seis hermanos, se metió también y no le quitó los ojos de encima.
El ogro venía cansadísimo del camino inútil, porque esas botas fatigan mucho, y quiso descansar. Por casualidad fue a sentarse justo sobre la peña donde estaban los niños. Se durmió y empezó a roncar de un modo tan espantoso que ellos se asustaron tanto como cuando tenía el cuchillo en la mano. Pulgarcito fue el que menos miedo tuvo: les dijo a sus hermanos que no se preocuparan por él y que corrieran a la casa mientras el ogro dormía. Le hicieron caso.

Pulgarcito se acercó al ogro, le sacó las botas con cuidado y se las puso. Eran grandísimas, pero estaban encantadas y se agrandaban o se achicaban según la pierna de quien las calzaba, así que le quedaron como hechas a su medida.

Se fue derecho a la casa del ogro, donde encontró a la mujer llorando junto a sus hijas.
—Su marido está en un gran peligro —le dijo Pulgarcito—. Lo agarró una banda de ladrones que juraron matarlo si no les entregaba todo su oro y toda su plata. Me vio pasar y me pidió que viniera a avisarle, y que usted me diera todo lo que tuviera de valor, sin guardarse nada. Como el asunto es urgente, me prestó estas botas de siete leguas, para llegar rápido y para que usted me creyera.
La pobre mujer, muy asustada, le dio en el acto todo lo que tenía, porque aquel ogro, con todo y comer niños, no dejaba de ser buen marido. Cargado con las riquezas, Pulgarcito volvió a la casa de su padre, donde lo recibieron con muchísima alegría.
Hay quienes lo cuentan de otro modo y aseguran que Pulgarcito solo le quitó las botas, y eso sin remordimiento, porque el ogro solo las usaba para correr detrás de los niños. Dicen que con ellas se fue a la corte, donde el rey andaba preocupado por un ejército que estaba a doscientas leguas, y Pulgarcito le prometió traerle noticias antes de que acabara el día. Volvió esa misma tarde y desde entonces ganó cuanto quiso llevando los mensajes del rey. Cuando juntó bastante regresó con su padre, y no se puede imaginar el gusto que les dio verlo. Acomodó a toda su familia: consiguió un buen empleo para su padre y otro para cada uno de sus hermanos.
Adaptado por Talerie, fuente: Le Petit Poucet (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio públicoCopia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio.CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)
