
Los cisnes salvajes
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Una reina malvada convierte a los once hermanos de Elisa en cisnes salvajes, y Elisa teje camisas de ortiga sin decir una sola palabra para devolverles su forma humana. Condenada a la hoguera, echa las camisas sobre los cisnes: sus hermanos vuelven a ser príncipes y ella habla por fin para decir que es inocente.
Muy lejos de aquí, allá donde vuelan las golondrinas cuando en nuestra tierra llega el invierno, vivía un rey que tenía once hijos y una hija llamada Elisa.
Los once hermanos iban a la escuela con una estrella en el pecho y un sable al costado, y Elisa hojeaba un libro de estampas que había costado medio reino. Pero aquello no iba a durar.
Su padre se casó con una reina malvada que no quería nada a los niños. Desde el primer día se notó: cuando jugaron a recibir visitas, en vez de pasteles les dio arena en una taza.
A la semana siguiente mandó a Elisa al campo, con unos campesinos, y le contó al rey tantas mentiras sobre los príncipes que él dejó de ocuparse de ellos.
—Váyanse volando por el mundo y arréglenselas solos —les dijo la reina—. Vuelen como pájaros grandes que no tienen voz.
Pero no logró hacerles todo el daño que quería: se convirtieron en once cisnes salvajes. Con un grito extraño salieron por las ventanas del palacio y cruzaron el parque.

Al amanecer pasaron sobre la casa donde Elisa dormía. Batieron las alas encima del techo, pero nadie los vio, y tuvieron que seguir hasta un bosque oscuro junto al mar.
Elisa se quedó jugando con una hoja verde, porque no tenía otro juguete. Le hizo un agujerito, miró por él hacia el sol y le pareció ver los ojos claros de sus hermanos.
Cuando cumplió quince años la mandaron llamar a palacio. Al ver la reina lo hermosa que era, la aborreció; de buena gana la habría convertido en cisne, pero el rey quería ver a su hija.
De madrugada la reina bajó al baño de mármol con tres sapos escondidos. Los besó uno por uno y le dijo al primero:
—Siéntate en la cabeza de Elisa, para que se vuelva torpe como tú.
—Tú siéntate en su frente —le dijo al segundo—, para que se ponga tan fea que su padre no la reconozca.
—Y tú descansa sobre su corazón —susurró al tercero—, para que se le agrie el ánimo.
Echó los sapos al agua, que enseguida se puso verde, y llamó a la muchacha. Al hundirse Elisa, uno se le posó en el pelo, otro en la frente y el tercero en el pecho.
Pero cuando se enderezó, tres amapolas rojas flotaban en el agua. Los sapos se habían vuelto flores, porque la muchacha era demasiado buena para que el hechizo pudiera con ella.
Entonces la reina le frotó la piel con jugo de cáscara de nuez hasta dejarla morena, le untó la cara con un ungüento apestoso y le enredó el cabello. Era imposible reconocerla.
Cuando su padre la vio, se asustó y dijo que ésa no era su hija. Sólo la reconocieron el perro del patio y las golondrinas.
Elisa lloró pensando en sus once hermanos. Salió del palacio a escondidas y caminó todo el día por campos y pantanos hasta el bosque grande.
Cayó la noche y se perdió. Se acostó sobre el musgo y se durmió entre luciérnagas que brillaban como fuego verde.
Al día siguiente se lavó la cara en un lago y volvió a tener la piel blanca. Comió de un manzano silvestre y se metió en lo más oscuro del bosque.
Ahí encontró a una anciana con un canasto de moras. La anciana le dio unas cuantas, y Elisa le preguntó si no había visto pasar a once príncipes a caballo.
—No —dijo la anciana—, pero ayer vi once cisnes con coronas de oro nadando por el río de aquí cerquita.
La llevó hasta un riachuelo, y Elisa siguió el agua hasta donde desembocaba en la playa abierta.
El mar entero estaba delante de ella, sin una vela ni una barca. Se puso a mirar las piedritas de la orilla, redondeadas por un agua más suave que su propia mano.
—Olas, ustedes ruedan sin cansarse y así alisan lo duro —dijo—. Yo seré igual de constante.
Cuando el sol iba a ponerse, vio venir once cisnes con coronas de oro. Se escondió detrás de un arbusto y ellos se posaron cerca.
En cuanto el sol se hundió en el agua, las plumas cayeron y ahí quedaron once príncipes hermosos. Elisa corrió a sus brazos llamándolos por su nombre. Rieron y lloraron, y pronto supieron lo mala que había sido la reina.

—Mientras el sol está en el cielo volamos como cisnes salvajes —dijo el mayor—; en cuanto se mete, volvemos a ser hombres. Por eso tenemos que tener suelo bajo los pies al atardecer: si a esa hora nos agarra volando, caemos.
—Nuestra casa está del otro lado del mar —siguió—, a dos días de vuelo, sin una isla donde pasar la noche. Sólo hay un peñasco en medio del agua, tan chico que apenas cabemos apretados. Nada más nos quedan dos días aquí, y no tenemos barco. ¿Cómo te llevamos?
—¿De qué manera puedo salvarlos? —preguntó Elisa.
Platicaron casi toda la noche. Al amanecer los hermanos volvieron a ser cisnes, y sólo el más chico se quedó con ella.
—Mañana nos vamos y no volveremos hasta dentro de un año, pero no queremos dejarte así —le dijo el mayor al anochecer—. ¿Te animas a venir? Entre todos tendremos alas de sobra.
—Sí, llévenme —dijo Elisa.
Pasaron la noche tejiendo una red grande y firme con corteza de sauce. Elisa se acostó en ella, y al salir el sol los cisnes la tomaron con los picos y se elevaron con su hermana dormida. Uno voló encima para hacerle sombra.

Cuando despertó ya estaban lejos de tierra. A su lado había moras y raíces que le había juntado el hermano más chico, el mismo que la protegía del sol.
Volaron todo el día, más despacio que otras veces, porque llevaban a su hermana. Se descompuso el tiempo, y Elisa vio bajar el sol sin que el peñasco apareciera.
Sintió que era culpa suya: si el sol se metía, sus hermanos volverían a ser hombres y caerían al mar. Rezó con todo el corazón.
La nube negra se acercaba como una ola de plomo y los relámpagos no paraban. El sol ya tocaba el filo del agua cuando los cisnes se dejaron caer tan rápido que ella creyó que se despeñaba. Entonces lo vio abajo: el peñasco, apenas más grande que la cabeza de una foca.
El sol se apagó como la última chispa de un papel quemado justo cuando sus pies tocaron la roca. Sus hermanos la rodearon tomados del brazo, porque no había lugar para más.
El mar les caía encima como lluvia y el trueno rodaba sin parar, pero se tomaron de las manos y cantaron salmos. Al amanecer volvieron a levantar el vuelo.

Más tarde vio delante de sí, medio flotando en el aire, unas montañas de hielo y un palacio larguísimo. Preguntó si aquélla era la tierra a la que iban, pero los cisnes movieron la cabeza: era el castillo de nubes del hada Morgana, y ahí no podían llevar a nadie.
Mientras lo miraba, montañas y palacio se vinieron abajo, y en su lugar aparecieron veinte iglesias, y luego una flota entera; de cerca sólo era niebla sobre el agua.
Por fin apareció la tierra verdadera: montañas azules con cedros, ciudades y castillos. Antes del anochecer, Elisa estaba sentada frente a una cueva cubierta de enredaderas.
—A ver qué sueñas esta noche —le dijo el hermano más chico.
—Ojalá sueñe cómo salvarlos —contestó ella.
Siguió rezando aun dormida. Entonces le pareció que volaba hasta el castillo de nubes, y que el hada Morgana salía a su encuentro, igualita a la anciana de las moras.
—Tus hermanos pueden salvarse —le dijo—, pero ¿tienes valor y paciencia? El agua es más blanda que tus manos y de todos modos le da forma a la piedra, pero no siente lo que van a sentir tus dedos.
—¿Ves esta ortiga? De ésas crecen muchas alrededor de tu cueva, y también sobre las tumbas del camposanto; sólo sirven ésas, acuérdate bien. Tendrás que arrancarlas aunque te llenen las manos de ampollas. Rómpelas con los pies y sacarás un hilo verde; con él teje once camisas de manga larga y échalas encima de los cisnes: el hechizo se romperá.
—Pero fíjate bien —añadió—: desde que empieces hasta que termines, aunque pasen años, no puedes decir una sola palabra. La primera que digas les atravesará el corazón a tus hermanos. Su vida depende de tu lengua.
Y le tocó la mano con la ortiga. El ardor la despertó. Era pleno día, y junto a ella había una ortiga igual a la del sueño. Salió a empezar su trabajo.
Agarró aquellas ortigas, que quemaban como fuego, rompió cada tallo con los pies descalzos y trenzó el hilo verde. Le salieron ampollas, pero lo aguantaba si así salvaba a sus hermanos.
Al meterse el sol llegaron los hermanos y se asustaron de encontrarla muda; creyeron que era otro hechizo de la reina. Pero al verle las manos entendieron lo que hacía por ellos. El más chico lloró, y donde caían sus lágrimas se le quitaba el ardor.
Trabajó toda la noche y todo el día. Ya tenía una camisa lista y empezaba la segunda cuando oyó un cuerno de caza.
Asustada, corrió a la cueva, ató las ortigas y se sentó encima. Salieron de la barranca unos perros grandes, y detrás llegaron los cazadores. El más apuesto era el rey de aquel país.
—¿Cómo llegaste hasta aquí, criatura hermosa? —le preguntó.

Elisa movió la cabeza: no podía hablar, porque de eso dependía la vida de sus hermanos. Escondió las manos bajo el delantal para que él no viera lo que sufría.
—Ven conmigo —dijo el rey—. Aquí no te puedes quedar. Si eres tan buena como hermosa, te vestiré de seda y vivirás en mi mejor palacio.
La subió a su caballo. Ella lloraba, pero él le dijo que sólo quería su felicidad, y partió con ella por las montañas.
En el palacio, Elisa no tenía ojos para el mármol ni para las fuentes. Dejó que la vistieran de reina y le pusieran guantes sobre los dedos quemados.
Cuando salió con todo aquel esplendor, la corte entera se inclinó y el rey la eligió por prometida. El arzobispo movía la cabeza y murmuraba que aquella muchacha del bosque era una bruja.
El rey no le hizo caso, pero a Elisa ni una sonrisa le asomó a los labios.
Entonces abrió un cuartito junto a su alcoba, con tapices verdes, igualito a la cueva donde la había encontrado. En el suelo estaba el hilo de ortiga y del techo colgaba la camisa terminada: un cazador lo había traído todo por curiosidad.
—Aquí puedes soñar con tu casa de antes —dijo—. Aquí está el trabajo que te entretenía allá.
A Elisa le volvió la sonrisa y el color a las mejillas. Le besó la mano al rey, y él mandó anunciar la boda con todas las campanas. La muchacha muda del bosque se volvió reina.
El arzobispo tuvo que ponerle la corona y se la apretó con mala intención, hasta lastimarla. Elisa ni lo sintió: le pesaba mucho más la tristeza por sus hermanos.
Una sola palabra les habría costado la vida, así que seguía muda, pero sus ojos le decían al rey cuánto lo quería. De noche se apartaba de su lado y se iba al cuartito verde a tejer una camisa tras otra. Al empezar la séptima se le acabó el hilo.
En el camposanto crecían las ortigas que necesitaba, y tenía que cortarlas ella misma. ¿Qué era el dolor de sus dedos junto a la angustia de su corazón? Tenía que atreverse.

Con miedo, como si fuera a cometer una falta, cruzó el jardín y las calles solitarias en una noche de luna. Sobre una lápida del camposanto había unas brujas espantosas, escarbando las tumbas con sus dedos largos y flacos.
Elisa pasó muy cerca y ellas le clavaron sus miradas, pero rezó en silencio, juntó las ortigas ardientes y se las llevó al palacio.
Sólo una persona la vio: el arzobispo, que velaba mientras los demás dormían. Ahora sí tenía razón, pensó: la reina era una bruja.
En el confesionario le contó al rey lo que había visto. Mientras hablaba, las imágenes de los santos movían la cabeza, como diciendo que Elisa era inocente; pero el arzobispo lo entendió al revés.
Al rey le rodaron dos lágrimas. Esa noche fingió dormir y sintió cuando Elisa se levantó. Así cada noche: la seguía en silencio y la veía desaparecer en su cuartito.
De día en día su cara se fue poniendo más sombría. Elisa lo notaba sin entender por qué, y aquello la angustiaba más.
Faltaba una sola camisa y ya no le quedaba ni una ortiga. Una última vez tenía que ir al camposanto. Pensaba con miedo en aquel camino, pero estaba decidida.
Elisa fue, y el rey y el arzobispo la siguieron. La vieron desaparecer por la reja y encontraron a las brujas sentadas en la lápida. El rey se dio la media vuelta, porque creyó ver entre ellas a la mujer que esa misma tarde había recostado la cabeza en su pecho.
—Que la juzgue el pueblo —dijo.
Y el pueblo la condenó a morir en la hoguera.
De los salones espléndidos la llevaron a un calabozo húmedo. En lugar de seda le dieron el manojo de ortigas y las camisas que había tejido. No le podían haber dado nada mejor: retomó su trabajo.
Al atardecer se oyó un rumor de alas junto a la reja: era el hermano más chico, que la había encontrado. Elisa sollozó de alegría, aunque aquélla podía ser la última noche de su vida.
Llegó el arzobispo a acompañarla en la última hora. Ella movió la cabeza y le pidió con la mirada que se fuera: le faltaba terminar el trabajo esa noche, o de nada habrían servido el dolor y los desvelos.
Todavía no amanecía cuando los once hermanos se presentaron en la puerta del palacio y exigieron ver al rey. Rogaron, amenazaron, llegó la guardia y hasta salió el rey a preguntar qué pasaba. Entonces salió el sol y los hermanos ya no estaban: sobre el palacio volaban once cisnes salvajes.
Por la puerta de la ciudad salió el pueblo entero a ver quemar a la bruja. Un caballo viejo jalaba la carreta donde ella iba sentada, con una túnica burda y el cabello suelto.
Tenía las mejillas pálidas y los dedos seguían trabajando el hilo verde: ni camino de la muerte dejó su labor. Las diez camisas estaban a sus pies y tejía la última.
—¡Miren a la bruja, cómo murmura! No trae un libro de cantos en las manos, sino sus hechicerías. ¡Háganlas pedazos!
Y todos se le echaron encima para romper las camisas. Entonces llegaron volando once cisnes salvajes, se posaron alrededor de ella y batieron sus grandes alas. La multitud se echó para atrás.
—Es una señal del cielo. Seguro es inocente —murmuraban muchos, sin atreverse a decirlo fuerte.
El verdugo la tomó de la mano. Ella aventó deprisa las once camisas sobre los cisnes, y en el acto quedaron ahí once príncipes hermosos. Sólo que el más chico tenía un ala de cisne en lugar de un brazo, porque a su camisa le faltaba la manga que Elisa no había alcanzado a terminar.

—¡Ahora sí puedo hablar! —dijo ella—. ¡Soy inocente!
El pueblo se inclinó ante ella como ante una santa, pero Elisa cayó sin sentido en los brazos de sus hermanos, de tanta angustia aguantada.
—Sí, es inocente —dijo el hermano mayor, y contó todo lo que había sucedido.
Mientras hablaba se extendió un perfume de un millón de rosas: cada leño de la hoguera había echado raíz y sacaba ramas. Ahí quedó un seto altísimo de rosas rojas y, hasta arriba, una flor blanca que brillaba como una estrella.
El rey la cortó y la prendió en el pecho de Elisa, y ella despertó con paz y felicidad en el corazón.
Todas las campanas repicaron solas y los pájaros llegaron en grandes bandadas. De regreso al palacio se hizo una procesión de bodas como ningún rey había visto jamás.
Adaptado por Talerie, Fuente: Sämmtliche Märchen (se abre en una ventana nueva)
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