OriginalLa Cenicienta
14 min de lectura6–12 años
Una joven huérfana es maltratada por su madrastra y hermanas, quienes la convierten en sirvienta de la casa y la llaman Cenicienta. Con la ayuda mágica de un pájaro que vive en el árbol plantado sobre la tumba de su madre, logra asistir a tres bailes del príncipe y finalmente es reconocida como su verdadera novia cuando el zapato de oro le queda perfecto.
Un hombre rico tenía una esposa que cayó gravemente enferma, y cuando ella sintió que se acercaba su fin, llamó a su única hijita a la cabecera de la cama y le dijo:
—Querida hija, sigue siendo piadosa y buena, y así el buen Dios te protegerá siempre; yo te miraré desde el cielo y estaré a tu lado.
Luego cerró los ojos y expiró. La niña iba cada día al sepulcro de su madre y lloraba, y siguió siendo piadosa y buena. Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió la tumba con un manto blanco, y cuando el sol de la primavera lo hubo derretido, el hombre tomó otra esposa.
La mujer trajo consigo dos hijas de rostro hermoso y blanco, pero de corazón duro y cruel. Entonces empezaron malos tiempos para la pobre huérfana.
—¿Es que esa gansa tonta va a sentarse con nosotras en la sala? —decían—. Quien quiera comer pan, que se lo gane: ¡fuera, a la cocina, con la criada!
Le quitaron sus buenos vestidos, le pusieron una vieja bata gris y le dieron unos zuecos de madera.
—¡Mirad qué elegante va la orgullosa princesa! —gritaban riéndose, y la llevaron a la cocina.
Allí tenía que trabajar de la mañana a la noche: levantarse antes del alba, acarrear agua, encender la lumbre, cocinar y lavar. Además, sus hermanastras le hacían todo el daño que se les ocurría, se burlaban de ella y le volcaban los guisantes y las lentejas en la ceniza, para que tuviera que sentarse a recogerlos uno a uno. Por la noche, cuando estaba rendida de tanto trabajar, no tenía cama, sino que debía echarse junto al hogar, sobre las cenizas. Y como por eso siempre estaba cubierta de polvo y suciedad, la llamaban la Cenicienta.
Sucedió una vez que el padre quiso ir a la feria, y preguntó a sus dos hijastras qué querían que les trajese.
—Vestidos hermosos —dijo la una.
—Perlas y piedras preciosas —dijo la otra.
—Y tú, Cenicienta —le preguntó—, ¿qué quieres?
—Padre, la primera rama que os roce el sombrero en el camino de vuelta, cortádmela para mí.
Compró para las dos hijastras hermosos vestidos, perlas y piedras preciosas, y a la vuelta, cuando cabalgaba por un matorral verde, una rama de avellano lo rozó y le hizo caer el sombrero. Entonces cortó la rama y se la llevó. Al llegar a casa, dio a las hijastras lo que habían pedido, y a la Cenicienta le dio la rama del avellano. La Cenicienta le dio las gracias, fue al sepulcro de su madre y allí plantó la rama, y lloró tanto que las lágrimas cayeron sobre ella y la regaron. La rama creció y se convirtió en un hermoso árbol. La Cenicienta iba tres veces al día a sentarse bajo él, lloraba y rezaba, y siempre acudía a posarse en el árbol un pajarillo blanco; y cuando ella expresaba un deseo, el pájaro le dejaba caer lo que había pedido.
Ocurrió entonces que el rey organizó una fiesta que debía durar tres días, y a la que fueron invitadas todas las doncellas hermosas del país, para que su hijo pudiera escoger esposa. Cuando las dos hermanastras supieron que también ellas habían de asistir, se pusieron muy contentas, llamaron a la Cenicienta y le dijeron:
—Péinanos el cabello, límpianos los zapatos y abróchanos bien las hebillas, que vamos a la boda al palacio del rey.
La Cenicienta obedeció, pero lloraba, porque también ella habría ido de buena gana al baile, y suplicó a su madrastra que se lo permitiera.
—¿Tú, Cenicienta —le dijo—, llena de polvo y suciedad, quieres ir a la boda? No tienes vestidos ni zapatos, ¿y quieres bailar?
Pero como insistía en sus ruegos, dijo por fin:
—He volcado un plato de lentejas en la ceniza; si las recoges todas en dos horas, podrás venir con nosotras.
La muchacha salió al jardín por la puerta trasera y llamó:
—Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros todos del cielo, venid y ayudadme a recoger:
las buenas, en el puchero,
las malas, en el caldero.
Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, después las tórtolas, y por último acudieron revoloteando todos los pájaros del cielo, y se posaron alrededor de la ceniza. Las palomas inclinaban sus cabecitas y empezaron: pic, pic, pic, pic; y los demás empezaron también: pic, pic, pic, pic, y pusieron todos los granos buenos en el plato. No había pasado ni una hora cuando ya habían terminado y salieron volando. Entonces la muchacha llevó el plato a su madrastra, contenta, creyendo que ya podría ir a la boda. Pero ella dijo:
—No, Cenicienta, no tienes vestidos y no sabes bailar; solo se reirían de ti.
Y como la niña lloraba, añadió:
—Si en una hora eres capaz de recoger de la ceniza dos platos llenos de lentejas, vendrás con nosotras.
Y pensaba para sí: «Eso no podrá hacerlo nunca». Cuando hubo volcado los dos platos de lentejas en la ceniza, la muchacha salió al jardín por la puerta trasera y llamó:
—Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros todos del cielo, venid y ayudadme a recoger:
las buenas, en el puchero,
las malas, en el caldero.
Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, después las tórtolas, y por último acudieron revoloteando todos los pájaros del cielo, y se posaron alrededor de la ceniza. Las palomas inclinaban sus cabecitas y empezaron: pic, pic, pic, pic; y los demás empezaron también: pic, pic, pic, pic, y pusieron todos los granos buenos en los platos. No había pasado ni media hora cuando ya habían terminado y salieron volando. Entonces la muchacha llevó los platos a su madrastra, contenta, creyendo que ya podría ir a la boda. Pero ella dijo:
—De nada te sirve: no vendrás, porque no tienes vestidos y no sabes bailar; tendríamos que avergonzarnos de ti.
Y le volvió la espalda y se marchó a toda prisa con sus dos orgullosas hijas.
Cuando ya no quedó nadie en casa, la Cenicienta fue al sepulcro de su madre, bajo el avellano, y dijo:
Arbolito, sacúdete sin parar,
oro y plata sobre mí échame sin cesar.
Entonces el pájaro le dejó caer un vestido de oro y plata, y unas zapatillas bordadas de seda y plata. A toda prisa se puso el vestido y se fue a la boda. Sus hermanas y su madrastra no la reconocieron, y pensaron que debía de ser alguna princesa extranjera, tan hermosa se veía con su vestido de oro. Ni siquiera se acordaron de la Cenicienta; creían que seguía en casa, sentada en la suciedad, recogiendo lentejas de la ceniza. El hijo del rey le salió al encuentro, la tomó de la mano y bailó con ella, y no quiso bailar con ninguna otra, de modo que no le soltaba la mano; y cuando otro se acercaba a invitarla, decía:
—Es mi pareja.
Bailó hasta que se hizo de noche, y entonces quiso volver a casa. Pero el hijo del rey dijo:
—Iré contigo y te acompañaré —pues quería saber de quién era aquella hermosa muchacha.
Ella, sin embargo, se le escapó y saltó al palomar. El hijo del rey esperó a que llegara el padre y le dijo que la muchacha desconocida había saltado al palomar. El anciano pensó: «¿No será la Cenicienta?», y le trajeron un hacha y un pico para derribar el palomar; pero dentro no había nadie. Y cuando entraron en la casa, allí estaba la Cenicienta echada en la ceniza con sus vestidos sucios, mientras un turbio candil de aceite ardía en la chimenea; pues la Cenicienta había saltado ligera por detrás del palomar y había corrido hasta el avellano. Allí se había quitado los hermosos vestidos, los había dejado sobre la tumba, y el pájaro se los había vuelto a llevar; y luego se había sentado en la cocina, entre las cenizas, con su bata gris.
Al día siguiente, cuando la fiesta empezó de nuevo y los padres y las hermanastras ya se habían marchado, la Cenicienta fue al avellano y dijo:
Arbolito, sacúdete sin parar,
oro y plata sobre mí échame sin cesar.
Entonces el pájaro le dejó caer un vestido aún más espléndido que el del día anterior. Y cuando apareció con aquel vestido en la boda, todos quedaron asombrados de su belleza. El hijo del rey la había estado esperando; en cuanto llegó, la tomó de la mano y bailó solo con ella. Cuando otros venían a invitarla, decía:
—Es mi pareja.
Al hacerse de noche, quiso marcharse, y el hijo del rey la siguió, queriendo ver a qué casa iba. Pero ella se le escapó de un salto y entró en el jardín que había detrás de la casa. Allí crecía un hermoso árbol grande del que colgaban las peras más espléndidas; ella trepó entre las ramas, ágil como una ardilla, y el hijo del rey no supo por dónde se había ido. Esperó a que llegara el padre y le dijo:
—La muchacha desconocida se me ha escapado; creo que ha saltado al peral.
El padre pensó: «¿No será la Cenicienta?», hizo traer el hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él. Y cuando entraron en la cocina, allí estaba la Cenicienta echada en la ceniza, como siempre, pues había bajado de un salto por el otro lado del árbol, había devuelto al pájaro del avellano los hermosos vestidos y se había puesto de nuevo su bata gris.
Al tercer día, cuando los padres y las hermanas se habían marchado, la Cenicienta fue otra vez al sepulcro de su madre y dijo al arbolito:
Arbolito, sacúdete sin parar,
oro y plata sobre mí échame sin cesar.
Entonces el pájaro le dejó caer un vestido tan magnífico y resplandeciente como no había tenido ninguno hasta entonces, y las zapatillas eran todas de oro. Cuando apareció con aquel vestido en la boda, nadie hallaba palabras para expresar su asombro. El hijo del rey bailó solo con ella, y cuando alguien la invitaba, decía:
—Es mi pareja.
Al hacerse de noche, la Cenicienta quiso marcharse, y el hijo del rey quiso acompañarla, pero ella se le escapó tan deprisa que no pudo seguirla. Sin embargo, el hijo del rey se había valido de una astucia: había hecho untar toda la escalera con pez, y al bajar de un salto la muchacha se le quedó allí pegada la zapatilla izquierda. El hijo del rey la recogió: era pequeña, delicada y toda de oro. A la mañana siguiente fue con ella a ver al hombre y le dijo:
—Ninguna otra será mi esposa sino aquella a cuyo pie venga bien este zapato de oro.
Las dos hermanas se alegraron mucho, pues tenían los pies hermosos. La mayor entró con el zapato en su cuarto para probárselo, y la madre estaba a su lado. Pero no lograba meter el dedo gordo, porque el zapato le quedaba pequeño; entonces la madre le tendió un cuchillo y le dijo:
—Córtate el dedo: cuando seas reina, ya no tendrás que ir a pie.
La muchacha se cortó el dedo, embutió el pie en el zapato, se tragó el dolor y salió a ver al hijo del rey. Él la subió a su caballo como si fuera su novia y partió con ella. Pero tenían que pasar junto al sepulcro, y allí, en el avellano, estaban posadas las dos palomas, que gritaron:
Rucú, rucú, mira su pie:
sangre en el zapato se ve;
el zapatito muy chico le está,
la novia de veras en casa se quedará.
Entonces él miró el pie de la muchacha y vio brotar la sangre. Volvió el caballo, llevó a la falsa novia de nuevo a su casa y dijo que aquella no era la verdadera, y que se probara el zapato la otra hermana. Esta entró en el cuarto y logró meter los dedos en el zapato, pero el talón le quedaba demasiado grueso. Entonces la madre le tendió un cuchillo y le dijo:
—Córtate un pedazo del talón: cuando seas reina, ya no tendrás que ir a pie.
La muchacha se cortó un pedazo del talón, embutió el pie en el zapato, se tragó el dolor y salió a ver al hijo del rey. Él la subió a su caballo como si fuera su novia y partió con ella. Cuando pasaban junto al avellano, allí estaban posadas las dos palomas, que gritaron:
Rucú, rucú, mira su pie:
sangre en el zapato se ve;
el zapatito muy chico le está,
la novia de veras en casa se quedará.
Él miró el pie de la muchacha y vio la sangre correr del zapato y subir toda roja por las medias blancas. Entonces volvió el caballo y llevó a la falsa novia de nuevo a su casa.
—Tampoco es esta la verdadera —dijo—. ¿No tenéis otra hija?
—No —dijo el hombre—; solo de mi difunta esposa quedó una pobre y menuda Cenicienta: esa no puede ser la novia.
El hijo del rey pidió que la hiciera venir, pero la madre respondió:
—Ay, no, está demasiado sucia, no puede dejarse ver.
Pero él insistió a toda costa, y hubo que llamar a la Cenicienta. Ella se lavó primero las manos y la cara, salió luego e hizo una reverencia ante el hijo del rey, que le tendió el zapato de oro. Se sentó en un banco, sacó el pie del pesado zueco de madera y lo metió en la zapatilla, que le vino como hecha a la medida. Y cuando se enderezó y el hijo del rey le vio el rostro, reconoció a la hermosa muchacha que había bailado con él, y exclamó:
—¡Esta es la verdadera novia!
La madrastra y las dos hermanas se sobresaltaron y palidecieron de rabia; pero él subió a la Cenicienta a su caballo y partió con ella. Cuando pasaban junto al avellano, las dos palomas blancas gritaron:
Rucú, rucú, mira su pie:
sin sangre el zapato se ve;
el zapatito justo le está,
a la novia de veras a casa se la llevará.
Y después de gritar esto, bajaron volando las dos y se posaron sobre los hombros de la Cenicienta, una a la derecha y otra a la izquierda, y allí se quedaron.
Cuando iba a celebrarse la boda con el hijo del rey, llegaron las falsas hermanas, que querían congraciarse y tomar parte en su dicha. Cuando los novios se dirigían a la iglesia, la mayor iba a la derecha y la menor a la izquierda: entonces las palomas picaron a cada una un ojo. Después, al salir, la mayor iba a la izquierda y la menor a la derecha: entonces las palomas picaron a cada una el otro ojo. Y así, por su maldad y su falsedad, quedaron ciegas para toda su vida.