
La sirenita
11 min de lectura8–14 años
En las profundidades del mar vive una joven sirena que sueña con conocer el mundo de los humanos y que, al cumplir los quince años, sube a la superficie donde salva a un hermoso príncipe de un naufragio. Dispuesta a estar con él para siempre, la sirenita consulta a una bruja del mar que le transforma la cola en piernas, pero a un precio terrible: su voz y la amenaza de convertirse en espuma si el príncipe no la ama lo suficiente como para casarse con ella.
Mar adentro, muy lejos de la costa, el agua es tan azul como la flor más hermosa del campo y tan clara como el cristal más puro. Pero ahí es tan profundo que ninguna ancla ha tocado jamás el fondo. Y allá abajo vive el pueblo del mar.
No hay que pensar que ahí solo existe arena desnuda. No: ahí crecen los árboles y las plantas más extrañas, tan flexibles que se mecen con el menor movimiento del agua, como si estuvieran vivas. Y en el lugar más hondo de todos se levanta el castillo del rey del mar, con murallas de coral y ventanas de ámbar transparente.
El rey del mar era viudo. Su madre, ya anciana y muy sabia, se encargaba de la casa y quería con todo su corazón a sus seis nietas, las pequeñas princesas del mar. La más joven era la más bella de todas, con la piel suave como un pétalo de rosa y los ojos azules como el mar más profundo. Igual que sus hermanas, no tenía pies: su cuerpo terminaba en una cola de pez.
Las princesas jugaban en los salones del castillo, donde crecían flores vivas en las paredes, y en el jardín de enfrente, donde cada una tenía su propio pedacito de tierra. La más pequeña dio al suyo la forma redonda del sol y sembró en él flores rojas. Era una niña callada y pensativa. A diferencia de sus hermanas, a quienes les encantaba lucir los tesoros de los barcos hundidos, ella solo pidió una hermosa estatua de mármol, la figura de un muchacho, que había caído al fondo del mar en un naufragio. Junto a la estatua plantó un sauce llorón de color rosa, cuyas ramas caían suavemente sobre ella.
Nada les gustaba más a las hermanas que escuchar historias del mundo de los humanos. Su abuela les hablaba de flores perfumadas, de bosques verdes y de pájaros que cantaban, aunque para que las niñas entendieran, ella les llamaba «peces». «Cuando cumplan quince años», les decía, «podrán subir a la superficie y ver el mundo de los hombres.» La más pequeña era la que debía esperar más tiempo, porque era la menor de todas. Pero ninguna lo deseaba tanto como ella.
Así fue que cada hermana, apenas cumplía los quince años, subía a la superficie, y al volver contaba lo que había visto: una habló de las luces de una gran ciudad y del sonido de las campanas; otra, de un atardecer dorado y una bandada de cisnes salvajes; la tercera, de un río entre colinas verdes y de unos niños que jugaban en el agua hasta que un perrito los espantó; la cuarta, del mar abierto y salvaje, con delfines y ballenas; y la quinta, que había nacido en invierno, contó sobre montañas de hielo que brillaban y una tormenta que enfrentó con valentía sobre un bloque de hielo flotante. Pero todas, después de un tiempo, terminaban añorando su hogar: decían que en el fondo del mar se estaba mejor que en ninguna parte.
A veces las cinco hermanas subían juntas, abrazadas, y cantaban con sus voces hermosísimas a los marineros en las tormentas, para que no temieran hundirse en el mar. Pero los hombres no entendían sus palabras.
Cuando las hermanas subían así, la más pequeña se quedaba sola, mirándolas alejarse con el corazón apretado de deseo. Una sirena no puede llorar, y por eso su pena era todavía más honda.
Por fin llegó el día en que ella también cumplió quince años. Su abuela le puso una corona de lirios de perlas en el cabello y le prendió ocho ostras pesadas a la cola, como señal de su rango.
—¡Cómo me duele! —dijo la sirenita.
—Sí, hija, quien quiere ser hermosa debe soportar un poco —respondió la anciana.
Pero la sirenita, en cuanto pudo, se sacudió todos esos adornos y subió ligera como una burbuja a través del agua.
El sol acababa de ponerse cuando ella sacó la cabeza sobre las olas. Ahí encontró un gran barco de tres mástiles, todo iluminado, con música y baile a bordo: celebraban el cumpleaños de un joven príncipe, de apenas dieciséis años, de ojos oscuros y una sonrisa que la sirenita jamás olvidaría. Los fuegos artificiales subían al cielo, y ella lo miraba todo maravillada desde el agua.
Pero durante la noche se levantó una tormenta. Las olas destrozaron el barco, el mástil se quebró, y la sirenita vio al príncipe hundirse en el mar. Por un instante sintió alegría, pues pensó que ahora él bajaría a su mundo. Pero enseguida se asustó: los hombres no pueden vivir bajo el agua. Nadó entre los restos del naufragio, lo encontró agotado entre las olas y sostuvo su cabeza fuera del agua hasta que la tormenta se calmó.
Al amanecer lo llevó hasta una playa cercana a un edificio blanco, y ahí lo dejó con cuidado, con la cabeza recostada bajo el sol tibio. Luego se escondió entre las rocas, entre la espuma del mar, y vio llegar a una muchacha joven, que pidió ayuda y devolvió al príncipe a la vida. Pero a ella él no le sonrió: no sabía nada de su existencia. Triste, la sirenita se hundió de nuevo en el agua y regresó al castillo de su padre.
Desde ese día quedó más callada y pensativa que nunca. Averiguó dónde vivía el príncipe, y muchas noches nadó hasta cerca de su castillo, para contemplarlo en secreto. Cada vez más, comenzó a amar a los seres humanos, y un día le preguntó a su abuela si los hombres vivían para siempre.
—Ellos mueren incluso antes que nosotras —dijo la abuela—, pues nosotras llegamos a vivir trescientos años. Pero cuando morimos, solo nos volvemos espuma sobre el agua: no tenemos alma inmortal. Los hombres, en cambio, tienen un alma que vive para siempre y sube hasta las estrellas.
—¿Por qué nosotras no tenemos alma inmortal? —preguntó la sirenita, muy triste—. Yo daría mis trescientos años por un solo día como ser humano, si con eso pudiera tener parte en ese mundo celestial.
—Solo si un hombre te amara tanto que fueras para él más que todo lo demás, y te tomara por esposa ante un sacerdote, su amor te daría un alma —dijo la abuela—. Pero eso difícilmente puede suceder. Lo que aquí es hermoso, tu cola de pez, allá arriba lo encuentran feo.
La sirenita suspiró y miró con tristeza su cola.
Una noche, mientras en el castillo de su padre se celebraba una fiesta, ella se escapó a buscar a la bruja del mar, a quien siempre había temido. El camino pasaba entre remolinos furiosos y un bosque siniestro lleno de pulpos con largos brazos que se estiraban para atrapar todo lo que pasaba cerca. Con el corazón latiéndole con fuerza, nadó justo por en medio, sin dejarse alcanzar, hasta llegar a la casa de la bruja, construida con los huesos de quienes se habían ahogado en el mar.
—Ya sé lo que quieres —dijo la bruja—. Es una tontería de tu parte, pero tendrás lo que deseas. Te prepararé una pócima; deberás bebértela antes de que salga el sol, sentada en la orilla. Entonces tu cola desaparecerá y tendrás piernas, como los humanos. Pero te dolerá como si una espada te atravesara, y cada paso que des será como caminar sobre cuchillos afilados.
—Lo quiero de todas formas —dijo la sirenita, pensando en el príncipe.
—Piensa bien esto —le advirtió la bruja—: una vez que tengas forma humana, nunca más podrás volver a ser sirena. Y si no logras que el príncipe te ame tanto que te tome por esposa ante un sacerdote, no obtendrás un alma. Si él se casa con otra, tu corazón se romperá, y te convertirás en espuma sobre el mar.
—Aun así lo quiero —dijo la sirenita, pálida como la muerte.
—Pero también tendrás que pagarme —dijo la bruja—. Quiero tu voz, la más hermosa de todo el mar. Saca la lengua, para que te la corte.
Y así fue. La sirenita se quedó muda, sin poder cantar ni hablar, y recibió a cambio la pócima, clara como el agua. En el camino de regreso, los pulpos se apartaron asustados por el brillo de la pócima, y ella llegó sin problemas hasta el castillo del príncipe.
Ahí bebió el líquido ardiente y cayó desmayada al suelo, como si una espada de doble filo le atravesara el cuerpo. Cuando despertó, el príncipe estaba de pie frente a ella, y ella tenía las piernas más lindas que una muchacha pudiera tener. No podía hablar, pero sus ojos hablaban por ella, y el príncipe la llevó consigo al castillo.
Bailó para él más hermoso que nadie había bailado jamás, aunque cada paso le dolía como cuchillos afilados. Él la llamó su pequeña muda, su niña encontrada, y la mantuvo siempre a su lado, pero no pensaba en hacerla su reina. Incluso le contó de una muchacha de un templo que una vez lo había salvado, sin saber que era ella misma.
Llegó el momento en que el príncipe debía casarse con la hija del rey vecino. Cuando la novia llegó, él reconoció en ella a la muchacha del templo y se llenó de alegría. La sirenita comprendió entonces que la mañana de la boda le traería la muerte.
La noche antes de la boda, mientras el barco navegaba de regreso, sus hermanas salieron de entre las olas: se habían cortado su hermoso cabello.
—Se lo dimos a la bruja —le dijeron—, para que nos entregara este cuchillo. Mata al príncipe antes de que salga el sol, y deja que su sangre caiga sobre tus pies: así volverás a ser sirena y podrás regresar con nosotras. Date prisa, o tendrás que morir.
La sirenita tomó el cuchillo y se acercó a la tienda donde el príncipe dormía junto a su joven esposa. Se inclinó sobre él, vio su rostro bajo la primera luz del amanecer, levantó el cuchillo... pero luego lo arrojó lejos, hacia las olas. Miró una vez más al príncipe, a quien había amado con toda su alma, y se lanzó ella misma al mar.
Pero no sintió la muerte. Su cuerpo se disolvió, y sin embargo se sintió subir, ligera y luminosa, rodeada de seres transparentes y hermosos.
—¿A dónde voy? —preguntó, y su voz sonó como música.
—Hacia las hijas del aire —le respondieron—. Una sirena no tiene alma inmortal, a menos que gane el amor de un ser humano. Pero nosotras, las hijas del aire, podemos ganarnos un alma con buenas acciones. Tú has sufrido tanto y amado con tanta fidelidad que has subido hasta nosotras. Después de trescientas buenas acciones, tú también tendrás un alma inmortal.
Y la sirenita alzó los ojos hacia el sol y sintió, por primera vez, algo parecido a lágrimas de alegría. Abajo, en el barco, el príncipe y su esposa la buscaban tristes entre la espuma de las olas, sin saber a dónde había ido. Invisible, ella besó una vez más la frente de la novia, abanicó al príncipe con un poco de aire fresco, y subió con las demás hijas del aire, sobre una nube de color de rosa, hacia el cielo, hacia el lugar donde, con buenas acciones, día tras día, se acercaría un poco más a su propia felicidad eterna.