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Un viejo pescador llama desde la orilla de un mar que oscurece a un lenguado encantado que emerge entre las olas.

El pescador y su mujer

Hermanos Grimm

10 min de lecturaa partir de 5 años

Un pescador libera a un rodaballo encantado, y su mujer Isabel lo obliga a pedirle cada vez más: una casa, un castillo, ser reina, emperatriz y papa. Cuando exige ser como Dios, estalla una tormenta furiosa bajo un cielo negro, y el rodaballo devuelve a los dos a la vieja choza.


Había una vez un pescador que vivía con su mujer, Isabel, en una choza vieja y maloliente a la orilla del mar. Todos los días tomaba su caña, se sentaba junto al agua y pescaba, y pescaba, y pescaba.

Una mañana miraba el agua clara, muy quieto, cuando el anzuelo se hundió hasta lo más hondo. Tiró del sedal y sacó un rodaballo enorme, y el rodaballo le habló.

Un pescador viejo, sorprendido, sostiene el sedal desde su barca y saca del agua clara un rodaballo dorado y plateado, con la boca abierta como si hablara.

—Escúchame, pescador, déjame vivir. No soy un rodaballo de verdad, soy un príncipe encantado. ¿De qué te sirve matarme? No te sabría bien. Devuélveme al agua y déjame nadar.

—No hacía falta que hablaras tanto —dijo el hombre—. A un pez que sabe hablar yo lo dejo ir de todos modos.

Lo devolvió al agua, y el rodaballo bajó al fondo. El pescador volvió a la choza.

—Marido, ¿hoy no pescaste nada? —preguntó Isabel.

—Pesqué un rodaballo que decía ser un príncipe encantado, y lo dejé nadar.

—¿Y no le pediste nada para nosotros?

—No. ¿Qué le iba a pedir?

—¡Ay! —dijo ella—. Qué tristeza vivir siempre en esta choza, que huele mal y se cae a pedazos. Bien pudiste pedirle una casita. Vuelve y llámalo, verás que nos la da.

—Ay, mujer, ¿para qué voy a volver?

—Lo pescaste y lo dejaste ir, ¿no? Pues te la dará. Anda, ve.

Al hombre no le pareció bien, pero no quiso contrariarla, y se fue al mar. El agua estaba verde y amarilla, y ya no brillaba como antes. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—¿Y qué quiere tu mujer? —preguntó el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, ella dice que debí pedirte algo. Ya no quiere vivir en la choza, quisiera una casita.

—Ve, que ya la tiene —dijo el rodaballo.

El hombre volvió, y la choza ya no estaba. En su lugar había una casita, y su mujer lo esperaba en una banca junto a la puerta.

—Entra y mira. ¿No estamos mucho mejor así?

Adentro había una sala, una recámara, un comedor y una cocina con los trastes relucientes. Detrás quedaba un corral con gallinas y patos, y una huerta.

La mujer del pescador sonríe sentada en una banca frente a una casita con techo de paja, con gallinas y patos picoteando el patio al mediodía.

—¿Verdad que está bonito? —dijo Isabel.

—Sí —dijo el hombre—. Aquí viviremos contentos.

—Ya lo pensaremos —contestó ella.

Comieron algo y se fueron a dormir.

Así pasaron ocho o quince días, y entonces dijo la mujer:

—Oye, marido, la casa es muy estrecha y la huerta muy chica. El rodaballo bien pudo darnos algo más grande. Quiero vivir en un castillo de piedra. Ve a buscarlo.

—Ay, mujer, la casa es buena. ¿Para qué queremos un castillo?

—Anda, ve, que el rodaballo puede hacerlo.

—Acaba de darnos la casa. Me da pena volver, no vaya a enojarse.

—Puede hacerlo y lo hará con gusto. Ve, te digo.

Al hombre se le encogió el corazón. «Esto no está bien», se dijo, y de todos modos fue. El agua estaba morada, azul oscura y espesa, aunque todavía tranquila. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—¿Y qué quiere tu mujer? —preguntó el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre, medio apenado—, quiere vivir en un castillo grande de piedra.

—Ve, que ya está en la puerta —dijo el rodaballo.

El hombre creyó que llegaría a su casa, pero en su lugar se alzaba un castillo, y su mujer lo esperaba en lo alto de la escalinata. El vestíbulo era de mármol, los criados abrían las puertas de par en par y en las salas había sillas de oro, candiles de cristal y mesas puestas con los platillos más finos. Detrás quedaban las caballerizas, un jardín y un bosque con ciervos y liebres.

La mujer, vestida de verde y dorado bajo un manto oscuro, lleva de la mano al pescador por un vestíbulo de mármol con sillas doradas y antorchas encendidas.

—¿Verdad que es hermoso? —dijo la mujer.

—Sí. Aquí nos quedaremos y viviremos contentos.

—Ya lo pensaremos —contestó ella—. Vamos a consultarlo con la almohada.

A la mañana siguiente, Isabel despertó primero y desde la cama vio las tierras que se extendían delante. Le dio un codazo a su marido.

—Levántate y asómate por la ventana. ¿No podríamos ser reyes de toda esta tierra? Ve a buscar al rodaballo.

—Ay, mujer, ¿para qué quiero ser rey? Yo no tengo ganas.

—Si tú no quieres ser rey, yo sí quiero ser reina. Ve a buscar al rodaballo.

—¿Para qué quieres ser reina? No me atrevo a decírselo.

—¿Y por qué no? Ve ahora mismo. Yo tengo que ser reina.

El hombre fue, aunque le dolía el alma. «Esto no está bien, no está nada bien», pensaba. El agua estaba de un gris oscuro, subía a borbotones desde el fondo y olía mal. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—¿Y qué quiere tu mujer? —preguntó el rodaballo.

—Ay —dijo el hombre—, quiere ser reina.

—Ve, que ya lo es —dijo el rodaballo.

El castillo se había vuelto mucho más grande, con una torre altísima. En la puerta había soldados, tambores y trompetas, y adentro todo era mármol con oro y terciopelo. En el salón estaba reunida la corte entera, y su mujer, sentada en un trono de oro y diamantes, llevaba una gran corona y un cetro. A cada lado tenía seis doncellas en fila, cada una más baja que la anterior por una cabeza.

—Ay, mujer, ¿ya eres reina?

—Sí, ya soy reina.

Él se quedó un rato mirándola.

—Qué bonito es que seas reina. Ahora ya no tendremos nada más que desear.

—Nada de eso —dijo ella, muy inquieta—. Se me hacen larguísimas las horas. Reina ya soy, ahora quiero ser emperatriz.

—Eso el rodaballo no puede hacerlo. Emperador no hay más que uno en el imperio, y no me atrevo a pedírselo.

—Yo soy la reina y tú eres mi marido. Si pudo hacerme reina, puede hacerme emperatriz. Ve ahora mismo.

Tuvo que ir. «Esto va a acabar mal», pensaba. «Emperatriz es pedir demasiado; al final el rodaballo se va a cansar». El mar estaba negro y espeso, hervía desde el fondo y un viento caliente lo revolvía. Al hombre se le puso la piel de gallina, pero se paró y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—¿Y qué quiere tu mujer? —preguntó el rodaballo.

—Ay, rodaballo, quiere ser emperatriz.

—Ve, que ya lo es —dijo el rodaballo.

Ahora el castillo entero era de mármol pulido, con figuras de alabastro y adornos de oro. Afuera marchaban los soldados; adentro, los barones y los duques iban y venían como criados. Su mujer estaba sentada en un trono de oro macizo, tan alto que casi no se le veía la cara, con el cetro en una mano y el globo imperial en la otra. A los lados tenía dos filas de guardias, cada uno más chico que el anterior, desde un gigante hasta un enano no más grande que un dedo.

—Mujer, ¿ya eres emperatriz?

—Sí, ya soy emperatriz.

Él la miró un buen rato.

—Qué bonito es que seas emperatriz.

—¿Y ahí te quedas parado? —dijo ella—. Ahora quiero ser papa. Ve a buscar al rodaballo.

—Ay, mujer, ¿nada te basta? Papa no hay más que uno en toda la cristiandad. Eso el rodaballo no lo puede hacer.

—Si pudo hacerme emperatriz, también puede hacerme papa. Ve de una vez, que hoy mismo quiero ser papa.

Entonces le entró miedo y fue temblando. Un viento frío barría la tierra, las nubes corrían como si ya anocheciera y el agua rugía como si hirviera. A lo lejos, los barcos pedían auxilio bailando sobre las olas. Se paró en la orilla y dijo:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

—¿Y qué quiere tu mujer? —preguntó el rodaballo.

—Ay, quiere ser papa.

—Ve, que ya lo es —dijo el rodaballo.

El hombre encontró una iglesia inmensa rodeada de palacios y se abrió paso entre la gente. Adentro ardían miles y miles de velas, y su mujer, vestida de oro, estaba sentada en un trono todavía más alto, con tres coronas en la cabeza. A los lados se alzaban dos hileras de cirios, desde uno grueso como una torre hasta el más chiquito, y los emperadores y los reyes estaban arrodillados delante de ella.

La mujer, vestida de oro con tres coronas, ocupa un trono altísimo entre miles de velas mientras reyes y emperadores se arrodillan ante ella.

—Mujer, ¿ya eres papa?

—Sí, ya soy papa.

Él se quedó mirándola largo rato, y era como mirar el sol de frente.

—Qué bonito es que seas papa.

Pero ella estaba tiesa como un árbol y no se movía.

—Ya conténtate, mujer. Eres papa, no puedes ser nada más.

—Ya lo pensaré —contestó ella.

Se fueron los dos a la cama. El hombre durmió profundamente, porque había caminado mucho. Isabel dio vueltas toda la noche pensando qué otra cosa podría ser. Cuando vio el rojo de la mañana se incorporó, y al ver salir el sol pensó: «¿Y por qué no podría yo mandar salir al sol y a la luna?».

—Marido —dijo, dándole un codazo—, ve a buscar al rodaballo. Quiero ser como Dios.

El hombre estaba casi dormido, pero se asustó tanto que se cayó de la cama. Se talló los ojos y preguntó:

—Ay, mujer, ¿qué dijiste?

—Si no puedo mandar salir al sol y a la luna, y tengo que verlos salir sin mi orden, no tendré una hora tranquila.

Y lo miró de un modo tan feo que a él le corrió un escalofrío.

—Ve ahora mismo. Quiero ser como Dios.

—Ay, mujer —dijo el hombre, cayendo de rodillas—, eso el rodaballo no lo puede hacer. Te lo suplico, entra en razón y quédate como estás.

Entonces ella se enfureció, se le soltó el pelo, le dio un empujón y gritó:

—¡No lo aguanto más! ¿Vas a ir o no?

El hombre se vistió a las carreras y salió corriendo como loco.

Afuera se había desatado la tormenta y rugía tanto que él apenas podía tenerse en pie. Los árboles se doblaban, los montes temblaban, el cielo estaba negro como la brea, y las olas se levantaban altas como campanarios, con una corona blanca de espuma. Gritó con todas sus fuerzas, sin oír siquiera sus propias palabras:

Rodaballo, rodaballito,pez del ancho mar entero,mi mujer, doña Isabel,no quiere lo que yo quiero.

El pescador camina solo por la orilla en plena tormenta, entre árboles que se doblan y rocas que ruedan, bajo un cielo casi negro partido por un rayo.

—¿Y qué quiere tu mujer? —preguntó el rodaballo.

—Ay, quiere ser como Dios.

—Ve, que ya está otra vez en la choza.

El pescador entra por la puerta baja de la choza vieja y encuentra a su mujer sentada dentro, pobre y sencilla otra vez, los dos alumbrados por una sola vela.

Y ahí siguen los dos hasta el día de hoy.

Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público