
Sopa de piedra
6 min de lectura4–10 años
Un vagabundo llega de noche a la cabaña de una anciana tacaña y, con paciencia y una piedra lisa, la convence de aportar poco a poco harina, papas, carne, cebada y leche hasta convertir el agua en un banquete espléndido. Encantada con el truco, ella le ofrece la mejor cama y, al despedirse, comprende que la generosidad compartida vale más que la que se guarda bajo llave.
Al caer la tarde, un vagabundo caminaba por el bosque sin más equipaje que su bastón y su buen humor. No había posada a la vista, y el frío empezaba a colarse entre los árboles, cuando vio una lucecita temblando a lo lejos. Siguió el resplandor hasta una cabaña solitaria, con una chimenea encendida y una puerta bien cerrada.
Tocó, y una anciana asomó la cabeza con el ceño fruncido.
—Buenas noches, y qué bien la encuentro —dijo el vagabundo con una reverencia.
—¿De dónde viene usted a estas horas? —preguntó ella, mirándolo de arriba abajo.
—Vengo del sur del sol y del oriente de la luna —respondió él, sonriendo—. Quien recorre el mundo, más aprende, y quien más aprende, mejor se defiende. He visto medio mundo, pero nunca este pueblo.
—Mejor una noche sin cobija en el suelo, que una noche de frío bajo el cielo —dijo el vagabundo con una sonrisa, que para todo tenía una rima—. ¿Me dejaría dormir en el suelo de la cocina, aunque fuera junto a la puerta? La anciana negó con la cabeza: su marido no estaba, no había posada en muchas leguas, y en la casa no quedaba ni una migaja para compartir. Pero el vagabundo insistió con tanta paciencia y tanta cortesía que, al final, ella cedió y lo dejó entrar.
Adentro, el vagabundo miró alrededor con disimulo. La casa no era pobre: había ollas de cobre bien fregadas, un jamón colgado de una viga y un armario que olía a pan reciente. La anciana no tenía hambre, tenía candados en la despensa.
—¿Tendría usted algo de cenar? —preguntó él con gentileza—. No he probado bocado en todo el día.
—Yo tampoco he comido desde la mañana —mintió ella, cruzando los brazos.
—Pobre abuela, debe de estar hambrienta —dijo el vagabundo, negando con la cabeza—. Entonces la voy a alimentar yo a usted. Présteme una olla, por favor.
Picada por la curiosidad, la anciana le alcanzó una olla grande. Él la llenó de agua y avivó el fuego hasta que las llamas lamieron el fondo. Luego, del bolsillo de su abrigo, sacó una piedra pequeña, lisa y redonda como un huevo, le dio tres vueltas entre los dedos y la dejó caer dentro del agua con un plop solemne.
—¿Y eso qué va a ser? —preguntó ella, acercándose.
—Sopa de piedra —dijo él, removiendo con la cuchara como si nada en el mundo fuera más natural.
La anciana jamás había oído hablar de una sopa hecha con una piedra, y la curiosidad pudo más que la desconfianza. Se sentó a mirar.
—Suele salir un caldo espléndido —dijo el vagabundo—, aunque esta vez saldrá un poco aguado. Es que ya llevo toda la semana usando la misma piedra.
Y añadió, como quien recuerda una vieja cancioncilla:
Piedra que hierve y hierve sin cesar, un puño de harina la vendría a mejorar.
—Pero bueno —suspiró—, lo que a uno le falta, mejor ni pensarlo.
La anciana, sin decir palabra, fue hasta la alacena y volvió con un puñado de harina blanca y fina. El vagabundo la dejó caer en la olla con gesto de gran ceremonia.
—Así ya está digna de visita —dijo, probando el caldo con la cuchara—. Aunque con un poco de carne y unas papas, hasta un señor la comería con gusto.
Sin pensarlo dos veces, la anciana sacó del armario un buen trozo de carne y un puñado de papas. El vagabundo las echó a la olla y siguió removiendo.
—¡Y todo esto de una sola piedra! —exclamó ella, maravillada, asomándose a mirar el fondo de la olla como si esperara ver un truco.
—Con un poco de cebada y un chorrito de leche —dijo el vagabundo, entrecerrando los ojos como si recordara algo lejano—, quedaría digna hasta del rey. Así la servían en la cocina real, y yo debería saberlo, que allí trabajé.
La anciana, ya sin ninguna reserva, corrió al establo, donde su vaca recién parida le dio cebada guardada y un jarro de leche tibia. El vagabundo lo vertió todo en la olla y removió despacio, mientras ella se quedaba de pie, sin parpadear, viendo cómo el caldo se volvía espeso y dorado.
Por fin, él sacó la piedra con la cuchara y la puso a un lado, como quien retira lo más precioso del plato.
—Ahora sí es un banquete —dijo—. Aunque el rey y la reina nunca la toman sin un traguito, y pan, y un buen mantel sobre la mesa.
La anciana, que ya se sentía casi de la realeza, sacó su mejor mantel, una botella de aguardiente, copas de cristal, mantequilla, queso y una tira de carne ahumada que guardaba para las visitas importantes. En un dos por tres, la mesa quedó puesta como para una boda.
Nunca en su vida había tenido semejante festín, y todo había salido de una piedra. Encantada con la astucia y el ahorro, no sabía cómo atender mejor a su huésped. Comieron y bebieron hasta que el sueño empezó a pesarles en los párpados. El vagabundo dijo que se conformaba con dormir en el suelo, pero ella no quiso ni oírlo, y le preparó la mejor cama de la casa.
A la mañana siguiente, la anciana le sirvió café bien caliente, un traguito para el camino y una moneda brillante que sacó de su delantal.
—Gracias por lo que me enseñó —dijo, apretándole la mano—. De ahora en adelante viviré bien, que ya sé hacer sopa de piedra.
—No tiene ningún misterio —respondió el vagabundo, guardándose la piedra en el bolsillo con una sonrisa—, siempre que uno tenga algo bueno para irle agregando.
Y con eso, se despidió y tomó el camino, silbando bajito. La anciana se quedó en la puerta, viéndolo alejarse hasta que se perdió entre los árboles.
—Gente así —dijo para sí, sacudiendo la cabeza— no se encuentra en cualquier lugar. No crece en cualquier arbusto.
Adaptado por Talerie
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