
Sopa de piedra
8 min de lecturaa partir de 4 añostalerie.com/es/cuentos/sopa-de-piedra
Un vagabundo pide techo en una cabaña del bosque, echa una piedra lisa en una olla de agua y va sacándole a la anciana harina, papas, carne y leche. A la mañana siguiente la anciana le pone una moneda en la mano, le da las gracias por la receta y se queda en la puerta mirándolo alejarse entre los árboles.
Un vagabundo cruzaba el bosque al caer la tarde. Las casas quedaban tan lejos unas de otras que ya casi no esperaba encontrar techo antes de que se hiciera de noche, cuando de pronto vio una luz temblando entre los árboles. Era una cabaña, y por la ventana se alcanzaba a ver el fuego encendido en el hogar. «Qué bien se estaría junto a esas llamas, y con algo caliente en el estómago», pensó, y apuró el paso.
En la puerta se topó con una anciana.

—Buenas noches, y qué gusto encontrarla —dijo el vagabundo.
—Buenas noches —contestó ella—. ¿De dónde viene usted?
—Del sur del sol y del oriente de la luna —dijo él—. Y ahora voy de regreso a casa, porque ya conocí el mundo entero, menos este pueblo.
—Entonces será usted un gran viajero —dijo la anciana—. ¿Y qué anda buscando por aquí?
—Un techo para pasar la noche, nada más —respondió él.
—Me lo imaginaba —dijo ella—. Pues váyase buscando otro, porque mi marido no está y esta casa no es mesón.
—Mi buena señora, no sea tan dura de corazón. Los dos somos gente, y la gente debe ayudarse, que así está escrito.
—¿Ayudarse? —dijo la anciana—. ¿Ayudarse, dice? ¿Y quién me ayuda a mí? ¡Si en esta casa no queda ni una migaja! No, busque usted posada en otra parte.
Pero el vagabundo no era de los que se dan por vencidos al primer portazo. Por más que la anciana refunfuñó y se quejó, él siguió pidiendo con tanta paciencia y tan buenas palabras que al final ella cedió y le dio permiso de dormir en el suelo.
A él le pareció un gesto muy generoso y se lo agradeció. Y como para todo tenía una rima, la dijo en voz alta:
Más vale dormir en un suelo prestadoque pasar la noche en el bosque helado.
Ya adentro, el vagabundo se dio cuenta de que la anciana no estaba tan pobre como decía. Lo que era, era tacaña, tacaña de la peor clase, y siempre andaba lamentándose de todo. Así que se puso de lo más amable y le pidió, con su mejor modo, algo de cenar.
—¿Y de dónde lo saco? —dijo ella—. Yo tampoco he probado bocado en todo el día.
Pero el vagabundo era listo, muy listo.
—Pobre abuelita, se ha de estar muriendo de hambre —dijo—. Entonces voy a tener que ser yo quien la invite a usted.
—¿Invitarme? —dijo la anciana—. ¡Si no tiene usted cara de poder invitar a nadie! ¿Y se puede saber con qué?
—Con lo que traigo aquí adentro —dijo el vagabundo, y se dio un golpecito en la frente antes de recitar:
Quien mucho mundo caminamucho aprende y mucho adivina;y a quien mucho ha visto y oídonunca le falta un buen sentido.
—Antes se pierde la cena que la cabeza —remató—. Présteme una olla, abuela, y verá.
A la anciana le pudo la curiosidad, como se podrán imaginar, y le prestó una olla.
Él la llenó de agua, la puso al fuego y sopló con todas sus fuerzas hasta que las llamas subieron alrededor de la olla. Después sacó del bolsillo una piedra lisa y redonda, le dio tres vueltas en la mano y la dejó caer en el agua.
La anciana abrió tamaños ojos.

—¿Y eso qué va a ser? —preguntó.
—Sopa de piedra —dijo el vagabundo, y empezó a mover el agua con la cuchara de palo.
—¿Sopa de piedra? —preguntó la anciana.
—Sopa de piedra —dijo él.
La anciana había visto y oído muchas cosas en su vida, pero que alguien hiciera sopa con una piedra, eso sí que nunca.
—Esa es cosa que conviene saber cuando uno es pobre —dijo—. A mí me gustaría aprenderla.
—Lo que no vale nada, a nadie le hace falta —dijo el vagabundo—. Pero si la quiere aprender, no tiene más que mirar.
Y siguió moviendo la sopa. La anciana se sentó en el suelo, con las manos en las rodillas y los ojos clavados en la cuchara que daba vueltas y vueltas.
—Casi siempre queda un caldo buenísimo —dijo él—, aunque hoy va a salir un poco aguado, porque llevo toda la semana haciendo sopa con esta misma piedra. Con un puñito de harina cernida quedaría en su punto. Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene.
—Pues mire, creo que por ahí me queda algo de harina —dijo la anciana, y fue a buscarla. Y era harina buena y fina.

El vagabundo la fue echando a la olla sin dejar de mover, mientras ella miraba, primero a él y luego a la olla, con los ojos a punto de salírsele.
—Esta sopa ya se le puede servir a una visita —dijo, echando un puño de harina tras otro—. Con un trozo de carne salada y unas papas, quedaría digna del señor más exigente. Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene.
La anciana se puso a pensarlo con calma, y resultó que sí tenía papas, y hasta un pedazo de carne. Se los llevó al vagabundo, que siguió moviendo mientras ella seguía mirando sin parpadear.
—Con esto ya podría sentarse a la mesa el más encopetado del reino —dijo él.
—¡Ay, no puede ser! —dijo la anciana—. ¡Y todo con una piedra!

Aquel vagabundo era un hombre notable, no cabía duda.
—Si tuviéramos un poco de cebada y un chorrito de leche, podríamos invitar al mismísimo rey —dijo—. Porque esto es lo que él cena todas las noches de Dios. Lo sé bien, que trabajé al servicio del cocinero real.
—¡Válgame! ¡Invitar al rey! —exclamó la anciana, dándose palmadas en las rodillas. Las amistades de aquel hombre la tenían impresionada.
—Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene —dijo el vagabundo.
Entonces ella se acordó de que le quedaba un poco de cebada, y leche tampoco le faltaba, porque su mejor vaca acababa de parir. Y fue por las dos cosas.
El vagabundo movía la sopa, y la anciana miraba, un momento a él y otro a la olla.
De pronto, él sacó la piedra.
—Ya está lista, y ahora sí vamos a darnos un banquete —dijo—. Aunque con esta sopa el rey y la reina siempre toman su copita y un pan con algo encima. Y comen con mantel en la mesa. Pero lo que no se tiene, ni pensarlo conviene.
Para entonces la anciana ya se sentía toda una señora, y si eso era lo único que faltaba para que la cena quedara igualita a la del rey, bien podía darse el gusto por una vez y jugar a ser reina con aquel vagabundo. Fue derecho a la alacena y sacó la botella de aguardiente, las copitas, mantequilla y queso, carne ahumada y ternera, hasta que la mesa quedó puesta como para una fiesta.
Nunca en su vida había tenido un banquete así, ni había probado una sopa semejante. ¡Y pensar que estaba hecha con una piedra! Estaba tan contenta de haber aprendido una receta tan barata que no sabía cómo atender mejor a quien se la había enseñado.

Comieron y bebieron, y bebieron y comieron, hasta que se les empezaron a cerrar los ojos de sueño.
El vagabundo se iba a acostar en el suelo, pero eso sí que no, pensó la anciana. De ninguna manera.
—Una persona tan distinguida tiene que dormir en una cama —dijo.
Él no se hizo del rogar.
—Esto parece Navidad —dijo—, y mejor mujer no me he encontrado en todo el camino. Dichoso el que se topa con gente así.
Se acostó en la cama y se durmió enseguida.
A la mañana siguiente, en cuanto despertó, lo primero que le sirvieron fue café bien caliente y una copita para el frío.
Y cuando ya se iba, la anciana le puso en la mano una moneda reluciente.
—Gracias, muchas gracias por lo que me enseñó —dijo—. De hoy en adelante voy a vivir sin apuros, ahora que sé hacer sopa con una piedra.
—No tiene mayor ciencia —dijo el vagabundo mientras se echaba a andar—, siempre que uno tenga algo bueno que agregarle.
La anciana se quedó en la puerta, mirándolo alejarse entre los árboles.
—Gente así no se encuentra en cualquier esquina —dijo.
Adaptado por Talerie, Fuente: The Old Woman and the Tramp (se abre en una ventana nueva)
Licencia: Dominio públicoCopia este texto, adáptalo y úsalo como quieras. Un enlace a Talerie se agradece, pero no es obligatorio.CC0 1.0 (se abre en una ventana nueva)

