
El príncipe rana
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Una princesa pierde su pelota de oro en la fuente y una rana se ofrece a rescatarla a cambio de comer de su plato y dormir en su cama. Furiosa, la princesa al fin la avienta contra la pared y aparece un príncipe libre del hechizo; camino a su reino, los aros de hierro del fiel Enrique estallan de alegría en su corazón.
En aquellos tiempos, cuando los deseos todavía se cumplían, vivía un rey cuya hija más pequeña era tan hermosa que hasta el sol se maravillaba al mirarla. En el bosque, bajo un tilo viejo, había una fuente, y ahí jugaba la princesa con su pelota de oro, lanzándola al aire y atrapándola de nuevo.
Una vez la pelota se le fue de las manos, rodó por el suelo y se hundió en el agua, tan honda que no se veía el fondo. La princesa lloró sin consuelo.
—¿Qué te pasa, hija del rey? —dijo una voz—. Lloras como para ablandar una piedra.
Miró alrededor y vio una rana que asomaba del agua su cabeza gorda.
—Ah, eres tú, vieja chapoteadora. Lloro por mi pelota de oro, que se cayó a la fuente.
—No llores —contestó la rana—. Yo te la saco. ¿Qué me das si te devuelvo tu juguete?
—Lo que tú quieras: mis vestidos, mis perlas, hasta mi corona de oro.
—Nada de eso me sirve —respondió la rana—. Pero si me dejas ser tu compañera, sentarme a tu mesa, comer de tu platito de oro, beber de tu vasito y dormir en tu camita, bajaré al fondo por la pelota.
—Ay, sí, te prometo lo que quieras —dijo ella, aunque pensaba: «Qué tonterías dice esta rana. Ninguna puede acompañar a la gente.»
La rana se hundió y volvió con la pelota en la boca. La echó al pasto, y la princesa, feliz, la levantó y salió corriendo.
—¡Espera! —le gritó la rana—. Llévame contigo, yo no puedo correr como tú.
La princesa no le hizo caso y pronto olvidó a la pobre rana, que volvió a su fuente.
Al día siguiente, mientras comía con el rey y la corte, algo subió por la escalera de mármol, plas, plas, plas, y tocó a la puerta:
—Hija del rey, la más pequeña, ábreme la puerta.
Ella abrió, vio a la rana y cerró de golpe. Volvió a la mesa con el corazón latiéndole fuerte.
—Hija mía, ¿de qué tienes miedo? —preguntó el rey—. ¿Hay un gigante en la puerta?
—No es un gigante, padre, sino una rana horrible. Ayer se me cayó la pelota de oro a la fuente y ella me la sacó; a cambio le prometí que sería mi compañera, y nunca creí que saliera del agua.
En eso tocaron por segunda vez:
Hija del rey, la más pequeña,ábreme la puerta.¿No te acuerdas de lo que ayerme prometistejunto al agua fría de la fuente?Hija del rey, la más pequeña,ábreme la puerta.
—Lo que prometiste tienes que cumplirlo —dijo el rey—. Anda, ábrele.
Ella obedeció, y la rana entró de un salto y la siguió hasta su silla.
—Súbeme contigo.
La princesa dudó hasta que el rey se lo ordenó. De la silla la rana pasó a la mesa y pidió:
—Ahora acércame tu platito de oro, para que comamos juntas.
Lo hizo de mala gana. La rana comió con gusto; a ella cada bocado se le atoraba.

—Ya comí y estoy cansada —dijo la rana—. Llévame a tu cuarto, que nos vamos a dormir en tu camita de seda.
La princesa se soltó llorando: aquella rana fría le daba miedo y ni siquiera se atrevía a tocarla.
—A quien te ayudó cuando estabas en apuros no lo debes despreciar —dijo el rey, enojado.
La princesa la tomó con dos dedos, la subió a su cuarto y la dejó en un rincón. Pero apenas se acostó, la rana se arrastró hasta la cama.
—Quiero dormir tan a gusto como tú. Súbeme, o le digo a tu padre.
Entonces la princesa se llenó de coraje, la levantó y la aventó contra la pared con todas sus fuerzas.
—¡Ahora sí vas a descansar, rana horrible!
Pero al caer al suelo ya no era una rana, sino un príncipe de ojos hermosos y amables. Una bruja malvada lo había hechizado, le contó, y nadie más que la princesa podía librarlo. Por voluntad del rey fue desde entonces su compañero y su esposo.

A la mañana siguiente llegó a la puerta un carruaje de ocho caballos blancos, con plumas en la cabeza y riendas de oro, y atrás, de pie, iba su criado, el fiel Enrique, que al ver a su señor convertido en rana se había puesto tres aros de hierro en el corazón para que no se le reventara de tristeza. Enrique bajó, subió al príncipe y a la princesa al carruaje y volvió a pararse atrás. Partieron rumbo a su reino, y al poco rato el príncipe oyó tronar algo detrás y gritó:
—Enrique, el carruaje se rompe.
No, señor, no es el carruaje,es un aro de mi corazón,que le puse por la penacuando usted, allá en la fuente,era una rana, señor.

Dos veces más tronó en el camino, y las dos veces creyó el príncipe que se rompía el carruaje. Pero eran los aros del corazón del fiel Enrique, que saltaban porque su señor estaba libre y feliz.
Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)
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