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Un hombrecillo extraño hila en una rueca y convierte la paja en hilo de oro en una cámara de piedra llena de oro, mientras una joven lo mira desde la puerta.

Rumpelstiltskin

Hermanos Grimm

4 min de lecturaa partir de 6 años

Para salvar la vida, la hija de un molinero deja que un hombrecito hile la paja y la convierta en oro tres noches, a cambio de joyas y de su futuro hijo. Ya reina, debe adivinar el nombre del hombrecito en tres días, y cuando dice Rumpelstiltskin, él grita de rabia, se hunde en la tierra y desaparece para siempre.


Había una vez un molinero pobre que tenía una hija hermosa. Un día, para darse importancia ante el rey, le dijo:

—Tengo una hija que sabe hilar paja y convertirla en oro.

—Ese arte me gusta —contestó el rey—. Tráela mañana al castillo y la pondré a prueba.

En un salón iluminado por antorchas, el molinero, rechoncho y sonriente, presume con los brazos abiertos ante el rey sentado junto a la chimenea.

Al día siguiente el rey la encerró en un cuarto lleno de paja, con una rueca.

—Ponte a trabajar. Si al amanecer esta paja no se ha vuelto oro, te costará la vida.

En una cámara de piedra llena de paja, una muchacha rubia de vestido claro llora con la cara entre las manos junto a una rueca quieta, bajo la luz de la luna.

La muchacha, que no sabía nada de hilar oro, se puso a llorar. De pronto se abrió la puerta y entró un hombrecito.

—Buenas noches, hija del molinero. ¿Por qué lloras tanto? —preguntó.

—Tengo que convertir esta paja en oro y no sé cómo.

—¿Qué me das si la hilo yo?

—Mi collar.

El hombrecito tomó el collar y se sentó a la rueca: ¡run, run, run!, y para el amanecer todos los carretes brillaban de oro.

La codicia del rey creció: llevó a la muchacha a un cuarto más grande, lleno de paja, y le ordenó hilarla también en una noche. Ella lloraba cuando la puerta se abrió otra vez.

—¿Qué me das si te hilo la paja? —preguntó el hombrecito.

—El anillo que llevo en el dedo.

Él tomó el anillo y al amanecer la paja era oro reluciente. Al rey no le bastó: llenó de paja un cuarto mayor.

—Esta noche hilarás también esta paja —dijo—. Si lo logras, serás mi esposa.

Cuando la muchacha se quedó sola, el hombrecito volvió por tercera vez.

—¿Qué me das si vuelvo a hilar la paja?

—Ya no me queda nada que darte.

—Entonces prométeme tu primer hijo, cuando seas reina.

Quién sabe si eso llegue a pasar, pensó ella, y se lo prometió. Él hiló la paja hasta volverla oro, y el rey se casó con ella.

Al año siguiente la reina tuvo un niño hermoso y ya no pensaba en el hombrecito, hasta que una tarde él entró en su habitación.

—Dame ahora lo que me prometiste.

El hombrecito extiende la mano hacia la cuna dorada, mientras la reina se inclina para proteger a su bebé dormido, a la luz de una vela.

La reina se asustó y le ofreció todas las riquezas del reino.

—No —dijo el hombrecito—. Prefiero algo vivo a todos los tesoros del mundo.

La reina lloró con tanta pena que el hombrecito sintió lástima.

—Te doy tres días —le dijo—. Si para entonces sabes mi nombre, te quedas con tu niño.

La reina mandó a un mensajero a buscar nombres por todo el país, y al día siguiente empezó:

—¿Te llamas Gaspar? ¿Melchor? ¿Baltasar?

Fue diciendo todos los nombres que sabía, y a cada uno el hombrecito respondía:

—Ese no es mi nombre.

El segundo día la reina mandó preguntar por los alrededores y le dijo los nombres más raros:

—¿Te llamas Costillar? ¿Pata de Carnero? ¿Piernaflaca?

—Ese no es mi nombre —contestaba siempre.

Al tercer día el mensajero volvió sin un nombre nuevo. Pero al pie de un monte alto, donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, había visto una casita, y frente a ella, alrededor de una fogata, brincaba en un solo pie un hombrecito que cantaba:

Hoy horneo mi pan, mañana hago cerveza,pasado mañana me llevo al hijo de la reina;¡qué bueno que nadie se enterade que me llamo Rumpelstiltskin!

El hombrecito brinca en un pie junto a la fogata frente a su casa, mientras un mensajero encapuchado lo espía escondido tras un árbol.

Ya se imaginarán la alegría de la reina cuando oyó aquel nombre. Poco después llegó el hombrecito y preguntó:

—Y bien, señora reina, ¿cómo me llamo?

—¿Te llamas Conrado?

—Ese no es mi nombre.

—¿Te llamas Enrique?

—Ese no es mi nombre.

—¿No te llamarás Rumpelstiltskin?

—¡Eso te lo dijo el diablo, eso te lo dijo el diablo! —gritó el hombrecito.

Furioso, el hombrecito pisa con tanta fuerza que rompe el piso, mientras monedas de oro y paja saltan a su alrededor.

De pura rabia pisó tan fuerte que se hundió en la tierra y desapareció para siempre. La reina se quedó con su niño.

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Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva)Dominio público

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Sobre este cuento

Los hermanos Grimm recogieron «Rumpelstiltskin» de boca de Dortchen Wild, en Kassel, el 10 de marzo de 1811. Al año siguiente apareció en Berlín como número 55 de sus Cuentos de la infancia y del hogar, dentro del primer tomo. El nombre es más antiguo: en 1582 ya figura, como nombre de un juego, en una lista de Fischart.

En 1819 lo completaron con otros tres relatos de Hesse, de los Hassenpflug y de Lisette Wild. Desde entonces el nombre lo oye un mensajero, no el rey, y el hombrecito ya no huye: se parte en dos. Partimos de la 7.ª edición (1857), la última revisada por los Grimm, en una versión más suave y otra más fiel.

Los Grimm en 1812 y en 1857

Grimm, 1812Grimm, 1857
Quién lo contóDortchen Wild, en Kassel, en 1811también los Hassenpflug y Lisette Wild
El prodigioconvertir la paja en orohilar la paja hasta volverla oro, en una rueca
Compasiónninguna, aunque le da tres díasse compadece y le da tres días
Días de adivinanzasno hay: dos días sin dar con un nombretres, con mensajero y nombres raros
Quién oye el nombreel rey, que vuelve de cazarel mensajero
Últimos intentosConrad, HeinrichKunz, Heinz
El finalse va furioso y no vuelve nuncase parte a sí mismo en dos
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Hoy horneo mi pan, mañana hago cerveza,pasado mañana me llevo al hijo de la reina;¡qué bueno que nadie se enterade que me llamo Rumpelstiltskin!
Hermanos Grimm, 1857: heute back ich, morgen brau ich, / übermorgen hol ich der Königin ihr Kind; / ach, wie gut ist daß niemand weiß / daß ich Rumpelstilzchen heiß!

Cómo lo cuenta nuestro texto

Nuestras dos versiones siguen la de 1857. El molinero presume ante el rey para darse importancia, y el rey amenaza a la muchacha con la muerte si no convierte la paja en oro. Ella paga al hombrecito con su collar, luego con su anillo y al final con la promesa de su primer hijo. Cuando él viene a buscarlo, se compadece de la reina y le da tres días, y el mensajero lo oye cantar junto a una fogata, donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches. Nuestro texto dice «un niño»; el texto de 1857 dice solo «ein schönes Kind», sin decir si es niño o niña.

Las dos versiones se separan en el final. En la más fiel, el hombrecito se agarra el pie izquierdo y se parte en dos, como en 1857. En la más suave pisa tan fuerte que se hunde en la tierra y desaparece para siempre, un final nuestro: ni el de 1812 ni el de 1857. La amenaza de muerte del rey está en las dos versiones, pero nunca se cumple. Si lees en voz alta a niños pequeños, la versión más suave te ahorra el final en que se parte en dos.

Cuentos emparentados y una confusión

La versión más antigua que conocen Bolte y Polívka es francesa, «Ricdin-Ricdon», de Marie Jeanne Lhéritier (1705), y allí la novia no tiene que adivinar el nombre del ayudante, sino recordarlo. Los propios Grimm señalan que en Turandot también hay que averiguar un nombre. Y en «Rapunzel», como aquí, se promete un niño antes de que nazca.

Una aclaración sobre el final: el hombrecito que se parte en dos no está en la primera edición, la de 1812. Allí solo grita que se lo ha dicho el diablo, se va furioso y no vuelve nunca. El final violento aparece a partir de 1819.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 13 de octubre de 2026.

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