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Un caminante revuelve de noche un gran caldero humeante sobre el fuego de una cabaña mientras una anciana se asoma con curiosidad.

Sopa de piedra

Nils Gabriel Djurklou

8 min de lectura a partir de 4 años

Un vagabundo que dice venir «del sur del sol y del oriente de la luna» pide techo en una cabaña del bosque. La anciana asegura que en su casa no queda ni una migaja, aunque no es pobre, sino tacaña. Él le pide prestada una olla, la pone al fuego y deja caer en el agua una piedra lisa y redonda.


Un vagabundo cruzaba el bosque al caer la tarde. Las casas quedaban tan lejos unas de otras que ya casi no esperaba encontrar techo antes de que se hiciera de noche, cuando de pronto vio una luz temblando entre los árboles. Era una cabaña, y por la ventana se alcanzaba a ver el fuego encendido en el hogar. «Qué bien se estaría junto a esas llamas, y con algo caliente en el estómago», pensó, y apuró el paso.

En la puerta se topó con una anciana.

Al anochecer, en un bosque azulado, un hombre de abrigo raído y con el sombrero en la mano saluda a una anciana asomada a la puerta iluminada de una cabaña.

—Buenas noches, y qué gusto encontrarla —dijo el vagabundo.

—Buenas noches —contestó ella—. ¿De dónde viene usted?

—Del sur del sol y del oriente de la luna —dijo él—. Y ahora voy de regreso a casa, porque ya conocí el mundo entero, menos este pueblo.

—Entonces será usted un gran viajero —dijo la anciana—. ¿Y qué anda buscando por aquí?

—Un techo para pasar la noche, nada más —respondió él.

—Me lo imaginaba —dijo ella—. Pues váyase buscando otro, porque mi marido no está y esta casa no es mesón.

—Mi buena señora, no sea tan dura de corazón. Los dos somos gente, y la gente debe ayudarse, que así está escrito.

—¿Ayudarse? —dijo la anciana—. ¿Ayudarse, dice? ¿Y quién me ayuda a mí? ¡Si en esta casa no queda ni una migaja! No, busque usted posada en otra parte.

Pero el vagabundo no era de los que se dan por vencidos al primer portazo. Por más que la anciana refunfuñó y se quejó, él siguió pidiendo con tanta paciencia y tan buenas palabras que al final ella cedió y le dio permiso de dormir en el suelo.

A él le pareció un gesto muy generoso y se lo agradeció. Y como para todo tenía una rima, la dijo en voz alta:

Más vale dormir en un suelo prestado que pasar la noche en el bosque helado.

Ya adentro, el vagabundo se dio cuenta de que la anciana no estaba tan pobre como decía. Lo que era, era tacaña, tacaña de la peor clase, y siempre andaba lamentándose de todo. Así que él se puso de lo más amable y le pidió, con muy buenos modos, algo de cenar.

—¿Y de dónde lo saco? —dijo ella—. Yo tampoco he probado bocado en todo el día.

Pero el vagabundo era listo, muy listo.

—Pobre abuelita, se ha de estar muriendo de hambre —dijo—. Entonces voy a tener que ser yo quien la invite a usted.

—¿Invitarme? —dijo la anciana—. ¡Si no tiene usted cara de poder invitar a nadie! ¿Y se puede saber con qué?

—Con lo que traigo aquí adentro —dijo el vagabundo, y se dio un golpecito en la frente antes de recitar:

Quien mucho mundo camina mucho aprende y mucho adivina; y a quien mucho ha visto y oído nunca le falta un buen sentido.

—Antes se pierde la cena que la cabeza —remató—. Présteme una olla, abuela, y verá.

A la anciana le ganó la curiosidad, como se podrán imaginar, y le prestó una olla.

Él la llenó de agua, la puso al fuego y sopló con todas sus fuerzas hasta que las llamas subieron alrededor de la olla. Después sacó del bolsillo una piedra lisa y redonda, le dio tres vueltas en la mano y la dejó caer en el agua.

La anciana abrió tamaños ojos.

El hombre del sombrero sostiene una piedra gris del tamaño de un huevo sobre una olla humeante; detrás del vapor, la anciana lo mira boquiabierta.

—¿Y eso qué va a ser? —preguntó.

—Sopa de piedra —dijo el vagabundo, y empezó a mover el agua con la cuchara de palo.

—¿Sopa de piedra? —preguntó la anciana.

—Sopa de piedra —dijo él.

La anciana había visto y oído muchas cosas en su vida, pero que alguien hiciera sopa con una piedra, eso sí que nunca.

—Esa es cosa que conviene saber cuando uno es pobre —dijo—. A mí me gustaría aprenderla.

—Lo que no vale nada, a nadie le hace falta —dijo el vagabundo—. Pero si la quiere aprender, no tiene más que mirar.

Y siguió moviendo la sopa. La anciana se sentó en el suelo, con las manos en las rodillas y los ojos clavados en la cuchara que daba vueltas y vueltas.

—Casi siempre queda un caldo buenísimo —dijo él—, aunque hoy va a salir un poco aguado, porque llevo toda la semana haciendo sopa con esta misma piedra. Con un puñito de harina cernida quedaría en su punto. Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene.

—Pues mire, creo que por ahí me queda algo de harina —dijo la anciana, y fue a buscarla. Y era harina buena y fina.

La anciana cruza la cocina con un tazón de harina blanca en las manos; junto al fuego, el hombre revuelve el caldero y voltea a verla por encima del hombro.

El vagabundo la fue echando a la olla sin dejar de mover, mientras ella miraba, primero a él y luego a la olla, con los ojos a punto de salírsele.

—Esta sopa ya se le puede servir a una visita —dijo, echando un puño de harina tras otro—. Con un trozo de carne salada y unas papas, quedaría digna del señor más exigente. Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene.

La anciana se puso a pensarlo con calma, y resultó que sí tenía papas, y hasta un pedazo de carne. Se los llevó al vagabundo, que siguió moviendo mientras ella seguía mirando sin parpadear.

—Con esto ya podría sentarse a la mesa el más encopetado del reino —dijo él.

—¡Ay, no puede ser! —dijo la anciana—. ¡Y todo con una piedra!

El hombre y la anciana están sentados uno a cada lado de una olla con papas y trozos de carne; él habla y gesticula mientras ella ríe con las manos juntas.

Aquel vagabundo era un hombre notable, no cabía duda.

—Si tuviéramos un poco de cebada y un chorrito de leche, podríamos invitar al mismísimo rey —dijo—. Porque esto es lo que él cena todas las noches de Dios. Lo sé bien, que trabajé al servicio del cocinero real.

—¡Válgame! ¡Invitar al rey! —exclamó la anciana, dándose palmadas en las rodillas. Las amistades de aquel hombre la tenían impresionada.

—Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene —dijo el vagabundo.

Entonces ella se acordó de que le quedaba un poco de cebada, y leche tampoco le faltaba, porque su mejor vaca acababa de parir. Y fue por las dos cosas.

El vagabundo movía la sopa, y la anciana miraba, un momento a él y otro a la olla.

De pronto, él sacó la piedra.

—Ya está lista, y ahora sí vamos a darnos un banquete —dijo—. Aunque con esta sopa el rey y la reina siempre toman su copita y un pan con algo encima. Y comen con mantel en la mesa. Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene.

Para entonces la anciana ya se sentía toda una señora, y si eso era lo único que faltaba para que la cena quedara igualita a la del rey, bien podía darse el gusto por una vez y jugar a ser reina con aquel vagabundo. Fue derecho a la alacena y sacó la botella de aguardiente, las copitas, mantequilla y queso, carne ahumada y ternera, hasta que la mesa quedó puesta como para una fiesta.

Nunca en su vida había tenido un banquete así, ni había probado una sopa semejante. ¡Y pensar que estaba hecha con una piedra! Estaba tan contenta de haber aprendido una receta tan barata que no sabía cómo atender mejor a quien se la había enseñado.

A la luz de una vela, el hombre y la anciana sonríen frente a sus platos de sopa; sobre el mantel hay pan con mantequilla, queso, carne y una piedra lisa.

Comieron y bebieron, y bebieron y comieron, hasta que se les empezaron a cerrar los ojos de sueño.

El vagabundo se iba a acostar en el suelo, pero eso sí que no, pensó la anciana. De ninguna manera.

—Una persona tan distinguida tiene que dormir en una cama —dijo.

Él no se hizo del rogar.

—Esto parece Navidad —dijo—, y mejor mujer no me he encontrado en todo el camino. Dichoso el que se topa con gente así.

Se acostó en la cama y se durmió enseguida.

A la mañana siguiente, en cuanto despertó, lo primero que le sirvieron fue café bien caliente y una copita para el frío.

Y cuando ya se iba, la anciana le puso en la mano una moneda reluciente.

—Gracias, muchas gracias por lo que me enseñó —dijo—. De hoy en adelante voy a vivir sin apuros, ahora que sé hacer sopa con una piedra.

—No tiene mayor ciencia —dijo el vagabundo mientras se echaba a andar—, siempre que uno tenga algo bueno que agregarle.

La anciana se quedó en la puerta, mirándolo alejarse entre los árboles.

—Gente así no se encuentra en cualquier esquina —dijo.

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Adaptado por Talerie, fuente: Tales of Laughter (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

«Sopa de piedra» es un cuento popular sueco del que no se conoce autor. G. Djurklou lo publicó en Estocolmo en 1883, en el dialecto de Värmland, con el título «Fanten å käringa», y anotó que explica el dicho sueco «koka soppa på en spik», hacer sopa con un clavo. H. L. Brækstad lo tradujo al inglés en 1901.

En el texto sueco y en la traducción de Brækstad, que lo sigue escena por escena, el vagabundo echa en la olla un clavo de cuatro pulgadas. En 1908 Kate Douglas Wiggin y Nora Archibald Smith reimprimieron esa traducción en Nueva York, en Tales of Laughter. Nuestra versión parte de ese libro y cambia el clavo por una piedra.

El cuento sueco y nuestra versión

Brækstad, 1901Nuestra versión
En la ollaun clavo de cuatro pulgadasuna piedra lisa y redonda
El plato«nail broth», caldo de clavosopa de piedra
Para removerel palo de las gachasla cuchara de palo
Lo que ella traeharina, carne salada, papas, cebada, lechelo mismo
La mañana siguientecafé y un tragocafé bien caliente y una copita
Al despedirse«a bright dollar piece»una moneda reluciente
Ella, en la puerta«Such people don’t grow on every bush»«Gente así no se encuentra en cualquier esquina»
Moralejaningunaninguna
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Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene
G. Djurklou, trad. H. L. Brækstad, 1901: But what one has to go without, it’s no use thinking more about

Qué hace nuestra versión

Nuestra versión recoge el cuento completo, sin quitarle ninguna escena ni cambiar su orden: la anciana que no quiere dar posada, el permiso para dormir en el suelo, la olla, la piedra a la que el vagabundo da tres vueltas en la mano y los ingredientes que ella va trayendo uno tras otro, hasta poner la mesa como la del rey. El estribillo «Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene» se repite cuatro veces, y las dos coplas del vagabundo siguen en verso y con rima en español. Nadie tiene nombre, el marido de la anciana no llega a aparecer y no se añade ninguna moraleja.

Nadie le dice a la anciana que la han engañado, y ella termina contenta y agradecida. Tampoco se aclara si el vagabundo trabajó de verdad a las órdenes del cocinero del rey. En el cuento no pasa nada que asuste; lo único propio de mayores es la botella de aguardiente en la mesa y la copita que acompaña el café de la mañana.

El dicho sueco y una confusión

En sus notas, Djurklou dice que el cuento explica el dicho «koka soppa på en spik» y que se conocía en Värmland y en Närke: de las dos regiones le habían llegado versiones escritas. También cuenta que el cuento ya había salido en una revista en 1875.

En talerie.com, «La olla mágica» es un cuento distinto, aunque en él también haya una olla.

Fuentes

Textos de época

Catálogo

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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