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La Cenicienta

La Cenicienta

Hermanos Grimm

8 min de lectura6–12 años

Una huérfana maltratada por su madrastra y hermanastras trabaja incansablemente en la cocina, durmiendo entre las cenizas del hogar, hasta que un árbol mágico nacido de una rama regalada por su padre le proporciona vestidos espléndidos para asistir a la fiesta del príncipe. En tres noches de baile, el príncipe se enamora de ella, y cuando una zapatilla de oro que ella pierde durante su huida lo lleva de nuevo a su casa, el zapato revela su verdadera identidad y la convierte en princesa.

Versión suaveVersión original

Había una vez un hombre rico cuya esposa cayó gravemente enferma. Cuando sintió que se acercaba su fin, llamó a su única hija a la cabecera de la cama y le dijo:

—Querida hija, sigue siendo buena y piadosa, y el buen Dios te protegerá siempre. Yo te miraré desde el cielo y estaré a tu lado.

Luego cerró los ojos y se durmió para siempre. La niña iba cada día a la tumba de su madre a llorar, y siguió siendo buena y piadosa. Llegó el invierno y cubrió la tumba de nieve; llegó la primavera y la deshizo. Y el padre tomó otra esposa.

La nueva mujer traía consigo dos hijas de rostro hermoso pero de corazón duro. Desde entonces empezaron los malos tiempos para la pobre huérfana.

—¿Es que esta boba va a sentarse con nosotras en la sala? —decían—. Quien quiera comer pan, que se lo gane: ¡a la cocina, con la sirvienta!

Le quitaron sus vestidos bonitos, le pusieron una bata gris vieja y unos zuecos de madera, y se reían de ella llamándola «la princesa».

—¡Mirad qué elegante va! —se burlaban, y la empujaban hacia la cocina.

Allí trabajaba de la mañana a la noche: acarreaba agua, encendía el fuego, cocinaba, lavaba. Y las hermanastras, para hacerle daño, le volcaban los guisantes y las lentejas en la ceniza, y ella tenía que sentarse a recogerlos uno por uno. De noche, cansada, no tenía cama: dormía junto al hogar, entre las cenizas. Por eso la llamaban Cenicienta.

Un día el padre se disponía a ir a la feria y preguntó a sus hijastras qué querían de regalo.

—Vestidos hermosos —dijo una.

—Perlas y piedras preciosas —dijo la otra.

—¿Y tú, Cenicienta?

—Padre, traedme la primera rama que os roce el sombrero en el camino de vuelta.

Compró los vestidos y las joyas para las hijastras, y al volver, una rama de avellano le tocó el sombrero. La cortó y se la llevó a Cenicienta, quien le dio las gracias, fue a la tumba de su madre y allí la plantó, regándola con sus lágrimas. La rama creció hasta ser un árbol hermoso. Cenicienta iba a sentarse bajo él tres veces al día, a llorar y a rezar, y siempre venía a posarse allí un pajarillo blanco que le concedía cuanto ella deseaba.

Sucedió entonces que el rey organizó una fiesta de tres días, para que su hijo eligiera esposa entre todas las jóvenes del reino. Las hermanastras, contentísimas, llamaron a Cenicienta:

—Péinanos, límpianos los zapatos, abróchanos las hebillas: vamos al palacio.

Ella obedeció, aunque llorando por dentro, pues también a ella le habría gustado ir. Suplicó a su madrastra que la dejara acompañarlas.

—¿Tú, cubierta de ceniza, quieres ir al baile? No tienes vestido ni zapatos.

Pero como insistía, la madrastra dijo por fin:

—Si en dos horas recoges del suelo este plato de lentejas que he volcado en la ceniza, podrás venir.

La niña salió al jardín y llamó:

—Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, venid a ayudarme:

las buenas, al puchero,

las malas, al caldero.

Llegaron dos palomas blancas, luego las tórtolas, y después todos los pájaros del cielo, y entre picoteo y picoteo separaron las lentejas buenas en menos de una hora. Cenicienta llevó el plato a su madrastra, esperanzada, pero esta dijo:

—No tienes vestido, no sabes bailar; solo se reirían de ti.

Y como la niña lloraba, añadió:

—Si en una hora recoges dos platos de lentejas, vendrás.

Y pensó para sí: «Eso no lo logrará nunca». Pero Cenicienta llamó de nuevo a los pájaros del cielo, y en menos de media hora el trabajo estaba hecho. Aun así, la madrastra dijo:

—De nada sirve. No tienes vestido ni sabes bailar. Nos avergonzarías.

Y se marchó deprisa con sus dos hijas orgullosas.

Cuando la casa quedó vacía, Cenicienta fue a la tumba de su madre, bajo el avellano, y dijo:

—Árbol pequeño, agítate y tiembla,

oro y plata sobre mí siembra.

El pájaro dejó caer un vestido de oro y plata, y unas zapatillas bordadas. Cenicienta se vistió deprisa y fue a la fiesta. Nadie la reconoció; su madrastra y sus hermanas pensaron que sería alguna princesa extranjera. El hijo del rey se acercó, la tomó de la mano y bailó solo con ella toda la noche, y cuando algún otro venía a invitarla, decía:

—Es mi pareja.

Al caer la noche ella quiso irse, y él quiso acompañarla, pero se le escapó de un salto y se escondió en el palomar. El príncipe esperó al padre y le contó lo sucedido. El anciano pensó: «¿No será Cenicienta?», y mandó traer un hacha para derribar el palomar; pero dentro no había nadie, pues Cenicienta ya había corrido hasta el avellano, se había quitado el vestido, lo había dejado sobre la tumba para que el pájaro se lo llevara, y se había sentado de nuevo entre las cenizas con su bata gris.

Al día siguiente el pájaro le dio un vestido todavía más hermoso, y en la fiesta todos se asombraron de su belleza. El príncipe bailó solo con ella de nuevo, y esta vez, al escapar, Cenicienta trepó a un peral del jardín, ágil como una ardilla. El padre mandó talar el árbol, pero tampoco allí había nadie: ella ya había vuelto a casa con su bata gris.

Al tercer día el pájaro le trajo el vestido más espléndido de todos, con zapatillas enteramente de oro. Nadie encontraba palabras para tanta hermosura. El príncipe bailó solo con ella, y esa noche, cuando quiso escapar, él ya había mandado untar de pez toda la escalera del palacio. Al bajar corriendo, se le quedó pegada la zapatilla izquierda. El príncipe la recogió: era pequeña, delicada, toda de oro.

A la mañana siguiente fue a la casa y anunció:

—Solo será mi esposa aquella a quien le venga bien este zapato.

Las dos hermanastras se alegraron, pues tenían los pies bonitos. La mayor se probó el zapato en su cuarto, pero el dedo gordo no le cabía. Su madre la animó:

—Fuerza el pie hacia dentro. Cuando seas reina, ya no tendrás que andar.

La muchacha apretó el pie dentro del zapato como pudo y, tragándose el dolor, salió a ver al príncipe, que la subió a su caballo. Pero al pasar junto al avellano, dos palomas blancas cantaron desde las ramas:

—Mirad, mirad, el pie no encaja,

que el zapato no es de su talla.

Ese no es el pie que buscáis:

la novia de verdad, en casa la hallaréis.

El príncipe miró el pie y vio que el zapato no le quedaba. Dio media vuelta y devolvió a la muchacha. Probó entonces la otra hermana, que logró meter los dedos, pero el talón le quedaba grueso. Su madre volvió a insistir:

—Fuerza el pie, aunque te apriete. Cuando seas reina, ya no tendrás que andar.

Y lo mismo ocurrió: al pasar junto al avellano, las palomas cantaron su aviso, el príncipe se dio cuenta y volvió con ella a la casa.

—Tampoco es esta la verdadera —dijo—. ¿No tenéis otra hija?

—No —respondió el hombre—; solo queda la pequeña Cenicienta, hija de mi primera esposa. Pero esa no puede ser la novia.

El príncipe insistió en verla, aunque la madrastra decía que estaba demasiado sucia para presentarse. Llamaron a Cenicienta. Ella se lavó la cara y las manos, hizo una reverencia ante el príncipe, y se sentó a probarse el zapato: le vino como hecho a su medida. Cuando ella alzó el rostro, él reconoció a la hermosa muchacha con quien había bailado, y exclamó:

—¡Esta es la verdadera novia!

La madrastra y las hermanas palidecieron de rabia, pero el príncipe subió a Cenicienta a su caballo y partieron juntos. Al pasar junto al avellano, las dos palomas blancas cantaron:

—Mirad, mirad, bien le ha calzado:

el zapato de oro le ha quedado.

Esta sí es la novia de verdad:

llevadla a casa con felicidad.

Y bajando volando, se posaron sobre los hombros de Cenicienta, una a cada lado, y allí se quedaron.

Cuando llegó el día de la boda, las hermanastras se acercaron, queriendo compartir su buena fortuna. Pero las palomas no habían olvidado su maldad y su falsedad, y aquel día todas sus lisonjas no les valieron de nada: se quedaron sin parte alguna en la dicha que habían querido arrebatar, mientras Cenicienta, buena y paciente, fue feliz junto a su príncipe.