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RumpelstiltskinOriginal

Rumpelstiltskin

Hermanos Grimm

6 min de lectura5–10 años

Una muchacha es obligada por el rey a convertir paja en oro en una sola noche, y un misterioso hombrecito la ayuda a cambio de su collar, su anillo, y finalmente la promesa de entregarle su primer hijo cuando sea reina. Cuando el hombrecito viene a cobrar su deuda años después, la reina consigue descubrir su nombre, Rumpelstiltskin, y el furioso hombrecito desaparece para siempre bajo tierra, dejando a madre e hijo en paz.

Versión suaveVersión original

Había una vez un molinero que era pobre, pero tenía una hija hermosísima. Un día se puso a conversar con el rey y, para hacerse notar, le dijo:

—Tengo una hija que sabe convertir la paja en oro.

El rey se quedó pensativo.

—Ese es un arte que me gusta mucho —dijo—. Si tu hija es tan hábil como dices, tráela mañana a mi castillo. Ahí la voy a poner a prueba.

Cuando la muchacha llegó, el rey la llevó a un cuarto lleno de paja hasta el techo. Le dio una rueca y un huso, y le dijo:

—Ponte a trabajar. Si para mañana en la mañana no has convertido esta paja en oro, morirás.

Luego cerró la puerta con llave, y la muchacha quedó completamente sola.

La pobre hija del molinero no sabía qué hacer. No tenía la menor idea de cómo se hilaba paja para volverla oro, y el miedo fue creciendo tanto que se puso a llorar. De repente se abrió la puerta y entró un hombrecito.

—Buenas noches, muchacha molinera —dijo—. ¿Por qué llorás tanto?

—Ay —contestó ella—, tengo que convertir esta paja en oro y no sé cómo hacerlo.

—¿Qué me das si lo hago yo por ti? —preguntó el hombrecito.

—Mi collar —dijo la muchacha.

El hombrecito tomó el collar, se sentó frente a la rueca, y zas, zas, zas, tres vueltas y el huso ya estaba lleno. Puso otro, y zas, zas, zas, también se llenó. Así siguió toda la noche, hasta que por la mañana toda la paja estaba hilada y cada huso lleno de oro.

Al amanecer llegó el rey, y cuando vio el oro se asombró y se puso muy contento. Pero su corazón se volvió todavía más codicioso. Hizo llevar a la muchacha a un segundo cuarto, mucho más grande y todavía más lleno de paja, y le ordenó que también esa paja la hilara en una sola noche, si es que valoraba su vida.

De nuevo la muchacha no sabía qué hacer, y de nuevo se puso a llorar. Y de nuevo se abrió la puerta, y llegó el hombrecito.

—¿Qué me das si te convierto esta paja en oro? —preguntó.

—El anillo de mi dedo —dijo la muchacha.

El hombrecito tomó el anillo, se sentó junto a la rueca, y para la mañana toda la paja se había vuelto oro reluciente.

El rey se alegró más que nunca, pero seguía sin quedar satisfecho. Hizo llevar a la muchacha a un tercer cuarto, todavía más grande, y le dijo:

—Esta paja también la tienes que hilar esta noche. Pero si lo logras, serás mi esposa.

Porque pensaba: aunque sea solo la hija de un molinero, una mujer más rica que ella no la voy a encontrar en ningún lugar del mundo.

Cuando la muchacha quedó sola, el hombrecito volvió por tercera vez.

—¿Qué me das si hilo esta paja una vez más?

—Ya no tengo nada más que darte —contestó la muchacha.

—Entonces prométeme que cuando seas reina me darás tu primer hijo.

La hija del molinero pensó: quién sabe si eso llegue a pasar. Y como en su desesperación no encontraba otra salida, le prometió al hombrecito lo que le pedía. Entonces él hiló la paja y la convirtió en oro una vez más, y cuando por la mañana llegó el rey y encontró todo tal como lo había deseado, se casó con ella. Y así la hermosa hija del molinero se convirtió en reina.

Al cabo de un año dio a luz a un niño hermosísimo, y ya no se acordaba para nada del hombrecito. Pero de pronto él apareció en su cuarto y le dijo:

—Ahora dame lo que me prometiste.

La reina se asustó muchísimo. Le ofreció al hombrecito todas las riquezas del reino si tan solo le dejaba a su hijo. Pero el hombrecito respondió:

—No. Prefiero algo vivo antes que todos los tesoros del mundo.

Entonces la reina se puso a llorar y a lamentarse de una manera tan desgarradora, que el hombrecito sintió lástima por ella.

—Te voy a dar tres días de tiempo —dijo—. Si para entonces adivinas mi nombre, podrás quedarte con tu hijo.

Toda la noche la reina se puso a pensar en todos los nombres que había oído alguna vez, y mandó un mensajero a preguntar por todo el país qué nombres raros existían. Cuando al día siguiente llegó el hombrecito, ella le fue diciendo nombres uno tras otro: Gaspar, Melchor, Baltasar, y todos los que conocía. Pero a cada uno el hombrecito respondía:

—Así no me llamo.

Al segundo día mandó preguntar en los pueblos vecinos cómo llamaban ahí a la gente, y le dijo al hombrecito los nombres más raros y extraños que encontró:

—¿Te llamas tal vez Costillas de Bestia? ¿O Zancas de Carnero? ¿O Piernas de Cordón?

Pero siempre venía la misma respuesta:

—Así no me llamo.

Al tercer día el mensajero regresó y contó:

—No pude encontrar ningún nombre nuevo por ningún lado. Pero cuando llegué a una montaña muy alta, allá donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita pequeña. Frente a la casita ardía una fogata, y alrededor del fuego saltaba un hombrecito de lo más gracioso, brincando en un solo pie y gritando:

Hoy horneo pan, mañana fermento cerveza, pasado mañana me llevo a la niña o niño de la reina, sin pereza. ¡Ay, qué bueno que nadie mi nombre adivina, que soy Rumpelstiltskin, nadie se imagina!

Pueden imaginarse qué contenta se puso la reina al oír ese nombre. Poco después entró el hombrecito y preguntó:

—Y bien, señora reina, ¿cómo me llamo?

—¿Te llamas Conrado? —preguntó ella primero.

—No.

—¿Te llamas Enrique?

—No.

—¿Te llamarás, acaso... Rumpelstiltskin?

Entonces el hombrecito gritó de rabia:

—¡Eso te lo dijo el diablo, eso te lo dijo el diablo!

Y de la rabia, dio con el pie derecho en el suelo con tanta fuerza que se hundió hasta la cintura. Entonces, fuera de sí, se agarró el pie izquierdo con las dos manos y, tirando con todas sus fuerzas, se partió él mismo en dos.