Saltar al contenido
Una sirena de cabello largo está sentada al atardecer sobre una roca entre las olas, mirando un velero iluminado a lo lejos.

La sirenita

Hans Christian Andersen

15 min de lecturaa partir de 6 años

Una sirena de quince años salva a un príncipe de un naufragio y le entrega su voz a la bruja del mar a cambio de piernas humanas. Cuando él se casa con otra, sus hermanas le llevan un cuchillo para que se lo clave al príncipe, pero ella lo tira a las olas, se deshace en espuma al amanecer y sube con las hijas del aire.


Mar adentro, muy lejos de la costa, el agua es azul y tan honda que ninguna cadena de ancla llega al fondo. Allá abajo vive la gente del mar, y en lo más profundo está el palacio del rey, con muros de coral y ventanas de ámbar.

El rey del mar era viudo, y su anciana madre le llevaba la casa. Era tan orgullosa de su nobleza que llevaba doce ostras prendidas en la cola, el doble que cualquier otra señora del mar. Sus seis nietas no tenían pies, sino cola de pez, y la más pequeña era la más hermosa.

Cada princesa tenía en el jardín su propio pedacito de tierra. La más chica arregló el suyo redondo como el sol, y de todo lo que sus hermanas sacaban de los barcos hundidos no quiso más que una estatua de mármol, un muchacho tallado en piedra clara.

Nada le gustaba tanto como oír hablar del mundo de los hombres: que allá arriba las flores olieran y que los pájaros cantaran entre los árboles.

La sirenita y su abuela de pelo blanco, de espaldas y con sus colas de pez, sentadas entre flores rojas frente a una estatua de mármol de un muchacho.

—Cuando cumplan quince años —les decía la abuela—, van a tener permiso de subir a la superficie y ver pasar los barcos grandes.

Como cada hermana era un año menor que la anterior, a la más chica le faltaban cinco años enteros; muchas noches se quedaba junto a la ventana abierta mirando hacia arriba.

Una por una, sus hermanas fueron subiendo. La mayor volvió hablando de la ciudad de la costa, con sus luces como estrellas y sus campanas; la segunda, del cielo de oro al ponerse el sol. La tercera remontó un río y vio niños que chapoteaban, hasta que un perro le ladró y se regresó al mar. La cuarta se quedó en alta mar, entre delfines y ballenas, y la quinta, que cumplía años en invierno, se sentó en una montaña de hielo a ver caer los rayos.

Muchas tardes subían las cinco tomadas del brazo a cantarles a los barcos y a pedirles a los marineros que no tuvieran miedo; pero ellos creían que era el viento.

La más chica se quedaba sola mirándolas y sentía ganas de llorar; pero una sirena no tiene lágrimas, y por eso sufre mucho más.

—¡Ay, si ya tuviera quince años! —decía—. Estoy segura de que voy a querer mucho ese mundo y a la gente que vive en él.

Por fin cumplió quince. La abuela le puso una corona de lirios blancos y le prendió ocho ostras grandes en la cola para que se viera su rango.

—¡Me lastiman! —dijo la sirenita.

—Para presumir hay que aguantar —contestó la abuela.

Ella habría dado cualquier cosa por quitarse aquel lujo, pero se despidió y subió ligera y clara como una burbuja.

El sol acababa de meterse cuando sacó la cabeza del agua. Cerca había un barco grande con música y cientos de faroles, y por la ventana del camarote vio a un príncipe joven de ojos negros: era su cumpleaños. Cuando salió a cubierta subieron al aire cien cohetes, y a ella le pareció que las estrellas se le caían encima.

Sentada de espaldas en una ola, la sirenita mira los fuegos artificiales sobre un barco de madera adornado con faroles de colores en la noche azul.

Se hizo tarde y no podía apartar los ojos del barco. El mar empezó a crecer, el mástil se partió como un carrizo y la nave se recostó de lado. La sirenita buscó al príncipe y lo vio hundirse. Al principio se puso contenta, porque así bajaría con ella; pero se acordó de que la gente no puede vivir en el agua: él llegaría muerto al palacio de su padre. No, él no se podía morir. Nadó entre las tablas, le sostuvo la cabeza fuera del agua y dejó que las olas los llevaran.

En plena tormenta, la sirenita sostiene fuera del agua la cabeza del príncipe desmayado mientras el mástil roto del barco se hunde entre las olas.

En la mañana no quedaba ni una astilla del barco. El sol le devolvió el color a las mejillas del príncipe, pero él no abría los ojos; la sirenita le besó la frente y deseó con toda el alma que viviera.

Delante de ella vio tierra y un edificio blanco entre limoneros y palmas. Nadó con él hasta la arena de una bahía y lo acostó al sol tibio. Luego repicaron las campanas y ella se escondió detrás de unas piedras, con espuma de mar en el pelo para que nadie le viera la cara.

No tardó en llegar una muchacha joven, que se asustó y fue por más gente. La sirenita vio que el príncipe volvía en sí y les sonreía a todos; pero a ella no le sonrió, porque no sabía que lo había salvado.

Siempre había sido callada; ahora lo fue más. Volvió muchas veces al mismo lugar, pero al príncipe no lo veía, y su único consuelo era abrazar la estatua de mármol que se le parecía.

Al final se lo contó a sus hermanas, y una de ellas sabía dónde quedaba el reino del príncipe. La llevaron hasta su palacio, y desde entonces muchas noches se quedaba mirándolo mientras él se creía solo bajo la luna.

Un día le preguntó a la abuela.

—Si la gente no se ahoga, ¿vive para siempre?

—También se muere, y su vida es más corta que la nuestra. Nosotras llegamos a los trescientos años, pero luego nos volvemos espuma. Somos como el junco verde: una vez cortado, ya no reverdece. La gente tiene un alma que vive siempre y sube por el aire hasta lugares que nunca vamos a ver.

—¿Y por qué a nosotras no nos tocó un alma inmortal? —preguntó la sirenita con tristeza—. Yo daría los cientos de años que me quedan por ser persona un solo día. ¿No hay nada que yo pueda hacer?

—Nada. Solo si un hombre te quisiera más que a su padre y a su madre, y un sacerdote pusiera la mano de él en la tuya con promesa de fidelidad para siempre: entonces su alma pasaría a tu cuerpo. Pero eso no puede pasar: lo que aquí es hermoso, tu cola de pez, allá arriba les parece feo.

Esa noche hubo baile en la corte, y la sirenita cantó mejor que todos. Pero se acordó del príncipe y de la pena de no tener un alma como la suya, y se salió a su jardincito. Ahí oyó un cuerno de caza sonar a través del agua y pensó: «Voy a arriesgarlo todo. Voy a ir con la bruja del mar, a la que siempre le he tenido tanto miedo.»

Nunca había ido por ese camino: solo arena gris hasta los remolinos, que se llevaban al fondo todo lo que agarraban, y en medio de ellos tuvo que pasar. Detrás estaba la casa de la bruja, en un bosque de pólipos, mitad animales y mitad plantas, con brazos viscosos que nunca soltaban lo que atrapaban. Cruzó ese bosque disparada como un pez.

En un claro pantanoso, en una casa hecha con los restos que el mar se había llevado, estaba sentada la bruja, dándole de comer a un sapo como quien le da azúcar a un canario.

—Ya sé lo que quieres —dijo la bruja del mar—. Es una tontería, pero se te va a cumplir, porque te va a traer desgracia. Quieres cambiar tu cola por dos soportes para caminar, como la gente, y ganarte al príncipe y con él un alma inmortal.

Y se rió tan feo que el sapo se le cayó al suelo.

—Te voy a preparar una bebida; tómatela en la orilla antes de que amanezca. Tu cola se volverá eso que la gente llama piernas, pero duele como si te pasara una espada por el cuerpo, y cada paso que des será como pisar cuchillos filosos. ¿Estás dispuesta a soportarlo?

Sentada en las rocas del fondo, la sirenita escucha a una vieja encapuchada con serpientes en los hombros, junto a un caldero que hierve al fuego.

—Sí —dijo la sirenita con la voz temblorosa, y pensó en el príncipe y en el alma inmortal.

—Pero piénsalo bien: con forma humana nunca vas a poder volver a ser sirena. Y si no te ganas el amor del príncipe de manera que un sacerdote los haga marido y mujer, no vas a tener alma inmortal: la primera mañana después de que él se case con otra, te vas a volver espuma sobre el agua.

—Aun así lo quiero —dijo la sirenita, y se puso pálida.

—Pero me tienes que pagar, y no es poco. Tienes la voz más hermosa del fondo del mar, y esa voz me la tienes que dar a mí.

—Y si me quitas la voz —dijo la sirenita—, ¿qué me queda?

—Tu figura hermosa, tu andar ligero y tus ojos que hablan. ¿Qué pasó, ya te dio miedo?

—Que así sea —dijo la sirenita.

La bruja puso su caldero a hervir y dejó caer adentro unas gotas de su propia sangre; cuando hirvió, sonó como un cocodrilo llorando. La bebida quedó clara como el agua. Entonces le quitó la voz, y la sirenita quedó muda.

Al regresar, los pólipos se echaron para atrás en cuanto vieron la bebida brillar en su mano. No se atrevió a despedirse de nadie, ahora que estaba muda y que iba a dejarlos para siempre: cortó una flor de cada macizo de sus hermanas y subió por el agua azul oscuro.

Todavía no salía el sol cuando llegó al palacio del príncipe. Se tomó la bebida ardiente, y fue como si una espada le pasara por el cuerpo; se desmayó en la escalinata de mármol. Cuando despertó, con un dolor punzante, el príncipe estaba delante de ella, y su cola había desaparecido: ahora tenía piernas. Le preguntó quién era, y ella lo miró con tristeza, porque hablar no podía; entonces la llevó al palacio de la mano. Cada paso era como pisar cuchillos, pero lo aguantaba con gusto, e iba tan ligera que todos se maravillaban de su andar.

Descalza y con vestido claro, la muchacha está de pie en la escalinata de una terraza sobre el mar mientras el príncipe se acerca con su gente.

Era la más hermosa del palacio, aunque no podía ni cantar ni hablar. Unas muchachas cantaron delante del príncipe, y él le sonrió a la que cantó mejor. La sirenita pensó: «Ay, si él supiera que entregué mi voz con tal de estar a su lado.»

Después ella levantó los brazos, se paró de puntas y bailó como no había bailado nadie. Todos quedaron encantados, sobre todo el príncipe, que le decía su niña encontrada; y ella bailaba y bailaba, aunque cada paso era como pisar cuchillos.

Descalza y de puntas, la muchacha del vestido claro gira en un salón de piedra alumbrado con antorchas, ante el príncipe y la corte que la miran.

Lo acompañaba a caballo y subía con él a las montañas, y aunque le dolían los pies, ella se reía y lo seguía. Sus hermanas empezaron a visitarla de noche, y una vez vio a lo lejos a su abuela y al rey del mar, que le tendieron las manos sin atreverse a acercarse a tierra.

El príncipe la quería más cada día, pero como se quiere a una niña buena, y no se le pasaba por la cabeza hacerla su reina. Y ella tenía que ser su esposa, o la mañana de la boda de él se volvería espuma del mar.

«¿No me quieres a mí más que a todas?», parecían decir sus ojos cuando él la abrazaba y le besaba la frente.

—Sí, tú eres a la que más quiero —decía el príncipe—, porque tienes el mejor corazón de todos. Y te pareces a una muchacha que vi una vez: yo iba en un barco que se hundió, y las olas me echaron a la orilla junto a un templo, donde la más joven de las que servían ahí me salvó la vida. Pero ella pertenece al templo, y la suerte te mandó a ti.

«Ay, él no sabe que fui yo quien lo salvó», pensaba la sirenita. «Yo lo llevé por el mar hasta ese templo y esperé detrás de las piedras a que llegara alguien.» Y suspiraba hondo, porque llorar no podía.

Pero entonces se empezó a contar que el príncipe se iba a casar con la hija del rey vecino.

—Tengo que ir —le dijo él—. Mis padres me piden que conozca a esa princesa, pero no puedo quererla; no se parece a la muchacha del templo, a la que tú sí te pareces. Si algún día tuviera que escoger novia, serías tú antes que nadie, mi niña callada de ojos que hablan.

En el barco, de noche, sus hermanas salieron a la superficie y la miraron con tristeza; ella les hizo señas, pero se acercó el grumete y ellas se hundieron, y él creyó que aquello blanco era espuma.

A la mañana siguiente el barco entró al puerto del rey vecino. La princesa se estaba educando lejos de ahí, en un templo, y tardó en llegar; cuando llegó, la sirenita tuvo que reconocer que nunca había visto una criatura más linda.

—¡Eres tú! —dijo el príncipe—. Tú eres la que me salvó cuando yo estaba tirado en la playa.

Y abrazó a su novia, que se puso colorada.

—Soy demasiado feliz —le dijo a la sirenita—. Tú te vas a alegrar de mi suerte, porque eres la que mejor me quiere de todos.

La sirenita le besó la mano, y le pareció que ya se le rompía el corazón. Los novios recibieron la bendición del obispo, y ella llevó la cola del vestido de la novia; pero no oía la música ni veía la ceremonia: pensaba en su última noche.

Esa misma tarde los novios subieron al barco. Al oscurecer los marineros bailaron, y la sirenita bailó también, ligera como la golondrina cuando la persiguen. Sentía cuchillos en los pies, pero le dolía mucho más el corazón: era la última noche que lo veía, a él, por quien había dejado su casa y entregado su voz. Después el príncipe y su novia se fueron a descansar a la tienda.

El barco se quedó en silencio. La sirenita apoyó los brazos en la borda y miró hacia el oriente: sabía que el primer rayo de sol la mataría. Entonces vio salir del agua a sus hermanas, pálidas como ella y con el cabello cortado.

—Se lo dimos a la bruja para que tú no murieras esta noche. Nos dio este cuchillo: antes de que salga el sol tienes que clavárselo al príncipe en el corazón, y entonces volverás a ser sirena y podrás bajar con nosotras. ¡Apúrate! Él o tú tienen que morir antes de que amanezca.

Dieron un suspiro hondo y se hundieron en las olas.

La sirenita apartó la cortina de la tienda y vio a la novia dormida con la cabeza sobre el pecho del príncipe. Se inclinó y le besó la frente, y él, en sueños, dijo el nombre de su novia. El cuchillo tembló en su mano. Pero entonces lo aventó a las olas, se dejó caer del barco al mar y sintió que su cuerpo se deshacía en espuma.

La muchacha descalza se deja caer desde la borda del barco al mar rosado del amanecer, mientras el príncipe y su novia duermen bajo la tienda.

Entonces el sol salió del mar. Sus rayos caían suaves y tibios sobre la espuma fría, y la sirenita no sintió la muerte. Sobre ella flotaban cientos de criaturas transparentes, con una lengua tan de espíritus que ningún oído humano puede oírla, y vio que ella tenía un cuerpo como el de ellas.

—¿A dónde voy? —preguntó, y su voz sonó como la de aquellas criaturas.

—Con las hijas del aire —le contestaron—. La sirena no tiene alma inmortal si no gana el amor de un hombre. Nosotras tampoco la tenemos, pero podemos ganárnosla con buenas obras: volamos a los países cálidos y ahí llevamos frescura y salud. Cuando hemos hecho durante trescientos años todo el bien que podemos, recibimos un alma inmortal. Tú buscaste lo mismo con todo el corazón, y por eso llegaste hasta aquí.

Y la sirenita levantó los ojos hacia el sol y por primera vez sintió lágrimas. En el barco, el príncipe y su novia miraban con pena la espuma. Sin que nadie la viera, le besó la frente a la novia, le echó aire fresco al príncipe y subió con las demás a la nube rosada.

—Dentro de trescientos años vamos a entrar así en el reino de Dios.

—Y podemos llegar antes —susurró una de ellas—. Entramos a las casas donde hay niños sin que nadie nos vea, y por cada niño bueno que encontramos Dios nos acorta el plazo: si sonreímos de gusto por él, se nos descuenta un año de los trescientos. Pero si vemos a un niño malo, tenemos que llorar de tristeza, y cada lágrima nos agrega un día.

Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público