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Rapunzel

Rapunzel

Hermanos Grimm

7 min de lectura6–12 años

Una joven encerrada en una torre sin puertas por una bruja malvada cautiva al príncipe heredero con su hermoso canto, y ambos se enamoran en secreto mientras ella teje una escalera de seda para escapar juntos. Cuando la hechicera descubre el engaño, separa a los amantes con crueldad, pero años después el destino los reúne de nuevo en el bosque, donde sus lágrimas devuelven la vista al príncipe ciego y pueden al fin vivir su amor en libertad.

Versión suaveVersión original

Había una vez un hombre y una mujer que deseaban desde hacía mucho tiempo tener un hijo, y por fin la mujer empezó a confiar en que el buen Dios cumpliría su deseo.

En la parte trasera de su casa tenían una ventanita desde la que se veía un jardín magnífico, lleno de flores y hierbas hermosísimas. Pero estaba rodeado por un muro muy alto, y nadie se atrevía a entrar en él, porque pertenecía a una hechicera de gran poder, a la que todo el mundo temía.

Un día, la mujer se asomó a aquella ventana y descubrió un bancal lleno de ruiponces, tan frescos y verdes que sintió unas ganas enormes de comerlos. El antojo crecía cada día, y como sabía que no podía satisfacerlo, empezó a ponerse pálida y triste.

Su marido, asustado, le preguntó:

—¿Qué te ocurre, querida esposa?

—Ay —respondió ella—, si no puedo comer ruiponces del jardín de detrás de casa, creo que voy a morirme.

El hombre, que la quería mucho, pensó: «Antes de dejar que mi mujer sufra, iré a buscarle ruiponces, cueste lo que cueste». Y al anochecer saltó el muro, cogió un puñado a toda prisa y se lo llevó. Ella se hizo enseguida una ensalada y se la comió con muchísimas ganas. Pero le supo tan bien que al día siguiente el antojo era todavía mayor, y el hombre tuvo que volver.

Al caer la tarde saltó de nuevo el muro, pero, apenas puso los pies en el jardín, se llevó un buen susto: la hechicera estaba allí, esperándolo.

—¿Cómo te atreves —dijo ella con mirada furiosa— a entrar en mi jardín y robarme los ruiponces como un ladrón? Vas a pagarlo caro.

—Tened piedad —respondió él—. Lo he hecho por necesidad. Mi mujer vio vuestros ruiponces desde la ventana y sintió un antojo tan grande que temo que enferme si no los come.

La hechicera, entonces, dejó a un lado su enfado y dijo:

—Si es así, te dejaré llevarte todos los que quieras, pero con una condición: cuando tu mujer dé a luz, tendrás que entregarme a la niña. No le faltará nada, y yo la cuidaré como una madre.

El hombre, asustado, aceptó. Y en cuanto nació la niña, la hechicera se presentó, le puso el nombre de Rapunzel y se la llevó consigo.

Rapunzel creció y se convirtió en la niña más hermosa que se pueda imaginar. Cuando cumplió doce años, la hechicera la encerró en una torre, en medio de un bosque, sin escaleras ni puertas, con una sola ventanita muy arriba. Cuando quería entrar, se ponía debajo y llamaba:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él.

Rapunzel tenía una cabellera larga y espléndida, fina como el oro hilado. En cuanto oía aquella voz, soltaba sus trenzas, las enrollaba en el gancho de la ventana, y el cabello caía hasta el suelo. Entonces la hechicera subía por él.

Un par de años más tarde, el hijo del rey pasó a caballo por aquel bosque y llegó junto a la torre. Oyó un canto tan dulce que se detuvo a escuchar: era Rapunzel, que en su soledad dejaba volar la voz para hacerse compañía. El príncipe buscó una puerta, pero no la había, y volvió a su casa. Sin embargo, aquel canto se le había quedado tan dentro que volvía cada día al bosque a escucharlo.

Una tarde, escondido tras un árbol, vio llegar a la hechicera y la oyó llamar:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él.

Y vio caer la cabellera y a la hechicera subir por ella.

«Si esa es la escalera —pensó el príncipe—, yo también probaré suerte.»

Y al día siguiente, al anochecer, se acercó a la torre y llamó:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él.

El cabello cayó, y el príncipe subió.

Al principio, Rapunzel se asustó mucho, pues nunca había visto a un hombre. Pero él le habló con dulzura y le contó que su canto le había llegado tan hondo al corazón que no había podido quedarse tranquilo sin conocerla. Entonces el miedo de Rapunzel se desvaneció, y cuando él le preguntó si quería ser su esposa, ella pensó: «Este me querrá mejor que la vieja señora Gothel», y dijo que sí, y puso su mano en la de él.

—Me iré contigo de buena gana —dijo—, pero no sé cómo bajar de aquí. Cada vez que vengas, tráeme una madeja de seda; con ellas iré trenzando una escalera, y cuando esté terminada, bajaré y me llevarás contigo.

Acordaron que él vendría cada noche, ya que de día venía la vieja hechicera. Y así pasó un tiempo sin que ella notara nada, hasta que un día Rapunzel, sin pensarlo, le dijo:

—Decidme, señora Gothel, ¿cómo es que a vos me cuesta tanto subiros, y al joven príncipe le basta un instante?

—¡Ay, niña malvada! —gritó la hechicera—. ¿Qué es lo que oigo? Yo creía haberte apartado del mundo entero, ¡y me has engañado!

Furiosa, agarró la hermosa cabellera de Rapunzel, la enrolló en su mano y, con unas tijeras, la cortó de un solo tajo. Las trenzas cayeron al suelo. Y sin compasión, llevó a la pobre Rapunzel a un lugar desierto y solitario, donde tuvo que vivir con gran pena.

Aquella misma noche, la hechicera ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana. Cuando llegó el príncipe y llamó:

Rapunzel, Rapunzel, suéltate el cabello, que quiero subir por él,

el cabello cayó, y él subió. Pero arriba no encontró a su amada, sino a la hechicera, que lo miró con ojos llenos de rabia.

—¡Ajá! —dijo burlándose—. Vienes a buscar a tu amada, pero el pájaro ya no está en el nido, y no volverá a cantar para ti. Rapunzel está perdida para siempre.

El príncipe, desesperado por el dolor, se dejó caer desde la torre. No murió, pero al aterrizar entre las zarzas se hizo daño en los ojos y quedó ciego. Anduvo errante por el bosque, comiendo solo raíces y bayas, llorando la pérdida de su amada esposa. Así vivió, perdido y triste, durante varios años, hasta que sus pasos lo llevaron al lugar desierto donde Rapunzel malvivía con los dos niños, un niño y una niña, que había dado a luz.

Oyó una voz que le sonó conocida, y caminó hacia ella. Al acercarse, Rapunzel lo reconoció y se echó a sus brazos, llorando de alegría. Dos de sus lágrimas cayeron sobre los ojos del príncipe, y al instante recobraron su claridad, y él pudo ver de nuevo como antes.

Entonces la llevó consigo a su reino, donde fueron recibidos con gran alegría, y vivieron muchos años, felices y en paz.