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Bajo un tilo viejo, una princesa con vestido dorado se arrodilla al atardecer junto a un pozo cubierto de musgo y una ranita le ofrece una pelota de oro.

El príncipe rana

Hermanos Grimm

5 min de lectura a partir de 4 años

La pelota de oro de la hija menor del rey cae a una fuente tan honda que no se le ve el fondo. Una rana se ofrece a sacarla, pero a cambio quiere comer de su platito de oro y dormir en su camita. La princesa lo promete sin pensarlo, segura de que una rana nunca saldrá del agua.


En aquellos tiempos, cuando los deseos todavía se cumplían, vivía un rey cuya hija más pequeña era tan hermosa que hasta el sol se maravillaba al mirarla. En el bosque, bajo un tilo viejo, había una fuente, y ahí jugaba la princesa con su pelota de oro, lanzándola al aire y atrapándola de nuevo.

Una vez la pelota se le fue de las manos, rodó por el suelo y se hundió en el agua, tan honda que no se veía el fondo. La princesa lloró sin consuelo.

—¿Qué te pasa, hija del rey? —dijo una voz—. Lloras como para ablandar una piedra.

Miró alrededor y vio una rana que asomaba del agua su cabeza gorda.

—Ah, eres tú, vieja chapoteadora. Lloro por mi pelota de oro, que se cayó a la fuente.

—No llores —contestó la rana—. Yo te la saco. ¿Qué me das si te devuelvo tu juguete?

—Lo que tú quieras: mis vestidos, mis perlas y mis joyas, hasta mi corona de oro.

—Nada de eso me sirve —respondió la rana—. Pero si me dejas ser tu compañera, sentarme a tu mesa, comer de tu platito de oro, beber de tu vasito y dormir en tu camita, bajaré al fondo por la pelota.

—Ay, sí, te prometo lo que quieras —dijo ella, aunque pensaba: «Qué tonterías dice esta rana. Ninguna puede acompañar a la gente.»

La rana se hundió y volvió con la pelota en la boca. La echó al pasto, y la princesa, feliz, la levantó y salió corriendo.

—¡Espera! —le gritó la rana—. Llévame contigo, yo no puedo correr como tú.

La princesa no le hizo caso y pronto olvidó a la pobre rana, que volvió a su fuente.

Al día siguiente, mientras comía con el rey y la corte, algo subió por la escalera de mármol, plas, plas, plas, y tocó a la puerta:

—Hija del rey, la más pequeña, ábreme la puerta.

Ella abrió, vio a la rana y cerró de golpe. Volvió a la mesa con el corazón latiéndole fuerte.

—Hija mía, ¿de qué tienes miedo? —preguntó el rey—. ¿Hay un gigante en la puerta?

—No es un gigante, padre, sino una rana horrible. Ayer se me cayó la pelota de oro a la fuente y ella me la sacó; a cambio le prometí que sería mi compañera, y nunca creí que saliera del agua.

En eso tocaron por segunda vez:

Hija del rey, la más pequeña, ábreme la puerta. ¿No te acuerdas de lo que ayer me prometiste junto al agua fría de la fuente? Hija del rey, la más pequeña, ábreme la puerta.

—Lo que prometiste tienes que cumplirlo —dijo el rey—. Anda, ábrele.

Ella obedeció, y la rana entró de un salto y la siguió hasta su silla.

—Súbeme contigo.

La princesa dudó hasta que el rey se lo ordenó. De la silla la rana pasó a la mesa y pidió:

—Ahora acércame tu platito de oro, para que comamos juntas.

Lo hizo de mala gana. La rana comió con gusto; a ella cada bocado se le atoraba.

Una joven de vestido dorado, sentada junto a un rey barbudo y coronado, mira incómoda cómo una rana verde come de su plato de oro, a la luz de las antorchas.

—Ya comí y estoy cansada —dijo la rana—. Llévame a tu cuarto, que nos vamos a dormir en tu camita de seda.

La princesa se soltó llorando: aquella rana fría le daba miedo y ni siquiera se atrevía a tocarla.

—A quien te ayudó cuando estabas en apuros no lo debes despreciar —dijo el rey, enojado.

La princesa la tomó con dos dedos, la subió a su cuarto y la dejó en un rincón. Pero apenas se acostó, la rana se arrastró hasta la cama.

—Quiero dormir tan a gusto como tú. Súbeme, o le digo a tu padre.

Entonces la princesa se llenó de coraje, la levantó y la aventó contra la pared con todas sus fuerzas.

—¡Ahora sí vas a descansar, rana horrible!

Pero al caer al suelo ya no era una rana, sino un príncipe de ojos hermosos y amables. Una bruja malvada lo había hechizado, le contó, y nadie más que la princesa podía librarlo. Por voluntad del rey fue desde entonces su compañero y su esposo.

La princesa, con la mano en la boca por la sorpresa, mira a un joven de cabello rubio y mirada amable de pie ante ella en su alcoba, sin rastro de la rana.

A la mañana siguiente llegó a la puerta un carruaje de ocho caballos blancos, con plumas en la cabeza y riendas de oro, y atrás, de pie, iba su criado, el fiel Enrique, que al ver a su señor convertido en rana se había puesto tres aros de hierro en el corazón para que no se le reventara de tristeza. Enrique bajó, subió al príncipe y a la princesa al carruaje y volvió a pararse atrás. Partieron rumbo a su reino, y al poco rato el príncipe oyó tronar algo detrás y gritó:

—Enrique, el carruaje se rompe.

No, señor, no es el carruaje, es un aro de mi corazón, que le puse por la pena cuando usted, allá en la fuente, era una rana, señor.

El fiel Enrique, de pie atrás en el carruaje tirado por ocho caballos blancos, sonríe mientras un aro de hierro le revienta en el pecho con un destello de luz.

Dos veces más tronó en el camino, y las dos veces creyó el príncipe que se rompía el carruaje. Pero eran los aros del corazón del fiel Enrique, que saltaban porque su señor estaba libre y feliz.

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Adaptado por Talerie, fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva) Dominio público

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Sobre este cuento

«El príncipe rana» lo pusieron por escrito los hermanos Grimm, Jacob y Wilhelm. Apareció en Berlín en 1812, con el título «Der Froschkönig oder der eiserne Heinrich», como número 1 de la colección, y abre el primer tomo en todas las ediciones. Sus notas dicen que el cuento viene de Hesse, pero no quién se lo contó.

De 1812 a 1857 el argumento no cambia, pero el texto sí: el comienzo sobre los tiempos en que desear aún servía de algo es de 1837, y la bruja, de 1840. Partimos de Sánchez Biedma (1879), pero en algunos detalles seguimos la edición de 1857, como los ocho caballos (él pone siete) o el reproche a la princesa, que hace el rey.

La primera y la última edición de los Grimm, frente a frente

Grimm 1812Grimm 1857
Comienzouna hija de rey sale al bosquelos tiempos en que desear aún servía de algo
Por qué es ranano se explicalo hechizó una bruja malvada
Qué dice el reyle manda cumplir su promesano desprecies a quien te ayudó
Contra la pareddesde la cama, «bratsch!»la levanta y la lanza con todas sus fuerzas
Qué es al finalun joven y apuesto príncipeun hijo de rey de ojos bellos y amables
Bodasolo «querido compañero»compañero y esposo, por voluntad del padre
Besoningunoninguno
Mostrar más
Enrique, el carruaje se rompe. No, señor, no es el carruaje,
Hermanos Grimm, 1857: Heinrich, der Wagen bricht. / Nein, Herr, der Wagen nicht,

Así lo cuenta nuestra versión

La hija menor del rey juega con su pelota de oro junto a una fuente, bajo un tilo viejo, y la pelota se le cae al agua. Una rana se ofrece a sacarla si la princesa la acepta como compañera: sentarse a su mesa, comer de su platito de oro, beber de su vasito y dormir en su camita. Ella lo promete pensando que son tonterías y, en cuanto recupera la pelota, sale corriendo. Al día siguiente la rana llama a la puerta durante la comida y le recuerda la promesa en verso; el rey obliga a su hija a cumplirla. Por la noche, cuando la rana amenaza con contárselo al rey si no la sube a la cama, la princesa la arroja contra la pared, y al caer ya no es una rana, sino un príncipe. A la mañana siguiente llega un carruaje de ocho caballos blancos con el fiel Enrique, el criado del príncipe, que se había puesto tres aros de hierro en el corazón para que no se le partiera de pena; por el camino los aros saltan uno tras otro. En nuestro texto, como en el de Sánchez Biedma, la rana habla en femenino («estoy cansada»), aunque al final resulta ser un príncipe.

Puede sorprender que el hechizo no se rompa con un gesto de cariño, sino cuando la princesa, enfadada, lanza la rana contra la pared. Así lo cuentan los Grimm en todas sus ediciones, y así lo hemos conservado.

Cuentos parecidos y una confusión

Los propios Grimm lo tenían por uno de los cuentos más antiguos y hermosos. Publicaron en 1815 otra versión, «Der Froschprinz», que en Kassel les había contado una mujer a la que Bolte y Polívka llaman solo «la vieja Marie»: tres princesas sacan agua de un pozo, la rana la enturbia y únicamente la menor acepta su petición; el animal duerme dos noches a sus pies y la tercera bajo su almohada, y por la mañana es un príncipe. Allí no hay pared ni beso. Bolte y Polívka mencionan relatos en los que un beso sí rompe el hechizo, como uno de Pomerania, y otros en los que la muchacha tiene que abrir en canal a la rana o cortarle la cabeza. Citan también un cuento español, «El sapito», en el que un pescador pobre promete a un sapo su hija menor. Y señalan que un libro alemán de 1608 ya menciona un cuento sobre «Enrique el de hierro». En los Grimm, ese nombre solo aparece en el título; dentro del cuento el criado es siempre «el fiel Enrique».

No hay que mezclarlo con «La bella durmiente»: allí también sale una rana del agua, pero solo anuncia a la reina el nacimiento de su hija y no vuelve a aparecer.

Fuentes

Textos de época

Cotejado con estas fuentes el 30 de octubre de 2026.

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