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Un hombrecillo extraño hila en una rueca y convierte la paja en hilo de oro en una cámara de piedra llena de oro, mientras una joven lo mira desde la puerta.Original

Rumpelstiltskin

Hermanos Grimm

6 min de lecturaa partir de 7 años

Un hombrecillo hila la paja y la convierte en oro en lugar de la hija de un molinero, a cambio de sus joyas y luego de su primer hijo. Ya reina, la muchacha descubre el nombre del hombrecillo por un mensajero, y él, furioso, da tal patada con el pie derecho que se hunde en la tierra hasta la cintura y se parte en dos.


Había una vez un molinero muy pobre que tenía una hija muy hermosa. Un día le tocó hablar con el rey y, para darse importancia, le dijo:

—Tengo una hija que sabe hilar paja y convertirla en oro.

En un salón iluminado por antorchas, el molinero, rechoncho y sonriente, presume con los brazos abiertos ante el rey sentado junto a la chimenea.

—Ese es un arte que me gusta mucho —contestó el rey—. Si tu hija es tan hábil como dices, tráela mañana a mi castillo y la pondré a prueba.

Cuando le llevaron a la muchacha, el rey la condujo a un cuarto lleno de paja, le dio una rueca y una devanadera, y le dijo:

—Ahora ponte a trabajar. Si de aquí a mañana temprano no has hilado toda esta paja hasta volverla oro, tendrás que morir.

Después cerró él mismo la puerta con llave, y ella se quedó sola adentro.

En una cámara de piedra llena de paja, una muchacha rubia de vestido claro llora con la cara entre las manos junto a una rueca quieta, bajo la luz de la luna.

Ahí estaba sentada la pobre hija del molinero, sin saber cómo salvar la vida. No entendía nada de cómo se hila la paja para convertirla en oro, y su miedo fue creciendo tanto que al final se soltó a llorar. De pronto se abrió la puerta y entró un hombrecillo.

—Buenas noches, señorita molinera. ¿Por qué lloras tanto? —dijo.

—Ay —contestó la muchacha—, tengo que hilar paja y convertirla en oro, y no sé cómo se hace.

—¿Qué me das si te la hilo yo? —preguntó el hombrecillo.

—Mi collar —dijo la muchacha.

El hombrecillo tomó el collar, se sentó frente a la ruequita y, zum, zum, zum, tres jalones y el carrete quedó lleno. Puso otro y, zum, zum, zum, tres jalones, y el segundo también quedó lleno. Así siguió hasta la mañana, y para entonces toda la paja estaba hilada y todos los carretes estaban llenos de oro.

Al salir el sol llegó el rey, y cuando vio el oro se quedó asombrado y muy contento, pero su corazón se volvió todavía más codicioso. Mandó llevar a la hija del molinero a otro cuarto lleno de paja, mucho más grande que el primero, y le ordenó hilarla también en una sola noche, si en algo apreciaba su vida. La muchacha no sabía qué hacer y se puso a llorar. Entonces se abrió otra vez la puerta, apareció el hombrecillo y dijo:

—¿Qué me das si te hilo la paja y la convierto en oro?

—El anillo que traigo en el dedo —contestó la muchacha.

El hombrecillo tomó el anillo, volvió a hacer zumbar la rueca y, para cuando amaneció, había hilado toda la paja hasta volverla oro reluciente.

Al rey le dio muchísimo gusto ver aquello, pero seguía sin hartarse de oro. Mandó llevar a la hija del molinero a un cuarto todavía más grande, lleno de paja, y le dijo:

—Esta también la tienes que hilar esta noche. Si lo logras, serás mi esposa.

«Aunque sea la hija de un molinero», pensó, «en el mundo entero no encontraré una mujer más rica».

Cuando la muchacha se quedó sola, el hombrecillo volvió por tercera vez.

—¿Qué me das si te hilo la paja una vez más? —preguntó.

—Ya no tengo nada que darte —contestó la muchacha.

—Entonces prométeme tu primer hijo, cuando seas reina.

«Quién sabe si eso llegue a pasar», pensó la hija del molinero, y como en aquel apuro no se le ocurrió otra salida, le prometió al hombrecillo lo que le pedía, y él hiló otra vez la paja hasta convertirla en oro. Cuando llegó el rey por la mañana y encontró todo tal como lo había deseado, celebró la boda con ella, y la hermosa hija del molinero se convirtió en reina.

Al cabo de un año dio a luz a un niño hermoso, y ya ni se acordaba del hombrecillo. Pero él entró de repente en su habitación y dijo:

—Ahora dame lo que me prometiste.

El hombrecillo extiende la mano hacia la reina, que protege a su bebé dormido en una cuna dorada, junto a una vela encendida en la penumbra.

La reina se llenó de espanto y le ofreció todas las riquezas del reino con tal de que le dejara al niño, pero el hombrecillo dijo:

—No. Prefiero algo vivo a todos los tesoros del mundo.

Entonces la reina se puso a lamentarse y a llorar de tal modo que el hombrecillo se compadeció de ella.

—Te doy tres días de plazo —dijo—. Si para entonces sabes cómo me llamo, te quedas con tu hijo.

La reina se pasó la noche entera repasando todos los nombres que había oído en su vida, y mandó un mensajero por todo el país para que averiguara a lo largo y a lo ancho qué otros nombres existían. Cuando al día siguiente llegó el hombrecillo, ella empezó con Gaspar, Melchor y Baltasar, y le fue diciendo en orden todos los nombres que sabía, pero con cada uno el hombrecillo respondía:

—Ese no es mi nombre.

Al segundo día mandó preguntar por los alrededores cómo se llamaba la gente de por ahí, y le fue diciendo al hombrecillo los nombres más raros y extraños que encontró:

—¿Te llamas acaso Costillar, o Pantorrilla de Carnero, o Pata de Cordón?

Pero él contestaba siempre:

—Ese no es mi nombre.

Al tercer día regresó el mensajero y contó:

—No pude encontrar ni un solo nombre nuevo. Pero al llegar a un cerro muy alto, allá en el recodo del bosque donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches, vi una casita, y frente a la casita ardía una fogata, y alrededor de la fogata brincaba un hombrecillo de lo más ridículo, saltaba en un solo pie y cantaba a gritos:

Hoy horneo mi pan, mañana hago cerveza,pasado mañana me llevo al hijo de la reina;¡qué bueno que nadie se enterade que me llamo Rumpelstiltskin!

De noche, el hombrecillo salta en un pie junto a una fogata frente a su casa, mientras un hombre barbado y encapuchado lo observa tras un árbol.

Ya se imaginarán el gusto que le dio a la reina oír aquel nombre. Poco después entró el hombrecillo y preguntó:

—Bueno, señora reina, ¿cómo me llamo?

—¿Te llamas Conrado? —preguntó ella primero.

—No.

—¿Te llamas Enrique?

—No.

—¿No te llamarás Rumpelstiltskin?

El hombrecillo, con el rostro desencajado de furia, hunde el pie derecho entre las tablas del suelo, con paja y monedas esparcidas alrededor.

—¡Eso te lo dijo el diablo, eso te lo dijo el diablo! —gritó el hombrecillo, y del coraje dio con el pie derecho tal patada en el suelo que se hundió en la tierra hasta la cintura. Entonces, en su furia, se agarró el pie izquierdo con las dos manos y se partió a sí mismo en dos.

Adaptado por Talerie, fuente: Kinder- und Hausmärchen (se abre en una ventana nueva)Licencia: Dominio público

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Sobre este cuento

Los hermanos Grimm recogieron «Rumpelstiltskin» de boca de Dortchen Wild, en Kassel, el 10 de marzo de 1811. Al año siguiente apareció en Berlín como número 55 de sus Cuentos de la infancia y del hogar, dentro del primer tomo. El nombre es más antiguo: en 1582 ya figura, como nombre de un juego, en una lista de Fischart.

En 1819 lo completaron con otros tres relatos de Hesse, de los Hassenpflug y de Lisette Wild. Desde entonces el nombre lo oye un mensajero, no el rey, y el hombrecito ya no huye: se parte en dos. Partimos de la 7.ª edición (1857), la última revisada por los Grimm, en una versión más suave y otra más fiel.

Los Grimm en 1812 y en 1857

Grimm, 1812Grimm, 1857
Quién lo contóDortchen Wild, en Kassel, en 1811también los Hassenpflug y Lisette Wild
El prodigioconvertir la paja en orohilar la paja hasta volverla oro, en una rueca
Compasiónninguna, aunque le da tres díasse compadece y le da tres días
Días de adivinanzasno hay: dos días sin dar con un nombretres, con mensajero y nombres raros
Quién oye el nombreel rey, que vuelve de cazarel mensajero
Últimos intentosConrad, HeinrichKunz, Heinz
El finalse va furioso y no vuelve nuncase parte a sí mismo en dos
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Hoy horneo mi pan, mañana hago cerveza,pasado mañana me llevo al hijo de la reina;¡qué bueno que nadie se enterade que me llamo Rumpelstiltskin!
Hermanos Grimm, 1857: heute back ich, morgen brau ich, / übermorgen hol ich der Königin ihr Kind; / ach, wie gut ist daß niemand weiß / daß ich Rumpelstilzchen heiß!

Cómo lo cuenta nuestro texto

Nuestras dos versiones siguen la de 1857. El molinero presume ante el rey para darse importancia, y el rey amenaza a la muchacha con la muerte si no convierte la paja en oro. Ella paga al hombrecito con su collar, luego con su anillo y al final con la promesa de su primer hijo. Cuando él viene a buscarlo, se compadece de la reina y le da tres días, y el mensajero lo oye cantar junto a una fogata, donde el zorro y la liebre se dan las buenas noches. Nuestro texto dice «un niño»; el texto de 1857 dice solo «ein schönes Kind», sin decir si es niño o niña.

Las dos versiones se separan en el final. En la más fiel, el hombrecito se agarra el pie izquierdo y se parte en dos, como en 1857. En la más suave pisa tan fuerte que se hunde en la tierra y desaparece para siempre, un final nuestro: ni el de 1812 ni el de 1857. La amenaza de muerte del rey está en las dos versiones, pero nunca se cumple. Si lees en voz alta a niños pequeños, la versión más suave te ahorra el final en que se parte en dos.

Cuentos emparentados y una confusión

La versión más antigua que conocen Bolte y Polívka es francesa, «Ricdin-Ricdon», de Marie Jeanne Lhéritier (1705), y allí la novia no tiene que adivinar el nombre del ayudante, sino recordarlo. Los propios Grimm señalan que en Turandot también hay que averiguar un nombre. Y en «Rapunzel», como aquí, se promete un niño antes de que nazca.

Una aclaración sobre el final: el hombrecito que se parte en dos no está en la primera edición, la de 1812. Allí solo grita que se lo ha dicho el diablo, se va furioso y no vuelve nunca. El final violento aparece a partir de 1819.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 13 de octubre de 2026.

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