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Una joven con vestido resplandeciente está al atardecer bajo un avellano en flor mientras dos palomas blancas revolotean sobre ella.Original

La Cenicienta

Hermanos Grimm

15 min de lecturaa partir de 8 años

Maltratada por su madrastra y sus hermanastras, una joven halla ayuda mágica en un árbol junto a la tumba de su madre y asiste al baile del hijo del rey. El zapato de oro solo le queda a ella, y el día de su boda las palomas dejan ciegas a las hermanas como castigo por su maldad.


Un hombre rico tenía una esposa que cayó enferma, y cuando ella sintió que se acercaba su fin, llamó a su única hijita a su lado, junto a la cama, y le dijo:

—Hija querida, sé buena y ten fe, y Dios te ayudará siempre. Yo te miraré desde el cielo y estaré cerca de ti.

Después cerró los ojos y murió. La niña iba todos los días a la tumba de su madre y lloraba, y siguió siendo buena y piadosa. Cuando llegó el invierno, la nieve tendió un pañito blanco sobre la tumba, y cuando el sol de la primavera volvió a levantarlo, el hombre tomó otra esposa.

La nueva esposa trajo consigo a dos hijas, de cara blanca y bonita, pero de corazón feo y negro. Entonces empezaron los malos tiempos para la pobre hijastra.

—¿Y esta boba se va a sentar con nosotras en la sala? —decían—. Quien quiera comer pan, que se lo gane. ¡A la cocina con la criada!

Le quitaron su ropa buena, le pusieron un vestido viejo y gris y le dieron unos zuecos de madera.

—¡Miren nada más a la princesa orgullosa, qué elegante viene! —gritaban riéndose, y se la llevaron a la cocina.

Allí tenía que hacer trabajo pesado de la mañana a la noche, levantarse antes de que amaneciera, acarrear agua, encender la lumbre, cocinar y lavar. Además, las hermanas le hacían todo el daño que se les ocurría, se burlaban de ella y le vaciaban los chícharos y las lentejas en la ceniza, para que tuviera que sentarse a escogerlos otra vez. Por las noches, cuando ya estaba rendida de tanto trabajar, no tenía cama: se acostaba junto al fogón, sobre la ceniza. Y como por eso andaba siempre polvorienta y sucia, le pusieron la Cenicienta.

La joven, con vestido gris y tiznada de hollín, talla una olla junto al fuego mientras dos hermanastras la observan con desdén desde la puerta.

Sucedió que el padre quiso ir a la feria, y les preguntó a sus dos hijastras qué querían que les trajera.

—Vestidos bonitos —dijo la primera.

—Perlas y piedras preciosas —dijo la segunda.

—¿Y tú, Cenicienta? —preguntó él—. ¿Qué quieres tú?

—Padre, la primera ramita que le pegue en el sombrero cuando vuelva a casa, córtela para mí.

Compró para las hijastras vestidos bonitos, perlas y piedras preciosas, y de regreso, mientras pasaba a caballo por un matorral verde, una rama de avellano lo rozó y le tiró el sombrero. Entonces cortó la rama y se la llevó. Al llegar a la casa les dio a las hijastras lo que habían pedido, y a la Cenicienta le dio la rama del avellano. La Cenicienta le dio las gracias, fue a la tumba de su madre y plantó allí la rama, y lloró tanto que las lágrimas cayeron sobre ella y la regaron. La rama creció y se volvió un árbol hermoso. La Cenicienta iba tres veces al día a sentarse debajo de él, lloraba y rezaba, y cada vez llegaba un pajarito blanco a posarse en las ramas; y si ella decía un deseo en voz alta, el pajarito le echaba desde arriba lo que había deseado.

Ocurrió por entonces que el rey mandó preparar una fiesta que iba a durar tres días, y a la que quedaron invitadas todas las muchachas bonitas del reino, para que su hijo escogiera novia. Cuando las dos hermanastras supieron que ellas también estaban invitadas, se pusieron muy contentas, llamaron a la Cenicienta y le dijeron:

—Péinanos, cepíllanos los zapatos y abróchanos bien las hebillas, que vamos a la fiesta en el palacio del rey.

La Cenicienta obedeció, pero lloraba, porque también ella habría querido ir al baile, y le rogó a su madrastra que la dejara.

—Tú, Cenicienta —le contestó ella—, estás llena de polvo y de mugre, ¿y quieres ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?

Pero como la muchacha siguió rogando, al final le dijo:

—Te vacié un plato de lentejas en la ceniza. Si las escoges todas en dos horas, vas con nosotras.

La muchacha salió al jardín por la puerta de atrás y llamó:

Palomitas mansas, tortolitas,pájaros todos del cielo,vengan a ayudarme a escoger:las buenas, a la olla;las malas, a la boca.

Entraron por la ventana de la cocina dos palomitas blancas, y detrás de ellas las tórtolas, y al final llegaron revoloteando en parvada todos los pájaros del cielo y se posaron alrededor de la ceniza. Las palomitas movían la cabecita y empezaron: pic, pic, pic, pic; y los demás empezaron también: pic, pic, pic, pic, y fueron dejando todos los granos buenos en el plato. Todavía no pasaba una hora y ya habían terminado, y salieron volando otra vez. La muchacha le llevó el plato a la madrastra, muy contenta, creyendo que ahora sí la dejaría ir a la fiesta. Pero la madrastra dijo:

—No, Cenicienta, no tienes vestido y no sabes bailar. Nada más se van a reír de ti.

Arrodillada junto al fogón, la joven sostiene un plato de madera mientras palomas y tórtolas revolotean junto a la ceniza y picotean los granos.

Y como la muchacha se puso a llorar, añadió:

—Si en una hora me sacas limpias de la ceniza dos platos de lentejas, vas con nosotras.

Por dentro pensaba que la muchacha no lo lograría nunca. Vació los dos platos de lentejas en la ceniza, y la muchacha salió al jardín por la puerta de atrás y volvió a llamar:

Palomitas mansas, tortolitas,pájaros todos del cielo,vengan a ayudarme a escoger:las buenas, a la olla;las malas, a la boca.

Entraron por la ventana de la cocina dos palomitas blancas, y detrás de ellas las tórtolas, y al final llegaron revoloteando en parvada todos los pájaros del cielo y se posaron alrededor de la ceniza. Las palomitas movían la cabecita y empezaron: pic, pic, pic, pic; y los demás empezaron también: pic, pic, pic, pic, y fueron dejando todos los granos buenos en los platos. Antes de que pasara media hora ya habían terminado, y salieron volando otra vez. La muchacha le llevó los platos a la madrastra, muy contenta, creyendo que ahora sí la dejaría ir a la fiesta. Pero ella dijo:

—De nada te sirve: no vas con nosotras, porque no tienes vestido y no sabes bailar. Nos darías vergüenza.

Y le dio la espalda y se fue de prisa con sus dos hijas orgullosas.

Cuando ya no quedó nadie en la casa, la Cenicienta fue a la tumba de su madre, debajo del avellano, y llamó:

Arbolito, sacúdete y desatasobre mí tu oro y tu plata.

Entonces el pájaro le echó desde arriba un vestido de oro y plata y unas zapatillas bordadas de seda y plata. A toda prisa se puso el vestido y se fue a la fiesta. Sus hermanas y su madrastra no la reconocieron: pensaron que sería alguna princesa extranjera, de tan hermosa que se veía con el vestido dorado. En la Cenicienta ni siquiera pensaron; se imaginaban que seguía en la casa, entre la mugre, sacando lentejas de la ceniza. El hijo del rey salió a su encuentro, la tomó de la mano y bailó con ella. No quiso bailar con ninguna otra, y no le soltó la mano en ningún momento; y cuando alguien se acercaba a invitarla, él decía:

—Es mi pareja.

La joven, con un vestido de oro y plata, baila con el hijo del rey en un salón iluminado por velas, rodeados de otras parejas que también bailan.

La Cenicienta bailó hasta que cayó la noche, y entonces quiso volver a su casa. Pero el hijo del rey le dijo:

—Voy contigo y te acompaño.

Quería ver de quién era hija aquella muchacha tan hermosa. Ella se le escapó y se metió de un salto en el palomar. El hijo del rey esperó a que llegara el padre y le contó que la muchacha desconocida se había metido de un salto en el palomar. El viejo pensó que tal vez fuera la Cenicienta, y tuvieron que traerle un hacha y un pico para echar abajo el palomar; pero adentro no había nadie. Y cuando entraron a la casa, ahí estaba la Cenicienta acostada en la ceniza con su ropa sucia, y una lamparita de aceite ardía sin brillo en la chimenea, porque la Cenicienta había bajado ligera de un salto por la parte de atrás del palomar y había corrido al avellano. Allí se quitó el vestido hermoso y lo dejó sobre la tumba, y el pájaro se lo llevó otra vez; después se sentó en la cocina, junto a la ceniza, con su vestidito gris.

Al día siguiente, cuando la fiesta volvió a empezar y los padres y las hermanastras ya se habían ido, la Cenicienta fue al avellano y dijo:

Arbolito, sacúdete y desatasobre mí tu oro y tu plata.

Entonces el pájaro le echó un vestido mucho más lucido que el del día anterior. Y cuando se presentó en la fiesta con ese vestido, todos se quedaron asombrados de su hermosura. El hijo del rey la había estado esperando; en cuanto llegó la tomó de la mano y bailó solo con ella. Cuando los otros se acercaban a invitarla, él decía:

—Es mi pareja.

Al caer la noche ella quiso irse, y el hijo del rey la siguió para ver a qué casa entraba; pero ella se le escapó y se metió al jardín de atrás de la casa. Había allí un árbol grande y hermoso, cargado de peras espléndidas, y la Cenicienta trepó entre las ramas con la ligereza de una ardilla, y el hijo del rey no supo dónde se había metido. Esperó a que llegara el padre y le dijo:

—La muchacha desconocida se me escapó, y creo que se subió de un salto al peral.

El padre pensó que tal vez fuera la Cenicienta, mandó traer el hacha y derribó el árbol; pero arriba no había nadie. Y cuando entraron a la cocina, ahí estaba la Cenicienta en la ceniza, como siempre, porque había bajado de un salto por el otro lado del árbol, le había devuelto al pájaro del avellano el vestido hermoso y se había puesto otra vez su vestidito gris.

Al tercer día, cuando los padres y las hermanas se fueron, la Cenicienta volvió a la tumba de su madre y le dijo al arbolito:

Arbolito, sacúdete y desatasobre mí tu oro y tu plata.

Esta vez el pájaro le echó un vestido más espléndido y brillante que todos los anteriores, y las zapatillas eran todas de oro. Cuando llegó a la fiesta con ese vestido, nadie sabía qué decir del asombro. El hijo del rey bailó solo con ella, y si alguien se acercaba a invitarla, él decía:

—Es mi pareja.

Cuando cayó la noche, la Cenicienta quiso irse, y el hijo del rey quiso acompañarla, pero ella se le escapó tan rápido que él no pudo seguirla. Solo que el hijo del rey se había valido de una astucia: había mandado untar de brea toda la escalera, y cuando la muchacha bajó corriendo, la zapatilla izquierda se le quedó pegada. El hijo del rey la levantó: era chiquita, delicada y toda de oro. A la mañana siguiente fue con ella a ver al hombre y le dijo:

—Ninguna otra será mi esposa más que aquella a la que le quede este zapato de oro.

La joven huye descalza de un pie por una escalera de piedra en la noche, dejando atrás, pegada a la brea oscura de un escalón, una zapatilla dorada.

Las dos hermanas se pusieron muy contentas, porque tenían los pies bonitos. La mayor entró con el zapato a su cuarto para probárselo, y la madre se quedó a su lado. Pero no lograba meter el dedo gordo, porque el zapato le quedaba chico. Entonces la madre le pasó un cuchillo y le dijo:

—Córtate el dedo. Cuando seas reina ya no vas a tener que andar a pie.

La muchacha se cortó el dedo, metió el pie a la fuerza en el zapato, se aguantó el dolor y salió a ver al hijo del rey. Él la subió a su caballo como su novia y se fue con ella. Pero tenían que pasar junto a la tumba, y allí estaban las dos palomitas posadas en el avellano, que gritaron:

Rucu, rucú, rucu, rucú,hay sangre en el zapato,que le queda muy apretado;la novia buena en casa se ha quedado.

Él le miró el pie y vio cómo le brotaba la sangre. Dio media vuelta con el caballo, llevó de regreso a la casa a la novia falsa y dijo que esa no era la verdadera, que se probara el zapato la otra hermana. Entró esta a su cuarto y logró meter los dedos, pero el talón le quedaba demasiado grande. Entonces la madre le pasó un cuchillo y le dijo:

—Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reina ya no vas a tener que andar a pie.

La muchacha se cortó un pedazo del talón, metió el pie a la fuerza en el zapato, se aguantó el dolor y salió a ver al hijo del rey. Él la subió a su caballo como su novia y se fue con ella. Cuando pasaron junto al avellano, allí estaban las dos palomitas, que gritaron:

Rucu, rucú, rucu, rucú,hay sangre en el zapato,que le queda muy apretado;la novia buena en casa se ha quedado.

Él bajó la vista hacia el pie de la muchacha y vio que la sangre le salía del zapato y le había subido, muy roja, por la media blanca. Dio media vuelta con el caballo y llevó a la novia falsa de regreso a su casa.

—Esta tampoco es la verdadera —dijo—. ¿No tienen otra hija?

—No —contestó el hombre—. Nada más quedó una pobre muchachita raquítica de mi difunta esposa, la Cenicienta; pero esa no puede ser la novia.

El hijo del rey le pidió que la mandara llamar, pero la madre contestó:

—Ay, no, está demasiado sucia, no puede presentarse así.

Él insistió de todos modos, y hubo que llamar a la Cenicienta. Ella se lavó primero las manos y la cara, fue y se inclinó ante el hijo del rey, que le tendió el zapato de oro. Luego se sentó en un banco, sacó el pie del pesado zueco de madera y lo metió en el zapato, que le quedó como hecho a la medida. Y cuando se enderezó y él le vio la cara, reconoció a la hermosa muchacha que había bailado con él, y exclamó:

—¡Esta es la novia verdadera!

La joven, con vestido gris, sentada en un banco, mete el pie descalzo en la zapatilla dorada mientras el hijo del rey, la madrastra y las hermanas la miran.

La madrastra y las dos hermanas se llevaron un buen susto y se pusieron pálidas de rabia; pero él subió a la Cenicienta a su caballo y se fue con ella. Cuando pasaron junto al avellano, las dos palomitas blancas gritaron:

Rucu, rucú, rucu, rucú,no hay sangre en el zapato,que no le queda apretado;a la novia buena se la ha llevado.

Y en cuanto acabaron de gritar, bajaron volando las dos y se posaron en los hombros de la Cenicienta, una a la derecha y otra a la izquierda, y allí se quedaron.

Cuando llegó el día de la boda con el hijo del rey, las hermanas falsas se presentaron para congraciarse con ella y compartir su buena suerte. Al ir los novios camino a la iglesia, la mayor caminaba a la derecha y la menor a la izquierda, y las palomas le sacaron a cada una un ojo. Después, al salir, la mayor iba a la izquierda y la menor a la derecha, y las palomas le sacaron a cada una el otro ojo. Y así quedaron ciegas para toda la vida, castigadas por su maldad y su falsedad.

Adaptado por Talerie, Fuente: Cuentos escogidos de los hermanos Grimm (se abre en una ventana nueva)

Licencia: Dominio público