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El pescador y su mujer

El pescador y su mujer

Hermanos Grimm

7 min de lectura8–12 años

Un pobre pescador captura un rodaballo encantado que le concede deseos, pero su esposa Ilsebil nunca queda satisfecha con lo que obtiene, pidiendo siempre algo más grande y más poderoso. Desde una humilde cabaña hasta pretender ser como Dios, su ambición sin límite termina llevándola de vuelta al punto de partida, donde la pareja permanece hasta hoy.

Versión suaveVersión original

Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una cabaña miserable, justo a la orilla del mar. Todos los días iba el pescador a echar su caña, y pescaba y pescaba sin descanso.

Un día estaba sentado junto a su caña, con la mirada fija en el agua clara. De pronto el anzuelo se hundió, bajó hasta lo más hondo, y cuando lo sacó, en la punta traía un gran rodaballo. Y el rodaballo le habló:

—Escucha, pescador, te lo ruego, déjame vivir. No soy un rodaballo de verdad, soy un príncipe encantado. ¿De qué te serviría matarme? Devuélveme al agua y déjame nadar.

—Vaya —dijo el hombre—, no hacía falta que hablaras tanto. A un pez que sabe hablar, bien lo iba yo a dejar nadar.

Y lo devolvió al agua clara. El rodaballo se hundió hasta el fondo, y el pescador volvió con su mujer a la cabaña.

—Marido —dijo la mujer—, ¿no has cogido hoy nada?

—He cogido un rodaballo que decía ser un príncipe encantado, y lo he dejado marchar.

—¿Y no le has pedido nada?

—¿Qué había de pedirle?

—Ay —dijo la mujer—, qué triste es vivir siempre en esta cabaña que apesta y da asco. Podías haberle pedido una casita. Vuelve y llámalo.

Al hombre no le apetecía, pero no quiso llevarle la contraria, y fue hasta el mar. El agua ya no estaba clara, sino verde y amarilla. Se acercó y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

El rodaballo se acercó nadando.

—Bueno, ¿qué quiere ella?

—Dice que debía haberte pedido algo. Querría una casita.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya la tiene.

Volvió el hombre, y en lugar de la cabaña había una casita bonita, con salita, alcoba, cocina y despensa relucientes, un corral con gallinas y patos, y un huertecillo.

—Mira —dijo la mujer—, ¿no es bonito?

—Sí —dijo el hombre—. Ahora viviremos muy contentos.

—Ya lo pensaremos —dijo ella.

Pasaron unos quince días, hasta que la mujer dijo:

—Marido, esta casa es demasiado estrecha. Yo querría vivir en un gran castillo de piedra. Ve al rodaballo.

—Ay, mujer, la casa está bien.

—Ve tú, que el rodaballo bien puede hacerlo.

Al hombre le pesaba el corazón —«esto no está bien», pensaba—, pero fue de todos modos. El agua ya no era verde y amarilla, sino violeta y gris oscuro. Se acercó y dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Quiere vivir en un gran castillo de piedra —dijo el hombre, apenado.

—Vuelve a casa, que ya está a la puerta.

Y allí encontró un gran castillo, con vestíbulo de mármol, criados, salones dorados, un patio con establos y caballerizas, y un jardín precioso con un parque lleno de ciervos y liebres.

—¿No es hermoso? —dijo la mujer.

—Sí —dijo el hombre—. Ahora estaremos contentos.

—Ya lo pensaremos —contestó ella, y se acostaron.

A la mañana siguiente, la mujer despertó primero, vio por la ventana toda aquella tierra hermosa, y dio a su marido con el codo.

—Levántate y mira. ¿No podríamos ser reyes de toda esta tierra? Ve al rodaballo: queremos ser reyes.

—Ay, mujer, yo no quiero ser rey.

—Entonces lo seré yo. Ve ahora mismo.

Fue el hombre, muy apenado. El agua estaba negruzca y gris, y burbujeaba desde el fondo con un olor extraño. Dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Quiere ser rey.

—Vuelve a casa, que ya lo es.

El castillo se había hecho enorme, con torre y soldados, timbales y trompetas. Dentro, su mujer estaba sentada en un trono de oro y diamantes, con corona y cetro, y seis doncellas a su lado.

—Ay, mujer, ¿ya eres rey?

—Sí, ya eres rey —dijo el hombre—. Ahora ya no habremos de desear nada más.

—No, marido —dijo ella, inquieta—. El tiempo se me hace largo. Rey ya soy, ahora he de ser emperador. Ve al rodaballo.

—Emperador no puede hacerte; solo hay uno en el Imperio.

—Yo soy rey y tú no eres más que mi marido. Ve ahora mismo.

Tuvo que ir, lleno de miedo. El mar estaba negro y espeso, borboteando, y un viento arremolinado revolvía las aguas. Dijo:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Quiere ser emperador.

—Vuelve a casa, que ya lo es.

Encontró el castillo de mármol pulido y oro, con soldados y trompetas, y a su mujer en un trono altísimo, con corona de tres codos, cetro y globo imperial, rodeada de guardias de todos los tamaños y de príncipes que la reverenciaban.

—Mujer, ¿ya eres emperador?

—Sí.

—Qué hermoso.

—Marido, emperador ya soy. Ahora quiero ser papa. Ve al rodaballo.

—Ay, mujer, papa no hay más que uno. Eso no puede hacerlo el rodaballo.

—Si ha podido hacerme emperador, también puede hacerme papa. Ve ahora mismo.

Le entró miedo, y fue temblando. El cielo se oscurecía, las hojas volaban de los árboles, el agua bramaba y rompía contra la orilla, y a lo lejos los barcos disparaban en su apuro. Dijo, acobardado:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Quiere ser papa.

—Vuelve a casa, que ya lo es.

Encontró una iglesia enorme, iluminada con miles de velas, y a su mujer vestida de oro, con tres coronas, sentada muy alta, mientras emperadores y reyes se arrodillaban ante ella.

—Mujer, ¿ya eres papa?

—Sí.

—Qué hermoso. Ahora ya no puedes llegar a ser nada más.

—Ya lo pensaré —dijo ella.

Se acostaron, pero la mujer no pudo dormir, dando vueltas toda la noche, pensando qué más podría llegar a ser. Cuando el sol empezó a salir, ella se incorporó y pensó: «¿No podría yo también hacer salir el sol y la luna?»

—Marido —dijo, dándole con el codo—, despiértate: quiero ser como el buen Dios.

El hombre, medio dormido, se cayó de la cama del susto.

—Ay, mujer, ¿qué has dicho?

—Si no puedo hacer salir el sol y la luna, no lo soportaré. Ve ahora mismo.

Y lo miró con un gesto tan duro que a él le recorrió un escalofrío.

—Eso el rodaballo no puede hacerlo —dijo el hombre, de rodillas—. Te lo suplico, entra en razón y sé papa.

Entonces le entró la rabia, y le gritó que fuera de una vez. El hombre se vistió a toda prisa y salió corriendo.

Fuera bramaba la tempestad. Las casas y los árboles se doblaban, las montañas temblaban, y el cielo estaba negro como la pez. Tronaba y relampagueaba, y el mar levantaba olas altas como campanarios, coronadas de espuma blanca. Gritó, sin apenas oír su propia voz:

Rodaballo, rodaballo del mar, sal del agua y ven a hablar: que Ilsebil, mi mujer, no quiere lo que yo he de querer.

—Bueno, ¿qué quiere ella?

—Quiere ser como el buen Dios.

—Vuelve a casa —dijo el rodaballo—, que ya está otra vez en su cabaña miserable.

Y allí siguen sentados hasta el día de hoy.