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Una joven con vestido resplandeciente está al atardecer bajo un avellano en flor mientras dos palomas blancas revolotean sobre ella.

La Cenicienta

Hermanos Grimm

9 min de lecturaa partir de 6 años

Una joven bondadosa sufre malos tratos de su madrastra y sus hermanastras, hasta que un avellano mágico le da un vestido para el baile. Cuando la zapatilla de oro le queda perfecta, el príncipe la reconoce como su verdadera novia y se casa con ella, y dos palomas dejan ciegas a las hermanastras por su envidia.


Había una vez un hombre rico cuya esposa cayó enferma. Cuando ella sintió que llegaba su fin, llamó a su única hija:

—Hija querida, sé siempre buena y de corazón limpio. Dios te acompañará y yo te cuidaré desde el cielo.

Luego cerró los ojos y murió. La niña iba todos los días a llorar a la tumba de su madre y siguió siendo buena. La nieve cubrió de blanco la tumba; llegó la primavera, y el hombre se casó con otra mujer.

La nueva esposa trajo dos hijas de rostro hermoso y corazón duro, y para la huérfana empezaron tiempos muy malos.

—Quien quiera comer pan, que se lo gane —decían—. ¡A la cocina!

Le quitaron sus vestidos bonitos, le pusieron una bata gris y unos zuecos de madera. De la mañana a la noche acarreaba agua, encendía la lumbre, cocinaba y lavaba, y las hermanas le tiraban las lentejas en la ceniza para que las recogiera una por una. Dormía junto al fogón, y como siempre andaba tiznada, la llamaron la Cenicienta.

Cenicienta arrodillada junto al fuego, restregando una olla ennegrecida entre el humo, mientras dos hermanastras la observan con desdén desde la puerta.

Un día el padre fue a la feria y les preguntó qué querían que les llevara.

—Vestidos bonitos —dijo la primera.

—Perlas y piedras preciosas —dijo la segunda.

—¿Y tú, Cenicienta? —preguntó él.

—Padre, la primera ramita que te roce el sombrero cuando vengas de regreso.

Les llevó a las hijastras lo que pidieron, y a la Cenicienta la rama de avellano que le tumbó el sombrero al cruzar un matorral. Ella la plantó en la tumba de su madre y la regó con sus lágrimas, hasta que se volvió un árbol hermoso. Cada vez que iba a rezar debajo de él bajaba un pajarito blanco que le dejaba caer lo que pidiera en voz alta.

El rey anunció entonces una fiesta de tres días para que su hijo escogiera novia entre las muchachas del reino. Las hermanastras llamaron a la Cenicienta.

—Péinanos y cepíllanos los zapatos —le dijeron—. Vamos a la fiesta del rey.

Ella obedeció llorando, porque también quería ir, y le rogó a su madrastra que la dejara.

—¿Tú? —dijo la madrastra—. Estás llena de ceniza, no tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?

Pero la muchacha rogó tanto que al fin la madrastra le dijo:

—Te vacié un plato de lentejas en la ceniza. Si las recoges en dos horas, vienes con nosotras.

La Cenicienta salió al jardín por la puerta de atrás y llamó:

Palomitas mansas, tortolitas,pájaros todos del cielo,vengan a ayudarme a escoger:las buenas, a la olla;las malas, a la boca.

Llegaron dos palomas blancas, luego las tórtolas y todos los pájaros del cielo; se posaron sobre la ceniza y empezaron: pic, pic, pic, pic, hasta dejar los granos buenos en el plato, y antes de una hora se fueron volando.

Cenicienta arrodillada junto al fogón sostiene un plato de madera, mientras palomas y tórtolas entran por la ventana y picotean lentejas entre la ceniza.

La Cenicienta le llevó el plato, muy contenta, pero la madrastra le dijo:

—No tienes vestido y no sabes bailar; nada más se van a reír de ti.

Y como la Cenicienta lloraba, añadió:

—Si en una hora me recoges dos platos de lentejas, vienes con nosotras.

Vació los dos platos en la ceniza, segura de que la muchacha no lo lograría. Pero la Cenicienta volvió al jardín y llamó:

Palomitas mansas, tortolitas,pájaros todos del cielo,vengan a ayudarme a escoger:las buenas, a la olla;las malas, a la boca.

En menos de media hora los granos buenos estaban en los platos. La Cenicienta corrió con ellos, pero la madrastra le dijo:

—De nada te sirve. No vienes: no tienes vestido y no sabes bailar.

Y le dio la espalda y salió con sus hijas orgullosas.

En cuanto se quedó sola, la Cenicienta fue al avellano de la tumba de su madre y dijo:

Arbolito, sacúdete y desatasobre mí tu oro y tu plata.

El pájaro le dejó caer un vestido de oro y plata y unas zapatillas de seda. Se lo puso y fue a la fiesta. Su madrastra y sus hermanas no la reconocieron: creyeron que era una princesa de otras tierras. El hijo del rey la tomó de la mano y no la soltó en toda la noche; a quien se acercaba le decía:

—Es mi pareja.

En un salón de piedra iluminado por candelabros, Cenicienta baila de la mano del príncipe de cabello oscuro, rodeados de otras parejas que también danzan.

Cuando quiso irse, el príncipe quiso acompañarla; pero ella se le escapó y se metió de un salto en el palomar. El príncipe se lo contó al padre de la Cenicienta. «¿Será la Cenicienta?», pensó el hombre, y mandó derribar el palomar. Adentro no había nadie: ya había saltado por el otro lado, le había devuelto el vestido al pajarito y estaba entre las cenizas con su bata gris.

Al día siguiente, cuando los demás se fueron, la Cenicienta volvió al avellano y dijo:

Arbolito, sacúdete y desatasobre mí tu oro y tu plata.

Esta vez el vestido era mucho más lucido, y todos se admiraron de su hermosura. El príncipe la esperaba y bailó solamente con ella; a quien se acercaba le decía:

—Es mi pareja.

Al caer la noche él la siguió, pero ella se le escapó al jardín y trepó a un peral. Otra vez el padre tumbó el árbol sin encontrar a nadie: la muchacha se había dejado caer por el otro lado, le había devuelto el vestido al pajarito y ya estaba en la cocina.

Al tercer día, en cuanto se quedó sola, volvió a la tumba y le dijo al arbolito:

Arbolito, sacúdete y desatasobre mí tu oro y tu plata.

Ahora el vestido era el más resplandeciente de todos, y las zapatillas eran de oro puro. El príncipe bailó solamente con ella, y a quien se acercaba le decía:

—Es mi pareja.

Esa noche se escapó tan rápido que él no pudo seguirla; pero el príncipe había mandado untar de brea la escalera, y cuando ella bajó corriendo se le quedó pegada la zapatilla izquierda, toda de oro. A la mañana siguiente fue a ver al padre de la Cenicienta.

Cenicienta huye de noche por una escalinata, el vestido ondeando; una zapatilla dorada queda pegada en la brea mientras su pie descalzo se aleja.

—Ninguna otra será mi esposa más que aquella a la que le quede esta zapatilla de oro —le dijo.

Las dos hermanas se alegraron, porque tenían los pies bonitos. La mayor entró a probársela, pero el dedo gordo no le entraba.

—Córtate el dedo —le dijo su madre, dándole un cuchillo—. Cuando seas reina no vas a tener que caminar.

Ella lo hizo, se aguantó el dolor y salió con la zapatilla puesta. El príncipe la subió a su caballo, pero al pasar junto a la tumba las dos palomitas dijeron:

Rucu, rucú, rucu, rucú,hay sangre en el zapato,que le queda muy apretado;la novia buena en casa se ha quedado.

Él bajó la mirada, vio que aquel pie estaba lastimado y dio vuelta al caballo: que se la probara la otra.

La segunda metió los dedos sin trabajo, pero el talón le quedaba demasiado grande.

—Córtate un pedazo del talón —le dijo su madre, dándole el cuchillo—. Cuando seas reina no vas a tener que caminar.

También ella se aguantó el dolor y salió. El príncipe se la llevó en su caballo, y frente al avellano las palomitas dijeron otra vez:

Rucu, rucú, rucu, rucú,hay sangre en el zapato,que le queda muy apretado;la novia buena en casa se ha quedado.

El príncipe vio que a ella también le habían lastimado el pie, y dio vuelta al caballo.

—Tampoco es la verdadera —dijo—. ¿No tienen otra hija?

—No —contestó el hombre—. Nada más queda una pobre muchachita de mi primera esposa, a la que llamamos la Cenicienta.

—Ay, no —dijo la madrastra—, está demasiado sucia para presentarse.

Pero el príncipe insistió. La Cenicienta se lavó las manos y la cara y salió; él le tendió la zapatilla de oro. Ella se sentó, se quitó el pesado zueco de madera y metió el pie en la zapatilla, que le quedó como hecha a la medida. Cuando ella se enderezó, el príncipe reconoció a la muchacha que había bailado con él.

Cenicienta mete el pie descalzo en la zapatilla dorada que le tiende el príncipe, mientras la madrastra y las hermanastras miran boquiabiertas desde la puerta.

—¡Esta es mi verdadera novia! —dijo.

La madrastra y las hermanas se pusieron pálidas de coraje, pero él subió a la Cenicienta a su caballo. Al pasar junto al avellano, las dos palomas blancas dijeron:

Rucu, rucú, rucu, rucú,no hay sangre en el zapato,que no le queda apretado;a la novia buena se la ha llevado.

En cuanto lo dijeron, bajaron volando a posarse en los hombros de la Cenicienta, una a la derecha y otra a la izquierda.

El día de la boda llegaron las hermanas falsas, con la esperanza de compartir su buena suerte. Al entrar a la iglesia, la mayor iba a la derecha de la novia y la menor a la izquierda, y las palomas les quitaron a cada una la luz de un ojo; al salir iban al revés, y les quitaron la del otro. Así, por su falsedad y su envidia, quedaron ciegas para siempre.

Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público